sábado, 28 de marzo de 2026

Contra la tiranía de las minorías (editorial del 28.3.26 en No estoy solo)

 

Los cambios en el humor social de la Argentina deberían ser un caso de estudio en sí mismo y refuerzan esa frase, entre graciosa y trágica, atribuida al premio Nobel Simon Kuznets, quien clasificó a los países en cuatro tipos: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón y Argentina.

Lo cierto es que cuando, tras el triunfo en las elecciones de medio término y el blindaje del Tesoro Americano, imaginábamos un gobierno fortalecido, los presuntos escándalos de corrupción y las encuestas reflejan una administración con apoyo declinante.

En ese escenario es que aparece la posibilidad de plantear un “Hay 2027” más allá de que en frente del mileísmo, por ahora, todo sea desorden y, a lo sumo, resuene la idea de un gran Frente Anti Milei, el cual, algunos bromeaban, bien podría llamarse Unión democrática.

A propósito, y más allá de las provocaciones, quisiera profundizar en un debate que es más de la Ciencia Política, especialmente de aquellos que se ocupan de los sistemas de partidos y la dinámica electoral. En particular, me refiero a esta idea, ya casi parte del sentido común, de que hay que ampliar hacia el centro o que, en todo caso, en un escenario polarizado, la clave está en aquellos votantes “del medio”, aquellos que oscilan hacia un polo o el otro y para los cuales es necesario moderar los discursos.

Naturalmente no son tontos quienes plantean esto y en general suele haber sido así, especialmente en un sistema como el nuestro que, tras la reforma del 94 y la inclusión del balotaje, fue pensado para incentivar coaliciones y propuestas moderadas, las únicas capaces, a priori, de alcanzar ese 40/45/50% de los votos que se necesitan.

Sin embargo, podríamos decir: el kirchnerismo fue una versión “radicalizada” por izquierda que nació al interior del peronismo y Milei fue una opción radicalizada por derecha que nació al interior del descontento generalizado. Más allá de que Milei sí pudo tener el aval de los votos en la segunda vuelta que Menem le negó a Kirchner en 2003, podría decirse, con todas sus diferencias, claro, que ambas versiones se caracterizaron por ser minorías que arrastraron al conjunto, del peronismo y el espacio popular en el caso de los K, y de la derecha en el caso de Milei. Si estos espacios ganaron (o marcaron una época) fue por su radicalidad y no por su moderación.  

Esto me llevó a revisar Jugarse la piel (2018), un libro de Nassim Nicholas Taleb, ensayista y matemático estadounidense de origen libanés que había saltado a la fama, entre otras cosas, por su idea de los Cisnes negros y de lo Antifrágil, referido a aquellos sistemas que devienen exitosos no por su robustez sino por el modo en que se adaptan y se benefician del desorden.

Más allá de su tesis central, Jugarse la piel, tal como lo indica su subtítulo, hace eje en la cuestión de las asimetrías y en el modo en que éstas pueden derivar en una suerte de tiranía de las minorías.

Veámoslo con un ejemplo: una mesa de 9 amigos reunidos en un bar. De repente, uno de ellos invita, a su vez, a un amigo extranjero que está de viaje en Argentina y habla inglés pero ni una palabra de español. En el caso de que todos en la mesa manejen alguna mínima noción del inglés, ¿en qué idioma creen que transcurrirá la charla? Sí, en inglés. Es decir, en este caso, una minoría inflexible (porque no puede adaptarse al resto) logra imponer condiciones a una mayoría flexible, (en este caso, el 90 por ciento de la mesa). 

Taleb menciona otros ejemplos, como el de la comida Kosher y Halal. En este sentido, él cuenta la sorpresa que se llevó el día que se dio cuenta que estaba ingiriendo comida Kosher por la información incluida en el producto (lo mismo vale para el menú Halal o podría valer para el caso de los “Sin TACC”). En este ejemplo, Taleb entiende que, en caso de que la alteración no suponga un gran incremento económico, para un creador de un producto es más fácil adaptar el mismo a los requerimientos de la minoría que crear dos productos diferenciados, especialmente porque quienes solo comen comida Kosher no comen otra cosa, pero quienes no son Kosher están abiertos, o les resulta indiferente, un menú Kosher. Una vez más, mientras se conjugue una minoría intransigente con una mayoría flexible, el resultado será que la minoría imponga las condiciones.    

