En un sketch del ya mítico programa de humor absurdo, Todo por 2 pesos,
Diego Capusotto representaba una suerte de comediante que, con diversas
estrategias intentaba hacer reír a una audiencia que, poco a poco, iba
enardeciéndose. El resultado siempre era el mismo: pasados unos segundos, el
nivel de la actuación era tan pobre que empezaba a recibir huevazos, tomatazos
y todo tipo de agresiones. El sketch se presentaba como “Peter Conchas, El
showman que ya cansó”, y siempre viene a mi mente cuando alguien que sobresale
por algún tipo de performance abusa de ella hasta perder la potencia inicial. Tomando
en cuenta los últimos exabruptos de Milei en Brasil, ¿es, nuestro presidente,
un showman que ya cansó?
Alguien dirá que es una característica de su personalidad y una fiel
representación de la estética y los tipos de liderazgos de las nuevas derechas.
Incluso podría agregarse que ha sido también por ese tipo acciones, y no a
pesar de ellas, que logró posicionarse como candidato y luego triunfar en las
elecciones. A todo esto respondería afirmativamente. La pregunta, en todo caso,
es si aquello que circunstancialmente lo llevó a la victoria y a sostener un
apoyo considerable de parte de la ciudadanía, es también aquello que podría
horadarlo. Si este fuese el caso, la historia reciente estaría brindando
jugosos ejemplos para comprender que lo que sirve para ganar, no necesariamente
sirve para gobernar (Frente de Todos); y que lo que sirve para ganar y, en
parte, para gobernar, quizás no alcance para reelegir.
Esta semana, leía distintas notas que se hacían eco de un fenómeno que, a
priori, parece contradictorio, pero puede que, en el fondo, no lo sea. Un
creciente emprendedurismo de las clases bajas que ya no esperan nada del Estado
(particularmente creciente entre mujeres) y una encuesta donde jóvenes de
sectores bajos afirmaban mayoritariamente ser capaces de resignar salario y
tiempo a cambio de un empleo en blanco. Aun tomando estos datos con pinzas,
pues a primera vista parecerían contradecir cierta tendencia mundial, lo cierto
es que mostrarían que el hecho de que
alguien rechace al Estado como proveedor no significa que rechace la
estabilidad como valor. En otras palabras, los más vulnerables se han hartado
del clientelismo (en el mismo sentido que lo plantea Milei), pero eso no
significa que celebren la precarización y la intemperie (como Milei parece
proponerles en nombre de la libertad). La diferencia entre ser emprendedores
porque quieren o porque es lo único que pueden, se torna aquí difusa.
Extrapolado al ámbito político, no estamos descubriendo nada, entonces, si
afirmamos que, aun en estos tiempos de excesos de estímulos, precarización y
déficit de atención, se sigue buscando estabilidad. En este punto, la lectura
que haga el gobierno es clave para su futuro. Analicemos el porqué.
En Milei, formas y contenido iban de la mano y conformaban un combo eficaz
para la denuncia: la casta es formal, adusta y seria; y en lo que tiene que ver
con los resultados, distintos gobiernos empobrecieron cada vez más a los
argentinos, supuestamente, utilizando las mismas recetas. Pues entonces,
sacudamos lo dado desde las formas (insultos, exabruptos, extravagancias) y
también desde el contenido (propuestas radicales desde lo económico con
reivindicación de figuras, en su mayoría, menores y marginales).
Algo similar se observa en casi todos los líderes de las nuevas derechas:
el combo “forma más contenido radical” ha demostrado ser efectivo en las urnas.
Sin embargo, les comentaba, la lectura del gobierno de Milei es clave en este
sentido, especialmente porque, sospecho, pueden estar haciendo el diagnóstico
equivocado. En otras palabras, detrás de las formas estridentes y un contenido,
por momentos, delirante e impracticable, incluso por los ortodoxos, hay buenas
razones para suponer que el apoyo al gobierno de Milei se debe, sobre todo, a
la estabilización de la inflación. Todavía es alta (de hecho, está más alta que
en el último gobierno de Cristina) pero, al menos, parece controlada. Eso da un
mínimo de previsibilidad tal como sucede en los países normales. Esa
estabilidad, subestimada por las últimas versiones del peronismo, es muy
importante, lo cual es una obviedad, pero es necesario resaltarlo, no sea cosa
que se le siga olvidando a los líderes de la oposición que nunca hablan de ello
(por cierto, ¿alguien sabe cuál es el plan de CFK y Kicillof para bajar la
inflación? Y ya que tanto insisten con instalar a Bregman, probablemente, para
minar a Kicillof, ¿alguien conoce el plan de la candidata trotskista para
llevar la inflación a un dígito anual?
