martes, 14 de noviembre de 2023

Del “que se vayan todos” al “que venga cualquiera” (editorial de No estoy solo publicado en www.canalextra.com.ar)

 

A días, por fin, de la segunda vuelta, ya se encuentra bien definida la estrategia de La Libertad Avanza después del sacudón que significó el triunfo de Massa y el casi inmediato apoyo posterior de Macri y Bullrich a su candidato.

Por lo pronto, después del amateurismo librepensadoril de las últimas semanas previas a la general, se les prohibió a todos los presuntos piantavotos hacer declaraciones públicas. Así, se centró la comunicación en las versiones clonazepaneadas del candidato junto a periodistas cómplices, y algunos pocos dirigentes: Mondino, Villarruel, Pagano y no mucho más.

En el mientras tanto, es tan evidente el recelo de Milei hacia Macri, sabedor el libertario de que aun llegando a la presidencia será la próxima víctima, que ni siquiera pudieron sacarse una foto juntos. En todo caso, pareciera que el apoyo PRO se circunscribe a algunas intervenciones reñidas con el castellano de Patricia Bullrich y, lo más importante, la fiscalización. Nada más y nada menos. Con el resultado puesto, llegará la factura y como suele ocurrir con las deudas de Macri, promete ser eterna e impagable.

En cuanto a lo discursivo, no hay mucha sorpresa: énfasis en el clivaje cambio vs continuidad e intento de pegar a Massa con el kirchnerismo (algo que no cree nadie en el oficialismo, empezando por el propio kirchnerismo). Igualmente puede que con eso alcance porque parecemos haber llegado al último escalón del “que se vayan todos”. Lo decíamos la semana pasada cuando hablábamos del intento de instalación del “cambio” como significante vacío, esto es, la idea de que hay que cambiar, no importa hacia dónde ni con quién; solo cambiar como un bien en sí mismo, como cuando vamos a la peluquería y pedimos un corte nuevo porque vale más la novedad que el hecho de que el corte sea el adecuado para nuestra fisonomía.

Esta glorificación del cambio en sí mismo como último escalón del “que se vayan todos” es el “que venga cualquiera”. Y nótese que aunque parece lo mismo, o una consecuencia directa, no lo es. De hecho, podría decirse que la crisis de representación de 2001 no fomentaba “que venga cualquiera”. En todo caso, afirmaba que los que estaban eran responsables y que lo que tenía que venir era mejor. Tenía que ser distinto y mejor, no cualquiera. Si el resultado nos gustó más o menos es otra cosa pero mucha gente, al menos hasta el 2015, creyó que lo que vino fue mejor. Ocho años y dos malos gobiernos después, el escenario es otro.

De aquí que podría decirse que hoy hemos trepado, o descendido, según como se lo mire, claro está, un escalón más en la degradación del sistema y la crisis de representación. Como cualquier cosa es mejor que lo que hay, se equivocan quienes consideran que la ruptura del sentido común, la racionalidad y todos los consensos democráticos básicos que realiza Milei y su tropa suponen un costo político para su espacio. Es al revés, justamente: es porque rompen con todo que son votados.

Entonces ni siquiera hace falta una promesa de futuro o una esperanza. Alcanza con prometer que lo que hay ya no va a estar. Lo decía Milei en la entrevista donde él confiesa pretender que estalle todo. Allí, cuando el periodista le responde que eso perjudicaría a mucha gente, especialmente a los que menos tienen, Milei lo acepta pero agrega que, si bien será así, al menos, esta vez, también pagará el estallido la casta privilegiada. Sabemos que esto es falso pero va en línea con el sentir de mucha gente que cree no tener nada que perder, y lo único que quiere es igualdad en el desamparo. No es una promesa de estar mejor sino una certeza de que todos van a estar tan mal como ellos. En este sentido, la “justicia social” de Milei, que no es, claro está, la abrazada por el peronismo, es una revancha contra determinados privilegios. Es un “yo me voy a hacer mierda pero ustedes también”.        

Luego, claro, está la versión algo más matizada que se tiene que dar para convencer a parte de ese 70% que no votó a Milei para que lo apoye. Si como ya indicamos, la metáfora utilizada por Macri de tirarse del auto a 100 km para evitar una muerte segura aun cuando esa acción también pueda generar la muerte, no era la más feliz, lo insólito es que el propio Milei la hizo propia con otro ejemplo. En este caso, habló de alguien que está en una caverna protegido de las alimañas que están afuera pero que, al estar allí sin poder moverse, termina muriendo de inanición. La caverna que nos protege es el Estado y el “afuera lleno de alimañas” es el mundo real, donde, naturalmente, rige el mercado. En este marco, Milei dice: “Al menos por dominancia estocástica [buen nombre para banda de punk rock, por cierto] es mejor [mi proyecto], porque usted sale de la caverna y puede haber bichos peligrosos pero al menos tiene una chance de sobrevivir. Adentro de la caverna se muere”. La metáfora es la misma y en ambas es menos importante la propuesta de salida que la instalación falsa de que con el escenario actual el destino fatal es inexorable. En otras palabras, para que su plan funcione no necesitan que decir cuál es el plan. Les alcanza con imponer que lo que hay lleva al desastre.  