En el mismo sentido, Taleb muestra cómo, por ejemplo, para prohibir un libro no hace falta que se sienta ofendido el ciudadano medio. Más bien alcanza con un grupo de activistas intransigentes para que luego por complicidad, temor o indiferencia la mayoría acabe aceptando. Esta misma dinámica se ha visto en la lógica Woke que floreciera una década atrás: un grupo de activistas radicales, sectarios y fundamentalistas seleccionaban la agenda, la víctima y decretaban el fin del Estado de Derecho; luego, la mayoría se unía a la corriente con las antorchas en la mano. Siempre en nombre del Bien, claro.

Asimismo, el autor ofrece ejemplos históricos como el de los cristianos o los sunitas los cuales, gracias a su intransigencia, lograron imponerse a los romanos y dentro del islam respectivamente; y, contra toda la una larga tradición, indica que, por esta misma regla de la asimetría, los valores morales de la sociedad no se forman merced a una evolución del consenso, sino que es la persona o el grupo más intolerante el que acaba imponiendo la virtud a los demás.

Más allá de los números, (Taleb menciona el 3% como “umbral mágico” para que la regla de la minoría pueda funcionar), lo que queda claro es que lo que surge de la regla de la minoría tiene más probabilidad de ser una regla binaria, blanco o negro, sin matices, lo cual es bastante sensato si pensamos que son minorías intransigentes las que acaban hegemonizando.

A la luz de esta idea es posible una lectura interesante de algunas de las tendencias a nivel mundial pero también en el ámbito vernáculo. Sin entrar en comparaciones ni mucho menos, no resulta descabellado observar que la tendencia en los últimos años es bien descripta por esta dinámica de la asimetría. Así, de repente, las ideas más radicales y recalcitrantes de individuos o grupos acabaron empujando a grandes sectores hacia los polos. Pensemos, si no, en el modo en que un progresismo zonzo acabó acaparando la agenda del kirchnerismo con propuestas que reproducían, en algunos casos, los delirios trasnochados de la Academia estadounidense, lectora tardía de transnochados franceses, y cómo la agenda de la derecha, llamemos “liberal y republicana”, acabó fagocitada y arrastrándose detrás de un anarcocapitalismo populista y conservador liderado por un grupo de arribistas que impusieron debates y autores marginales y delirantes. 

Como venimos indicando aquí, nadie sabe cuál será el escenario electoralmente hablando en 2027 pero no va de suyo que un gran frente opositor lo suficientemente moderado sea un destino inexorable. Más bien, máxime con el poder de veto que tienen estas minorías en ambos bandos, no debería descartarse que la lógica de la asimetría planteada por Taleb arrastre a toda la oposición y continúe arrastrando al sector de la derecha detrás de la intransigencia de una minoría.

Quizás sirva para ganar, pero también cabe advertir, con Taleb, que una minoría intolerante puede, efectivamente, controlar y destruir la democracia, de lo cual el autor sigue, en la línea de Karl Popper, que deberíamos ser intolerantes con los intolerantes. No serlo supondría un suicidio y a la luz de los sucesos de los últimos años, tanto en Argentina como en el mundo, entre el radicalismo woke y la reacción neoconservadora, algo de sentido parece tener esa advertencia.  

 

Idiota o corrupto (y quizás ambas cosas a la vez) [editorial del 21.3.26 en No estoy solo]

 

Hace algo más de un año, cuando, en un febrero tranquilo, se conocía una estafa a cielo abierto llamada LIBRA, escribíamos en este espacio que el presidente Milei había quedado en una situación incómoda: o asumía haber sido engañado y con ello demostraba una profunda ignorancia en un tema en el que se jacta de ser un gran conocedor, o asume su complicidad y con ello se expone a un juicio penal y político. En aquel momento usábamos una metáfora zoológica de esas que le agradan al primer mandatario: o no cede en su narcisismo y asume las consecuencias de ser el león que se las sabe todas, o salva su gobierno reconociendo ser un mandril ciego que “no la vio”.

Con menos eufemismos, meses más tarde, la excanciller Diana Mondino, incomodada en una entrevista con AlJazeera acababa aceptando que el presidente era “idiota o corrupto”. Y tenía razón. En el caso LIBRA no hay un tercer camino posible, aunque quizás podría entenderse por tal que la disyunción no sea excluyente y estemos frente a alguien que pueda ser ambas cosas a la vez.

Las nuevas revelaciones no son concluyentes, pero suman una enorme cantidad de indicios en favor de la hipótesis de una trama de corrupción que lo involucraría, más allá de que no corresponde descartar que haya sido simplemente un idiota útil y que la ronda frenética de llamados posteriores al hecho estuvieran vinculados a salir airoso de, como mínimo, un error infantil.

