lunes, 10 de agosto de 2020

Poder, coraje y el minuto de Leuco (editorial del 10/8/20 en No estoy solo)

 Marcelo Longobardi afirmando que el decreto gubernamental por el cual se prohíben las reuniones sociales es anticonstitucional y transforman a la Argentina en Corea del Norte; Viviana Canosa tomando dióxido de cloro en vivo para protegerse del covid-19 a pesar de que es un producto que, según la ANMAT, puede intoxicar hasta causar la muerte en caso de ser ingerido por humanos; Débora Plager reconociendo de manera pública que violó sistemáticamente la cuarentena para visitar a sus padres a pesar de que ellos podían valerse por sí mismos; Diego Leuco, en un video que se hizo viral, aparentemente, festejando el crecimiento de la curva de contagios. Todo esto ocurrió durante la semana que pasó y no se trata aquí de caer sobre los nombrados en particular ni anunciar por enésima vez la decadencia del periodismo. En cualquier caso, ya lo sabemos y cada uno tendrá su opinión sobre los referidos pero la acumulación de estas actitudes en tan poco tiempo puede invitar a algunas reflexiones sobre los valores que está expresando hoy el periodismo mainstream. En particular, quiero pensar la cuestión del periodismo como desafío al poder. Porque si dejamos de lado el caso de Leuco, en los primeros tres ejemplos, el de Longobardi, el de Canosa y el de Plager, más que una apología de cierto individualismo ácrata y libertario, está la idea de que el rol de periodista supone desafiar a un poder que estaría en los gobiernos, aunque habría que decir “en algunos gobiernos”, en particular, aquellos que no fueron votados por estos periodistas.  

Si el gobierno que no me gusta dice que no hay que reunirse por razones de salud pública o que no debo visitar a mis padres, yo lo desafío y le digo que lo voy a hacer igual porque mi rol es incomodar; y si hay instituciones, científicos, organismos internacionales que dicen que hay una sustancia que no cura el covid-19, yo la voy a tomar igual porque hago “televisión verdad” y vendo autenticidad. La venta de autenticidad y de experimentar con el propio cuerpo, en este caso, expresa la decadencia y el desprecio por la argumentación. No tengo argumentos pero lo pruebo con mi cuerpo y soy auténtica. Cuándo sucedió que se le dio más valor a la autenticidad que a la argumentación sería una larga historia pero cada uno vende lo que puede en tiempos de rating deprimidos y bajo encendido. 

Es verdad que de estas acciones podría derivarse una reflexión y un repaso por los distintos autores que tematizaron la cuestión de la desobediencia civil. ¿En qué momento un individuo o un ciudadano está facultado para desobedecer la autoridad? Naturalmente, las posiciones más liberales, en la medida en que hacen énfasis en el individuo, en algunos casos, adjudicándoles derechos naturales inalienables, tienen más herramientas para justificar acciones de desobediencia. Sin embargo, no me quiero correr del periodismo y les voy a hablar de la “parresia”. Se trata de un término griego que ha recuperado cierta actualidad a partir del uso que hizo de él el filosofó francés Michel Foucault en los últimos cursos que diera allá por los años 80. Foucault define a la parresia como “el coraje de la verdad en el que habla y corre el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa; pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha”. Quedémonos en la primera parte de la definición: el coraje de decir la verdad asumiendo que eso genera un riesgo, eventualmente, de vida. Siempre se suele citar el ejemplo del cínico Diógenes cuando le pide a Alejandro Magno que se aparte porque le tapa el sol. En ese decir había un riesgo de vida porque se estaba desafiando al más poderoso. A lo largo de la historia, y en particular, en Argentina, ha habido periodistas que han arriesgado y han pagado con su vida desafiar el poder. Fueron parresiastas y la comparación es síntoma de los tiempos: Rodolfo Walsh publica una carta abierta a la junta militar y tiempo después muere acribillado por el poder al que había desafiado. Hoy el desafío es ir a ver a una sobrina o a los padres a un country sabiendo que en el peor de los casos un policía de tránsito te puede apercibir; hoy el desafío es meterte una sustancia prohibida en tu cuerpo y fomentar una revolución new age, caprichosa e individualista para la que todo da lo mismo. Una suerte de anarco-terraplanismo-antivacuna-ravischankaresco. No hay ninguna parresia ahí. No hay ningún riesgo. Quienes siguen mis escritos hace unos años lo saben bien: sigo creyendo que un periodista que desafía al poder es el que desafía a su empleador y no al gobierno de turno. Un periodista de Clarín sería parresiasta cuando denuncie a Magnetto o publique algo que lo incomode; un periodista de América sería parresiasta cuando al invitar a Belocopitt aclare que es uno de los dueños del canal y desacuerde con sus puntos de vista. Para no caer en nombres propios, un periodista será parresiasta cuando eventualmente pudiera desafiar la línea editorial del medio que lo contrató o denuncie a uno de sus auspiciantes, algo que no se ve ni en la prensa opositora ni en la prensa oficialista. Y nadie pide inmolación. Todos entendemos el negocio y entendemos que la gente tiene que laburar. Quien escribe estas líneas tampoco es tan valiente. Pero lo que sí se puede pedir es que al menos el periodista no se presente ante la sociedad como un parresiasta que en su decir valiente está arriesgando la vida. No está arriesgando nada. Es más, como dije aquí hace algunas semanas, la única profesión que da impunidad en la Argentina no es la política sino el periodismo. Ningún periodista puede ir preso en la Argentina aun cuando cometa delitos porque se defiende con la libertad de expresión y pareciera que cometer algunos delitos es una forma de expresarse también.

