¿Hay cerebros de derecha y
cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas
y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el
avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de
“el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos
estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.
Es en este contexto que la joven
psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro
que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de
su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.
“Nos adentraremos en el cerebro
ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo,
la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido,
con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de
pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos
impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.
Zmigrod es parte de esa
generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre
otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista.
No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella
llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación
de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los
escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto
tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.
Zmigrod, como buena
neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que
lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la
primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.
Ahora bien, ¿qué sería un cerebro
ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los
nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los
conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.
Llegados a este punto, no se
puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de
varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera
que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales,
según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están
siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además
de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al
estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y
anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.
Y, claro está, al momento de las
“pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene
consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso
los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las
personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica
son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se
traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de
nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.
En este punto, extrema izquierda
y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar
esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…
“Los individuos más flexibles son
los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se
resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.
La definición parece describir
las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio
serio.
No conforme con ello, Zmigrod
agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio
individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa)
también muestran mayor rigidez cognitiva.
Aunque nunca se habla de
resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod
dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración
de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del
cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e
ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a
parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que
nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede
ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de
extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido
político.
Por último, párrafo aparte merece
la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio
que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras
solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría
que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación
del statu quo.
¿Alcanzaría con medir el tamaño
de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología
modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar
indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una
persona abraza una determinada ideología.
Llegados a este punto, y para
evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su
postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera
predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la
cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el
resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y
flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa.
La interacción entre los campos es constante.
Hacia el final, el libro abandona
la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a
la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que
Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta
nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma
y crear un cerebro “antiideológico”.
Zmigrod no abunda en los modos en
que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética,
o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente
para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una
propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que
es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae
una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión
filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.
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