Este aspecto también se ve en una de las razones más frecuentes que esgrimen los que apoyarían a Milei en esta segunda vuelta sin haberlo hecho ni en las PASO ni en las generales. Como no pueden mirarse al espejo y reconocer que apoyan algunas de las peligrosas medidas de Milei ni sus coqueteos al límite del consenso democrático, juegan al politólogo de café y afirman “lo voto porque no va a poder hacer lo que propone”. Si ya existía el voto vergonzante, ese que se oculta y se expresa el día de la elección, acá inauguramos un “argumento vergonzante” por el cual se animan a decir que votan a Milei pero para justificarlo públicamente indican que están en desacuerdo con la mayoría de sus propuestas pero lo votan porque no va a poder cumplir lo que promete. No sé si habrá otro caso en la historia mundial donde un candidato llega a presidente porque sus votantes confían en que, afortunadamente, será incapaz de hacer lo que quiere. Naturalmente no será así en todos los casos, pero en muchos de estos votantes aparece un antiperonismo flagrante que los lleva a otros delirios como afirmar que Massa es bolivariano o que sigue el modelo cubano.  Frente a ello cabe decir, parafraseando al filósofo italiano Diego Fusaro lo siguiente: son antiperonistas en ausencia del peronismo para no ser antiderechistas en presencia de la derecha.

Esta misma idea, con una mínima sofisticación, es la que se ha escuchado de boca de periodistas de gesto adusto que de manera independiente hicieron el mismo giro que hizo JxC desde las elecciones generales hasta aquí: “mejor 4 años de Milei que 20 de Massa”, se les ha escuchado como argumento. Es decir, apoyemos al que no va a poder gobernar porque el otro va a poder hacerlo y se va a quedar. Así, a Massa no hay que votarlo para evitar que haga lo que propone y a Milei hay que votarlo porque no va a poder hacer lo que dice.

Si agregamos que este escenario distópico se da en el marco de un país paralizado, con crisis social y violencia latente que convive ya con una inflación instalada en los dos dígitos mensuales, queda poco lugar para la esperanza.

Si un eventual triunfo de Milei traerá para los analistas políticos la incógnita de cómo se estructurará el nuevo mapa de poder en la Argentina con un Macri estableciendo las condiciones desde las sombras, más preocupante parecería ser el hecho de una Argentina   que el 10 de diciembre no solo será distinta sino bastante peor que la que conocemos.

   

   

  

 

 

Fouché, Sánchez y los tiempos sin convicciones (publicado el 10/11/23 en www.theobjective.com)

 

Francia, enero de 1793. Luis XVI apresado espera la decisión de la Asamblea. El bando jacobino, radicalizado, propone la guillotina. Las posiciones están divididas y Joseph Fouché es, en ese momento, un político moderado que entiende que la muerte del rey puede traer funestas consecuencias para la revolución. Sin embargo, los jacobinos mandan a una turba a presionar y las almas débiles de muchos girondinos ceden, especialmente la de aquellos que, como Fouché, juran lealtad a un solo partido: el victorioso.

Efectivamente, Fouché, quien iba decidido a dar un discurso a favor de la clemencia, hizo una cuenta rápida entre los presentes y notó que los jacobinos eran mayoría. Así, cuando le cedieron la palabra, decidió cambiar su voto para sentenciar a muerte al rey. A raíz de este giro, su biógrafo, Stefan Zweig, define a Fouché como un hombre que “le bastan veinticuatro horas, a menudo solo una, a menudo un minuto, para arrojar sin más la bandera de su convicción y envolverse susurrante en otra”. El final de este episodio ustedes ya lo saben porque conocen qué sucedió con el rey y tienen presente cómo la revolución que había despertado la euforia de los espíritus ilustrados culminó en un baño de sangre. De modo que será mejor centrarnos en la figura de Fouché. 

