miércoles, 14 de junio de 2023

La aguja hipodérmica de Txapote (publicado el 12/6/23 en www.theobjective.com)

 

El manipulado es el otro, el que no nos ha votado. Esa suele ser la conclusión a la que apela el progresismo de izquierda cada vez que pierde una elección. Incluso lo afirma cuatro años después de haber ganado unos comicios donde votaron las mismas personas y donde la línea editorial y el mapa de concentración mediática era similar. Es un verdadero misterio cómo los mismos electores pueden actuar racionalmente cuando votan a la izquierda en 2019, pero emocionalmente y bajo manipulación, al grito de que “Que te vote Txapote”, cuando votan a la derecha en 2023.

No menos misterioso resulta, por cierto, que quienes ostentan masters y doctorados en ciencias sociales, al momento de explicar el comportamiento electoral, desempolven arcaicas teorías de la comunicación como la de la “aguja hipodérmica”, esto es, aquella que supone que existen emisores capaces de enviar mensajes claros y distintos que penetran en la piel de una audiencia absolutamente pasiva que obedece como si fuera zombi.

Es un clásico archiconocido, pero el ejemplo que se suele dar cada vez que se cita esta perspectiva, es la famosa adaptación al radioteatro que el gran Orson Welles hiciera de La Guerra de los mundos de H. G. Wells.

Hay mucho de mito respecto a las repercusiones reales pero las crónicas indican que cuando Welles emite por radio lo que era una supuesta invasión marciana, buena parte de la audiencia lo creyó a pesar de las aclaraciones pertinentes a lo largo de la transmisión. Así, habría habido centenares de llamados a la policía advirtiendo del supuesto ataque, gente presa del pánico que se encerró en su casa y hasta suicidios. Sin embargo, hay algo que aclarar: se trató de una transmisión radial realizada en 1938 y estamos en condiciones de indicar que, 85 años después, ni los medios son los mismos, ni las audiencias son las mismas.   

Porque podemos leer a Dick, Ballard, Orwell, etc., y maravillarnos con la visión que la ciencia ficción y la literatura distópica de los 50, 60 y 70 ofreció respecto a la posibilidad de masas sometidas a la propaganda, pero hoy sabemos que el proceso comunicacional es mucho más complejo y que allí intervienen infinita cantidad de variables.

Máxime si a esto le sumamos la complejidad que agrega la irrupción de internet y las pantallas de los móviles. Sin embargo, una suerte de “aguja hipodérmica reloaded” regresa para consuelo de una progresía que no sabe, no quiere o no puede abandonar sus resabios de intelligentsia iluminada.

Y aquí se da un fenómeno muy particular porque, en un principio, la progresía entendió que el teléfono móvil era la herramienta del futuro para desafiar a los poderes de turno, entre los que se incluían desde las posiciones dominantes de los medios tradicionales en Occidente, hasta las dictaduras en países no occidentales.   

El destino era inexorable: florecerían así las “primaveras árabes”, las mujeres se quitarían el velo, y las grandes corporaciones mediáticas sucumbirían frente a un nuevo periodismo “ciudadano” y no profesional en un mundo en el que cualquier imbécil dice ser un generador de contenido.

Ese espíritu asambleario con algo de estudiantina era el mismo que se respiraba en, justamente, aquel 15M indignado que ahora se indigna con el resultado de las elecciones. ¿Por qué? Porque rápidamente se cayó en la cuenta de que no solo no hemos hecho la revolución a través de Twitter, sino que hay un Brexit, y los Trump y los Bolsonaro son capaces de ganar elecciones.

¿Y qué lectura hace el progresismo cuando el resultado no es el deseado? Como no se puede afirmar que el pueblo se equivoca, se vuelve a la teoría de la manipulación: posverdad, fake news y oscuros intereses han determinado la conducta de la gente; una nueva invasión, una nueva “guerra de los mundos llega en la forma del algoritmo gracias al Big Data.           

Pensemos, si no, en el ejemplo que se dio a partir del escándalo de Cambridge Analytica cuyo resumen se puede hallar en un documental de Netflix titulado Nada es privado (The Great Hack).  

Cambridge Analytica fue una empresa de minería de datos y asesoramiento electoral acusada de utilizar la información de 87 millones de usuarios de Facebook para crear campañas de microsegmentación y direccionar al votante. Si bien lo hizo en muchos países, el documental hace eje en dos de los casos más insoportables para la progresía biempensante: el Brexit y el triunfo de Trump.

