La escena transcurre en un liceo
francés. Los chicos de la clase tienen 16 o 17 años aproximadamente. Dos de
ellos son blancos y el resto son negros y árabes. Los profesores hacen una
pregunta simple: ¿quién de ustedes tiene la nacionalidad francesa? Todos
levantan la mano. Luego consultan: ¿quién de ustedes se siente francés? Allí la
situación gira dramáticamente: nadie levanta la mano.
La escena es real y pertenece al
documental Les Français c’est les
autres (Los franceses son los otros, 2015), de Mohamed Ulad e Isabelle Wekstein-Steg, y en algo más de dos minutos expone de manera
simple una sociedad partida.
Pero hay
más: de repente una chica negra levanta la mano y dice “yo sí me siento
francesa”. Paso seguido los profesores le preguntan por qué, qué significa para
ella ser francesa, y ella responde “porque en mi cabeza soy blanca”. Dejando de
lado este particular caso de transracialismo, lo que la alumna expone en su
ingenuidad dice demasiado: ser francés es ser blanco. Tener papeles de
ciudadanía, incluso haber nacido en Francia y ser francés de segunda o tercera
generación no vale de nada si tienes descendencia árabe o negra.
El resto
de los alumnos va tomando la palabra: uno dice ser negro antes que francés;
otro ser hindú antes que francés; otro ser argelino antes que francés y la
última, una chica, dice que incluso en su casa no hablan francés sino árabe.
¿Esto
explica de por sí los estallidos recurrentes en Francia? Desde mi punto de
vista, no. En todo caso, lleva a preguntarnos cómo pueden haber fallado las
políticas de integración de los actuales campeones de la moral occidental
progre y cómo ello, combinado con la exacerbación identitaria de una cultura que instala
como valor la diferencia, el victimismo esencial y la acreencia eterna por los crímenes
del pasado, contribuye a un combo explosivo.
Dicho
esto, reducir los estallidos a “una islamización”, es pereza intelectual o
análisis interesado, aun cuando efectivamente muchos de los que participan de
la violencia desenfrenada sean franceses musulmanes. En todo caso, el religioso
no parece el clivaje principal.
¿Acaso la
variable etaria no juega un papel de relevancia que incluso podría conectar el
estallido francés con el que se replicó en otros países europeos? La primera
generación de jóvenes que sabe que vivirá peor que sus padres, un espíritu
individualista que no solo es impulsado desde la derecha sino también desde la
izquierda que fragmenta en nombre del Bien y la Justicia Social, y un Estado de
Bienestar que se sustenta con impuestos y deuda, pueden dar cuenta, del otro
estado, el del malestar. En Argentina tenemos la suerte de que la miseria es
más transversal y, sobre todo, que nuestros viejos se cagan de hambre. En
Europa, no hay empleo para jóvenes y el que lo tiene cobra 1200 euros y paga
impuestos para sostener pensiones que están por encima de esa suma y que, para
colmo, la reciben quienes son propietarios y no pagan alquiler. Más que
antecedentes de revoluciones en Francia, quizás habría que ir a buscar
respuestas a Diario de la guerra del
cerdo de Bioy Casares, aquella novela donde hordas de jóvenes salen a cazar
viejos porque sí.
¿Y por qué
no plantearlo en términos de lucha de clases? Hemos escuchado muchos análisis
que hablaban del estallido de una crisis social. Sin dudas, por las mismas
razones que se exponen en los párrafos precedentes, podrá existir algún
componente económico, especialmente si a los salarios le agregamos el problema
de la vivienda, las dificultades para acceder a educación superior de calidad
siendo pobre, etc. Pero no jodamos: aun cuando pudieran existir razones para
una protesta, el desmadre es fomentado por un grupo de lúmpenes y marginales,
sumados a facciones radicales que buscan sacar una tajada del barullo. Son
aquellos que rompen todo siempre, basta observar lo que sucede cuando juega el
Paris Saint Germain: si gana rompen todo; si pierde también.