Un último párrafo sobre la imagen de Diego Leuco que se ha viralizado. Para quienes no estén al tanto, en el momento en que su colega, Santiago Fioriti, afirmaba que se esperaban 10000 casos diarios de covid-19 para la próxima semana, se ve a Diego Leuco realizar un gesto de aprobación con el puño cerrado que se interpretó como una celebración por la noticia. El periodista luego salió a aclarar que se trató de una casualidad y que ese gesto en realidad correspondía a que, a través de “la cucuaracha”, le habían informado que estaba liderando el rating en ese minuto. Acompañó la respuesta con una tabla de medición de IBOPE que muestra que, efectivamente, en el minuto anterior, TN había superado por dos décimas a C5N. Es tan canallesco suponer que un ser humano, por más abierta y delirantemente opositor, como es Diego Leuco, pueda celebrar la cantidad de contagios y muertes, que su justificación me parece verosímil, aun cuando alguien pueda advertir que en este país el odio llevó a vivar el cáncer. Entonces, probablemente, Leuco estaba celebrando ganar por dos décimas el minuto 22:01, algo que, como indica la misma imagen de medición, se habría invertido entre las 22:02 y las 22:07 para luego volver a invertirse a partir de las 22:08 hasta, al menos, las 22:15, donde TN triunfaba por tres décimas. Si bien nada igualaría la canallada de festejar la muerte por el hecho de que dañe al adversario político, el hecho de celebrar el triunfo del minuto 22:01 muestra, ya no una canallada, sino lo patético de lo que está en disputa y cómo se piensa el periodismo en la actualidad. ¿Qué desafío al poder, qué compromiso con la verdad, qué voz de los que no la tienen, qué realidad estaría hablando a través mía cuando yo estoy atento a un productor que me dice “seguí con este tema o con tal invitado porque durante este minuto estamos al frente”? Y no se trata solo de Leuco sino de cómo se hace periodismo en general, salvo, claro está, alguna que otra excepción. A todos nos gusta que nos vean, que nos escuchen, que nos lean y que nos reconozcan pero ¿se puede supeditar el trabajo a la perversión del minuto a minuto? ¿Qué cosa buena puede salir de ahí?

Finalicemos con la última parte de la definición de parresia, aquella que indicaba que también tenía que haber coraje en el receptor del mensaje para aceptar la verdad hiriente. O sea hay coraje en un emisor que dice una verdad que lo pone en riesgo pero también en un receptor dispuesto a aceptar esa verdad aun cuando lo lastime. Y lamentablemente hoy no audiencias con ese coraje. Nadie acepta escuchar lo que lo contradice. Se ve y se lee lo que confirma nuestros prejuicios; se viraliza la interpretación sesgada que dice que estamos en lo correcto; se cancela lo que incomoda porque nos genera inseguridad el que piensa distinto. ¿Debería sorprendernos? Para nada. De hecho no es ninguna casualidad. Se trata, más bien, de una audiencia digna para el tipo de periodismo que supimos conseguir.

lunes, 3 de agosto de 2020

Macri y CFK: ¿el mismo destino? (editorial del 1/8/20 en No estoy solo)


