Los cambios en el humor social de
la Argentina deberían ser un caso de estudio en sí mismo y refuerzan esa frase,
entre graciosa y trágica, atribuida al premio Nobel Simon Kuznets, quien
clasificó a los países en cuatro tipos: desarrollados, en vías de desarrollo,
Japón y Argentina.
Lo cierto es que cuando, tras el
triunfo en las elecciones de medio término y el blindaje del Tesoro Americano,
imaginábamos un gobierno fortalecido, los presuntos escándalos de corrupción y
las encuestas reflejan una administración con apoyo declinante.
En ese escenario es que aparece
la posibilidad de plantear un “Hay 2027” más allá de que en frente del
mileísmo, por ahora, todo sea desorden y, a lo sumo, resuene la idea de un gran
Frente Anti Milei, el cual, algunos bromeaban, bien podría llamarse Unión
democrática.
A propósito, y más allá de las
provocaciones, quisiera profundizar en un debate que es más de la Ciencia
Política, especialmente de aquellos que se ocupan de los sistemas de partidos y
la dinámica electoral. En particular, me refiero a esta idea, ya casi parte del
sentido común, de que hay que ampliar hacia el centro o que, en todo caso, en
un escenario polarizado, la clave está en aquellos votantes “del medio”,
aquellos que oscilan hacia un polo o el otro y para los cuales es necesario
moderar los discursos.
Naturalmente no son tontos
quienes plantean esto y en general suele haber sido así, especialmente en un
sistema como el nuestro que, tras la reforma del 94 y la inclusión del
balotaje, fue pensado para incentivar coaliciones y propuestas moderadas, las
únicas capaces, a priori, de alcanzar ese 40/45/50% de los votos que se
necesitan.
Sin embargo, podríamos decir: el
kirchnerismo fue una versión “radicalizada” por izquierda que nació al interior
del peronismo y Milei fue una opción radicalizada por derecha que nació al
interior del descontento generalizado. Más allá de que Milei sí pudo tener el
aval de los votos en la segunda vuelta que Menem le negó a Kirchner en 2003,
podría decirse, con todas sus diferencias, claro, que ambas versiones se
caracterizaron por ser minorías que arrastraron al conjunto, del peronismo y el
espacio popular en el caso de los K, y de la derecha en el caso de Milei. Si
estos espacios ganaron (o marcaron una época) fue por su radicalidad y no por
su moderación.
Esto me llevó a revisar Jugarse la piel (2018), un libro de
Nassim Nicholas Taleb, ensayista y matemático estadounidense de origen libanés
que había saltado a la fama, entre otras cosas, por su idea de los Cisnes
negros y de lo Antifrágil, referido a
aquellos sistemas que devienen exitosos no por su robustez sino por el modo en
que se adaptan y se benefician del desorden.
Más allá de su tesis central, Jugarse la piel, tal como lo indica su
subtítulo, hace eje en la cuestión de las asimetrías y en el modo en que éstas
pueden derivar en una suerte de tiranía de las minorías.
Veámoslo con un ejemplo: una mesa
de 9 amigos reunidos en un bar. De repente, uno de ellos invita, a su vez, a un
amigo extranjero que está de viaje en Argentina y habla inglés pero ni una
palabra de español. En el caso de que todos en la mesa manejen alguna mínima
noción del inglés, ¿en qué idioma creen que transcurrirá la charla? Sí, en
inglés. Es decir, en este caso, una minoría inflexible (porque no puede
adaptarse al resto) logra imponer condiciones a una mayoría flexible, (en este
caso, el 90 por ciento de la mesa).