Con ellos
se entremezclan estudiantes de clases medias sobreideologizados, aquellos que
nos recuerdan aquella reflexión de Pasolini cuando, frente a los disturbios del
68, prefería la policía antes que los burgueses estudiantes, porque entre la
policía estaban los hijos de trabajadores. Esto no desvaloriza el reclamo
actual seguramente justo de los estudiantes, pero no nos vendan como revolución
los saqueos de unos ladronzuelos de poca monta que roban carteras Louis Vuitton
casi como una travesura, una estudiantina.
De hecho,
no es casualidad que la gran mayoría de ellos haya sucumbido a la tentación de
filmarse y exhibir sus trofeos en redes sociales. Ser es ser percibido héroe
antisistema porque tiene costo cero e implica reputación. “Ser visto haciendo”
anticapitalismo como performance. Pasó incluso en el asalto a Ceuta: muchos lo
hicieron como un juego para poder ostentar la aventura en sus redes y ganar
unos likes. Así, por lo menos, parecían demostrarlo quienes estaban más
preocupados por subir stories, algo que comparten con algunos empleados de las
ONG cómplices de la estudiantina. En este fenómeno se puede apreciar con mayor
fuerza la presencia del clivaje etario.
Por
cierto, las últimas encuestas parecerían mostrar que el futuro inmediato de
Francia se va a dirimir entre las posiciones radicales de izquierda y de
derecha, más allá de que Le Pen pica en punta. ¿Se cumplirá el presagio de
Houellebecq cuando, en su novela Sumisión,
imagina una sociedad entre la izquierda y el islam para oponerse a la derecha?
Hoy no hay partido musulmán, pero se podría suponer que el discurso de la
izquierda será mejor receptado por los sectores, como se dice ahora,
“racializados”. Algo similar sucede en España con la disputa jurídica acerca
del voto de los recientemente nacionalizados a través de la llamada Ley de
Nietos. El PSOE supone que ese favor se paga en las urnas y por ello promueve
la habilitación. La derecha supone lo mismo y por ello se opone.
Por
último, estamos hablando de Francia, pero estamos hablando de Europa. Se dice
que habría una cumbre en China hacia finales de noviembre entre Xi Jinping,
Trump y Putin, esto es, sin Europa. A propósito, releía un artículo de Curtis
Yarvin, el principal referente neorreaccionario, crítico de la democracia
liberal y defensor del retorno de las monarquías, que iba en la misma línea de
una intervención pública de J. D. Vance quien afirmaba que el principal
problema de Europa, antes que Putin, era el progresismo y la forma en que éste
minaba los valores que hicieron hegemónico a Occidente.
Según
Yarvin, Estados Unidos debía “retirarse” de Europa para que ésta se las arregle
sola con Putin. Su hipótesis es que su enfrentamiento con el gobierno
autoritario de Putin, acabaría con la máscara de las democracias liberales y
obligaría a Europa a retornar a un sistema monárquico en el que los ciudadanos
delegan sus derechos políticos en manos del soberano a cambio de paz, seguridad
y libertad económica. Tomadas por separado, ninguna de las variables analizadas
aquí, explica por sí misma el fenómeno de los últimos días, pero consideradas en conjunto, permiten entender por qué el problema europeo
podría ser más interior que exterior.
Sin
embargo, a juzgar por el aumento del gasto en defensa, la hipótesis de
potenciales enemigos de Europa es otra y también es cierto que el planteo de
Yarvin tiene bastante de provocación. Con todo, si es correcta esta radiografía
que expusimos hoy, partiendo desde la paradoja de generaciones enteras de franceses
que se sienten extranjeros en su país, el presente y futuro inmediato del Viejo
Continente da buenas razones para aquellos que observan el particular fenómeno
del lento suicidio de una civilización. Por lo pronto, mientras siguen
circulando en cadena las imágenes de grandes ciudades europeas incendiadas y
saqueadas, los tres grandes líderes del planeta se reúnen para diseñar un mundo
en el que Europa parece no tener ni voz ni voto. París era una fiesta. Hoy ya
no lo es.
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