Como las sutilezas ya no abundan, podemos resumir el mensaje que se quiere instalar a partir de las declaraciones que el programador Christopher Wylie, un exempleado arrepentido, hiciera a El País en 2018: “El Brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”.

Se sigue de aquí entonces que la única razón por la que el Brexit y el triunfo de Trump acontecieron fue por la manipulación minuciosa que hicieron unos señores poderosos con intereses espurios. En la misma línea, la idea de la gran manipulación es la que han utilizado los analistas para explicar el triunfo de Bolsonaro en 2018: iglesias evangélicas, cadenas de whatsapp, fake news y posverdad terraplanista fueron algunas de las excusas que los presuntos esclarecidos esgrimieron. Nadie reconoció que Bolsonaro, nos guste o no, es un líder popular que representa a un importante número de brasileños y que, en 2018, el Partido de los Trabajadores se vio afectado por la proscripción de Lula y por una agenda extraviada que se olvidaba de representar, justamente, a los trabajadores. A propósito, siempre recuerdo una entrevista que le hacen a un gay que vivía en una favela y que pensaba votar a Bolsonaro a pesar de que éste había realizado consideraciones homofóbicas públicamente. La respuesta del entrevistado fue demoledora pues afirmó que a él no le importaba lo que Bolsonaro pensara de su elección sexual, sino que lo que él necesitaba es que dejaran de robarle la bicicleta porque era su herramienta de trabajo.      

Para concluir, sobran los ejemplos a lo largo de la historia en los que los medios de comunicación han influido en las decisiones que toma la ciudadanía, pero también sobran los casos en los que la ciudadanía ha elegido contra lo que los medios intentaban instalar. Eso demuestra que los medios pueden influir pero que nunca son determinantes. Si, en menos de 10 años, una fuerza política que llegó a ser clave para formar gobierno, prácticamente se extingue, es de suponer que debe haber algo más que la animadversión de las corporaciones mediáticas.

¿Acaso un repentino virus fascista se ha apropiado de los españoles? Todo puede ocurrir, pero quizás debiera indagarse en las relaciones de causalidad entre la merma en la cantidad de votos y dos aspectos fundamentales: por un lado, una gestión con errores vergonzosos; y, por otro lado, una agenda de izquierda que nunca entendió que sumar y propiciar la creación de minorías cada vez más minoritarias, podrá representar muchas cosas, pero difícilmente logre representar mayorías.

 

 


domingo, 11 de junio de 2023

JxC: entre el palo y la nueva transversalidad (editorial del 10/6/23 en No estoy solo)

 

La crisis en Juntos por el Cambio (JxC) parece no tener fondo y ya abundan encuestas que hasta lo ubican tercero, fuera de un eventual balotaje. Se trata de un fenómeno muy particular porque desde que la salida de Guzmán inauguró un aumento dramático de la inflación, el oficialismo sostiene una base electoral, pero quien viene perdiendo apoyo es su principal adversario.

Sería inexplicable, claro está, si no se observara que, al mismo tiempo, quien parece canalizar esos votos es Milei quien, según algunas encuestadoras, hasta podría acercarse a los 40 puntos en una primera vuelta si Rodríguez Larreta venciera a Patricia Bullrich en la interna. En lo personal, considero que esos números parecen exagerados, pero ante la coincidencia de los encuestadores me permito abrir siempre un margen de duda razonable.

Ante este escenario impensable apenas unos meses atrás, cuando todos daban a JxC como seguro ganador, los dilemas que se le plantean al espacio son similares a los del oficialismo: ¿abrimos lo más posible casi hasta alcanzar una nueva Unión democrática, o jugamos con “los propios” y apostamos a que, en una segunda vuelta, el antiperonismo y la mala administración del oficialismo acerquen los votos necesarios?

Alguna vez se los comenté en este espacio: Milei ha sido creado para que JxC parezca de centro. Sin embargo, del mismo modo que en el oficialismo conviven sectores más ultra con sectores moderados, JxC también cobija actores que van del centro a la derecha. En otras palabras, y para que nadie crea que estamos bautizando a una “nueva derecha”, aun cuando en la práctica muchas veces voten juntos, Macri y Bullrich no son lo mismo que Lousteau y Manes. Independientemente de quiénes gusten más o menos, lo cierto es que no parecen lo mismo. De hecho, el electorado del Frente de Todos en su momento votó a Lousteau en aquella famosa segunda vuelta que casi quita al PRO de la ciudad de Buenos Aires y, a decir de Carlos Pagni, Wado de Pedro le habría ofrecido a Facundo Manes ser su segundo en la fórmula.