Para Zweig, Fouché fue el Maquiavelo de la edad contemporánea y una de esas figuras que, por diversas razones, la historia suele pasar por alto injustamente. Pero la mejor definición del personaje parece ofrecerla Napoleón: “Solo he conocido a un auténtico y completo traidor: ¡Fouché! Completo traidor…, no ocasional, una genial naturaleza de la traición, eso es lo único que fue, porque la traición no es tanto su intención, su táctica, como su más auténtica naturaleza”.

Efectivamente, Fouché fue profesor de seminario y saqueador de iglesias; hombre de paz y “carnicero” de Lyon; antimonárquico y realista; protocomunista y aristócrata multimillonario que alcanzó a ser Duque de Otranto. Todo eso y más fue Joseph Fouché quien también fue amigo, funcionario y enemigo del ya mencionado Napoleón como así también de Robespierre. Por cierto, que haya sobrevivido a la ira de ambos es un dato que muestra la habilidad de un hombre pusilánime, de aspecto bastante poco agraciado por la lotería natural, pero con una inmensa capacidad para construir poder en las sombras sin ninguna pretensión de exposición.  

Ahora bien, los insólitos cambios de posición de Fouché a lo largo de su vida hacen que Zweig, muy al pasar, agregue un comentario sobre el que quisiera enfocarme para reflexionar sobre el conflicto político e institucional que atraviesa España y sobre todo por el perfil de liderazgos que transversalmente surgen en distintos espacios políticos a lo largo del mundo.

Así, cuando refiere al modo en que nuestro personaje cambia de posición en cuestión de segundos tras cerciorarse que estaba en minoría, Zweig afirma que Fouché “no va con una idea, sino con el tiempo”. Lamentablemente, Zweig no desarrolló este concepto, pero como definición es esclarecedora pues estamos asistiendo a toda una camada de dirigentes políticos que no ofrecen ni ideas ni convicciones ni valores, sino “tiempos”, esto es, la capacidad de metamorfosearse según el momento; de aquí que puedan hacer campaña contra la amnistía y semanas después ofrecerla como solución política si es que los votos no alcanzan. Son líderes que no tienen ideas sino “decisiones temporales” y que, por ello, no aceptan ser evaluados por la coherencia sino por el éxito en el sostenimiento del poder. Solo circunstancias sin convicciones, capacidad de percibir los momentos en función del autointerés. Todo un arte, por cierto. Un marxismo de Groucho.

Esto explica cómo Fouché puede pasar, en cuestión de semanas, de ser el diplomático timorato que buscaba cambios moderados, a ser el responsable de la masacre de Lyon contra los rebeldes y a afirmar, en palabras de Zweig: “Todo está permitido a quienes actúan en interés de la revolución. El único peligro para los republicanos es quedarse por detrás de las leyes de la República. El que las supera, el que en apariencia dispara más allá del objetivo, aún sigue a menudo sin haber llegado a la meta correcta”.

Pero este “modelo Fouché” que caracteriza muchas de las acciones de líderes políticos tanto en España como en el mundo, tiene un elemento distintivo que resalta particularmente en una época donde los archivos están al alcance de la mano gracias a la tecnología. Porque tránsfugas y mentirosos hay desde el origen de los tiempos, pero la novedad está en un transfuguismo que se hace en frente de nuestras narices y en tiempo récord. Es como si habiendo ya tantos archivos, a nadie le importaran los archivos.

Y aquí, una vez más, la descripción de Zweig viene a cuento porque, sobre todo, lo que caracteriza a Fouché, es que sus traiciones no se hacen a escondidas o de madrugada. Todo lo contrario. De aquí que el biógrafo entienda que lo propio de Fouché es su desfachatez: “Cuando abandona traidoramente un partido, jamás lo hace lenta y cautelosamente, no se escurre saliendo sin ser visto de sus filas, sino que se marcha en línea recta, a plena luz del día, sonriendo fríamente, con una naturalidad asombrosa y aplastante, a las filas del hasta ahora contrario, y se apropia de todas sus palabras y argumentos. (…) Lo único que sigue siendo importante para él es estar siempre con el vencedor, jamás con el vencido. En la velocidad de ese cambio, en el desmesurado cinismo de ese cambio de carácter, mantiene tal medida de descaro que involuntariamente deja estupefacto y fuerza la admiración”.

El cambio de posición, que para cualquiera de nosotros sería una acción vergonzante que siempre es mejor mantener lo más oculto posible, aquí es expuesto ante el público generando esa mezcla de sensaciones que con tanta precisión menciona Zweig y que solo se puede sostener bajo el manto más extenso de la incredulidad.  

Líderes sin ideas ni convicciones que funcionan como máquinas de toma de decisión en función de las circunstancias; líderes sin valores para los cuales la pertenencia a un partido u otro es indiferente porque se definen a través de momentos y no de valores.