Sumemos a esto el caso Adorni y recordemos que todo esto se da en las dos semanas posteriores a un discurso en el que el presidente habló de La Moral como política de Estado, referencia grandilocuente que, como el mismo Milei anticipó días después, será el título de su próximo libro. No descartemos, igualmente, que sea un libro de humor, especialmente si lleva prólogo de su hermana y los Menem.

A propósito de moral, o más bien, de morales, posémonos ahora en el jefe de gabinete que supo ser vocero por sus supuestos dotes oratorios o, para ser justos, por su capacidad para defender lo que sea de una gestión, algo que han hecho todos los voceros, por cierto, algunos con más suerte que otros (recordemos si no el triste papel de Gabriela Cerruti). La situación me remonta a ese teatro del absurdo de Ionesco, en particular a Las Sillas y a la figura de El Gran Orador. Para quienes no lo recuerden: dos ancianos en un salón dicen esperar a El Gran Orador para lo cual convocan a la comunidad. Se la pasan acomodando las sillas mientras esperan a los invitados. Pero surge un detalle: los asistentes son invisibles. Finalmente, se produce el gran momento: El Gran Orador arriba, se lo ve perfectamente, en este caso. Sin embargo, cuando pretende dar el discurso, se traba, dice incoherencias, balbucea y nadie entiende lo que dice entre esa audiencia de sillas vacías y testigos únicos porque, por cierto, la pareja de ancianos que había preparado todo ya se había arrojado por la ventana. 

En este sentido, ver hocicar a un hombre tan soberbio y mediocre como Adorni; ser testigos del modo en que intentó salpicar para todos lados; la forma en que se desdijo; el señalamiento a una supuesta invitación del presidente, luego de presidencia; el desliz del “deslomamiento”; la tesis conspiranoica de ser víctima de la interna para, tras todo ese raid, al final, pedir perdón, mientras, al momento de escribir estas líneas, seguimos esperando la factura del vuelo privado a Punta del Este, ha sido todo un espectáculo. Mejor aun cuando la audiencia no era invisible sino toda la ciudadanía a la cual Adorni daba lecciones de moral desde su púlpito y desde su cuenta de Twitter abusando de la ironía, recurso que se agradece solo en gente inteligente. Verlo buscando tapar lo que no se puede tapar en una gira incesante de declaraciones con medios amigos, despertaba hasta ternura. El hombre que impuso en Twitter la palabra “FIN” como sentencia y prueba concluyente de verdad, estuvo embarcado en una maraña de aclaraciones que, paradójicamente, no terminaba nunca.

Asimismo, el énfasis en la moral dejó expuesto su costado más vulnerable. La semana pasada decíamos que el riesgo de sustituir la política por la moral era la invalidación del adversario político y la renuncia a todo debate de ideas pues el otro no es alguien que piensa distinto, incluso de manera equivocada, sino simplemente un inmoral. La disputa política, así, es sustituida por una lucha entre el Bien y el Mal. Y, por cierto, habiendo tantos fundamentalismos en el mundo, no es un buen momento para agregar uno.

Pero el segundo aspecto del énfasis en el discurso moralista es cuando queda expuesta una doble moral. Es casi de manual: si vas a moralizar, el culo debe estar limpio. Si no… es preferible callar. Aquí vemos señores acusar de chorros a políticos mientras acumulan y acumulan indicios en su contra por presunta corrupción. Y la realidad a veces es ansiosa y da lecciones demasiado rápidas. Olvidemos, entonces, lo de “La moral como política de Estado” pero no porque estemos construyendo el edificio de la verdadera moral contra los hipócritas. Ese delirio místico se lo dejamos a Carrió.

Más bien, quisiera plantearlo incluso en términos más cínicos: háganlo al menos por razones estéticas. Sí, efectivamente, aquellos que con dudoso sentido del gusto afirmaron ser estéticamente superiores que el zurdaje, deberían recuperar ese espíritu de la belleza para aplicar a sus presuntas fechorías. Sean un poquito más refinados.