Dicho esto, y más allá de halcones y palomas reales o presuntas, lo mismo da, lo que parece haber aquí son dos concepciones distintas de cómo gobernar a partir del 11 de diciembre. Para decirlo con precisión: estos armados se basan en razones electorales, pero también dan algunas pistas de lo que teóricamente se está pensando para el primer día de un futuro gobierno. Que después eso se efectivice en la práctica es otro asunto: Macri ganó apoyado en el despliegue del aparato radical a lo largo del país, pero al momento de gobernar apartó al radicalismo de las decisiones. De modo que lo que va a suceder no lo sabemos, pero hay mensajes que se nos quieren dar. En el caso de Rodríguez Larreta, se trata de llevar a la práctica lo que viene diciendo desde hace un tiempo: para gobernar y cambiar la Argentina hace falta un consenso del “70%”. Naturalmente, el 30% que queda afuera es el kirchnerismo y, por supuesto, cuando se habla de un “70%” no se habla de un porcentaje de votos sino de un 70% de apoyo de los espacios de poder real y formal. Esto supone, entonces, hacer concesiones al poder real y acercar al espacio a los Schiaretti y a los Espert, más allá de que el peso del primero no pueda compararse con el del segundo. Si en el poder económico y en la justicia, por ejemplo, ese 70% resulta alcanzable, siempre y cuando no quede demasiado herida el ala de los halcones, no resulta tan sencillo cuando pensamos en los actores de la política formal. De aquí que haya que negociar con la superestructura de la política (peronismo no K) para alcanzar el número mágico.

Se trataría de una suerte de segundo intento de transversalidad, de derecha hacia al centro, tras el fallido de aquel primero que fue de izquierda hacia el centro y que llevaba a CFK y a Cobos en la boleta.

El fracaso de aquella primera experiencia muestra que es más fácil acordar una lista que un plan de gobierno, por la sencilla razón de que un frente que triunfe tiene cargos para todos los participantes.

Patricia Bullrich no es tonta y por supuesto que en algún momento intentará “abrir”, pero su propuesta es distinta y en todo caso rememora otro episodio cercano que ustedes recordarán: buena parte del poder real, incluyendo medios y periodistas, presionando a Macri para que se una a Massa y así vencer al kirchnerismo en 2015. Sin embargo, Macri, asesorado por Durán Barba, entendió que los votos de Massa irían naturalmente hacia él, de modo que el pacto no tenía ningún sentido y solo conllevaría ceder espacios a quien tarde o temprano “jugaría solo”. Tuvo razón.

Pero la situación fue diferente cuando Macri tuvo que gobernar. De hecho, hasta el día de hoy le echa la culpa al ala dialoguista de su gobierno. Desde su punto de vista, el “diálogo” fue una maniobra de los “dialogables” para que se pierda tiempo y no se pudiera avanzar con celeridad en las reformas necesarias. Por cierto, si así fue: ¡Dios tenga en la gloria al filibusterismo!

Bullrich, entonces, cumpliendo la performance de pretendida dureza, viene a ofrecer el palo sin la zanahoria mientras señala que la versión “Rodríguez Larreta en modo zen”, solo ofrece zanahorias porque se sabe débil (aclaremos igual que, a juzgar por algunos sospechosos micrófonos que quedan abiertos, Rodríguez Larreta ofrecería zanahorias de color verdes también a algunos amigos del periodismo, pero podemos pasar de largo este asunto en la semana en que se celebra el día de una profesión tan noble).

Ahora bien, más allá de estas hipótesis, el punto es que hay una condición previa que debe cumplirse: JxC debería ganar. Y allí ambos candidatos tienen problemas: si Bullrich juega demasiado al sheriff libertario, chocará con el original y, en general, entre la copia y el original, la gente suele elegir a este último, es decir a Milei; y en el caso de Rodríguez Larreta, si abre demasiado la bolsa para que entren todos los gatos, suponiendo que la política electoral es una mera adición de nombres que traen votos en los bolsillos, el desperfilamiento puede ser tal que la gente elija las opciones más seguras, si es que las hubiera, claro.     