Entendidos los partidos como meros instrumentos, cáscaras vacías al servicio de un liderazgo, lo más natural es que los Fouché de la vida no paguen costos políticos y hasta ganen elecciones. El problema es cuando esta misma dinámica de la ausencia de límite se dirige al propio sistema y a los grandes consensos democráticos que a España y a muchos otros países tanto les ha costado conseguir. En este contexto, que haya una crisis de identidades partidarias sería casi lo de menos.          

 

martes, 7 de noviembre de 2023

Lo que esconde el cambio (editorial de No estoy solo publicado en www.canalextra.com.ar el 4/11/23)

 -¿Qué hacemos?

-No sé, necesito un cambio.

Este diálogo tan propio de un estilista con su cliente, refleja bien el modo en que un sector de la dirigencia política argentina ha adoptado la idea de cambio como un significante vacío.

Sin entrar en detalles demasiado técnicos ni revolcarnos por la terminología farragosa de los Lacan o los Laclau, cuando decimos “significante vacío” hablamos de un término, una palabra, un concepto cuyo significado ha perdido su sentido original y puede significar “cualquier cosa”. En la discusión pública actual se da a menudo con conceptos tales como “progresismo”, “pueblo”, “fascismo”, “democracia”… Debajo de ellos cada quien pone lo que quiere a tal punto que su sentido se ha vaciado.

Es verdad que la idea de cambio en sí no es otra cosa que un estado diferenciado de un estado anterior, pero en el caso del uso que originalmente le diera el macrismo, ese cambio no era cualquier cambio, sino aquel que decía identificarse con una serie de valores que podían rastrearse en una tradición liberal y republicana en clara oposición a la línea más popular que identifica al peronismo. En 2015 era cambiar respecto del kirchnerismo y el resultado fue exitoso en las urnas, aunque no en la gestión. Ese fracaso fue tal que 8 años después, la idea de cambio siguió vigente en la sociedad, pero fue interpretado en clave casta vs anticasta. El cambio era acabar con los privilegios de la casta, lo cual incluía al macrismo, claro. No era una esperanza sino una revancha: “vamos a joder a los que nos jodieron aun cuando quizás nos volvamos a joder nosotros”.

El macrismo no vio esa transformación y quedó preso del cliché exitoso para esa Argentina del 2015 que ya no existe más salvo en la pesadilla de los que, a diferencia del exministro Pablo Avelluto, siguen consumiendo la droga del antikirchnerismo rabioso.     

Y llegaron las elecciones generales y se consumó el deseo consciente y/o inconsciente de Macri: la destrucción de todos sus adversarios internos más la posterior implosión de su coalición. El segundo tiempo de Mauricio no era con él como protagonista en la cancha sino boicoteando, desde afuera, a sus propios jugadores.

Y ahora se llega al único escenario en el que los dos grandes protagonistas de los últimos 20 años de la Argentina podían jugar una carta: Cristina manteniéndose al margen y sin capacidad de imponer un candidato apuesta a sostener una cuota de poder apoyando a la oferta más de centro que el espacio podía ofrecer; Macri, en cambio, con la pretensión de ser el poder en las sombras detrás de un exabrupto producto del fracaso de las últimas gestiones.         

En ese movimiento que se viene gestando desde hace mucho tiempo pero que en la escena pública ocurrió en el interín que va del domingo de las elecciones al miércoles, quedó como nunca expuesto el vaciamiento de la idea de cambio. El epítome de este giro se dio cuando el ingeniero, intentando ofrecer razones para apoyar a Milei, indicó que apoyar al libertario es como cuando “vas en un auto a 100 km y te vas a chocar con el paredón y sabés que te matás, entonces te tirás del auto. ¿Vas a sobrevivir? Qué se yo, pero tenés una chance".

Del cambio entendido como un camino hacia una Argentina liberal, republicana, moderna, progresista y conectada al mundo, se pasa, en cuestión de horas, a una Argentina cuyo único requisito es que sea antiperonista. Todo lo demás puede esperar incluso la calidad democrática, el fortalecimiento de las instituciones y las soluciones económicas necesarias y racionales. Hasta desapareció la cantinela del populismo porque salvo alguien muy miope o muy cínico, es difícil no observar en Milei rasgos populistas tanto en su mesianismo como en su radicalidad, su promesa de gobernar por decreto y/o a través de plebiscitos, etc.

