Una suerte de virus
extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos,
exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”,
han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su
condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol
Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva,
observa morir a su pareja.
Hablamos de Pluribus, la nueva
exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call
Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un
final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.
Más allá de algunos innecesarios
guiños woke y algún que otro capítulo
“de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de
tipo filosóficos que nos gustaría explorar.
La primera pista la tenemos en el
particular nombre de la serie: Pluribus,
palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de
los Estados Unidos, E pluribus unum,
“de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de
un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.
En la serie, esta tensión entre
lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos
infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original,
excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que
han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en
plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las
conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano
hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos
estar frente a lo que algunos llaman Singularidad,
esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración
producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte
de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras
conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí
se construye la primera incomodidad de la serie.
Es que, a contramano de las
clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la
maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia
encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no
soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente
(no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para
consumirlas).
Se trata de una pérdida del yo
que le debe más a Un mundo feliz de
Huxley que a 1984 de Orwell. Es
decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía
poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado
de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump.
Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos
infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia
universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión
incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las
pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión
que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos
dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo,
¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la
mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica
ser “un otro”?
Sin embargo, algunas pequeñas
perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes
problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben
todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro
nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando
la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo
sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran
motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran
un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y
proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o
quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los
dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo
que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda
esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas
satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención
para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo
humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad?
¿Algo bueno podrá salir de este escenario?
Pero detengámonos unas líneas más
en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que
han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas
“naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son
pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros
artificios para justificar el statu quo.
Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el
conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De
aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían
y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los
sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una
actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que
se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.
Por último, ¿cómo funcionaría una
sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había
ensayado Ricky Gervais, en The invention
of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo
imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de
mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu
despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales
aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.
El éxito de la serie augura al
menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar
que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027.
Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los
capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí
planteados.
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