A casi nueve meses de haber abandonado el cargo de presidente, Mauricio Macri es noticia más por sus viajes al exterior y el avance de causas judiciales que por su rol como presunto líder de la oposición. Más allá de la pregunta acerca de si podía esperarse algo distinto de Macri, el antecedente más cercano de un presidente saliente que se transforma en líder de la oposición es el de CFK pos 2015. ¿Es posible trazar paralelismos entre uno y otro o, al menos, entre la situación que cada uno atravesaba a 9 meses de dejar la Casa Rosada? Sí y no, y justamente de ello van a tratar las líneas que siguen.
El avance del macrismo y sus usinas mediáticas contra CFK en particular y contra el kirchnerismo/peronismo en general, tanto en el ámbito judicial como político y cultural, fue de una violencia sin antecedentes en la última etapa democrática. Verdaderamente, si hubo un gobierno que efectivamente “fue por todo” fue el de Macri, especialmente porque rompió los consensos democráticos básicos. Sin caer en la zoncera de afirmar que todo en el gobierno que lo había precedido había sido maravilloso y cristalino, comienza a salir a la luz que durante el macrismo existió un entramado vergonzante que incluía sectores del poder judicial, la prensa y el gobierno. Al perseguir a los referentes emblemáticos del gobierno anterior, el macrismo no rompe un pacto corporativo de la clase política. Más bien inaugura lo que puede llegar a ser una cadena infinita de sucesivas revanchas y, sobre todo, la sensación de que ya no hay condenas ni absoluciones justas. Porque haber sido referente del gobierno anterior se había transformado en una imputación e implicaba la automática inversión de la carga de la prueba. Insisto, eso no quiere decir que todos los señalados sean inocentes pero está claro que se cometieron enormes injusticias. De aquí que modificar el poder judicial se hace imperioso más allá de las discusiones técnicas acerca del mejor modo de hacerlo. Pero si esa lógica inaugurada por el macrismo continúa no hay proyecto de país posible.
El macrismo, como heredero de toda una tradición antiperonista, estuvo muy cerca de destruir a quien consideró su enemigo histórico y si falló fue solo por impericia.  Quienes lo apoyaron saben que perdieron una oportunidad histórica en una Argentina que fue gobernada por sus dueños, como nunca antes había sucedido, y sin recurrir a testaferros. ¿Pero fue un arranque especial el de Macri en 2016? ¿Acaso las primeras semanas de los gobiernos no resultan siempre frenéticas? No. De hecho compárense las acciones de aquel gobierno con el actual y saltarán a la vista las diferencias en lo que respecta a decisiones tendientes a realizar cambios estructurales.
Asimismo, en aquellos tiempos, el peronismo estaba partido, CFK apuntaba a fortalecer la nada despreciable suma de un 30% de votantes y a preparar la tropa para volver… pero no en 2019 sino en 2023. Todavía recuerdo qué extraño sonó cuando Alberto Rodríguez Sáa en su momento dijo “hay 2019”. Era imposible plantearlo porque el futuro era de Macri. Entonces decir “hay 2019” era decir “hay posibilidad de disputar el futuro”. El tiempo le dio la razón.
El gobierno de Alberto no se ha adueñado del futuro. La pandemia tampoco lo ha ayudado. Todo su esfuerzo está en tratar de brindar la agenda del día después pero no lo logra, al menos, todavía. Tampoco la oposición aparece como el futuro y allí hay una analogía posible en cuanto a que la oposición, la de agosto de 2016 y la de agosto de 2020 están, como mínimo, desorganizadas. Es bastante natural que así sea porque siempre que se pierde una elección hay planteamientos en cuanto a los liderazgos. En el peronismo se intentó desplazar el liderazgo de CFK durante los años de macrismo pero el núcleo duro que ella garantizaba era más potente que cualquier otra acumulación. Así, durante 2018, comenzó a circular el “con ella sola no alcanza pero sin ella no se puede”. El peronismo comenzaba el camino de la unión que lo llevaría a ganar la elección. ¿Podemos decir que con Macri no alcanza pero sin él no se puede? Sinceramente creo que no. Ahí no hay analogía posible. En la Argentina nadie es un cadáver político así que no podría decirse eso del expresidente pero CFK tenía votos propios y Macri no. Si CFK se corría de la escena política sus votos no iban automáticamente a un pretendiente de sucesor. Ella misma se dio cuenta de ello después del experimento “Zanini candidato a Vice” en 2015, aquel dirigido al paladar negro K que se había entusiasmado con Randazzo. Tras ese fracaso, CFK supo que tenía que ser parte de la fórmula para garantizar los votos. No hubiera alcanzado con ungir a Alberto. Tenía que estar ella. Con Macri no sucede lo mismo porque si él se corriese, o si la realidad y la política lo corrieran, cualquiera que ocupe el lugar del antiperonismo recibiría el apoyo. Los votos obtenidos por Macri no eran de él. Vidal, Rodríguez Larreta o un ladrillo que diga “antiperonista” obtendrán los mismos votos que Macri y probablemente alguno mas también.
El tiempo acomodará las cosas aunque el 2021 anunciará alguna de las cartas. Allí sabemos que no participará Rodríguez Larreta porque es el candidato natural para 2023 en tanto gobierna el distrito que ha dado los últimos presidentes no peronistas y tiene buena imagen; en cuanto a Vidal, podría encabezar la lista de diputados de la provincia como para reposicionarse de cara a 2023 y volver a la gobernación. ¿Macri? Una incógnita. Podría jugar también para reposicionarse pero más hacia dentro de su espacio que de cara a la sociedad. En parte allí sí hay algún paralelismo con CFK cuando ella decide presentarse como candidata en 2017. ¿Lo hizo por ambición personal? ¿Por fueros? Nada de eso. Lo hizo seguramente presionada por el entorno y para garantizar un caudal de votos que le permitiera al espacio resistir hasta que escampe. Si ella no participaba en la elección, el kirchnerismo quizás no se hubiera desmembrado pero hubiera sacado menos votos. Si Macri se presentara en 2021 tendremos a C5N diciendo que es por los fueros porque en general la prensa con línea editorial oficialista replica lo que TN hacía con CFK. Pero, si se presenta, Macri lo haría para marcar la cancha dentro de su espacio y evitar que sus competidores internos ganen terreno.
Con todo, la candidatura de Macri en 2023, independientemente de lo que haga en 2021, no se resolvería por poseer votos sino por acuerdos superestructurales, por revancha personal y, sobre todo, por contar con el aval económico para bancar una campaña.  Porque ¿acaso podría pensarse en un Macri capaz de hacer la misma jugada de CFK y acompañar en la fórmula a un ungido? Estoy tentado a descartar de plano esa posibilidad por las mismas razones que esgrimí antes: Macri no tiene votos propios y sería preferible dar lugar a una figura de renovación. Porque el kirchnerismo representaba un sector que pretendía “volver”, que añoraba un pasado reciente más o menos objetivo de prosperidad. Utilizando la frase que se le atribuye a Borges sobre el peronismo, aunque aquí sin ironía, había un sector del electorado que añoraba tener “todo el pasado por delante”. Macri no puede ofrecer eso, no puede ofrecer ningún pasado. Se le niega hasta el voto nostalgia. Su única esperanza es el olvido, el paso del tiempo. Ni siquiera una crisis económica como la que se prevé lo ubicaría si bien, por supuesto, si al actual gobierno le va mal, las chances de todos los opositores mejorarán. Pero además, Macri no parece ser capaz de un gesto de magnanimidad o de un cálculo político por el cual sacrifique su lugar en pos de un proyecto que vaya más allá de su nariz.
Para concluir, hay una tentación en suponer que el destino de Macri será similar al que tuvo que atravesar CFK entre 2015 y 2019. Sería así en la medida en que se entiende que, de una manera u otra, entre 2003 y 2023, al menos, la política argentina habrá girado en torno a las figuras de los Kirchner principalmente y, en menor medida, de Macri. Menciono a este último no solo en tanto único presidente no peronista del período sino en tanto referente deseado, elegido y creado, por necesario, para el sector que representaba, y por cómodo para el sector que lo repudiaba. Si se solía decir “contra Menem estábamos bien”, podemos decir también que los sectores progresistas contra Macri están muy bien y hoy es un buen negocio atacarlo, especialmente porque hay buenas razones para hacerlo. Del mismo modo, en 2016 y hasta 2019 se creyó que era un buen negocio atacar a CFK hasta que se dieron cuenta que habían “levantado al monstruo” y ya era tarde. Por el propio perfil del gobierno de Alberto, incluso también por su propia debilidad y por el hecho de que en el poder judicial permanece anquilosada una estructura refractaria a políticas populares, veo difícil que Macri y los referentes de su gobierno padezcan el ensañamiento que padecieron los referentes del kirchnerismo. Tampoco parece viable, al menos hoy, pensar en una suerte de resurrección de Macri que le permita regresar triunfal en 2023, ni siquiera como parte de una fórmula. Se pueden trazar paralelismos entre los destinos políticos de Macri y CFK en tanto opositores. Pero, volviendo a Borges, en los elementos de peso, quizás esos destinos se bifurquen como los senderos de un jardín.  
 

viernes, 31 de julio de 2020

¿Qué es ser un negro? Reflexiones sobre la transracialidad (publicado el 22/7/20 en www.disidentia.com)


