domingo, 16 de noviembre de 2014

La incertidumbre de atreverse a pensar (publicado el 13/11/14 en Veintitrés)

Muchas veces en esta columna hemos hablado de las razones por las cuales la palabra del periodista se ha desprestigiado y de qué manera deberíamos revisar el vínculo de esta profesión con nociones altamente controvertidas como “verdad”, “realidad”, “objetividad” y “neutralidad”.
Sin embargo, poco hemos desarrollado el efecto que esto ha producido en el ciudadano medio. Dicho de otra manera, ¿qué sucede en cada uno de nosotros cuando tomamos conciencia de que el periodista no dice “la” verdad sino “una” verdad, que la realidad no circula trasparentemente a través de una pantalla, o que la objetividad y la neutralidad son metas que ni siquiera resultan alcanzables para la supuestamente aséptica labor científica?    
La hipótesis de estas breves líneas es que, curiosamente, esta toma de conciencia no devino en un sentimiento de mayor libertad sino que, más bien, genera un estadio de enorme incertidumbre. Porque, a contramano de lo que solemos repetir, el período de la ilustración occidental no trajo “la muerte de Dios” sino simplemente trasladó el lugar desde el cual se “dice la verdad”. Dicho más fácil: quizás ya no creemos en Dios ni en las instituciones de una religión particular y hasta aceptamos que debemos ser tolerantes con otros credos simplemente porque nos hemos dado cuenta que no hay acceso privilegiado a la verdad. Sin embargo, no aceptaríamos que la ciencia brindara “verdades relativas” o que la realidad sea algo controvertido. El mundo debe ser uno solo y la verdad única aun con un Dios “muerto”. No llegaremos a la verdad a través de la religión pero, por suerte, podremos llegar a ella a través de la ciencia y la prensa.    
Este fenómeno no debiera sorprender pues tras la crisis de las verdades religiosas, el Hombre buscó refugio en otras creencias, siguió necesitando que otro le diga dónde está la verdad. Lo explicaré mejor con un ejemplo y, de antemano, pido disculpas por la autorreferencialidad. Muchas veces me han preguntado cómo hacer para estar informado en estos tiempos, cómo acceder a la verdad y a la realidad una vez desenmascarado el rol de los medios de comunicación en un país como la Argentina. La pregunta es muy interesante porque parte de la paradoja de formar parte de una sociedad atravesada por estímulos y por noticias y, sin embargo, cada vez más desinformada. Pues varias semimentiras repetidas no hacen una verdad ni varias verdades irrelevantes constituyen una verdad relevante. Entonces, cómo estar informado si nos hemos dado cuenta que la prensa ya no está en el lugar de “la verdad”. ¿Acaso se trata de ir a leer o escuchar a aquellos periodistas con los que coincidimos ideológicamente? ¿Ahí está “la verdad”? No amigos, mi respuesta es que no está ahí tampoco. Una lástima, pues habríamos resuelto de manera simple lo complejo: sabríamos que algunos periodistas mienten pero por suerte hay otros que no, así que simplemente hace falta tomarlos como referencia y todo volverá a su orden natural. Pero lamento desilusionarlos. No lo podemos resolver así. Y por ello creo que hoy más que nunca vale la pena rescatar ese opúsculo famoso publicado, justamente, en un periódico, allá por 1784, cuyo título es “¿Qué es la ilustración?” y lleva la firma del filósofo prusiano Immanuel Kant.
Kant comienza definiendo a la ilustración como “la liberación del Hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración”.
Atreverse a pensar por uno mismo, romper con el tutelaje al que arrojarle las culpas, es naturalmente una apuesta valiente puesto que hacerlo implica asumir que nos sentimos desvalidos, que debemos responsabilizarnos y vivir sin referencia “sagrada” alguna. Es más, puede que nos sintamos profundamente solos en esa búsqueda, por definición, abismal. Es por eso que no solo los mismos periodistas sino muchos de los consumidores de medios tradicionales sienten una incomodidad que a veces hasta les cuesta verbalizar. Pues han sido arrojados a un mundo sin verdad en el que, no lo digo con ironía, encima hay que trabajar 12 horas, cuidar hijos y hacer trámites.   
Kant afirma que son la pereza y la cobardía las que explican que una gran parte de los hombres sigan pupilos, dependientes de sus tutores. De aquí que afirme que “¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las dietas, etc.  etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea”. El periodista al que le creemos cumple esa función pues cuando queremos saber la verdad, o conocer “lo que está pasando”, lo escuchamos a él, que se ocupa, por nosotros, de la verdad, de conocer la realidad y de transmitirla.    
Volviendo al filósofo prusiano, creemos que es muy útil la analogía que utiliza para explicar la ilustración en términos de la distinción entre un adulto y un niño, pues quien no está emancipado es, justamente, como un chico, esto es, alguien, en principio, con un grado de responsabilidad distinto al de un mayor. Sin embargo, desde aquí creemos que es necesario reafirmar que no se puede llevar el asunto al mero voluntarismo o a características personales como la cobardía y la pereza pasando por alto el insoslayable contexto de un sistema económico y un modo de producción profundamente alienante que ocupa el tiempo y la mente de millones de hombres y mujeres en necesidades concretas mucho más urgentes que la interrogación acerca de la verdad.
Para finalizar, y alejándonos de Kant ahora, consideramos que atreverse a pensar por uno mismo en las sociedades occidentales del siglo XXI no lleva necesariamente a plantear una mirada individualista o solipsista. Tampoco relativista en el sentido de considerar que todo, la verdad, la realidad, etc., es relativa a mí. Atreverse a pensar puede significar también la comprensión de que la verdad y la realidad son construcciones colectivas y que la neutralidad y la objetividad se disputan en el horizonte de una comunidad histórica. También puede derivar en la decisión de seguir a un determinado líder o referente, aunque, claro, con la capacidad crítica de poder poner en tela de juicio ese liderazgo en el ámbito público y no aceptar sus decisiones de manera acrítica.
Kant, un ilustrado y un optimista respecto a la posibilidad de alcanzar una opinión pública con conciencia crítica, creía que el periódico sería una herramienta clave en la conformación de esta ciudadanía libre e informada. No pudo ver que esa herramienta sería utilizada para manipular masivamente y para constituir un sentido común definido, justamente, por su carácter acrítico. Tampoco fue testigo del modo en que la prensa acabó reemplazando a otras formas de discurso para erigirse en la religión de nuestros tiempos, un ámbito totalizante que, aparentemente, nos acompaña, nos escucha y al cual le imploramos. No será fácil romper esa lógica, no solo por la resistencia de los evangelizadores mediáticos sino también por la resistencia de los propios evangelizados mediatizados. Al fin de cuentas, quizás buena parte de la sociedad se niegue a asumir la mayoría de edad, a atreverse a pensar por sí misma y convivir con la incertidumbre de no ser devoto de ninguna divinidad, ni siquiera de aquellas bien terrenales que utilizan micrófono y dicen informarnos.      
   