A pesar de que durante años se ha criticado la grieta y que se ha intentado romperla por la ancha avenida del medio, la ruptura finalmente ha aparecido por derecha. Más allá de las virtudes de Milei, el fenómeno se vincula con la decepción que han provocado los últimos dos gobiernos a sus votantes. Si son solo dos los que juegan y los dos juegan mal, están dadas las condiciones para que emerja un tercer participante. Lo cierto es que hemos pasado de una elección en la que JxC ganaba con seguridad, a un escenario en el que es improbable, pero ya no imposible, un balotaje que lo tenga como espectador.

Parafraseando a un exgobernador, digamos que en Argentina los agravios, pero también las proyecciones y los análisis políticos, prescriben a los 6 meses.       

domingo, 4 de junio de 2023

Votar por un payaso (publicado el 1/6/23 en www.theobjective.com)

 

Se ha dicho mucho en las últimas horas sobre la osada estrategia electoral de Pedro Sánchez que logró sacar de la agenda el triunfo contundente del PP y el crecimiento exponencial de VOX.

A priori cualquiera hubiera pensado que lo mejor que le puede pasar a un gobierno que acaba de perder, es tener tiempo para, eventualmente, revertir la tendencia; sin embargo, con este giro sorpresivo, Sánchez busca encolumnar al PSOE detrás de su figura impidiendo cualquier gesto de rebeldía interna, evitar un mayor desgaste de su gestión, cortar abruptamente el clima victorioso de la derecha y obligar a pactar de alguna manera a quienes están a su izquierda.

Naturalmente, nadie más que Sánchez y sus asesores conocen el diagnóstico y el plan, pero mirando en detalle los números, podría decirse, en términos generales, que el PSOE no ha perdido tantos votos sino que ha sido la derecha en su versión más de centro o más radical la que ha cooptado votos mayoritariamente del casi extinto Ciudadanos. En todo caso, aunque es difícil de precisar, puede que haya habido todo un corrimiento en general hacia la derecha y que algunos votos del otro espacio joven que había surgido para hacer frente al bipartidismo, Podemos, hayan ido a parar al PSOE. En este caso, y a juzgar por los porcentajes obtenidos, se comprobó una vez más que el nivel de sobreexposición que tiene el progresismo en medios tradicionales y redes no se encarna en la gente ni garantiza votos. El mejor ejemplo de esta desconexión se dio en Valencia donde, lejos de focalizarse en las necesidades del ciudadano de a pie, la campaña se centró en presentar la elección sexual y la discapacidad auditiva de una candidata como un mérito en sí y como garantía de buen gobierno. Sin embargo, evidentemente, no se trataba, entonces, de que llegue la hora de la “bollera buena” frente a “la mala”, sino de presentar un plan de gobierno que interpele a las mayorías.  

Ahora bien, dado que, tomando en cuenta los números antes mencionados, el PSOE parece tener un núcleo duro de votantes capaces de garantizar un piso competitivo, es natural que toda la estrategia de Sánchez se incline por cómo hacerse de esos “otros votos” que le han sido esquivos en estas elecciones.

Si usted cree que, entonces, vendrá un giro hacia el centro para atraer el voto moderado o una serie de acciones tendientes al convencimiento de los electores pensados como agentes racionales, temo decepcionarlo. Es más, creo que estoy en condiciones de afirmar que Sánchez hará exactamente lo contrario y su campaña se centrará en impulsar la idea de que hay que votar por un payaso. Sí, así como lo está leyendo.      

A lo largo del mundo, ha habido ejemplos de payasos que se han presentado a elecciones y estoy seguro que vienen a su mente decenas de nombres de hombres y mujeres que bien calificarían para esa denominación. Sin embargo, para que no haya confusiones y para que nadie crea que se está llamando “payaso” al Presidente o a alguien que pudiera reemplazarlo, se hace necesario dar alguna precisión.

Es que cuando hablo de “votar por un payaso” me refiero a lo que me gusta llamar el “Voto IT”, en referencia al famoso payaso Pennywise, protagonista de la novela de Stephen King que fue llevada al cine con enorme éxito.  

