lunes, 9 de marzo de 2026

¿Y si Messi fuese trumpista? (editorial de No estoy solo del 8.3.26)

 

La enésima comparación entre Maradona y Messi esta vez apareció por razones políticas: Messi secundó, estrechó la mano y sonrió frente a Trump como capitán del equipo campeón en una velada que el presidente estadounidense utilizó políticamente en medio de esta guerra incipiente con final abierto.

Que la comparación se enfoque en razones políticas demuestra que la disputa futbolística parece estar saldada: aun cuando técnicamente sean monstruos los dos, las estadísticas, la permanencia y los campeonatos parecen inclinar la balanza hacia el actual jugador del Inter de Miami. Se dirá que era otro fútbol, que Maradona siempre jugó en equipos que ni por asomo se pueden comparar al Barcelona y al PSG de Messi, y eso es cierto y vale como atenuante. En todo caso, es lo que menos importa, pero lo menciono porque aun si fuese cierto que futbolísticamente hablando Messi parece haber destronado al DIOS de todas las generaciones que soplaron más de 40 velitas, lo que le da a Maradona un aura distinta excede lo futbolístico. A propósito, perdón por la autorreferencia, quisiera reproducir un pasaje de un texto del año 2018 titulado, justamente, Por qué Messi no puede ser Maradona: 

“Habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón, pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió, a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder (…).  

(…) Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse necesariamente como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. (…) Y si, como decía Jorge Luis Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de la idiosincrasia argentina, mucho más que Messi (…)

Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que le permita a Argentina salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección argentina sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona”.

Insisto en que aquel artículo fue escrito en 2018 y valió la pena reproducirlo en extenso, además, porque allí se indicaba que a Messi no le faltaba el gol decisivo para ser Maradona. De hecho, cuatro años después lo conseguiría y, sin embargo, al menos un sector de la sociedad, la que generacionalmente se encuentra vinculada emocionalmente a DIOS, sigue encontrando allí una diferencia que, evidentemente, no es “futbolística”.

Esta semana fueron muchos los que dijeron “Falta Maradona” o imaginaron lo que hubiera hecho Maradona en esa situación. Naturalmente es un contrafáctico, pero Maradona era impredecible y presentarlo como una figura del Bien que siempre estuvo del lado correcto es faltar a la verdad y no comprender ese carácter trágico que nos permitió identificarnos con él. Maradona fue Fidel pero también fue Menem; fue la villa y Doña Tota con las nenas pero también las excentricidades, la impunidad y los caprichos de nuevo rico, etc. La lista de contradicciones puede continuar hasta el infinito. Pero, y si fuera incoherente, ¿cuál sería el problema? Para puristas están los neomoralistas Woke.  

Los eventos de las polémicas cambian, pero las posturas alrededor de los mismos no. Bastó la foto de Messi para volver a escuchar la cantinela de “la figura pública debe comprometerse”, ese costado sacrificial que los dirigentes del kirchnerismo le exigían a todo el mundo, salvo a ellos mismos. Y algún sector residual de esa militancia salió como policía del compromiso, o policía de la moral, lo que es lo mismo, a decir lo que Messi tenía que hacer. Los más condescendientes lo subestimaron afirmando que Messi es un muchacho con limitaciones al que no se le puede pedir más que jugar al fútbol; otros también lo perdonaron pero por el contexto, esto es, una cita con el presidente de Estados Unidos a la que no sería buena idea negarse. Para otros, directamente, fue casi una complicidad… una demostración de su condición de presunto desclasado… (llegué a escuchar que estaba manchándose las manos con sangre en la voz de un editorialista que siempre pone voz seria, como si estuviese diciendo algo interesante).