A pesar de que las protestas generadas a partir del asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco parecen haberse aplacado, la cuestión racial sigue estando en el centro de la agenda política y mediática, y logró desplazar, al menos por un tiempo, la problemática de género. Si bien cada movimiento tiene su historia, su particularidad y su potencia, la disputa por la igualdad que han llevado adelante los negros y las mujeres transforma a estos dos grupos en los más representativos de las políticas de la identidad que han aparecido en los últimos años y su visibilización se ha traducido en distintas políticas públicas. 
Insisto en que trazar paralelismos tiene sus limitaciones pero hay discusiones teóricas y prácticas comunes que me interesaría revisar porque sus consecuencias pueden ser de relevancia para muchos de los debates actuales. En especial voy a hacer hincapié en la problemática del transracialismo. Para quien no esté familiarizado con el término, podría decirse que, dado que podemos hablar de personas transgénero y aceptamos que una persona con genitales masculinos pueda autopercibirse mujer y viceversa, hay quienes plantean la posibilidad de personas que puedan autopercibirse como pertenecientes a una raza distinta a la que expondría “el dato biológico”. Más allá de que somos conscientes de lo problemático que es hablar de “raza” y de “biología” en este caso, la pregunta es qué pasaría si, por ejemplo, una mujer blanca se autopercibiera negra y exigiera ser reconocida como tal.
Éste ha sido el caso de Rachel Dolezal y su ejemplo generó una polémica enorme en Estados Unidos durante el año 2015. Fue tal la repercusión que su historia llegó a Netflix en el formato de un documental titulado “The Rachel divide”.
Dolezal era una reconocida activista de la causa negra perteneciente a la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP) en Spokane, Washington, hasta que un día se revela que sus padres eran blancos y que ella había mentido. Efectivamente, Rachel era blanca pero utilizaba un maquillaje para oscurecer, en parte, su piel; se hacía un peinado especial que lucía estilo “afro”; mostraba fotos con un negro al cual presentaba como su padre; se había casado con un negro; tenía un hijo negro y había adoptado a sus hermanos adoptivos que también eran negros, tras una disputa familiar con sus propios padres y con su hermano biológico, obviamente, blancos. Éste último, a su vez, había sido acusado de violación por una de las hermanas negras adoptivas de Rachel, apareciendo esta última como testigo en el juicio que se iba a sustanciar meses después de revelarse el escándalo. Parecía difícil encontrar un mejor guión para Netflix pero era una historia real.
Tras la humillación pública y el rechazo de la organización y de la gran mayoría de la población negra, Rachel reconoce la mentira, se asume blanca de origen, pero afirma que ella se autopercibe negra y que así lo hacía desde 2006. Incluso hay miembros de la comunidad que reconocen todo lo que ella hizo por ellos. Sin embargo es defenestrada públicamente, publica un libro que es un fracaso y su poca habilidad en el manejo de la comunicación la condena aún más. Su caída en desgracia es total y hasta decide cambiarse el nombre para dejar de ser señalada e intentar comenzar una nueva vida. Sin embargo, lo interesante es que ella se pregunta: ¿quién decide quién es negro? ¿Quién protege, define y es dueño de esa identidad? ¿Tenemos derecho a vivir como sentimos que somos? Estas preguntas retóricas que Rachel Dolezal realiza no hacen más que complementar su idea en torno a que ni la raza, ni la cultura ni la identidad étnica son biológicas sino un simple constructo social. La misma idea que permite justificar los desarrollos de buena parte de la nueva ola feminista que incluye en el colectivo feminista a las “diversidades” englobadas en el espacio LGBT.
El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial es el que inspiró a la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, para enviar, en 2017, a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”. Allí Tuvel expresa que, dado que las razones que son válidas para justificar el transgénero deberían ser suficientes para justificar el transracialismo, no se entiende por qué se celebra al primero y se condena al segundo. Esta asimetría queda expuesta justamente el año en que estalla el escándalo de Rodazel porque en ese mismo 2015, mientras ésta era atacada por su pretensión transracialista, la revista Vanitiy Fair le daba la tapa y la “bienvenida a la legitimidad” a Bruce Jenner, un transgénero que había vivido como varón durante buena parte de su vida y que había sido un exitoso deportista profesional, hasta que decidió “transformarse”, llamarse Caitlyn Jenner y adecuar su apariencia con su autopercepción.
Tuvel examina cuatro objeciones contra el transracialismo: la primera es que solamente se puede considerar negro a quien haya crecido como tal y padecido la experiencia discriminatoria que eso supone; la segunda es que la sociedad entiende que, al menos en materia de lo que aquí denominamos “raza”, la ascendencia o “lo biológico”, juega un rol “objetivo” que impide el “traspaso” de una raza a otra; la tercera objeción, por su parte, indica que la posibilidad de autopercibirse de otra raza supone una afrenta y una apropiación cultural; y la última afirma que el hecho de que una mujer blanca pueda “transformarse” en negra es una demostración más de los privilegios de ser blanco.
Sobre la primera objeción, Tuvel advierte que no queda claro por qué la única experiencia validada para legitimar la pertenencia a la raza negra sea la experiencia de racismo y discriminación pasada y no la experiencia de racismo y discriminación presente. En otras palabras, si una mujer o varón blancos, supongamos, a los 30 años, comienzan a autopercibirse negros, no van a haber padecido la discriminación hasta ese momento pero sí comenzarían a padecerla desde que pasan a considerarse negros. ¿Por qué valdría más la experiencia anterior que la actual y la futura? Asimismo, si esta objeción valiese contra los transraciales debería valer contra los transgéneros, especialmente en aquellos que se autoperciben mujeres a pesar de haber nacido con genitales masculinos. Si lo que importa es la experiencia de ser mujer, un individuo trans que “llega” a ser mujer “después”, no habría padecido lo que una mujer presuntamente padece en una sociedad heteropatriarcal.
