Pocos días atrás, leía una
entrevista al politólogo e intelectual búlgaro, Iván Krastev, en The New York
Times. Se trata de una de las voces más escuchadas cada vez que se piensa la
democracia y el futuro de Occidente, y el resultado del diálogo ha sido una
fuente de inspiración y reflexiones. Su cadena argumentativa podría resumirse
así: ha desaparecido la confianza en el futuro y éste se ha convertido en una
fuente de miedo antes que de esperanza. En ese contexto, la nostalgia reemplaza
a la utopía, surge una política destinada al castigo de quienes supuestamente
robaron ese paraíso perdido, aumenta la polarización y las retóricas radicales,
que no necesariamente devienen en proyectos, y se impone una política
antisistema más eficiente en la destrucción que en la construcción. El
resultado de todo esto es una sensación de vértigo, yo agregaría, antropológico.
Dicho esto, un par de
aclaraciones: cuando Krastev habla de vértigo utiliza una reflexión de Kundera
que calza al dedillo con nuestro horizonte cultural: vértigo no es tener miedo
a caer al vacío sino el miedo al deseo de caer que aparece cuando estamos en la
cornisa. Desde lo político, lo tecnológico y lo cultural, pareciera que
Occidente está peleando aterrorizado contra ese deseo jugando al límite. A
propósito de esto, no es casual que Krastev utilice la metáfora de Walter
Benjamin contra Marx cuando afirma que la revolución, antes que la locomotora
de la historia, son los pasajeros activando el freno de emergencia del tren.
Una vez más, lo podemos aplicar a la tentación destructiva de nuestros
representantes, una verdadera reacción, como así también al pánico cínico que
irradian ahora los grandes responsables del desarrollo de la IA cuando demuestran
su incapacidad para controlar un monstruo, tan maravilloso como atemorizante,
que ya ni ellos saben cómo funciona. Esta necesidad de parar se apoya en la
crisis de tres grandes fundamentos que guiaron nuestra civilización y sobre los
cuales volveré después: ya no se cree que el futuro será mejor que el presente;
tampoco tenemos certezas de la continuidad de las naciones a las que
pertenecemos; y, quizás como derivación de estos hechos, hemos dejado de
proyectar nuestra continuidad abandonando la idea de tener hijos.
Desde mi punto de vista, la
dimensión temporal es lo que unifica la mirada del autor. De hecho, Krastev
traza una contraposición entre Trump y Putin a propósito de cómo ambos se
relacionan con el tiempo. Según el autor, en Trump hay una aceleración
demencial, lo cual desde mi punto de vista, se complementa con la centralidad
de la agenda como estrategia comunicacional aun a riesgo de sacrificar la
coherencia. Trump es capaz de decir una cosa y lo contrario con 24 horas de
diferencia, decretar el fin y la reanudación de guerras y hacer tambalear el
escenario internacional como lo haría un empresario negociador que entiende que
siempre hay que mover primero, aun cuando se mueva mal. Si en Trump el tiempo
se acelera y las acciones se modifican semana a semana, Putin y, desde mi punto
de vista, el partido comunista chino también, por ejemplo, piensan en términos
de décadas o siglos. Incluso Krastev cuenta ese chiste que afirma que Putin,
para invadir Ucrania, tuvo como principales asesores a Pedro el Grande,
Catalina la Grande e Iván el Terrible.
¿Y qué hay de esta insatisfacción
permanente que rodea nuestras democracias? Krastev habla de revolucionarios sin
revolución. Todo el mundo está enfadado y dice que hay que cambiar, pero nadie
sabe qué ni hacia dónde. Ya no hay pretensión de crear el Hombre nuevo, sea en
nombre del comunismo o del fascismo. Creo que allí Krastev omite la ingeniería
social hegemónica en Occidente que avanzó radicalmente hacia una modificación
de las instituciones y de nuestras vidas en nombre del cambio climático o el
heteropatriarcadofalogocéntrico, pero podríamos salvarlo pensando que la
omisión tiene que ver con interpretar esa ingeniería más en la línea de la
reacción que de la proyección. En otras palabras, como se indicó anteriormente,
parecemos vivir tiempos donde es más importante mirar el pasado o el presente
buscando culpables que construir la novedad. Esta insatisfacción alguien la
tiene que pagar, y ese alguien puede ser el inmigrante o el varón blanco
hetero, etc. Hacia un lado u otro del espectro ideológico, hay alguien a quien
echar culpas.