Quizás alguna vez le pregunten y él indique si alguna de estas opciones representa la verdad, pero, ¿y si Messi, con sus limitaciones, claro, porque no es un analista político, estuviese de acuerdo con Trump como lo está buena parte de los estadounidenses? ¿Exigimos que los ídolos tomen partido o exigimos que los ídolos tomen partido por la ideología que nos gusta a nosotros? ¿Se pide compromiso o adhesión? Cuando Francella osa opinar algo de política lo destrozan; cuando Oscar Martínez o la dupla Cohn y Duprat estrenan una nueva película casi que son juzgados como traidores a la patria.  

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que no todos viven ni piensan como nosotros? La politización de todo detrás de ese mantra vacuo de “todo es político” es una mierda y muchos de los que lo repiten, además de hacerlo hipócritamente, ni siquiera saben bien qué quiere decir. Hay cosas politizables y otras no. Trazar esa distinción incluso podría jerarquizar aquello politizable para que no todo sea lo mismo, para que no toda discusión sea una disputa existencial.

Por cierto, ¿por qué exigimos tanto si todo nuestro aporte a las causas nobles es indignarnos mandando un mensaje por Facebook o discutiendo en un grupo de Whatsapp? ¿Qué hacemos nosotros por la Justicia Social en el mundo? Se dirá que desde su lugar Messi puede influir de un modo que casi nadie podría hacer. Por supuesto. Pero, ¿eso supone que él tiene la obligación de hacerlo y sobre todo la obligación de hacerlo como nosotros queramos? ¿A quién se le ocurre que para que Messi sea un ídolo popular tiene que estar en el Garraham y troskearse jugando un partido en FATE?

Por cierto, no quisiera que se interprete esto como otra de las líneas argumentativas que he leído por ahí: no hay que criticar al ídolo popular que es Messi porque eso nos aleja de la gente y vamos a tener Milei hasta el 2100.

Frente a ello diría: no somos tan importantes. Nuestros comentarios en redes apenas si llegan a un puñado de personas y se olvidarán mañana. No sos un estratega. Sos, y somos, unos boludos que jugamos a la estrategia como si nuestra palabra pesara. Pero no. Criticá tranquilo que hasta puede ayudarte a pensar y salir del maniqueísmo zonzo. En este caso en particular, no creo que haya razones para criticar a Messi, pero si considerás que sí las hay, adelante. No le estás haciendo el juego a la derecha y si la derecha gana no es por tus comentarios sino porque la progresía devino una secta que gobierna mal cuando le toca, que moraliza la vida y que no puede plantear un horizonte de expectativas. Así que si tenés algo inteligente para decir, no te lo ahorres.   

Y de paso, si sos progresista, hacete preguntas incómodas, de esas que no son fáciles de responder en vez de levantar tanto el dedo. Yo te ayudo: ¿es estar a favor de Maduro condenar su “Extracción”? No. Pero sería bueno también plantearse que por ser progre no tenés que bancar a Maduro y que incluso si sos chavista podrías decir “che, lo que está pasando en Venezuela está mal”, aun cuando los que están en frente quizás sean peores. Lo mismo podría decirse de lo que sucedió en Bolivia con Evo Morales e incluso aquí con Cristina: ¿podemos criticar a los líderes que por no saber delegar o por múltiples errores allanaron el camino a gobiernos de derecha? ¿Decirlo es hacerle el juego al “fascismo”? ¿Por oponernos a Trump vamos a defender el régimen de Irán? Puede ser, pero lo curioso es que todos los que defienden el gobierno de Irán no vivirían allá ni dos días. Y no me vengan con “defendemos al pueblo de Irán”. ¿Qué carajo sabemos nosotros lo que quiere el pueblo de Irán si la información está completamente sesgada y si ni siquiera somos capaces de comprender qué quiere el pueblo argentino? Lo mismo sucede con la hipocresía alrededor de Cuba. Todos tenemos el afiche del Che pero nadie viviría en la isla con los sueldos de la isla. Y no se trata de la chicana de “si sos comunista, andá a vivir a…”. Se trata de ser dignos y reconocernos en nuestras contradicciones y miserias. Esas que queremos ocultar cada vez que nos miramos en el espejo; esas que nos apuramos en señalar cada vez que se trata del otro.    

 

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