viernes, 7 de noviembre de 2014

La cruzada de la reconciliación (publicado el 6/11/14 en Veintitrés)

Días atrás se inauguró el “Museo del Periodismo”, de Luis Majul, con una muestra llamada “40 años de periodismo: de Walsh a Lanata”. Asistieron distintos referentes del establishment periodístico, desde los recalcitrantemente anti kirchneristas hasta algún moderado y algunos filo kircheristas, como así también buena parte del arco político opositor incluyendo varios de los precandidatos a presidente.
La muestra forma parte de una cruzada que viene llevando adelante el conductor de La Cornisa en pos de reivindicar el periodismo. Así, a sus intervenciones públicas, Majul le ha agregado un programa que se emite por canal “a” llamado “Un mundo con periodistas”, donde tanto él como el periodista de espectáculos Pablo Sirvén y el marido de Victoria Donda, Pablo Marchetti, entrevistan a distintos periodistas para hablar sobre la profesión.       
              La muestra ha generado particulares adhesiones, desde el Secretario de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, prometiendo que este Museo se incluiría en el recorrido de la multitudinaria “Noche de los museos”, hasta la legisladora excarriotista, exkirchnerista, exsolitaria y actual filoPro, Graciela Ocaña, quien presentó en la Legislatura un proyecto para declararlo de interés turístico. Tampoco se puede dejar de soslayo una insólita nota del editorialista opositor Jorge Fernández Díaz, quien desde La Nación embistió con un relato épico acerca de un joven y valiente Luis Majul, de zapatillas naranjas, que habría ingresado al periodismo después de haber knockeado (SIC) a un jefe de redacción.
Ahora bien, la pregunta es ¿por qué está cruzada? ¿Es una sobreactuación más? No me parece. Más bien hay elementos profundos para exponer y creo que una síntesis se la puede encontrar en las declaraciones que diera el periodista ante los requerimientos de sus colegas. Pues allí Majul respondió una y otra vez “Vamos a dejar atrás la grieta”, refiriéndose al término utilizado por Jorge Lanata para describir la fractura que se produjo en la corporación periodística. Considero que su deseo es sincero y es de los pocos que se atreve a hacerlo explícito pues lo que intenta hacer Majul es volver a hacer del periodismo aquel bloque monolítico y lograr, por fin, la reconciliación de todos los integrantes de la corporación.
También creo que tiene razón el conductor de América cuando afirma que ha sido el kirchnerismo el que generó la fractura y que en la medida en que el kirchnerismo continúe la fractura seguirá sin soldarse. Esto, claro, más allá de que esa cuña que introdujo la política señalando el accionar faccioso de la prensa, cada vez incomode más incluso a los periodistas cercanos al oficialismo. Es que, en realidad, cuando se puso en tela de juicio la objetividad y neutralidad del periodismo la bolsa tuvo lugar para todos, desde Clarín hasta Página 12 pues bastante absurdo sería afirmar que periodistas objetivos y neutrales son solo los que leemos nosotros y los que tienen la línea editorial que nos gusta.       
Dicho de otra manera, el kircherismo no solo ha discutido al periodismo opositor, sino que ha discutido al periodismo todo y llevar adelante semejante quijotada es jugar al límite, especialmente porque hay que saber que tarde o temprano la corporación va a tender a cerrarse una vez más sobre sí. Tendrá que ser más o menos generosa, perdonar algunos díscolos (por ejemplo, Víctor Hugo Morales, es parte del “Museo de Majul”), dejar a los bárbaros afuera como aquello que el periodismo no debe hacer (el seisieteochismo) y rápidamente aquellos que levantaban el dedito y se entusiasmaron primeramente con el enfrentamiento que proponía el kirchnerismo, recordarán que antes que hombres y mujeres con ideología son periodistas.