Como ustedes recordarán, en un pequeño pueblo, una entidad maléfica despierta cada x cantidad de tiempo para iniciar un raid de sangre y muerte. Hasta aquí se trata de la típica trama de terror con la única diferencia de que lo que cambia es el protagonista de las masacres. Sin embargo, King le da un giro que puede ser utilizado para entender las razones por las que buena parte del electorado vota. Es que el payaso se llama “IT” (“Eso”, en castellano), justamente, porque en realidad no tiene ninguna forma específica. Usualmente encarna un cuerpo de payaso, pero lo que lo define es que adopta la forma que más aterroriza a sus víctimas. Entre alguna de sus múltiples formas, IT deviene hombre lobo, leproso, momia, ojo gigante, niño muerto, araña monstruosa o padre severo de la protagonista. Cada una de estas formas representa el miedo del que lo está enfrentando.

Se supone que, entonces, aprovechando el avance de las negociaciones entre PP y VOX para formar gobierno tras los resultados de las municipales y autonómicas, Sánchez azuce el temor de un sector de la población a “la llegada del fascismo” pegando la figura de Núñez Feijóo a la de Abascal. Así, el payaso de la política no será un hombre lobo, pero será “el patriarcado”, “el racismo”, “el nazismo”, “La derecha”, “la ultraderecha”, “el lenguaje de odio” y hasta el fantasma de Franco si fuese necesario.    

Resulta claro que esto de votar por un payaso no es un fenómeno estrictamente español. De hecho, lo vemos prácticamente en cada uno de los países donde, aun con distintos sistemas e incluso con altos niveles de fragmentación, las elecciones acaban enfrentando dos grandes polos que no atraen a los votantes por mérito propio sino por el temor que provoca el adversario. Es que el descreimiento de la política hace que muchas elecciones se diriman a partir del “voto útil en contra de”, aunque a juzgar por los resultados, habría que pensar hasta qué punto ese tipo de voto no debiera rebautizarse.  

En sociedades partidas al medio y con bipartidismos de hecho que alternan administraciones mediocres, votar por el payaso, esto es, votar por el miedo que nos provoca el triunfo de “el otro”, solo favorece a una casta política que cada vez gobierna peor, pero que es experta en asustarnos.    

Lejos de proyectar un país, la clase política deviene profeta de los desastres por venir, siempre encarnados en el adversario de turno. Si bien no subestimaría la capacidad del miedo para guiarnos por el buen camino en determinadas situaciones, aun cuando suene demasiado ideal, no está de más hacer un llamamiento a votar por otras razones. Quizás no haya tanto que temer. Al fin de cuentas, no es más que un payaso.

 

Loretta es el poder (publicado el 26/5/23 en www.theobjective.com)

 La censura cayó ahora sobre la adaptación teatral de La vida de Brian, la mítica película de los Monty Python estrenada en 1979. En particular sobre una icónica escena que más de 40 años atrás hacía reír por lo absurda que era. Para contextualizar, reunidos en el Coliseo de Jerusalén, los miembros del Frente popular de Judea discuten una agenda de reivindicaciones contra las autoridades y lo primero que aparece allí es una sátira al denominado hoy “lenguaje no sexista” o “lenguaje inclusivo”. Más específicamente, hacia aquello que los lingüistas llamarían la duplicación innecesaria que afecta la economía del lenguaje cuando se dice, por ejemplo “es el derecho inalienable de todo hombre (y de toda mujer) ser liberado (y liberada)…”, etc. En la escena, la necesidad de adicionar el femenino ante cada frase, hace que el protagonista directamente pierda el hilo de la conversación y su idea quede trunca. 

Pero el asunto no termina aquí pues uno de los protagonistas plantea que desea ser llamado Loretta y que, a pesar de ser un varón, tiene derecho a gestar un hijo. Frente a ello, uno de los interlocutores, visiblemente escéptico, le indica que por ser un varón no tiene las condiciones biológicas para parir, a lo cual “Loretta” responde “no me oprimas”. Finalmente, la mujer del grupo interviene e indica que aun cuando podemos acordar que “Loretta” no tiene la posibilidad de engendrar un hijo, puede existir el derecho a que un hombre pueda hacerlo. Frente a ello, el escéptico pregunta cuál sería el sentido de reivindicar un derecho que en la práctica es de imposible cumplimiento, a lo cual uno de los interlocutores responde que sería “un símbolo de nuestra lucha contra la opresión”. Pero el remate lo tiene el escéptico quien advierte que no es así y que, en todo caso, más bien sería un símbolo de la lucha de “Loretta” contra la realidad.