Porque estamos dispuestos a aceptarles que roben, pero no a que sean tan idiotas, quizás porque, al fin de cuentas, son nuestros representantes y eso habla también de nosotros. Pero un poco de buen gusto, un sentido de la forma para el afano: no una estafa a cielo abierto que se conocería en cuestión de horas con un montón de masivos bro detrás de una computadora salvándose para toda la vida a costa de miles de crédulos en las mieles de la guita fácil que no se hace laburando. Eso no. Como tampoco debería ocurrir, si se comprueba, un retorno con dinero de discapacitados. Argentina se ha caracterizado por poseer señores ladrones, saqueadores sistemáticos que pueden andar con la frente en alto. Esto es otra cosa… Esto es muy berreta.

Y si no es por estética que sea por pudor. Ustedes conocen la historia:  en el famoso mito, Zeus le pide a Epimeteo que reparta cualidades entre las diferentes especies para garantizar su supervivencia en pie de igualdad. Pero hete aquí que, al llegar al Hombre, Epimeteo se da cuenta que ya había repartido todo y no había quedado nada. Es ahí donde interviene Prometeo, su hermano, y le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y así garantizar su protección. Sin embargo, el mito continúa porque, dueños del fuego, los hombres no cesaron en sus disputas internas. Esto es, poseían el elemento central de la civilización, pero no podían vivir en sociedad. De aquí que Zeus esta vez llame a Hermes para que distribuya entre los hombres dos cualidades para poder vivir juntos: el sentido de justicia y el sentido del pudor.

Sentido de justicia no tienen, de modo que, al menos, abrácense a la posibilidad de sostener el pudor. Nadie pide una vida ascética pero sí algo del orden de la sobriedad. Si se van a llevar la guita al menos tengan perfil bajo y háganlo con algo de vergüenza. Del desastre del último gobierno de Alberto y Cristina, llegaron ustedes. Imaginen lo que vendrá después del desastre de ustedes. Así que un poco de vergüenza, al menos, como la que tendríamos todos en su lugar. Y lo más importante: no renuncien tan tempranamente a la inteligencia. Háganlo por ustedes mismos. Háganlo también por nosotros.

 

 

martes, 17 de marzo de 2026

Dios no murió. El que está muerto sos vos. Acerca del último libro de Byung-Chul Han (publicado el 14.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Para qué renovar el peronismo? (editorial del 14.3.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una transformación sino el efecto de lo ya acaecido.    

Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo 20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente, acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.

A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una renovación del peronismo?”

Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a los que no son peronistas.

Según los autores, “No hay verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

 

Además, agregan que para ganar la elección el peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más modernos de la economía.

 

Por último, para los autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.

 

Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible, ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.

Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo. 

Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico. Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles. Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023 (curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década quizás le sobre algún añito.

Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que “admitir” después de la derrota del 83.

Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no, incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.

Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10 años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación de necesidades e identidades antes que por los consensos.

Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la complejidad. 

Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado, sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la ciudadanía te castigue.

¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?

Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero renovarse solo para ganar, no sirve.   

El regreso de Byung-Chul Han: Dios no murió. El que está muerto eres tú (publicado el 10.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

 

Maquiavelo vive, señor presidente (editorial del 7.3.26 en No estoy solo)

 

La última apertura de sesiones trascendió por las respuestas agresivas que les dispensó el presidente a los opositores. Para ser justos, presumimos que Milei respondió con su violencia característica a un clima también agresivo. Todos esperamos cierta templanza en un presidente, pero también la esperamos de los legisladores. Si el presidente aprovechó su micrófono para fustigar sin que se oyeran las respuestas, también hay que decir que no pocos legisladores utilizaron la escena para hacer sus performances como buenos militantes de redes.

Dicho esto, como suele ocurrir en la Argentina, el énfasis estuvo puesto en las (malas) formas y no en el contenido del discurso que fue en la misma línea de su intervención en enero último en Davos, al menos en el espíritu ya que el registro y las audiencias son distintas.

Asimismo, si nos enfocamos en la estructura del discurso como un profesor que evalúa los primeros pasos de un alumno, habría que decir que ambos, el de Davos, y el de apertura de las sesiones, adolecieron del mismo defecto. La idea principal es enunciada al inicio y luego se pierde en disquisiciones y en un desfile algo infantil de citas sueltas de muchos autores, como suelen hacer los universitarios que recién comienzan y pretenden simular lecturas que no tienen.

El de Davos fue un gran comienzo, muy estimulante, aunque como necrológica, algo extemporánea: “Maquiavelo ha muerto”. Asimismo, en el del 1 de marzo, en los primeros minutos de su alocución, el presidente hace una afirmación potente y decreta “la moral como política de Estado”. Dado que, repito, ambos discursos estuvieron mal estructurados y lamentablemente no se retomaron al final estas ideas, nos aventuramos a deducir su significado y a arriesgar que hay una continuidad entre ellos.