Lo he escrito varias veces pero lo repito: el kirchnerismo (y otros gobiernos populares de Latinoamérica) han puesto el énfasis en la disputa con los medios concentrados porque éstos disputan la representación de la sociedad civil y del pueblo desde una posición ventajosa.  Y los periodistas y referentes mediáticos opositores están profundamente enloquecidos no por una política keynesiana o por una cadena nacional sino porque la política les que está quitando el lugar de la representación. Hoy un periodista puede recibir un insulto en la calle, como lo recibieron siempre los políticos. Está muy mal en cualquiera de los dos casos pero para un periodista, que siempre fue saludado, alabado y hasta erigido como héroe, el cambio es muy duro. Entonces la disputa no es por dinero. Es por mucho más que eso. ¿Saben cuánto vale decir algo y que por el simple hecho de decirlo en un diario, en una radio o en la tele la gente te crea? No hay dinero que pague eso. Por eso los periodistas opositores están desesperados y los oficialistas están siempre incómodos. A todos les sería más fácil tener un adversario político claro, como en la década del 90 cuando en frente estaba Menem. Ese era fácil: se lo podía criticar por peronista, por neoliberal, por populista, por corrupto, por payasesco, es decir se le podía entrar por izquierda o por derecha.  Con el kirchnerismo es más difícil porque puso de manifiesto que hay disputa por la representación política profundamente desigual: por un lado están los dirigentes políticos, es decir aquellos que son sometidos al voto y al control popular. Se trata de hombres y mujeres cuya única herramienta es la persuasión, porque la política no tiene que ver con la verdad sino con la persuasión. En otras palabras, estatizar los fondos de jubilaciones o YPF, no es algo que se puede evaluar en términos de verdad o falsedad; en todo caso se evaluará en términos de “me convence” o “no me convence” en función de mis convicciones. Y aquí se da la desigualdad porque, por otro lado, la facción que disputa la representación, que gozaba del prestigio y la performatividad de la palabra, no acepta ser una facción, una parte, sino que dice representar a la totalidad, a la realidad. Así, en un debate entre un político y un periodista, este último habla desde el lugar de la verdad mientras que el primero solo puede hablar desde la propuesta persuasiva.
Dicho esto, lo que estos años de disputa han puesto en tela de juicio es que los periodistas hablen desde la verdad. Porque no lo hacen, lo cual, claro está, no quiere decir que siempre mientan o que mientan más que los políticos. Quizás, incluso, mientan menos pero a priori parten todos del mismo lugar y sin embargo, para mantener su lugar de representante, el político debe refrendar periódicamente frente a la sociedad su cargo, algo que no sucede con el periodista.     
La corporación periodística está ansiosa. Desea, de una vez por todas, el fin de la grieta, esto es, de la  fractura que fue producida por el modo en que el kirchnerismo desenmascaró el rol de la prensa. Necesitan hacer borrón y cuenta nueva, estigmatizar con letras escarlatas a los que los dejaron en evidencia una y otra vez y punto: a reciclarse y a continuar con el show de las noticias para que “usted sepa toda la verdad” y pueda descansar en paz, con el mundo ordenado y lleno de certezas. La cruzada de la reconciliación ya comenzó. Ahora hace falta el detalle de las urnas dando una mano. Porque con un gobierno de cualquier signo político no kirchnerista las cosas volverían a su lugar natural: los políticos a ser puteados por ladrones y los periodistas a ser creídos por periodistas.    