Es llamativo el don profético de la escena, incluso el uso de una terminología que hoy es habitual pero que para aquella época resultaba ajena; también el modo en que los Monty Python logran dar en el núcleo de toda una retórica “de los derechos” que en muchos casos plantea reivindicaciones a veces excesivamente minoritarias, a veces inexistentes, a veces impracticables.

El caso es que el diario The Telegraph publicó una entrevista a John Cleese, uno de los fundadores de los Monty Python, quien confiesa que en los ensayos realizados en Nueva York el año pasado con el fin de la adaptación al teatro del guion de la película, los actores consideraron que no era adecuado incluir la escena porque el colectivo trans podía verse ofendido. La anécdota no hace más que mostrar que la gran perversión de la corrección política es la autocensura.   

Al momento del estreno, La vida de Brian originó un escándalo porque, en su parodia, cristianos y judíos se sintieron ofendidos. De hecho, en distintas partes del mundo, sectores religiosos presionaron con distintos niveles de éxito para que la película no se estrene o se censure. Sin embargo, y como suele o, al menos, solía ocurrir, la libertad se impuso y hoy podemos ver la película completa aun sabiendo que hay quienes pueden sentirse ofendidos.  

En todo caso, la anécdota de Cleese sirve para recordar que la censura sobre el humor siempre es una buena guía para reconocer dónde está el poder. Porque si hay algo que el poder no soporta es la manera en que la broma socava tanto su autoridad como el temor del que el poder se sirve para imponerse. Más allá de que no fue fácil, la película pudo verse porque ya hacia fines de los 70 el poder de la Iglesia católica estaba en declive de modo que sus intentos de censura ya no eran aceptados por una sociedad que, en su mayoría, demandaba una nueva moral.

Ese declive es todavía más pronunciado hoy, lo cual se confirma cada vez que alguien es capaz de hacer bromas y críticas feroces sobre el Papa o sobre aspectos de la doctrina y, afortunadamente, no sufre ninguna consecuencia. Por ello, cabe preguntar: ¿alguien sinceramente cree que desafía al poder arremetiendo contra la Iglesia hoy en día? ¿Está allí el poder? Tómese en cuenta, por ejemplo, la cantidad de expresiones artísticas donde se toma la figura de Jesús o de vírgenes para hacer con ellas lo que vaya en gana sin que eso genere mayor escándalo. Incluso hacerlo implica para el artista un salto al estrellato del compromiso. Sin embargo, no sucede lo mismo con quien hace bromas u osa poner en tela de juicio algún aspecto de la ideología queer; en ese caso perderá su condición de artista para recibir, como mínimo, la acusación de nazi, facha y ultraderecha conservador; y si el osado tiene algún tipo de intervención pública u ocupa un cargo en alguna institución, lo que sobrevendrá es su cancelación total, esto es, la muerte civil. Porque hoy se puede decir que Jesucristo era trans; lo que no se puede decir es que un varón es incapaz de gestar.

La paradoja es que la retórica del progresismo woke y las políticas identitarias dicen luchar contra un poder opresor, pero casos como el de la autocensura de la escena de La vida de Brian, parecieran mostrar que la hegemonía cultural con ubicua presencia estatal e institucional, la posee hoy ese progresismo sobre el cual no es posible bromear.

Si la generación del 68 luchaba más contra sus padres que contra el capitalismo, sus hijos y sus nietos ya no luchan ni siquiera contra sus mayores, sino que hacen causa común para luchar contra los fantasmas y las caricaturas de lo que en los años 60 era un poder verdadero.        

Qué ha ocurrido en estos últimos cuarenta años para que el mismo progresismo que defendió a La vida de Brian de la censura en los años 70, sea el que hoy impone las condiciones para una nueva censura, es algo que no podemos resumir en estas líneas. Lo que sí podemos decir es que hoy no es la Iglesia precisamente la que impone qué películas se pueden ver, qué comer, cómo hablar y cómo y a quién debemos amar. 

A manera de conclusión, el neopuritanismo progresista ha podido lo que la Iglesia no consiguió en el año 79. Lo ha logrado sin un uso explícito de la fuerza sino a través de la autocensura de los intérpretes. El poder está del lado de Loretta y para probarlo simplemente se necesita un test muy simple: piense sobre qué cosa no es posible bromear. Efectivamente: ahí es donde está el poder.