En cuanto a la segunda objeción, se trata de una suerte de argumento contextualista por el cual, en la medida en que existe un acuerdo intersubjetivo de la sociedad en lo que respecta a vincular la identidad de raza con los antepasados biológicos, no existe manera de que la propuesta transracial prospere. Como para apoyar con mejores fundamentos, Tuvel utiliza un argumento de Cressida Heyes por el cual se indica que la sociedad permite el transgénero pero no al transracial por el hecho de que el transgénero actúa sobre su propio cuerpo, sin ningún tipo de vínculo “exterior” mientras que el transracial, en alguna medida, estaría determinado por ese vínculo “exterior” que es la ascendencia. Es decir, un varón puede elegir ser mujer porque su identidad depende solo de sí mismo pero un blanco no puede elegir ser negro porque su identidad depende de algo que va más allá de su cuerpo, algo que lo determina y lo limita. Sin embargo, según Tuvel, este complemento no logra salvar la objeción. Al fin de cuentas, durante mucho tiempo la sociedad occidental no permitía ni legalizaba la posibilidad de cambiar de género y, sin embargo, se luchó por cambiar el statu quo hasta que se lo transformó. Decirle a un transracial que no puede cambiar de raza porque hasta ahora la sociedad ha creído que eso no está bien ya que considera que la raza se define por ascendencia, sería un típico ejemplo de falacia naturalista por la cual se solapan el ser y el deber ser.
La tercera objeción, referida a un supuesto intento de apropiación cultural, también es rebatida por Tuvel con el siguiente argumento: podría interpretarse que alguien se apropia cuando sigue perteneciendo a una identidad apropiadora (un blanco que “se hace el negro” pero no deja de ser blanco); o que incluso hace apropiaciones circunstanciales con objeto de burla o por razones triviales como un status o una moda. O sea, podría ser que un blanco se haga un peinado afro o use ropa identificada con la ropa que usan los negros y esto sería condenable aparentemente. Sin embargo no se trataría del caso de Rodezal quien decía sentirse genuinamente negra y no hay razones para suponer lo contrario. Asimismo, si este argumento fuera útil contra los transraciales también podría utilizarse contra los transgéneros que podrían apropiarse de los modos del otro género con deseo de burla o sin renunciar a la identidad “apropiadora” “varón” que “se hace mujer”.  
En cuanto a la última objeción, se dice que poder “autopercibirse negro” es una de las ventajas de ser blanco porque la sociedad no acepta que un negro se autoperciba blanco y porque, al fin de cuentas, un blanco siempre puede “volver” a su condición de tal. Aquí Tuvel advierte que adoptar una identidad discriminada no parece formar parte de ningún privilegio sino más bien la renuncia a uno; y que, una vez más, el mismo argumento podría utilizarse contra los trans con genitalidad masculina que se autoperciben mujeres (salvo que hubiera una operación de reasignación de sexo). ¿Por qué es una ventaja del hombre blanco autopercibirse negro y no es una ventaja del varón autopercibirse mujer?   
Si bien los argumentos de Tuvel parecen sólidos, la reacción no tardó en llegar y casi 1000 personas, entre ellas, académicas de prestigio, firmaron una nota denunciando que la nota ofendía a determinados colectivos y que no dialogaba lo suficiente con el corpus académico. Como suele ocurrir en estos últimos tiempos, la revista acabó cediendo, asumió que el daño se había producido y terminó pidiendo disculpas.     
Con todo, el artículo resulta interesante porque deja expuesta las controversias conceptuales y prácticas de quienes defienden políticas de identidad e incluso tensiones al interior de los movimientos. Para decirlo en términos simples, si la biología no juega ningún rol, si no hay ningún “dato” exterior que ponga dique a las capacidades de la autopercepción, no se entiende por qué se celebra el transgenerismo pero se rechaza el transracialismo. Sin embargo, claro está, aceptar la posibilidad de una suerte de “trans universalismo” por el cual cualquier individuo pudiera autopercibirse lo otro de sí u otra cosa generaría una pendiente resbaladiza que derivaría en la necesidad de aceptación de otro tipo de identidades o transformaciones que, al menos hasta el día de hoy, no son aceptadas socialmente. Se habla de “trans capacitados”, por ejemplo, para aquellos sujetos que se autoperciben discapacitados y hasta en algunos casos han llegado a automutilaciones para “sentirse” parte; y de casos todavía más extremos como un grupo de “transhumanos”, esto es, un grupo de individuos que nacieron humanos pero que hoy se autoperciben de distintas maneras no humanas. Si dejamos de lado la corrección política por unos instantes, parece difícil poder justificar la existencia de transhumanos y la única manera de poner un límite a lo que muchos seguramente consideran delirante es “la biología”. Usted no puede autopercibirse caballo porque es un humano, podría advertir alguien, aun a riesgo de ser considerado fascista. Pero el problema es que ese argumento podría utilizarse contra los transgénero que hoy poseen aceptación creciente dentro de la sociedad.
Asimismo, hay una enorme irresponsabilidad de la política en torno a qué tipo de legislaciones habría que utilizar para estos casos. Si en muchas partes del mundo las mujeres y los varones se jubilan a distintas edades, ¿a qué edad se jubilaría un no binario que exige que se quite el sexo del documento? ¿A la misma edad de la mujer? ¿A la misma edad del varón? ¿A una edad intermedia? ¿O acaso hay que igualar las edades de jubilación, lo cual afectaría a las mujeres porque, si se iguala, lo que va a ocurrir es que se les va a exigir a las mujeres que se jubilen más tarde? ¿Y qué tipo de derechos le corresponden a un transhumano? ¿Los de la persona humana? ¿Los de la persona animal caballo? ¿Un transcapacitado debe tener un certificado que acredite su condición autopercibida y que le otorgue las prerrogativas de los discapacitados no autopercibidos? ¿Qué pasaría con lo que podríamos llamar “transetarios”, esto es, personas que autoperciban una edad diferente a la que “tienen”? ¿Podría pedir una beca para jóvenes alguien cuya edad, llamemos, “biológica”, es de 85 años?
El debate es complejísimo pero es para evitar este tipo de derivaciones que existen líneas dentro de los estudios vinculados a la raza y al interior del feminismo, que de una u otra manera acaban llegando a la definición de algo así como una identidad esencial “negra” o “mujer” que remitiría a algún dato que escaparía a la idea de que todo es un constructo social. Pero, claro está, si se defiende este tipo de identidades esenciales fundamentadas en “datos objetivos”, toda la corriente de pensamiento posmoderno, constructivista y subjetivista que está imponiéndose en las academias y en los debates públicos quedaría debilitada para justificar políticas públicas y transformaciones sociales. Si finalmente acabará triunfando una línea u otra, o acabarán conviviendo ambas aun a riesgo de generar legislación contradictoria e injusticias, lo desconozco. Con todo, es evidente que los debates públicos no siempre se ganan por la coherencia y los mejores argumentos.                            