lunes, 3 de noviembre de 2014

La fábrica latinoamericana de opositores (publicado el 30/10/14 en Veintitrés)

Políticamente hablando hay un fenómeno que se replica prácticamente en todos los países de Latinoamérica. Pero no se trata del triunfo de los gobiernos que reciben el nombre de populares, progresistas o de centro izquierda. Con todo, sin dudas, estos gobiernos tienen características en común, comenzando por ser la respuesta que cada uno de los países dio a la década neoliberal. En este sentido, en general, podemos decir que se trató de gobiernos que recuperaron el rol del Estado y de la política, con proyectos económicos inclusivos y con un afán redistributivo. La consecuencia también fue bastante similar en cada uno de estos países pues el crecimiento del PBI fue enorme y millones de personas dejaron la pobreza y la indigencia para incluirse en las capas medias. Asimismo, también es real que varios de estos gobiernos dieron fuertes señales en pos de la construcción institucional de una Latinoamérica que solo en bloque podía hacer frente a los condicionamientos que impone el sistema financiero internacional. Pero es claro que cada uno de los procesos ha tenido sus particularidades. En este sentido, no parece razonable englobar las construcciones políticas y a sus líderes dentro de un mismo espacio sin más aclaraciones. Para decirlo más específicamente: ¿es comparable el Frente Amplio de Vázquez y Mujica con el chavismo venezolano? Es más, puede que buena parte del frenteamplismo uruguayo, desde un perfil más socialdemócrata, acuse de populista a la construcción bolivariana. En esta misma línea, ¿el socialismo chileno que volvió al triunfo con Bachelet es el mismo socialismo del que hablaba Chávez y continúa Maduro? Sin dudas que no y esto obedece a un sinfín de variables que comienzan por las características idiosincrásicas de cada una de las sociedades y por su historia política. En estos ejemplos, entonces, se ve la enorme complejidad de construcciones más movimientistas  en el marco de crisis representativas y construcciones más vinculadas a la continuidad institucional del sistema de partidos. Siguiendo con las diferencias, ¿podemos comparar el PT brasileño que acaba de garantizarse la continuidad durante cuatro años más con el indigenismo liderado por Morales? Tanto Lula como el líder boliviano fueron referentes de los trabajadores y provienen del sindicalismo pero la construcción del PT en Brasil es distinta a la del MAS en Bolivia, tanto como son distintos, en todo sentido, ambos países. Incluso la “revolución ciudadana” de Rafael Correa, fuertemente cargada de impronta indigenista, también tiene su propia lógica tanto como la tiene el kirchnerismo, hijo de la democracia argentina, es decir, del país donde se cometió el mayor genocidio de la región y donde existió un fenómeno tan particular como el peronismo.
Donde sí hay algo en común es en que todos han sido exitosos y salvo el interregno de Piñera en Chile, ninguna de las construcciones políticas mencionadas ha abandonado el poder desde que lo asumieron. Es más, todos han refrendado varias veces en las urnas sus administraciones y han salido victoriosos aun cuando eran muchos los que vaticinaban aires de cambio en la región. En esta línea, en 2013 ganaron Correa,  Maduro y Bachelet, y en 2014 hicieron lo propio Morales y Dilma, y todo da a entender que en segunda vuelta se impondrá Vázquez en Uruguay. Así, de todos los gobiernos que podríamos incluir en el campo “popular/progresista/centroizquierda”, el que debe refrendar su gobierno en lo inmediato es Argentina donde el kirchnerismo, al igual que el petismo en Brasil y el chavismo en Venezuela, irá por su cuarto mandato. Sobre este punto en particular, en aquellos países donde la construcción se hizo sobre un liderazgo fuerte (Venezuela, Ecuador, Bolivia), reformas constitucionales en línea de promover la posibilidad de la reelección, garantizaron la continuidad del modelo. En otros (Brasil y Uruguay) los “liderazgos pares” (Lula-Dilma; Vázquez-Mujica) fueron el modo en que se “eludieron” las limitaciones constitucionales. En Argentina, claro está, la temprana muerte de Néstor Kirchner dejó a Cristina Fernández como única referente de ese espacio y sin haber logrado posicionar con claridad un continuador como hizo, por ejemplo, Chávez con Maduro que, en vida, declaró públicamente que su ex canciller sería el hombre capaz de continuar con el proyecto.            