Todo esto en el marco de lo que
otro politólogo, Anton Jager, llamaría “hiperpolítica”, esto es, un debate
público en el que todos nos involucramos y sentamos posición, pero sin
canalizar ello en las instituciones que vehiculizaban nuestras concepciones
políticas, llámese partidos, sindicatos, etc. Todo sucede rápido y puede llegar
a expresarse en grandes manifestaciones populares, pero luego se esfuma porque
no hay instituciones de continuidad en tanto se desconfía ya de la misma idea
de representación.
Por último, enfoquémonos en los
tres grandes pilares de nuestra civilización que parecen tambalear. Es ya un
lugar común, pero es cierto que estamos frente a la primera generación que vive
peor y que sabe que vivirá peor que sus padres. Los más afortunados, heredarán
alguna propiedad si la biología es respetuosa de los tiempos vitales. Ese es
todo el proyecto de vida: transcurrir con trabajos de mierda para seguir
viviendo a los treintaypico en la casa que espera recibirse como herencia para
poder evitar el pago de alquiler; o mirarse a la cara con la pareja y darse
cuenta que, décadas atrás, un solo ingreso mantenía una familia tipo y hoy dos
salarios no alcanzan ni para darle de comer al gato. La relación
intergeneracional ya no es de solidaridad sino de lucha por la supervivencia.
En Europa, este escenario es dramático cuando pensiones altísimas para
jubilados, que desde los 65 se dedican a hacer turismo del bueno, contrastan
con salarios miserables, desempleo o impuestos altísimos que recaen sobre los
jóvenes, lo cual a su vez busca remediarse con políticas migratorias generosas
para ocupar los peores puestos de trabajo y darle sostenibilidad al sistema.
Todo un caldo de cultivo para que el resentimiento y la resignación se expresen
en candidatos que, precisamente, no pregonan ondas de amor y paz.
A propósito, el segundo pilar que
tambalea es el de las naciones: el fenómeno de la globalización con los
conflictos asociados a la ya mencionada inmigración plantea otro escenario en
el que el No Future es la norma.
Todos sabíamos que individualmente íbamos a morir, pero la nación, aun en su
forma más metafísica, la cultura, las costumbres, funcionan como proyección
simbólica de nosotros hacia el futuro. También allí hay incertidumbre hoy al
menos si lo miramos desde los ojos de un europeo, especialmente tras hechos
conmocionantes como la llegada de más de 70000 marroquíes a Ceuta en menos de
48 horas. No hace falta ser racista de ultraderecha para comprender que
permitir ello sin más lleva al desastre tanto para los locales como para los
visitantes. Alcanza con algo de sensatez.
Llegamos así al tercer pilar que
tambalea, según Krastev, el cual está asociado, claro está, a los anteriores:
por razones económicas, sociales y culturales, las sociedades más desarrolladas
observan una baja dramática de la tasa de natalidad. El viejo fantasma de la
superpoblación se ha resuelto mucho más fácil de lo imaginado: tener una pareja
es económicamente inviable y potencialmente conflictivo por lo cual hombres y
mujeres prefieren la soledad y, en el mejor de los casos, vacíos encuentros
casuales. La relación amorosa proyectada en el tiempo deja lugar a la dinámica
de la suscripción temporal de acceso, apenas unas horas, a un cuerpo ajeno que
era y volverá a ser un perfil virtual que, tras el encuentro, dejará de
contestar mensajes. Y quienes temerariamente avancen, a la vieja usanza, en la
idea de una vida en pareja, se encuentran con varias disyuntivas desde lo
económico y también desde lo profesional de modo que la llegada del hijo, una
vez más, en el mejor de los casos, llega rozando los 40 años de la mujer. El
fenómeno es mundial y también, por cierto, atañe a sociedades en vías de
desarrollo aun cuando hay Estados que otorgan todo tipo de incentivos. Pero
parece que no funciona: un gato o un perro humanizados son más baratos, no
lloran, no se cagan encima y generan muchos likes en Instagram.
La tentación a tener una mirada
decadentista del presente y el futuro inmediato de Occidente, al menos, es
demasiado grande y tiene fundamentos más allá de que discursos sobre la decadencia
de Occidente se vienen haciendo hace más de un siglo. Las cosas parecen ir mal
y ni siquiera la incertidumbre alrededor de una transformación radical de la
mano de la IA, acerca algo de optimismo, excepto para los tecnófilos que uno
nunca sabe si son idiotas, si están haciendo su negocio, o las dos cosas a la
vez. La vida del día a día parece seguir igual, pero grandes transformaciones
radicales y de alcance global se avecinan. Si como dijera Kundera, estamos
peleando aterrorizados contra nuestro deseo de caer, quizás sea porque el freno
de emergencia del tren que Benjamin usaba como metáfora, está fuera de
servicio.
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