domingo, 19 de julio de 2020

Todo dato es político (editorial del 19/7/20 en No estoy solo)


Todo dato es político
Dante Augusto Palma
Un periodista revela que, en off, le consultó a un funcionario cómo podía ser que tras el supuesto regreso a una cuarentena rígida el número de contagios y muertos hubiera aumentado. La pregunta era, por cierto, razonable porque evidentemente algo había fallado. Sin embargo, el funcionario le habría respondido que no hubo ninguna falla. Sin decir que la cuarentena rígida ha sido un éxito, el hombre cercano a Alberto Fernández le habría dicho al periodista que sin cuarentena rígida hoy tendríamos el doble de contagios. La respuesta es contrafáctica de modo que, por definición, no podemos saber si es verdadera o falsa pero está en el terreno de las posibilidades, sin dudas. Este ejemplo trivial es solo una muestra del modo en que pueden leerse los datos y, por supuesto, desafía a quienes trazan una demarcación precisa entre algo así como datos duros por un lado e interpretaciones por el otro. Sin ningún ánimo de defender un relativismo posmo, lo cierto es que las acciones de los gobiernos en Argentina y el mundo, y también de quienes los asesoran, claro, muestran que, si bien existen los hechos y los datos, sobre ellos hay interpretaciones que pueden servir como fundamento para justificar decisiones contradictorias. Enfocándonos en el caso argentino, la decisión que en estas horas ha adoptado el gobierno nacional, acompañado por los gobiernos provinciales y municipales, muestra que hay otras variables en juego más allá de las sanitarias. Porque el gobierno tiene datos que son incontrastables y en la comparación con el resto del mundo prácticamente sale ganando en todos los casos. Para decirlo simplificadamente: las caídas económicas han sido enormes en todas partes del mundo pero Argentina es de los países que menos muertos ha tenido en relación a la cantidad de población. Sin embargo, datos que se leyeron de una manera para justificar el regreso a una cuarentena rígida en AMBA hoy son leídos para flexibilizar esa cuarentena incluso cuando en algunos casos los números han empeorado o se han mantenido en un rango similar. Esto no significa que el gobierno manipule los datos sino que allí está jugando lo político en el mejor sentido del término. Porque seamos claros: si el único criterio fuera estrictamente sanitario la cuarentena debería durar hasta que se consiga una vacuna y eso no tiene ningún sentido.  
Entonces hay un desplazamiento que se da más en las acciones que en el discurso porque el gobierno nacional sigue afirmando que la prioridad es salvar vidas pero en la práctica sabe que no puede exigirle a todo el mundo que se quede en su casa. Si uno analiza los discursos de los últimos 120 días, entonces, observará que Alberto comenzó afirmando que privilegiaba la salud por sobre la economía; pero en la medida en que el confinamiento se extendía el propio Alberto salía a aclarar que allí había un falso dilema a tal punto que hoy acaba cediendo a la apertura ante la existencia de la apertura de hecho que se había dado y ante la evidencia de que no es viable ningún plan que suponga tener a la gente encerrada tanto tiempo. A esto se refirió Alberto cuando en la conferencia del viernes indicó: “A mí no me presionan los que salen a la calle y dicen que estoy construyendo un nuevo mundo con Soros. La verdad que esos me causan gracia. Tampoco me presionan los que dicen que el virus no existe. A mí me presiona la realidad”.
Asimismo, si bien nunca se expuso en estos términos, el gobierno adopta en un principio una actitud paternalista entendiendo que era su deber proteger a la población aun si ésta o alguno de sus miembros entendiera lo contrario, y luego, paulatinamente, acaba depositando en la responsabilidad individual la decisión acerca de cómo cuidarse. Aquí, una vez más, por un lado está el discurso y por el otro la realidad. De hecho, parece una tontería pero no deja de llamarme la atención cómo todos los que tienen responsabilidad sobre el territorio, sean del color político que sean, comienzan sus intervenciones agradeciendo a los ciudadanos. Y allí uno se pregunta: ¿por qué nos agradecen? ¿Cuidarnos es un favor que nos pidieron? ¿Los ciudadanos debemos cuidarnos porque lo pide nuestro gobernante? En todo caso debiera ser al revés: nosotros, los ciudadanos, tendríamos que ser los que agradecemos al gobierno de turno si consideramos que ha realizado una medida correcta para protegernos pero la responsabilidad es individual. Así, entonces, que el gobernante agradezca que los ciudadanos se cuiden expone una mirada paternalista del poder y del gobierno que, insisto, no aparece sólo en Alberto o Kicillof sino en Rodríguez Larreta y en Morales por citar algunos de los que acompañaron al presidente en la última presentación.