Ahora bien, comencé diciendo que hay un fenómeno que se replica en Latinoamérica y hasta ahora solo le he hablado mayoritariamente de las diferencias existentes entre aquellos gobiernos que se suelen englobar bajo una misma categoría. Pero hete aquí que poco se habla de las sorprendentes similitudes de las construcciones políticas y liderazgos que se han presentado como los principales opositores a estos gobiernos. En este sentido, es un fenómeno digno de estudio lo parecido que resultan los discursos, los slogans, el sector social, la franja etaria y el armado político de los candidatos que estuvieron más o menos cerca de vencer a las propuestas antes mencionadas. ¿Acaso no resultan como salidos de una misma casa matriz candidatos como Capriles, Neves, Piñera, Lacalle, Massa, Macri, Lasso y “Tuto” Quiroga entre otros? Más allá de que algunos puedan ser la referencia de partidos tradicionales más consolidados u otros emerjan sin base partidaria detrás, todos son varones de entre 45 y 55 años aproximadamente, simpáticos y/o “buenos mozos”, son empresarios exitosos y buscan representar una derecha moderna y popular. Resulta sorprendente, incluso, analizar sus discursos pues si no supiésemos quién habla sería imposible diferenciarlos. Hacen referencia a un país dividido porque más del 50% vota una opción diferente a la que ellos representan;  piden diálogo y exigen mirar hacia adelante porque en algunos casos formaron parte directa o indirectamente de los sectores vinculados a los golpes de Estado en la década de los 70; ante la evidencia de políticas que han sido bien recibidas por el pueblo, utilizan el latiguillo no siempre falso pero exagerado de “la corrupción estatal” sin hablar nunca de la corrupción privada; piden “volver al mundo” cuando quieren decir “volver a tener políticas neoliberales” y para ello tienen contacto directo con la Embajada estadounidense como ha revelado Wikileaks (no me refiero solo a Massa sino a Quiroga, Lasso y Capriles, entre otros); dicen que falta libertad de expresión en decenas de canales de televisión, en radios y diarios opositores y oficialistas; piden por las instituciones y la democracia a pesar de que muchos de ellos son fuertemente sospechados de promover la desestabilización de las instituciones y la democracia; promueven la “mano dura” como única solución a la problemática del delito desvinculándolo de la problemática social fuertemente determinada por aquellos modelos económicos que ellos defienden.         
En este contexto no parece casual que compartan muchos de sus asesores, quienes evidentemente consideran que una misma receta es válida para todo tiempo y espacio, casi lo mismo que suponen sus economistas de cabecera. Parecieran como salidos de una misma fábrica, casi construidos a imagen y semejanza de un modelo que ya gobernó cada uno de estos países y ahora se enmascara para exigir un “derecho al olvido”. Dicho esto, asoma una paradoja pues a pesar de las enormes diferencias existentes entre los gobiernos populares, todos tienen como principal oposición a candidatos salidos de la misma matriz, calcados y construidos por los ingenieros del marketing y la tele política. Eso sí: si bien se presentó como una fábrica de presidentes, hasta ahora, solo ha logrado construir circunstanciales y ululantes opositores.