A su vez, como es difícil aceptar que el cambio hoy no es otra cosa que la propuesta de acabar con el peronismo como si por arte de magia así se pudiera recuperar la Argentina, se recurre a argumentos que recuerdan a conversaciones de amigos y/o, como mencionábamos al principio, de peluquería. En otras palabras, hay expresidentes o exfuncionarios de primera línea que están llamando a votar a Milei porque es “preferible una incógnita a un malo conocido”. Si fuera un consejo para cambiar de pareja o de peinado podríamos aceptarlo, pero está en juego el destino de casi 50 millones de personas.      

Es más, no sabemos si por torpeza, perversidad o desprecio, pero Macri ni siquiera está haciendo una campaña de apoyo mínimamente seria a Milei. Insisto: puede ser su incapacidad o estar preparando el escenario futuro para condicionar al propio Milei, pero Macri ni siquiera se toma el trabajo de mentirnos, tal como queda expuesto en su metáfora del auto que se estrella. De hecho, utiliza como fundamento de su decisión el comentario de su hija de 11 años quien le habría dicho que apoyara al libertario. No sería entonces una decisión “racional” ni informada porque, con todo respeto, ni Antonia ni ningún niño de 11 años tiene la madurez ni cuenta con las herramientas para tomar ese tipo de decisiones. Se trataría más bien de la necesidad de acudir a la supuesta pureza de la decisión de la niña, sostenido en la idea de que un niño elige bien porque no está contaminado del mundo de los adultos. Podría haber dicho que fue una epifanía, o una revelación. Pero eligió utilizar a la nena para abrazarse a algún espacio de pureza y certeza. De dar buenas razones ni hablar.

 

Naturalmente, alguno pensará que eso demuestra que Macri es un buen padre que escucha a su hija, más allá de que alguien podría espetarle que un buen padre escucha a sus hijos pero no toma decisiones “de gobierno” por el comentario de su hija de 11. Sin embargo, aun asumiendo lo primero, otra lectura posible es que se trata de una demostración más del desprecio de Macri hacia la política y sus responsabilidades como figura central de la Argentina de los últimos años. No solo sus continuas vacaciones siendo presidente o su “ausencia” en estos casi 4 años de presidencia de Fernández… El “me lo dijo Antonia” podría inscribirse en la línea del perro Balcarce ocupando el sillón de Rivadavia. Es la idea de la presidencia como “puesto menor” llevada al extremo. Tan puesto menor sería que es lo mismo que esté allí un presidente o un perro, o es lo mismo que quien esté allí tome decisiones informadas y racionales, o impulsado por lo que a la nena de 11 se le canta.            

 

Dicho esto, hacer del cambio un significante vacío no es una operación inocente. Más bien, que la imposición sea cambiar a como dé lugar sin que se explicite la orientación de ese cambio, obedece a que no es posible justificar públicamente hacia dónde se pretende ir. Así, se presenta como vacío porque no se puede reconocer que el proyecto de una derecha democrática está naufragando hasta los márgenes del sistema en nombre del capricho personal de un líder y/o una disputa cultural contra el peronismo.

No habría ni que decirlo, pero no hay justificación posible para abrazar una propuesta que coquetea con ciertas derivas autoritarias y lleva a una incertidumbre inédita en lo económico. Ni siquiera el hecho objetivo de la mala gestión de un gobierno autopercibido peronista.      

 

 

 

sábado, 4 de noviembre de 2023

Argentina: populismo, cambio y antiperonismo (publicada el 1/11/23 en www.disidentia.com)

 

Pese a lo que manifestaban las encuestas y luego del gran resultado obtenido en las internas abiertas, el fenómeno anarcocapitalista de Javier Milei tuvo un freno en las últimas elecciones generales de Argentina. Si bien le alcanzó para llegar al balotaje contra el candidato oficialista de la coalición peronista, Sergio Massa, lo cierto es que con 30% de los votos ha quedado rezagado casi 7% por detrás del actual ministro de economía.

Ahora la ciudadanía deberá elegir entre uno u otro el domingo 19 de noviembre en una elección que será voto en voto, especialmente después de que, el último miércoles, Milei haya recibido el apoyo explícito de Patricia Bullrich, la candidata del espacio de derecha liberal que había quedado tercera y que responde a la jefatura política del expresidente Mauricio Macri. Si la política admitiera las sumas simples, los 30 puntos de Milei sumados a los 23 de Bullrich alcanzarían para ganar pero, claro, las matemáticas simples no se llevan bien con la política.

