sábado, 24 de octubre de 2026

París era una fiesta (publicado el 24.10.26 en www.disidentia.com)

 

La escena transcurre en un liceo francés. Los chicos de la clase tienen 16 o 17 años aproximadamente. Dos de ellos son blancos y el resto son negros y árabes. Los profesores hacen una pregunta simple: ¿quién de ustedes tiene la nacionalidad francesa? Todos levantan la mano. Luego consultan: ¿quién de ustedes se siente francés? Allí la situación gira dramáticamente: nadie levanta la mano. 

La escena es real y pertenece al documental Les Français c’est les autres (Los franceses son los otros, 2015), de Mohamed Ulad e Isabelle Wekstein-Steg, y en algo más de dos minutos expone de manera simple una sociedad partida.

Pero hay más: de repente una chica negra levanta la mano y dice “yo sí me siento francesa”. Paso seguido los profesores le preguntan por qué, qué significa para ella ser francesa, y ella responde “porque en mi cabeza soy blanca”. Dejando de lado este particular caso de transracialismo, lo que la alumna expone en su ingenuidad dice demasiado: ser francés es ser blanco. Tener papeles de ciudadanía, incluso haber nacido en Francia y ser francés de segunda o tercera generación no vale de nada si tienes descendencia árabe o negra.

El resto de los alumnos va tomando la palabra: uno dice ser negro antes que francés; otro ser hindú antes que francés; otro ser argelino antes que francés y la última, una chica, dice que incluso en su casa no hablan francés sino árabe.

¿Esto explica de por sí los estallidos recurrentes en Francia? Desde mi punto de vista, no. En todo caso, lleva a preguntarnos cómo pueden haber fallado las políticas de integración de los actuales campeones de la moral occidental progre y cómo ello, combinado con la exacerbación identitaria de una cultura que instala como valor la diferencia, el victimismo esencial y la acreencia eterna por los crímenes del pasado, contribuye a un combo explosivo.

Dicho esto, reducir los estallidos a “una islamización”, es pereza intelectual o análisis interesado, aun cuando efectivamente muchos de los que participan de la violencia desenfrenada sean franceses musulmanes. En todo caso, el religioso no parece el clivaje principal.

¿Acaso la variable etaria no juega un papel de relevancia que incluso podría conectar el estallido francés con el que se replicó en otros países europeos? La primera generación de jóvenes que sabe que vivirá peor que sus padres, un espíritu individualista que no solo es impulsado desde la derecha sino también desde la izquierda que fragmenta en nombre del Bien y la Justicia Social, y un Estado de Bienestar que se sustenta con impuestos y deuda, pueden dar cuenta, del otro estado, el del malestar. En Argentina tenemos la suerte de que la miseria es más transversal y, sobre todo, que nuestros viejos se cagan de hambre. En Europa, no hay empleo para jóvenes y el que lo tiene cobra 1200 euros y paga impuestos para sostener pensiones que están por encima de esa suma y que, para colmo, la reciben quienes son propietarios y no pagan alquiler. Más que antecedentes de revoluciones en Francia, quizás habría que ir a buscar respuestas a Diario de la guerra del cerdo de Bioy Casares, aquella novela donde hordas de jóvenes salen a cazar viejos porque sí.  

¿Y por qué no plantearlo en términos de lucha de clases? Hemos escuchado muchos análisis que hablaban del estallido de una crisis social. Sin dudas, por las mismas razones que se exponen en los párrafos precedentes, podrá existir algún componente económico, especialmente si a los salarios le agregamos el problema de la vivienda, las dificultades para acceder a educación superior de calidad siendo pobre, etc. Pero no jodamos: aun cuando pudieran existir razones para una protesta, el desmadre es fomentado por un grupo de lúmpenes y marginales, sumados a facciones radicales que buscan sacar una tajada del barullo. Son aquellos que rompen todo siempre, basta observar lo que sucede cuando juega el Paris Saint Germain: si gana rompen todo; si pierde también.