             

viernes, 31 de octubre de 2014

De Tinelli a Sabsay. Apuntes sobre el enemigo (publicado el 30/10/14 en Diario Registrado)

Hay un latiguillo que se ha instalado en la Argentina hace ya algunos años y que obedece a una clara intencionalidad basada en una tergiversada y torpe interpretación de categorías políticas con importante circulación en los ámbitos académicos. Más específicamente, casi todos los editorialistas opositores al kirchnerismo y, en la última semana, un preocupado Marcelo Tinelli y un crispado abogado llamado Daniel Sabsay, indicaron que el kircherismo divide a la política entre amigos y enemigos.
Tal idea es originaria de un alemán, filósofo del derecho, llamado Carl Schmitt con una relación, como mínimo, controvertida con el régimen nazi. Para Schmitt, el origen del Estado no es un acuerdo entre individuos libres e iguales sino el fruto de una decisión que establece un nosotros y un ellos, los amigos y los enemigos. Toda decisión política en tanto tal marca un adentro y un afuera y entre los amigos y los enemigos se da una tensión existencial capaz de derivar en el extermino físico. Más allá de que las interpretaciones que se pueden hacer sobre Schmitt merecen mucho más de 5 renglones, cuando se indica que el kirchnerismo sigue la lógica schmittiana (para algunos nazi) se estaría diciendo que busca eliminar físicamente a sus contrincantes políticos.
Y no hace falta ser kirchnerista para echar por tierra semejante brutalidad ya que es posible hacerle críticas a la administración actual pero adscribirle una supuesta pretensión persecutoria y hasta genocida resulta un despropósito. Porque el kirchnerismo es hijo de la democracia e incluye dentro de sí la impronta colectivista y verticalista del peronismo clásico complementada con principios liberales y universalistas como la defensa irrestricta de los derechos humanos. Por eso hay progresistas no peronistas que se sienten kirchneristas y muchos peronistas que afirman que el kircherismo no se puede comprender sin la base justicialista.
Lo que sí ha hecho el kirchnerismo es plantear que hay una alternativa a la política y a la democracia entendida como mero consenso. Sí, efectivamente, lo que se viene planteando desde 2003 hasta la fecha es que esa mirada liberal republicana de la política y la democracia no toma en cuenta la problemática del poder, es decir, esconde que cuando nos sentamos en una mesa a consensuar muchas veces no somos iguales y se le llama acuerdo a lo que es una mera imposición. En este sentido, el kirchnerismo entiende que la política es disputa, pelea, lucha y determinación de un nosotros y de un ellos. Sin embargo, ese “ellos”, ese “otro”, no es un enemigo al que se pretende exterminar sino un adversario frente al que se lleva la disputa política hasta las últimas consecuencias dentro de las reglas de la democracia. En otras palabras, estamos hablando de política, no de un juego de niños, y por eso al otro se lo intenta vencer disputando, militando, persuadiendo y enojándose hasta el día en que vamos a votar. Y allí se acepta el resultado y se hace política desde el gobierno o desde la oposición. No es ni más ni menos que eso y para la trágica historia argentina, aquella en la que dictaduras militares identificaban enemigos internos para exterminarlos, es un enorme paso adelante.         