¿Quiere decir esto que nuestros gobernantes se enamoraron de la cuarentena? Claro que no. Evitemos esas tonterías. Ni Alberto ni nadie con responsabilidades sobre el territorio puede estar cómodo con una situación en la que no va a salir nunca bien parado. Porque es conocido el fenómeno,  bastante estudiado en el ámbito de la ciencia política, que muestra cómo los gobiernos en general reciben un apoyo masivo ante “amenazas exteriores” como puede ser una guerra, una catástrofe natural o un virus. Pero eso dura poco y luego regresa como un boomerang porque el desastre social y económico lo pagarán todos los oficialismos con el nacional a la cabeza. Entonces no hay “enamoramiento”. Más bien hay mucho temor a cómo salir  y al costo político de la salida. Es que, además, los oficialismos tienen que lidiar con un mal humor social que en muchos casos no discrimina con precisión su origen. En otras palabras, hay mucha gente que cree estar enojada y angustiada por culpa del confinamiento impuesto por el gobierno pero en realidad está enojada y angustiada por este virus de mierda que expuso todo: la desigualdad existente, la precariedad laboral, la falta de futuro, condiciones de vida y circuito de relaciones sociales que se aceptaban acríticamente y ahora se replantean, etc. El y los gobiernos se transforman así en administradores de la impotencia de la gente ante un enemigo invisible al cual no se puede castigar y hasta puede matarte. No quisiera yo estar gobernando en este momento.     
En lo personal, entonces, creo que es correcta la decisión de la flexibilización pero claramente, aunque el gobierno no lo pueda decir, es una decisión política que no se basa en supuestos datos positivos porque los datos no son positivos aun cuando algunos puedan leerse así. O en todo caso también podrían haberse leído así antes y se hizo de otro modo.  Creo que es correcto porque, como lo indiqué aquí hace ya unos meses atrás, en los primeros tiempos de la pandemia, es evidente que los humanos somos más que un cuerpo biológico y que las decisiones no pueden tomarse en función de nuestra “vida desnuda”, máxime cuando enfrentamos una enfermedad que se contagia mucho pero, por suerte, tiene un índice de mortalidad bajo.
Esto no significa, obviamente, avalar buena parte de las posturas, en algunos casos delirantes, de aquellos que antes que anticuarentenas son antiperonistas; aquellos que simplemente funcionan como espejo invertido a tal punto que si el gobierno un día dijera que hay que salir del confinamiento sepultarían la carta de la infectadura y se pararían en la puerta de los hospitales para contar los muertos y afirmar que Alberto Fernández ha dejado al pueblo a la buena de Dios.     
Se flexibiliza, entonces, porque estaba flexibilizado de hecho, porque la situación era insostenible en AMBA y porque una de las peores cosas que le puede pasar a un gobierno es perder la autoridad y la credibilidad; no se flexibiliza por razones sanitarias por más que ahora nos quieran presentar algún dato de una manera u otra. Y esto va a suponer mayor cantidad de contagios y de muertos, lo cual es duro pero también hay que decirlo. Esto no lo va a reconocer el gobierno y está bien que no lo haga. Menos aún lo van a reconocer los que militaron la ruptura de la cuarentena sin ofrecer una alternativa o sin decir con claridad las consecuencias.
Pero hay otro punto que a un gobierno no se le perdona y es la falta de rumbo. No me parece justo comparar la acción sobre una situación excepcional como la pandemia con el desempeño de un gobierno en condiciones normales pero esa comparación va a existir. Insisto: no será justo pero la va a pagar el actual gobierno nacional. Desde ese punto de vista, la sensación de falta de rumbo en lo que respecta a cómo salir del confinamiento se va a solapar con las dificultades que tiene el gobierno para perfilarse en el resto de las áreas. El propio Alberto parece hacer un esfuerzo denodado por mantener a todos adentro cuando las diferencias intestinas empiezan a aflorar. Si Hebe de Bonafini escribe una carta, él le responde públicamente y baja los decibeles; si Víctor Hugo hace un editorial rechazando la postura de la Argentina respecto de Venezuela, el presidente lo llama estando al aire y le aclara. Alberto intenta avanzar cuando la bolsa del Frente empieza a moverse sin que uno sepa si hay peleas o peronistas reproduciéndose. Siempre al estilo de Alberto, que es el de la conciliación y la búsqueda de consenso, y resistiendo a las presiones de quienes, desde la oposición, apuestan a una fractura. Si fuera su asesor le diría que está bien lo que hace pero también le advertiría que a un gobierno que trata de conciliar y mantener a todos adentro le va a costar adoptar una identidad. En otras palabras, la moderación que permitiría un consenso capaz de resolver la puja de intereses llevando todo hacia el centro del espectro ideológico, puede terminar confundiéndose con un gobierno que no sabe hacia dónde va o que va a aparecer como una mera transición hacia otra cosa.  