Suponemos que cuando el presidente afirma que Maquiavelo ha muerto quiere decir que ha llegado el momento de volver a asociar la moral con la política. Como ustedes saben, cualquier versión de manual, indicaría que el gran aporte de Maquiavelo, aquel que, para algunos, significó el nacimiento de la Ciencia Política como disciplina, fue romper con 2000 años de Filosofía que, desde Platón, entendían que el buen gobernante era aquel que se manejaba con virtud y, conociendo el Bien, gobernaba con Justicia. Así, la figura del Filósofo Rey en Platón, acompañada de su idea organicista y conservadora de la sociedad donde cada uno debe cumplir el rol asignado por naturaleza, era en aquel momento una directa afrenta contra la dinámica popular y asamblearia de la democracia directa ateniense en la cual los cualquiera, seleccionados por sorteo, gobernaban por sobre los más preparados.

Maquiavelo rompe con todo esto: el príncipe no debe gobernar para el Bien, sino que lo que debe es mantener el estado de cosas, es decir, su poder. Mejor si lo hace siendo virtuoso y con buenas leyes. Pero como esto no siempre es posible, lo que se debe privilegiar son sus intereses en pos de alcanzar sus fines. De hecho, Maquiavelo redefine la Virtú para indicar que lo que hace al príncipe efectivamente virtuoso no es actuar siempre guiado por las virtudes clásicas, sino adquirir una flexibilidad moral para poder adaptar su accionar a sus objetivos. De allí se siguen algunos pasajes clásicos pero que en general van en la misma línea: si no se puede actuar como Hombre hay que actuar como Bestia; si es necesario ser cruel al principio, hay que serlo; sería bueno ser temido y amado, pero, si hay que elegir, es preferible, sobre todo, ser temido, etc.

Maquiavelo es más complejo, pero digamos que, en cualquier manual introductorio, la primera imagen con la que se lo asocia es esta que dio lugar al adjetivo “maquiavélico”. Dado que Milei es bastante afecto a las lecturas binarias muy poco sutiles, es probable que, entonces, trace un paralelo entre Maquiavelo y la política como terreno de la inmoralidad, de lo cual se sigue que el “Maquiavelo ha muerto” equivaldría a algo así como el fin de la política (quizás habría que decir “de los políticos” o “del Estado intervencionista”) y el “regreso” a una administración tecnocrática basada en la moral sin que nadie sepa bien de qué se trata eso.

Para apoyar esta interpretación está el resto del discurso de Davos donde en una exposición entre chatgepetista, rincondelvaguista y cebeceísta que parecía dirigida a una tribuna retrógrada que discute autores que ya nadie discute, Milei dice haber demostrado que el dilema entre eficiencia y justicia es falso ya que el mercado no solo es más eficiente en términos de productividad sino también es más justo, y que vivir en una dinámica de mercado libre nos hace mejores personas.

De aquí que entendamos que hay una continuidad con el discurso de la apertura de sesiones porque allí se habla de “La moral como política de Estado”, lo cual, en efecto argumentativo de pendiente resbaladiza/pseudo silogismo podría verse más o menos así: como nosotros seguimos a rajatabla las políticas de libremercado y estas políticas han demostrado ser más eficientes y justas, por lo tanto, las políticas públicas y los resultados de las mismas serán siempre moralmente buenas, a diferencia de lo que ocurría cuando esas políticas públicas las llevaban adelante “los políticos” en los tiempos en los que Maquiavelo estaba vivo, esto es, hasta Enero de 2026, caso similar al de William Shakespeare que, tras vivir más de 450 años murió por el Covid19, como todos recordarán.

Habiendo tantos intersticios por donde ingresar, la tentación es extendernos más de la cuenta. Pero no sucumbiremos a ello y haremos foco en dos aspectos. El primero, a nivel nacional: tal como se vio en el cruce con los opositores, las agresiones de Milei (probablemente también la de los opositores que no se escucharon), apuntaban a un orden moral, no político. En resumidas cuentas, la crítica era “ustedes son ladrones”. Otro grupo de críticas, bastante arrogante, por cierto, tenía que ver con la continua desacreditación de los (no) saberes de sus adversarios. Sobre eso simplemente decir que aun cuando pueda ser cierto que el nivel intelectual de parte de la oposición deja mucho que desear, ni quienes secundan a Milei ni el propio presidente parecen ser luminarias, por cierto. En el mejor de los casos, Milei ha demostrado ser un mediocre profesor universitario sin antecedentes en investigación y con un nivel de comprensión de las lecturas bastante limitado. Pero volviendo a la cuestión que nos concierne, a CFK no le dice “ignorante”: le dice “chorra”.