Ahora bien, es probable que un lector desprevenido que no viva en el país encuentre que este resultado choca con las noticias que recibe asiduamente de Argentina, esto es, una crisis endémica con una inflación de 140% anual, aumento de la pobreza, deudas que no se pagan o se renegocian eternamente, etc. Dicho de otra manera, tomando en cuenta que el candidato oficialista es, como decíamos, el actual ministro de economía, resulta sorprendente que el peronismo sea competitivo y llegue a la instancia final con posibilidades de triunfar. Máxime cuando a estos elementos se le debe agregar que la actual gestión ha sido, en líneas generales, mala, atravesada por las disputas internas entre el presidente Fernández y quien lo puso allí, esto es, su Vice, Cristina Kirchner, y que, como si esto fuera poco, fue el gobierno al que le tocó atravesar la pandemia, la guerra en Ucrania y una sequía histórica que dañó enormemente la economía.    

Sin dudas, desde la elección de agosto, en la que Milei había triunfado, y la votación de días atrás, el oficialismo activó su maquinaria electoral lo cual incluyó la acción deliberada de gobernadores e intendentes que no habían hecho todo lo necesario en la elección de agosto. Además, ordenó discursivamente la campaña apartando de la escena pública tanto al presidente Fernández como a la propia Cristina Kirchner, e impulsó una serie de medidas tendientes a una recomposición salarial directa o indirecta. Gracias a esto se dio un fenómeno que es muy particular pero que ha ocurrido en otros países: el candidato oficialista logró aparecer como parte de la ola de cambio. En otras palabras, tal como sucede en España donde, por ejemplo, en un gobierno de coalición, quienes tienes responsabilidades de gobierno critican al gobierno del cual forman parte pero nunca renuncian, en Argentina todos son opositores al presidente Alberto Fernández. El escenario, entonces, no confronta a oficialistas con opositores sino a opositores opositores contra opositores oficialistas.

La referencia a la “ola de cambio” es relevante porque como también ha sucedido en otros países, el cambio tiene buena prensa y de hecho se ha transformado en un significante vacío como cuando uno va a la peluquería, no sabe qué corte hacerse y le dice al peluquero: “No sé, quiero un cambio”.

El mejor ejemplo en este punto es el que ofrece el expresidente Mauricio Macri, quien salió a brindarle un apoyo incondicional a Javier Milei y de quien se sospecha que tenía un acuerdo con el candidato libertario incluso previo al resultado de octubre. Me refiero a que, en estos últimos días, Macri afirmó que Milei era una incógnita pero que al menos nunca había gobernado; o, lo que es peor, indicó que votar a Milei es como cuando “vas en un auto a 100 km y te vas a chocar con el paredón y sabés que te matás, entonces te tirás del auto. ¿Vas a sobrevivir? Qué se yo, pero tenés una chance". Evidentemente, vamos a convenir que no es la metáfora más feliz, especialmente si se trata de ofrecer tranquilidad al electorado. Pero a su vez, solo puede entenderse en el marco de un clima cultural en el que ya no importa el contenido; lo que importa es cambiar. No importa hacia dónde; cambiar como un fin en sí mismo.

Sin embargo, en su torpeza, Macri también expone lo que es un sentir de los propios mercados: Milei es un salto al vacío. Efectivamente, sus propuestas son tan radicales y de tan dudosa aplicabilidad y éxito que los propios mercados rechazan al candidato más promercado que diera la política argentina en su historia. Así, salvo aquellos sectores cuyas diferencias ideológicas con el gobierno son insalvables, no es descabellado afirmar que la gran mayoría de los denominados “mercados” preferirían un triunfo de Massa, quien es, por cierto, el más liberal de los peronistas y quien supo enfrentarse y vencer al kirchnerismo en 2013 más allá de que hoy se encuentre apoyado por este espacio. De hecho, Massa tiene vínculos estrechos con la Embajada de Estados Unidos, ha afirmado que Venezuela vive una dictadura, se solidarizó sin peros con Israel tras el ataque de Hamas y tiene una agenda en materia de seguridad que sectores del kirchnerismo no dudan en considerar “de derecha”.

Es más, aunque será materia de otro artículo, el gran diferencial de Massa es que no es kirchnerista y hasta hay buenas razones para imaginar que un Massa con poder acabaría definitivamente con un kirchnerismo que en la actualidad ocupa el lugar de minoría intensa y se encuentra refugiado en la frontera más populosa de la provincia de Buenos Aires.