  

lunes, 27 de octubre de 2014

Banco Central: ¿independiente de qué? (publicado el 23/10/14 en Veintitrés)

La semana anterior, el grupo económico del candidato a presidente Sergio Massa dio a conocer su receta para eliminar las restricciones a la compra de dólares. A diferencia de su estrategia electoral en 2013, esta vez, su Frente Renovador no jugó a las escondidas sino que mostró todas sus cartas. Las razones de este cambio de estrategia pueden ser múltiples pero pareciera que la amplitud zigzagueante con la que Massa ha construido su carrera política (incluyendo haber sido Jefe de Gabinete del oficialismo) lo obligan a dar señales claras y precisas a lo más rancio del establishment, obligación que no cuenta para Macri quien, por sus credenciales, puede darse el gusto de decir que no reprivatizaría YPF ni los fondos jubilatorios.
Si se evalúa la propuesta específicamente podría decirse que ésta no pasará a la historia por su originalidad pues indica que hay que “volver” a los organismos internacionales de crédito como el FMI, liberar la posibilidad de que las multinacionales giren a sus casas matrices irrestrictamente sus dividendos y reformar la Carta Orgánica del BCRA.
Quisiera detenerme sobre este último punto pues, por si no lo recuerda, la pretensión del gobierno nacional de reformar la Carta Orgánica del BCRA fue el eje del conflicto que eyectó al ahora massista Martín Redrado de la presidencia de dicho organismo allá por enero de 2010.
El “Chicago boy”, fiel a su escuela, afirmaba que el BCRA debe ser independiente, es decir, manejarse con autonomía respecto a las políticas económicas del gobierno de turno. El latiguillo es que el BCRA está para “preservar el valor de la moneda” y lo que oculta esa idea es que los gobiernos populares con políticas económicas expansivas, redistributivas y de fomento del mercado interno lo que hacen es, justamente, debilitar la moneda. Así, por alguna extraña razón más esotérica que científica, la Escuela neoliberal de Chicago trata de explicarnos por qué el hecho de que muchos tengan más afectaría a la moneda pero que pocos tengan mucho la fortalecería.
Durante el “episodio Redrado” utilicé la figura del BCRA como un Vaticano, es decir, una suerte de Estado dentro del Estado, gobernado por una casta de técnicos que jamás se someten a las urnas y están al servicio de los intereses del capitalismo financiero. Pero esa definición sería sutilmente corregida por un pensador argentino bastante invisibilizado: Raúl Scalabrini Ortiz. Porque en el conjunto de textos reunidos bajo el título Bases para la reconstrucción nacional, que incluye artículos del segundo lustro de la década del 50, es capaz de decir lo siguiente:
“Para dar una idea aproximada de su poder se ha dicho que el Banco Central es un Estado dentro del Estado. La frase peca, no por ampulosidad, sino por deficiencia. Desde el punto de vista de la economía y de las finanzas con excepción de los valores inmateriales, constituye toda la vida del país. El Banco Central, en su estructura de 1939, es mucho más poderoso que el Estado argentino. Obedeciendo a razones que desconocemos, el embajador norteamericano, Mr. William Beaulac, nos lo ha recordado sorpresivamente hace poco, al decir: “Los problemas económicos no se resuelven con votos”. Ya lo sabemos. Los resuelve el Banco Central, que está por arriba de la política”.
Hay que recordar que el BCRA se crea en 1935, en el contexto de salida de la enorme crisis financiera que llevó a la quiebra a grandes bancos. En ese año, claro está, no había un gobierno democrático en Argentina y el encargado del proyecto para la creación de la entidad sería uno de los directores del Banco de Inglaterra: Otto Niemeyer.
Al servicio de los intereses del capital de su país, Niemeyer propuso un BCRA con clara preminencia de privados y extranjeros. Asimismo, como el propio Scalabrini nos recuerda, la lista de los designados como cuadros técnicos para lograr el correcto funcionamiento del Banco era bastante particular: “Contador fue designado Carlos Beckmann, dinamarqués. Jefe del Departamento del Tesoro, Aníbal Muschietti, suizo. Jefe del Departamento de Crédito, Silva, español. Del de Cambios, Grumbach, belga. De títulos, Korler, cuñado de Grumbach y Aris, español. Encargado del Estudio de los Tratados de comercio, Rey Álvarez, uruguayo, de larga residencia en Bélgica donde era asesor de B.R.U.F.I.N.A…y así sucesivamente. ¡Lo que se llama un elenco de primer orden! Los únicos heroicos argentinos eran los doctores Rául Prebisch y Edmundo Gagneux. ¡Qué honor!”
Lo cierto es que con la llegada al poder del peronismo, en 1946, una de las principales medidas fue la nacionalización del BCRA, que mantenía su autarquía pero en el que prevalecerían los bancos nacionales y se hallarían representados de forma más equilibrada los intereses del capital y del trabajo en el marco de un proyecto de desarrollo nacional. Sin embargo, en 1949, el BCRA pasó a depender directamente del ejecutivo puesto que el Presidente de la entidad, en tanto ministro de finanzas, sería designado por el presidente.
Como no podía ser de otra manera, tras el golpe de Estado contra Perón, hubo modificaciones en 1957 que luego fueron vueltas a retocar con el regreso del líder justicialista en 1973. Pero donde se ve un cambio claro es justamente en 1976. En ese año, se elimina la representación de los diversos sectores económicos y de los trabajadores y se incluyen tecnócratas de la monetarista ya mencionada Escuela de Chicago pregonando la apertura irrestricta al libre mercado.
Ya en la década del noventa hubo nuevas reformas que profundizaron el espíritu de la realizada por Martínez de Hoz y se impuso una normativa acorde a las necesidades del plan de convertibilidad. En un documento de trabajo del Centro de Economía y Finanzas para el desarrollo de la Argentina titulado “La regulación de la banca en Argentina (1810-2010)”, Guillermo Wierzba y Rodrigo López lo explican del siguiente modo:   
“[Con la reforma de 1992] (…) la llamada independencia del banco, no sólo fue expresada de forma literal, sino que fue asegurada por medio de otros artículos que tenían como resultado la escisión de la injerencia gubernamental en la política monetaria y crediticia: “En la formulación y ejecución de la política monetaria y financiera el Banco Central no estará sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo Nacional””.