Asimismo, el problema de la moralización de la política ha sido trabajado por muchos autores, siendo quizás el más relevante Carl Schmitt. Para decirlo en pocas líneas, cuando la disputa se formula en términos morales y uno de los contendientes afirma actuar en nombre del Bien o de la Humanidad, el enemigo deja de ser un adversario político legítimo y pasa a ser concebido como inhumano o criminal. Esa es, en buena medida, la crítica de Schmitt al universalismo liberal: al presentarse como encarnación de valores universales, solo representa valores históricos particulares y transforma el conflicto político en una cruzada moral. Milei se la pasa hablando de las ideas de la libertad pero para correr a su adversario de la cancha lo llama “chorro”. No discute las ideas en tanto tal. Dice que quien defiende las ideas contrarias a las de él es un inmoral. Ni siquiera le permite la posibilidad de estar equivocado. Simplemente lo saca de la discusión pública.

Asimismo, entendemos que él, al fin de cuentas, un cruzado moralista que cree representar un plan trascendente (y no lo afirmo peyorativamente… Solo describo), jamás podría aceptarlo, pero su accionar y el de su gobierno han demostrado ser mucho más maquiavélico del que se suponía, al menos en el sentido de la vulgata que expusimos anteriormente. Podrá decírsele de todo a Milei pero aun tensando las normas de la república, aunque siempre dentro de ella, gobernó y fue capaz de avanzar con una innumerable cantidad de leyes sin tener nunca mayoría absoluta en las cámaras. Cometió un sinfín de errores infantiles, especialmente en 2025, pero en líneas generales logró trasformaciones que gobiernos anteriores no pudieron alcanzar incluso con mucho más apoyo político. Por cierto, no los logró como el Filósofo Rey sino con las armas de la política, las buenas y las malas.       

Por último, para hablar del plano internacional, ya en el discurso de Davos era evidente que el viejo modelo de las relaciones internacionales surgido tras la segunda guerra mundial ha volado por el aire, tal como reconoció el propio primer ministro canadiense. Hay muchos autores que han teorizado esto, pero el actual escenario mundial parece explicarse mucho más en términos maquiavélicos, al menos en el sentido de actores cuyas decisiones no están guiadas por la moralidad sino por el sostenimiento en el poder y/o el intento de reconfigurar un orden mundial en el que, pareciera, las grandes potencias van a tener vía libre para imponer, por la fuerza, sus intereses geopolíticos. Probablemente también lo tenían con el mundo gobernado por el “sistema de reglas” pero digamos que llevábamos mucho tiempo sin ver semejantes acciones sin guardar las formas, ni siquiera con un intento falso de justificación como en su momento fue el invento de las armas de destrucción masivas, etc.  Ahora se actúa y el fundamento es la razón de Estado cuyo límite puede ser la moral personal de quien toma la decisión. Este es un tiempo inestable e incierto, pero, sin dudas, menos hipócrita que el inmediatamente anterior.

En síntesis, en el plano de las relaciones internacionales, la versión de manual de Maquiavelo está más viva que nunca, de modo que no puedo imaginar más que caras de extrañamiento entre los asistentes a Davos al escuchar que Maquiavelo había muerto. La figura de la muerte del intelectual italiano no podía ser más extemporánea en ese sentido. Y en el plano interno, la presunta muerte del autor de El príncipe no solo contradice los modos en que astutamente la administración Milei ha logrado salir a flote, sino que sería una mala noticia para la democracia porque los conflictos se deben dirimir políticamente.

Trazar una distinción moral entre nosotros y ellos, no hace mejor a los primeros. Más bien, solo pretende la eliminación de los segundos. 

 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

¿Y si Messi fuese trumpista? (editorial de No estoy solo del 8.3.26)

 

La enésima comparación entre Maradona y Messi esta vez apareció por razones políticas: Messi secundó, estrechó la mano y sonrió frente a Trump como capitán del equipo campeón en una velada que el presidente estadounidense utilizó políticamente en medio de esta guerra incipiente con final abierto.