Taleb menciona otros ejemplos,
como el de la comida Kosher y Halal. En este sentido, él cuenta la sorpresa que
se llevó el día que se dio cuenta que estaba ingiriendo comida Kosher por la
información incluida en el producto (lo mismo vale para el menú Halal o podría
valer para el caso de los “Sin TACC”). En este ejemplo, Taleb entiende que, en
caso de que la alteración no suponga un gran incremento económico, para un
creador de un producto es más fácil adaptar el mismo a los requerimientos de la
minoría que crear dos productos diferenciados, especialmente porque quienes
solo comen comida Kosher no comen otra cosa, pero quienes no son Kosher están
abiertos, o les resulta indiferente, un menú Kosher. Una vez más, mientras se
conjugue una minoría intransigente con una mayoría flexible, el resultado será
que la minoría imponga las condiciones.
En el mismo sentido, Taleb
muestra cómo, por ejemplo, para prohibir un libro no hace falta que se sienta
ofendido el ciudadano medio. Más bien alcanza con un grupo de activistas
intransigentes para que luego por complicidad, temor o indiferencia la mayoría
acabe aceptando. Esta misma dinámica se ha visto en la lógica Woke que
floreciera una década atrás: un grupo de activistas radicales, sectarios y
fundamentalistas seleccionaban la agenda, la víctima y decretaban el fin del
Estado de Derecho; luego, la mayoría se unía a la corriente con las antorchas
en la mano. Siempre en nombre del Bien, claro.
Asimismo, el autor ofrece
ejemplos históricos como el de los cristianos o los sunitas los cuales, gracias
a su intransigencia, lograron imponerse a los romanos y dentro del islam respectivamente;
y, contra toda la una larga tradición, indica que, por esta misma regla de la
asimetría, los valores morales de la sociedad no se forman merced a una
evolución del consenso, sino que es la persona o el grupo más intolerante el
que acaba imponiendo la virtud a los demás.
Más allá de los números, (Taleb
menciona el 3% como “umbral mágico” para que la regla de la minoría pueda
funcionar), lo que queda claro es que lo que surge de la regla de la minoría
tiene más probabilidad de ser una regla binaria, blanco o negro, sin matices,
lo cual es bastante sensato si pensamos que son minorías intransigentes las que
acaban hegemonizando.
A la luz de esta idea es posible
una lectura interesante de algunas de las tendencias a nivel mundial pero
también en el ámbito vernáculo. Sin entrar en comparaciones ni mucho menos, no
resulta descabellado observar que la tendencia en los últimos años es bien
descripta por esta dinámica de la asimetría. Así, de repente, las ideas más
radicales y recalcitrantes de individuos o grupos acabaron empujando a grandes
sectores hacia los polos. Pensemos, si no, en el modo en que un progresismo
zonzo acabó acaparando la agenda del kirchnerismo con propuestas que
reproducían, en algunos casos, los delirios trasnochados de la Academia
estadounidense, lectora tardía de transnochados franceses, y cómo la agenda de
la derecha, llamemos “liberal y republicana”, acabó fagocitada y arrastrándose
detrás de un anarcocapitalismo populista y conservador liderado por un grupo de
arribistas que impusieron debates y autores marginales y delirantes.
Como venimos indicando aquí,
nadie sabe cuál será el escenario electoralmente hablando en 2027 pero no va de
suyo que un gran frente opositor lo suficientemente moderado sea un destino
inexorable. Más bien, máxime con el poder de veto que tienen estas minorías en
ambos bandos, no debería descartarse que la lógica de la asimetría planteada
por Taleb arrastre a toda la oposición y continúe arrastrando al sector de la
derecha detrás de la intransigencia de una minoría.
Quizás sirva para ganar, pero
también cabe advertir, con Taleb, que una minoría intolerante puede,
efectivamente, controlar y destruir la democracia, de lo cual el autor sigue,
en la línea de Karl Popper, que deberíamos ser intolerantes con los
intolerantes. No serlo supondría un suicidio y a la luz de los sucesos de los
últimos años, tanto en Argentina como en el mundo, entre el radicalismo woke y
la reacción neoconservadora, algo de sentido parece tener esa advertencia.
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