miércoles, 18 de febrero de 2026

Therians: el progresismo como farsa (publicado el 17.2.26 en www.disidentia.com)

 

En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos, Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto como todo en un mundo cada vez más digital.

Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década, la irrupción de la nueva ola feminista queer trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.   

Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del mundo?

En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca, planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas, Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio. Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.  

Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos “vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.

En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia, la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo como farsa.

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