Que la comparación se enfoque en razones políticas demuestra que la disputa futbolística parece estar saldada: aun cuando técnicamente sean monstruos los dos, las estadísticas, la permanencia y los campeonatos parecen inclinar la balanza hacia el actual jugador del Inter de Miami. Se dirá que era otro fútbol, que Maradona siempre jugó en equipos que ni por asomo se pueden comparar al Barcelona y al PSG de Messi, y eso es cierto y vale como atenuante. En todo caso, es lo que menos importa, pero lo menciono porque aun si fuese cierto que futbolísticamente hablando Messi parece haber destronado al DIOS de todas las generaciones que soplaron más de 40 velitas, lo que le da a Maradona un aura distinta excede lo futbolístico. A propósito, perdón por la autorreferencia, quisiera reproducir un pasaje de un texto del año 2018 titulado, justamente, Por qué Messi no puede ser Maradona: 

“Habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón, pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió, a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder (…).  

(…) Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse necesariamente como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. (…) Y si, como decía Jorge Luis Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de la idiosincrasia argentina, mucho más que Messi (…)

Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que le permita a Argentina salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección argentina sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona”.

Insisto en que aquel artículo fue escrito en 2018 y valió la pena reproducirlo en extenso, además, porque allí se indicaba que a Messi no le faltaba el gol decisivo para ser Maradona. De hecho, cuatro años después lo conseguiría y, sin embargo, al menos un sector de la sociedad, la que generacionalmente se encuentra vinculada emocionalmente a DIOS, sigue encontrando allí una diferencia que, evidentemente, no es “futbolística”.

Esta semana fueron muchos los que dijeron “Falta Maradona” o imaginaron lo que hubiera hecho Maradona en esa situación. Naturalmente es un contrafáctico, pero Maradona era impredecible y presentarlo como una figura del Bien que siempre estuvo del lado correcto es faltar a la verdad y no comprender ese carácter trágico que nos permitió identificarnos con él. Maradona fue Fidel pero también fue Menem; fue la villa y Doña Tota con las nenas pero también las excentricidades, la impunidad y los caprichos de nuevo rico, etc. La lista de contradicciones puede continuar hasta el infinito. Pero, y si fuera incoherente, ¿cuál sería el problema? Para puristas están los neomoralistas Woke.  

Los eventos de las polémicas cambian, pero las posturas alrededor de los mismos no. Bastó la foto de Messi para volver a escuchar la cantinela de “la figura pública debe comprometerse”, ese costado sacrificial que los dirigentes del kirchnerismo le exigían a todo el mundo, salvo a ellos mismos. Y algún sector residual de esa militancia salió como policía del compromiso, o policía de la moral, lo que es lo mismo, a decir lo que Messi tenía que hacer. Los más condescendientes lo subestimaron afirmando que Messi es un muchacho con limitaciones al que no se le puede pedir más que jugar al fútbol; otros también lo perdonaron pero por el contexto, esto es, una cita con el presidente de Estados Unidos a la que no sería buena idea negarse. Para otros, directamente, fue casi una complicidad… una demostración de su condición de presunto desclasado… (llegué a escuchar que estaba manchándose las manos con sangre en la voz de un editorialista que siempre pone voz seria, como si estuviese diciendo algo interesante).

Quizás alguna vez le pregunten y él indique si alguna de estas opciones representa la verdad, pero, ¿y si Messi, con sus limitaciones, claro, porque no es un analista político, estuviese de acuerdo con Trump como lo está buena parte de los estadounidenses? ¿Exigimos que los ídolos tomen partido o exigimos que los ídolos tomen partido por la ideología que nos gusta a nosotros? ¿Se pide compromiso o adhesión? Cuando Francella osa opinar algo de política lo destrozan; cuando Oscar Martínez o la dupla Cohn y Duprat estrenan una nueva película casi que son juzgados como traidores a la patria.  

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que no todos viven ni piensan como nosotros? La politización de todo detrás de ese mantra vacuo de “todo es político” es una mierda y muchos de los que lo repiten, además de hacerlo hipócritamente, ni siquiera saben bien qué quiere decir. Hay cosas politizables y otras no. Trazar esa distinción incluso podría jerarquizar aquello politizable para que no todo sea lo mismo, para que no toda discusión sea una disputa existencial.

Por cierto, ¿por qué exigimos tanto si todo nuestro aporte a las causas nobles es indignarnos mandando un mensaje por Facebook o discutiendo en un grupo de Whatsapp? ¿Qué hacemos nosotros por la Justicia Social en el mundo? Se dirá que desde su lugar Messi puede influir de un modo que casi nadie podría hacer. Por supuesto. Pero, ¿eso supone que él tiene la obligación de hacerlo y sobre todo la obligación de hacerlo como nosotros queramos? ¿A quién se le ocurre que para que Messi sea un ídolo popular tiene que estar en el Garraham y troskearse jugando un partido en FATE?