Con ellos se entremezclan estudiantes de clases medias sobreideologizados, aquellos que nos recuerdan aquella reflexión de Pasolini cuando, frente a los disturbios del 68, prefería la policía antes que los burgueses estudiantes, porque entre la policía estaban los hijos de trabajadores. Esto no desvaloriza el reclamo actual seguramente justo de los estudiantes, pero no nos vendan como revolución los saqueos de unos ladronzuelos de poca monta que roban carteras Louis Vuitton casi como una travesura, una estudiantina.

De hecho, no es casualidad que la gran mayoría de ellos haya sucumbido a la tentación de filmarse y exhibir sus trofeos en redes sociales. Ser es ser percibido héroe antisistema porque tiene costo cero e implica reputación. “Ser visto haciendo” anticapitalismo como performance. Pasó incluso en el asalto a Ceuta: muchos lo hicieron como un juego para poder ostentar la aventura en sus redes y ganar unos likes. Así, por lo menos, parecían demostrarlo quienes estaban más preocupados por subir stories, algo que comparten con algunos empleados de las ONG cómplices de la estudiantina. En este fenómeno se puede apreciar con mayor fuerza la presencia del clivaje etario.     

Por cierto, las últimas encuestas parecerían mostrar que el futuro inmediato de Francia se va a dirimir entre las posiciones radicales de izquierda y de derecha, más allá de que Le Pen pica en punta. ¿Se cumplirá el presagio de Houellebecq cuando, en su novela Sumisión, imagina una sociedad entre la izquierda y el islam para oponerse a la derecha? Hoy no hay partido musulmán, pero se podría suponer que el discurso de la izquierda será mejor receptado por los sectores, como se dice ahora, “racializados”. Algo similar sucede en España con la disputa jurídica acerca del voto de los recientemente nacionalizados a través de la llamada Ley de Nietos. El PSOE supone que ese favor se paga en las urnas y por ello promueve la habilitación. La derecha supone lo mismo y por ello se opone.  

Por último, estamos hablando de Francia, pero estamos hablando de Europa. Se dice que habría una cumbre en China hacia finales de noviembre entre Xi Jinping, Trump y Putin, esto es, sin Europa. A propósito, releía un artículo de Curtis Yarvin, el principal referente neorreaccionario, crítico de la democracia liberal y defensor del retorno de las monarquías, que iba en la misma línea de una intervención pública de J. D. Vance quien afirmaba que el principal problema de Europa, antes que Putin, era el progresismo y la forma en que éste minaba los valores que hicieron hegemónico a Occidente.

Según Yarvin, Estados Unidos debía “retirarse” de Europa para que ésta se las arregle sola con Putin. Su hipótesis es que su enfrentamiento con el gobierno autoritario de Putin, acabaría con la máscara de las democracias liberales y obligaría a Europa a retornar a un sistema monárquico en el que los ciudadanos delegan sus derechos políticos en manos del soberano a cambio de paz, seguridad y libertad económica. Tomadas por separado, ninguna de las variables analizadas aquí, explica por sí misma el fenómeno de los últimos días, pero consideradas en conjunto, permiten entender por qué el problema europeo podría ser más interior que exterior.    

Sin embargo, a juzgar por el aumento del gasto en defensa, la hipótesis de potenciales enemigos de Europa es otra y también es cierto que el planteo de Yarvin tiene bastante de provocación. Con todo, si es correcta esta radiografía que expusimos hoy, partiendo desde la paradoja de generaciones enteras de franceses que se sienten extranjeros en su país, el presente y futuro inmediato del Viejo Continente da buenas razones para aquellos que observan el particular fenómeno del lento suicidio de una civilización. Por lo pronto, mientras siguen circulando en cadena las imágenes de grandes ciudades europeas incendiadas y saqueadas, los tres grandes líderes del planeta se reúnen para diseñar un mundo en el que Europa parece no tener ni voz ni voto. París era una fiesta. Hoy ya no lo es.     

 

 

 

 

 

 

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