      


lunes, 13 de julio de 2020

De censuras y periodistas presos (editorial del 11/7/20 en No estoy solo)

En Argentina puede ir preso cualquiera menos un periodista. El periodismo es la única profesión que da inmunidad. De aquí que, contrariamente a lo que se cree, no es la política la que da fueros sino el periodismo. Uno podría aclarar que si un periodista fuese preso no sería por ser periodista sino por haber cometido un delito. Pero eso no importa. El periodismo es la corporación más corporativa. Hay diferencias ideológicas en su interior pero, por derecha o por izquierda, en algún momento cierran filas. Desde La Nación a Página 12. Eso sí, cuando se empieza a desagregar un poco hacia el interior de la corporación se encuentra aquello que efectivamente daña la libertad de expresión. Es que la enorme mayoría de los que trabajan de periodistas tienen sueldos miserables y están precarizados. Sí, incluso, en los espacios progres, en los medios “buenos” que le dan voz a los trabajadores. Ahí también cobran 15, 20, 30, 40 lucas. Los únicos que se salvan son las estrellas del periodismo, esos que son capaces de apretar empresas y gobiernos para que les pongan pauta. El resto vive de migajas. Que esa mayoría de periodistas que están al borde pierda su trabajo como ocurrió durante el gobierno anterior dicen que no afectó la libertad de expresión; pero eso sí, si a alguno de los grandes periodistas se les termina un ciclo nunca será visto como el cese de un contrato laboral sino como un acto de censura. Es como si el periodista consagrado fuera la encarnación de un derecho. Si esa persona no trabaja se está afectando un derecho de todos. No tienen la misma suerte los zapateros por ejemplo. Siempre me llamó la atención cuando algún notero interpela a una figura en la calle y cuando ésta no quiere hablar le espeta “pero estoy trabajando”. ¿Se imaginan a un zapatero exigiéndonos en la calle que le compremos sus zapatos porque está trabajando? Por encarnar en sí mismo un derecho y por creerse una suerte de mediador con la sociedad civil, el periodista cree que si no tiene un espacio no sólo se coarta la libertad de expresión de él sino la de todos y como la libertad de expresión es esencial para la democracia, culmina afirmando que, si él no habla, estamos en una dictadura. Por eso los sistemas democráticos pueden tolerar que vayan expresidentes presos pero no pueden tolerar ver un periodista tras las rejas. Cualquier salame con un micrófono se transforma en mártir por nada. Y si se quiere censurar a un periodista, en realidad no se dice que se ejerce una censura sino que lo que se dice es que “no era periodista”. El programa 678 puede no salir más al aire y quienes se desempeñaron allí pueden ser perseguidos, estigmatizados, castigados por quien sería presidente en un debate presidencial, formar parte de listas negras y ser innombrables aun en los medios con los que el programa tenía afinidad ideológica pero para poder lograr esto primero hubo que determinar que “eso” no era periodismo y que allí no había periodistas.
Ahora bien, si este desarrollo que acabo de realizar es el correcto, los gobiernos deben manejarse con inteligencia. Para bajar al llano y dar casos concretos: peticionamos ante change.org que el dedo retwitteador de Alberto Fernández, o de quien eventualmente pudiera manejarle la cuenta, se tome unas vacaciones. La razón es sencilla: está logrando que se le levante el precio y que se victimen quienes no tienen muchos valores y en general son victimarios. Si el gobierno sabe que hay quienes actúan de mala fe y atacan como partido político pero se defienden con la libertad de expresión, ¿no sería deseable evitar esas tonterías? Pero hay más: esta misma semana trascendieron unas declaraciones de la flamante Defensora del Público, Miriam Lewin, periodista de trayectoria. Se trató de unas afirmaciones muy poco felices en torno a la figura de Baby Etchecopar quien brilla por sus exabruptos retrógrados, fascistoides y misóginos antes que por el aporte racional a los debates públicos. Lewin afirmó que desde la Defensoría se buscará que Etchecopar no sea escuchado en la sociedad porque es anacrónico y que para ello había que hacer un cambio cultural. En lo personal comparto el diagnóstico respecto del anacronismo de Etchecopar pero un funcionario público debe ser muy cuidadoso con sus palabras. Porque en todo caso alguien podría preguntar: ¿y si fuera anacrónico qué? ¿Por ello desde el Estado se va a diseñar una ingeniería social para transformar la cultura y dejar de escuchar al presunto anacrónico? Quizás sea más fácil dejarlo con su anacronismo y que la gente elija qué quiere escuchar. ¿No? Pero hay un punto más: la Defensoría se pronunció a partir de las lamentables declaraciones de Etchecopar donde, desempolvando el clásico antiperonismo y la metáfora organicista que ha dado lugar a la creación de enemigos pasibles de ser extirpados, indicó que la expresidenta era “el cáncer de la Argentina”. El organismo determinó que “se trata de un acto de violencia simbólica y mediática en relación con el ejercicio de los derechos de las mujeres en política”  y le recomendó a ARTEAR, empresa dueña de canal 13, coordinar una actividad de intercambio y capacitación para visibilizar este tipo de problemáticas. ¿Sabrán en la Defensoría que el ataque contra CFK fue político antes que misógino? Es que Baby Etchecopar hubiera dicho lo mismo de CFK y de Evita pero también de Perón y de Néstor Kirchner. Por lo tanto, el ataque a CFK es un ataque de clase, por razones políticas. Lo que molesta de CFK a Etchecopar son los intereses que ella afectó durante su gobierno, intereses que, curiosamente, eran compartidos por los que participaban en la mesa de Mirtha Legrand el día que Etchecopar realizó el exabrupto. Por ello, no la atacaron por mujer. La atacaron por peronista. Lo habrá hecho mejor, peor o regular. Pero la atacaron por llevar adelante políticas redistributivas. Por supuesto que, tanto Evita como CFK y la gran mayoría de las mujeres que participan en política han padecido discriminaciones por su condición de mujer pero el eje principal de los ataques lo han padecido no por el género autopercibido sino por las ideas que defienden.
Además, en lo personal, advierto cierto prejuicio iluminista, cierto tufillo a vanguardia iluminada en esto de que ante cualquier hecho repudiable hay que mandar al repudiado a hacer un curso. Hay un riesgo aquí de que finalmente, a aquel que no piense como yo, se lo mande a hacer un curso como si lo que estuviese jugando allí, antes que diferentes ideas, fuera una lucha entre la opinión de un ignorante, y la opinión del que sabe que es, por supuesto, el que brinda el curso para que el ignorante se desasne.  
Ahora bien, ustedes dirán: ¿se puede dejar que alguien exprese discursos de odio o difamaciones libremente? Por supuesto que hay muy buenas razones para decir que no y de hecho hay que evitar la paradoja de la libertad de expresión y de la tolerancia que llevadas al terreno de lo absoluto le pueden dar lugar a los que están en contra de la libertad de expresión y de la tolerancia para que acaben con ellas. Y es que ningún derecho es absoluto y eso incluye al derecho a la libertad de expresión. Pero dicho esto, luego entramos en las dificultades de la regulación: ¿cuál es el criterio para regular? Recuerden que aunque todavía hay controversia al respecto, las calumnias e injurias fueron despenalizadas. Claro que lo hicieron por presión de los periodistas pero la lógica no es del todo descabellada: una vez que se abre la puerta de la regulación o se otorga un instrumento de sanción es muy probable que eso funcione como una pendiente resbaladiza que acabe siendo más perjudicial aún.
En Argentina siempre llegamos tarde, pero acostumbrados a que la censura provenga de la derecha, no estamos notando que se está generando un clima cultural que, aun enarbolando banderas y reivindicaciones encomiables, está derivando en formas indirectas de la censura. De hecho, apenas unos días atrás, 150 referentes de la cultura, entre los que se encuentran JK Rowling, Noam Chomsky, Margaret Atwood, Ian Buruma, Gloria Steinem, Martin Amis y Salman Rushdie, firmaron una carta abierta contra el activismo progresista estadounidense que, en nombre de la corrección política, está fomentando una cultura de la intolerancia, la cancelación, la persecución y los castigos desproporcionados.
En la carta admiten el “necesario ajuste de cuentas” con un pasado de injusticias racial y social pero advierten que se ha intensificado también “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica”. Es difícil imaginar que se pueda acusar de misógina a Margaret Atwood o de reaccionario a Chomsky y sin embargo, la carta continúa afirmando: “El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura”.
Asimismo, la carta abunda en algo que se está viendo también en nuestro país: “Los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas pensadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos (…) Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”.
Por último, y a manera de síntesis, hago mías las palabras con las que culmina la carta: “La restricción del debate, la lleva a cabo un Gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a aquellos sin poder y merma la capacidad para la participación democrática de todos” (…) La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas”.