En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre
risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican
como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las
audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de
los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la
incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no
faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos,
Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias
por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser
una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos
hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto
como todo en un mundo cada vez más digital.
Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque
indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años
de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para
determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década,
la irrupción de la nueva ola feminista queer
trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad
haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El
argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando
pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar
desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona
considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus
representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la
más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales
extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e
incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier
tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se
pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría
problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la
vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de
un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias
a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven
cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que
proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.
Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo
es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no
podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians
nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la
autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación
permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del
mundo?
En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del
documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los
derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca,
planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En
su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas,
Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia
de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio.
Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó
probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo
entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada
ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una
consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es
político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la
raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca
Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista,
un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que
llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de
sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.
Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez
argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y
falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho
sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos
“vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que
restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres
llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si
varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos
afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de
prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al
otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales
la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la
objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo
todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de
modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.
En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con
alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo
irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo
posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han
fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no
puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del
mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan
unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de
sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia,
la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo
como farsa.
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