Por cierto, no quisiera que se interprete esto como otra de las líneas argumentativas que he leído por ahí: no hay que criticar al ídolo popular que es Messi porque eso nos aleja de la gente y vamos a tener Milei hasta el 2100.

Frente a ello diría: no somos tan importantes. Nuestros comentarios en redes apenas si llegan a un puñado de personas y se olvidarán mañana. No sos un estratega. Sos, y somos, unos boludos que jugamos a la estrategia como si nuestra palabra pesara. Pero no. Criticá tranquilo que hasta puede ayudarte a pensar y salir del maniqueísmo zonzo. En este caso en particular, no creo que haya razones para criticar a Messi, pero si considerás que sí las hay, adelante. No le estás haciendo el juego a la derecha y si la derecha gana no es por tus comentarios sino porque la progresía devino una secta que gobierna mal cuando le toca, que moraliza la vida y que no puede plantear un horizonte de expectativas. Así que si tenés algo inteligente para decir, no te lo ahorres.   

Y de paso, si sos progresista, hacete preguntas incómodas, de esas que no son fáciles de responder en vez de levantar tanto el dedo. Yo te ayudo: ¿es estar a favor de Maduro condenar su “Extracción”? No. Pero sería bueno también plantearse que por ser progre no tenés que bancar a Maduro y que incluso si sos chavista podrías decir “che, lo que está pasando en Venezuela está mal”, aun cuando los que están en frente quizás sean peores. Lo mismo podría decirse de lo que sucedió en Bolivia con Evo Morales e incluso aquí con Cristina: ¿podemos criticar a los líderes que por no saber delegar o por múltiples errores allanaron el camino a gobiernos de derecha? ¿Decirlo es hacerle el juego al “fascismo”? ¿Por oponernos a Trump vamos a defender el régimen de Irán? Puede ser, pero lo curioso es que todos los que defienden el gobierno de Irán no vivirían allá ni dos días. Y no me vengan con “defendemos al pueblo de Irán”. ¿Qué carajo sabemos nosotros lo que quiere el pueblo de Irán si la información está completamente sesgada y si ni siquiera somos capaces de comprender qué quiere el pueblo argentino? Lo mismo sucede con la hipocresía alrededor de Cuba. Todos tenemos el afiche del Che pero nadie viviría en la isla con los sueldos de la isla. Y no se trata de la chicana de “si sos comunista, andá a vivir a…”. Se trata de ser dignos y reconocernos en nuestras contradicciones y miserias. Esas que queremos ocultar cada vez que nos miramos en el espejo; esas que nos apuramos en señalar cada vez que se trata del otro.    

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Therians: el progresismo como farsa (publicado el 17.2.26 en www.disidentia.com)

 

En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos, Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto como todo en un mundo cada vez más digital.

Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década, la irrupción de la nueva ola feminista queer trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.   

Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del mundo?

En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca, planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas, Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio. Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.  

Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos “vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.

En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia, la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo como farsa.

Los dilemas filosóficos detrás de Pluribus (publicado el 12.2.26 en www.cualia.es)

 

Una suerte de virus extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos, exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”, han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva, observa morir a su pareja.

Hablamos de Pluribus, la nueva exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.

Más allá de algunos innecesarios guiños woke y algún que otro capítulo “de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de tipo filosóficos que nos gustaría explorar.

La primera pista la tenemos en el particular nombre de la serie: Pluribus, palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de los Estados Unidos, E pluribus unum, “de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.

En la serie, esta tensión entre lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original, excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos estar frente a lo que algunos llaman Singularidad, esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí se construye la primera incomodidad de la serie.

Es que, a contramano de las clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente (no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para consumirlas).

Se trata de una pérdida del yo que le debe más a Un mundo feliz de Huxley que a 1984 de Orwell. Es decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump. Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo, ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica ser “un otro”?

Sin embargo, algunas pequeñas perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad? ¿Algo bueno podrá salir de este escenario?

Pero detengámonos unas líneas más en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas “naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros artificios para justificar el statu quo. Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.

Por último, ¿cómo funcionaría una sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había ensayado Ricky Gervais, en The invention of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.

El éxito de la serie augura al menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027. Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí planteados.