A su vez para que no quedaran dudas del sesgo monetarista pro libre mercado, la reforma en la Carta Orgánica incluyó un artículo, el tercero, en el que se indicaba que “es misión primaria y fundamental del Banco Central de la República Argentina preservar el valor de la moneda”.

Ahora bien, la pregunta es hasta qué punto el BCRA con perfil neoliberal es independiente o en todo caso habría que preguntarse independiente de qué. Pues el principal problema no parece el depender de algo sino la injerencia del Estado. En palabras de Wierzba y López: “Según la ley, el Banco debía desarrollar una política monetaria y financiera dirigida a salvaguardar las funciones del dinero como reserva de valor, unidad de cuenta e instrumento de pago para cancelar obligaciones monetarias, pero en los hechos, la moneda argentina cedió tales atributos al dólar norteamericano. La experiencia llevó al país a una de sus crisis económicas y políticas más profundas de su historia: el colapso de diciembre de 2001”.


Independencia de los gobiernos y de los Estados. No del capitalismo financiero ni de los grandes centros económicos. Esa parece ser la particular independencia de la que nos hablan. Y frente a ello no cabe más que recordar aquella aleccionadora frase de Perón: “La economía nunca ha sido libre: o la controla el Estado en beneficio del pueblo o lo hacen los grandes consorcios en perjuicio de éste”.