Ahora bien, más allá de las acciones de Massa desde agosto hasta aquí para lograr dar vuelta la elección, no se debe pasar por alto un elemento central para comprender cómo el peronismo, a pesar de que ha perdido muchos votos desde el 2019 hasta aquí, resulta competitivo. Me refiero a la división de la oposición entre una suerte de derecha más o menos liberal/republicana y una propuesta anarcocapitalista, moralmente conservadora y con un líder con aspectos claramente populistas. Es más, se debería afirmar taxativamente que este era el único escenario en el que el gobierno peronista podía ser reelecto, esto es, ofreciendo su candidato más liberal, con una división de la oposición y con el ingreso al balotaje de la versión más radicalizada de la oposición. Así, si algún demiurgo hubiera diseñado idealmente la única posibilidad de triunfo, sin duda se hubiera parecido a ésta (de hecho, hay buenas razones para confirmar que el aparato electoral peronista “cuidó” los votos de Milei en agosto para debilitar al espacio de Macri, y no se debe pasar por alto que tres días antes de pactar con Milei, Bullrich y Macri seguían afirmando que el libertario tenía un pacto con el peronismo).

Dicho esto, la propia dinámica de los balotajes y la enorme división que afecta a la sociedad argentina prometen un final cabeza a cabeza. Si prima el clivaje peronismo vs antiperonismo, incluso más que el de cambio vs continuidad, por las razones antes esgrimidas, Milei corre con buenas chances para imponerse. De hecho, su discurso “casta vs anticasta” ya ha mutado a “kirchnerismo (peronismo) vs antikirchnerismo (antiperonismo)”. Del otro lado, claro está, se ofrecerá la misma receta que ha sido efectiva en España pero también en Brasil y hasta en Estados Unidos: “democracia vs fascismo”.

Cualquiera sea el resultado, habrá una recomposición del mapa político argentino lo cual siempre es determinante para la región: si triunfa el oficialismo, la incógnita es cómo podrán cohabitar el kirchnerismo y el massismo en un mismo espacio sin que esas disputas afecten la gobernabilidad. Si triunfa la oposición, se supone que habrá un clima de tensión constante en las calles ante un eventual avance de las propuestas más radicales de Milei y quedará por ver cómo será la relación entre el presidente y Macri, quien aparecería como el verdadero poder en las sombras.

En este último escenario se demostraría que en la Argentina tanto o más importante que la mitología peronista, es la mitología antiperonista y veríamos el sueño de una derecha moderna liberal y republicana adoradora de Obama sucumbir ante una oferta populista y ultraliberal en lo económico con el único fin de acabar como sea y para siempre con el peronismo.

Decían que eran antipopulistas pero eran, simplemente, antiperonistas.         

 

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

La oikofobia española (publicado el 26/10/23 en www.theobjective.com)

 

En tiempos donde la cuestión migratoria está en el centro del debate diario y donde algunos proponen discutir la identidad nacional española, su lengua y su integridad territorial, hay una categoría que, apenas mencionada, puede ayudar a comprender las razones profundas que derivaron en este escenario. Me refiero a la “oikofobia”.    

Fue el filósofo británico Roger Scruton quien allá por 1993 habría utilizado este término por primera vez desde una perspectiva, llamemos, político-filosófica, para referirse al odio/temor sobre la propia cultura que tanto prolifera especialmente en Occidente. En griego, el “oikos” apuntaba, justamente, a la casa propia y utilizado como metáfora para referirse a la civilización/cultura, Scruton define a la oikofobia como la necesidad de denigrar las costumbres, la cultura y las instituciones que identifican la civilización a la que se pertenece. Se trata de una perspectiva que este filósofo conservador observa en muchísimos intelectuales de izquierda y que, según él, sería una actitud propia de la adolescencia. El oikofóbico está siempre muy atento a las aberraciones cometidas por España y/u Occidente, pero es particularmente benevolente con las aberraciones perpetradas por otras culturas. Un clásico en este sentido es abonar la leyenda negra española en América romantizando la perspectiva indígena, como si la relación entre las comunidades originarias hubiera estado exenta de sojuzgamiento y atrocidades. Llevado a nuestros días, podría ser el caso de quien omita los crímenes de Hamas por el hecho de señalar las responsabilidades de Israel en las décadas que lleva este conflicto.    

A propósito, di con un libro de Benedict Beckeld, publicado en 2022, titulado Western Self-contempt. Oikophobia in the Decline of Civilizations, dedicado específicamente a la cuestión de la oikofobia. Allí el autor afirma que hay oikofobia no solo cuando los occidentales culpan a Occidente de todos los males sino también cuando las universidades sobreactúan culposamente su proceso de “deconstrucción eurocéntrica”, cuando multitudes derriban estatuas de los padres fundadores de una nación o cuando flamear la bandera nacional es visto como un acto xenofóbico que puede herir la sensibilidad de alguien.  