Si la hipótesis es correcta, y lo que principalmente se valora de Milei es
la estabilidad antes que su radicalidad en las formas y en el contenido, el
gobierno podría estar equivocando su lectura política. Porque es cierto que, al
momento de elegir presidente, la gente compró salto al vacío antes que más de
lo mismo, pero de ahí no se sigue que haya comprado un permanente salto al
vacío.
Hay bastantes pruebas en este
sentido más allá de que el caso argentino tenga sus particularidades. En otras
palabras, las sociedades pueden aceptar e incluso celebrar una política de la
excepcionalidad, la transgresión y el sobresalto. Son más tolerantes a ello
cuando esa dinámica provoca resultados o, como en el caso argentino, cuando,
más que los resultados, en un inicio, la figura de Milei encarnó el voto de castigo
y revancha contra los privilegiados (que en la guerra de pobres contra pobres
fueron más los empleados estatales que los ricos).
Pero, finalizada la época de la
revancha o, en todo caso, llevada a un segundo plano en detrimento del
bienestar individual, la sociedad está evaluando de manera dispar los
resultados del gobierno. Hay mayor estabilidad, pero la economía no arranca,
los sueldos no alcanzan, el crecimiento es muy desparejo.
Por otra parte, esto
ni siquiera es un problema de Milei en particular, sino lo propio de, al menos,
la política contemporánea: el exabrupto en Milei funcionó como señal de
autenticidad. En una época donde el único mandato es ser fiel a uno mismo,
(Freud ríe desde su tumba en este momento), esa presunta autenticidad generó
identificación: este loco está tan loco y enojado como yo. Me representa. Pero
la transgresión funciona mientras conserve su capacidad de transgredir. Por eso
es tan afectiva para denunciar al poder cuando se está lejos del mismo, pero
mucho menos cuando se accede al gobierno. Es que una vez allí, la gente deja de
exigir transgresión y pasa a implorar responsabilidad.
Asimismo, me permito
repetir la figura del péndulo: Milei captó bien esa predisposición del
electorado a reemplazar el “que se vayan todos” por el “que venga cualquiera”,
pero las sociedades no van siempre en la misma dirección. De la misma manera,
un conato de espíritu anarcocapitalista en los sectores bajos que
históricamente apoyaron al peronismo, no necesariamente es una tendencia que
haya llegado para quedarse (más bien parece no haber durado ni dos años, si
tomamos en cuanta los resultados de 2025). De modo que, es posible que la
respuesta a Milei sea una radicalidad opuesta pero quizás puede ser una
exigencia de moderación lo cual es, también, un opuesto a la radicalidad.
La provocación permanente necesita ser renovada
constantemente. Paradójicamente, Milei parece preso de una inflación de
exabruptos que devalúa cada una de sus provocaciones. Volviendo por un momento
a la TV, es como ese capítulo de los Simpsons donde Bart se hace famoso por una
frase idiota “(Yo no fui”) y luego todo el mundo le exige “Di lo tuyo” y “Haz
tu gracia”. Algo de eso se vio en su presentación en Brasil: le pusieron la
canción de La Renga, él saltaba y arengaba y la gente abajo apenas si lo
filmaba con su celular; algo así sucede aquí cuando estamos esperando que haga
su gracia de voz de Alf al grito de ¡Viva La libertad, carajo!
Es imposible augurar si Milei
será reelecto. Los números lo muestran como un candidato competitivo mientras
la oposición navega en su indecisión. Pero lo que puede generar identificación
y cierta legitimidad es mucho más eficaz como excepción que como régimen.
Ninguna sociedad puede vivir en el sobresalto permanente ni lo desea. En
determinadas circunstancias puede apoyar ese orden de cosas, pero luego exige
otra cosa.
No creo que Milei gane o pierda
porque insulte a Lula o haga alguna payasada. En todo caso, su reelección corre
riesgo si su dogmatismo y sus características de personalidad no le hacen ver
que las sociedades cambian velozmente y que las exigencias y las necesidades
nunca son las mismas. Es lo que le pasaba a Peter Conchas, el único que no se
había dado cuenta que su show podía cansar; el único que no se había dado
cuenta que su show, quizás, ya ni siquiera era necesario.