miércoles, 18 de febrero de 2026

Los dilemas filosóficos detrás de Pluribus (publicado el 12.2.26 en www.cualia.es)

 

Una suerte de virus extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos, exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”, han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva, observa morir a su pareja.

Hablamos de Pluribus, la nueva exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.

Más allá de algunos innecesarios guiños woke y algún que otro capítulo “de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de tipo filosóficos que nos gustaría explorar.

La primera pista la tenemos en el particular nombre de la serie: Pluribus, palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de los Estados Unidos, E pluribus unum, “de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.

En la serie, esta tensión entre lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original, excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos estar frente a lo que algunos llaman Singularidad, esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí se construye la primera incomodidad de la serie.

Es que, a contramano de las clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente (no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para consumirlas).

Se trata de una pérdida del yo que le debe más a Un mundo feliz de Huxley que a 1984 de Orwell. Es decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump. Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo, ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica ser “un otro”?

Sin embargo, algunas pequeñas perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad? ¿Algo bueno podrá salir de este escenario?

Pero detengámonos unas líneas más en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas “naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros artificios para justificar el statu quo. Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.

Por último, ¿cómo funcionaría una sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había ensayado Ricky Gervais, en The invention of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.

El éxito de la serie augura al menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027. Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí planteados.

 

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