Pero un punto todavía más interesante es que Beckeld sostiene que la oikofobia no es solamente un fenómeno contemporáneo que podríamos ubicar como parte del clima de autocrítica occidental pos fin de la segunda guerra, sino que se trata de un estadio que se repite cíclicamente y que ha atravesado Occidente desde los griegos hasta hoy. Así, encontramos momentos oikofóbicos en el período que va del siglo de Pericles hasta la decadencia producida por la caída de Alejandro, durante la crisis del imperio romano, en la Francia de los tiempos revolucionarios, o en Gran Bretaña mediando la era victoriana.

Beckeld observa, entonces, un patrón común y una serie de prerrequisitos para la oikofobia. Si nos centramos en los griegos, por ejemplo, esos patrones son claros ya que el auge de la Grecia que estudiamos y admiramos se dio cuando las amenazas externas (los persas) habían sido disipadas, se había alcanzado cierto grado de riqueza, existía un gobierno más o menos democrático, las “clases medias” florecían y el tiempo de ocio hacía que los intelectuales se enfoquen en los problemas internos. Todos estos elementos son, según el autor, condiciones que derivaron en el éxito de una sociedad pero que, al mismo tiempo, crearon las condiciones de su propia decadencia. Es que culturas exitosas como las mencionadas suelen ser abiertas y al mismo tiempo devenir relativistas especialmente en lo que refiere a la moralidad y las costumbres de otras culturas. Para ejemplificar, y lejos de cualquier rodeo, el autor menciona el caso actual en el que lo que él denomina una suerte de “universalismo relativista europeo” acoge al mundo islámico. El problema radicaría, según Beckeld, en que acoger a una cultura que defiende verdades absolutas acabará con la cultura tolerante y relativista que las acogió, en una suerte de remake de la clásica paradoja de la tolerancia enunciada por Karl Popper, aquella que muestra cómo tolerar al intolerante deriva, al fin de cuentas, en el fin de la sociedad abierta.  

Como proceso propio de un tiempo de decadencia cultural, la oikofobia no aparece abruptamente del mismo modo que ninguna civilización desaparece de manera repentina. Es que, según Beckeld, y como se indicaba anteriormente, tras el momento de auge y luego de alcanzar cierta autoconciencia como cultura, las elites intelectuales posan sus miradas en los asuntos internos y comienza la fragmentación entre grupos de interés. Así, por ejemplo, el odio entre los ricos y los pobres, o entre los demócratas y los oligarcas, era tan grande entre los griegos que superaba al odio que se les tenía a los persas. Este es un punto interesante pues Beckeld sostiene que este proceso preanuncia la oikofobia ya que la disputa intestina es tan vehemente que proyecta un efecto benevolente sobre el enemigo externo. Algo así como afirmar “contra los persas estábamos mejor”.

Y aquí bien vale volver a Scruton y al capítulo de los intelectuales porque según el filósofo fallecido apenas unos años atrás, ser un oikofóbico cotiza bien entre ciertos intelectuales, particularmente de izquierda. Es como si ser crítico de lo propio gozara de buena prensa y expidiera un automático carnet de intelectual comprometido con la realidad. Naturalmente, ni Scruton ni Beckeld ni quien escribe estas líneas abrazaría una suerte de nacionalismo estúpido que se opusiera a la autocrítica. De hecho, Beckeld hace todo un rastreo del proceso oikofóbico griego mostrando cómo en las tragedias griegas o en los grandes filósofos hay una autocrítica potente a la cultura imperante sin que eso constituya un fenómeno oikofóbico como el que se observaría ya en casos como el de Diógenes, el cínico, en la época de Alejandro. En otras palabras, hay una distancia entre hacer críticas y el hecho de afirmar que lo propio es inferior o es la causa de todos los males. Se puede ser profundamente crítico, entonces, pero tener en claro, por ejemplo, que bien vale la pena defender los valores de nuestra cultura. En el mismo sentido, se puede pretender cambiar el estado de cosas pero eso no significa glorificar esa suerte de xenofilia que plantea que toda costumbre foránea es buena en sí misma.  

Tal como se desarrolló aquí, la oikofobia no sería un fenómeno estrictamente español sino, en todo caso, occidental. Tampoco sería un episodio único en la historia de nuestra civilización sino el desenlace natural de una cultura que ya ha tenido su apogeo y que lentamente va mostrando señales de decadencia. Sin embargo, es particularmente potente el modo en que la explicación en términos de oikofobia puede dar cuenta de la profundidad que suponen muchos de los debates actuales en España y en Occidente. Aun cuando una categoría como esta sea incapaz de dar cuenta completamente del clima de época e incluso cuando se pueda sospechar un marcado sesgo en los autores mencionados, habituados ya a encontrar y denunciar “fobias” por todos lados, no estaría mal hacerle un lugarcito a la oikofobia como elemento a considerar en buena parte de las discusiones públicas.