 

 


domingo, 28 de mayo de 2023

Una pregunta para la generación diezmada (editorial del 27/5/23 en No estoy solo)

 

Si la política está hecha de gestualidades y símbolos, un repaso rápido por la disposición de los que acompañaron en el palco a CFK en el acto del 25 de mayo, podría dar alguna pista del futuro cercano. Si tomamos la primera línea, parece claro que, aun cuando no sepamos en qué orden ni en qué lugar exactamente, la candidatura a presidente y vice, y la candidatura para la gobernación de Buenos Aires, tendría los nombres puestos: De Pedro, Massa y Kicillof.

Las especulaciones son varias y hay hasta quienes dicen que De Pedro o Massa podrían ir a la gobernación en tanto Kicillof sería el candidato a presidente. Mi intuición dice que Kicillof se queda en Provincia donde hoy es el favorito, pero todo puede pasar.

A nivel nacional, en todo caso, aun si se tomara la decisión de que fuera Kicillof, el dilema es similar al del 2019: ¿vamos con los propios para transformarnos en una oposición robusta o tratamos de abrir lo más posible, incluso al precio de que el presidente no sea de los nuestros, para intentar ganar? Si se elige la primera alternativa, Kicillof o Wado serían los posibles candidatos, ambos hijos de la generación diezmada. Si se elige la segunda, allí entraría Massa.

¿Por qué no elegir la estrategia de 2019 si electoralmente fue exitosa? Porque, hoy en día, abrirse a uno “de afuera”, como podría ser Massa, no garantiza el triunfo. De aquí que muchos vean las encuestas y digan: ya que vamos a perder, perdamos con uno de los nuestros y garanticemos un bloque homogéneo en las cámaras.

Siguiendo con el acto, si bien está claro que CFK no se retira de la política, detrás de ella estaba su familia, incluso sus nietos por primera vez en un lugar central. Una vez más: el futuro siempre es incierto en Argentina, pero el 25 daba la sensación de que CFK, si bien no se despedía, difícilmente vuelva a ser candidata. En todo caso se reservará un liderazgo en las sombras y su capital simbólico. No es poco.

Y a propósito del futuro, aunque el discurso hizo énfasis en la necesidad de renegociar con el FMI y establecer algunos mínimos acuerdos, como suele ocurrir en las intervenciones públicas, CFK estuvo más preocupada por reivindicar su gobierno que por exponer los senderos por los que debería transitar un eventual próximo mandato. Pareciera tan potente ese pasado, que no tiene lugar para la novedad.

Pero digamos que con CFK y Macri afuera de la contienda electoral, parece abrirse una nueva etapa en la Argentina. Si será mejor o peor, no lo sabemos. Es que, generacionalmente, con la excepción de Patricia Bullrich, todos los potenciales candidatos a presidente con aspiraciones andan por los 50 y pico y, en el caso de Wado, apenas 46.

Con las enormes transformaciones que se han sucedido en el mundo, a priori se podría suponer que una nueva generación de dirigentes es necesaria, pero debemos recordar también que lo nuevo no siempre es lo bueno. En todo caso, pertenecer a una generación diezmada o a los hijos de esa generación, no garantiza nada y no hay ninguna virtud intrínseca en el hecho de haber nacido después que otros.

Era hora de que así fuese, pero quizás no haya sido casual que el kirchnerismo haya corrido sutilmente su discurso para dejar de hablar de los jóvenes y centrarse en los hijos de la generación diezmada, aquellos que, con cuarenta y pico largos, ya han dejado de ser jóvenes aunque intenten aparentarlo. Es que la juventud, a diferencia de lo que sucedía 10 años atrás, es, como mínimo, un terreno en disputa donde hay una enorme cantidad de sub 20 que son partidarios de visiones de derecha, seguramente algo cansados de que una nueva religión les diga qué comer, cómo hablar, cómo comportarse, a quién amar y qué chistes hacer.

Si la juventud, o una parte de ella al menos, ya no es tan confiable, hay que centrarse en los “hijos de” (nosotros). Una vez más, presentarlo de ese modo no es casual pues lo que se intenta es trazar una continuidad ideológica más que un rango etario. Al fin de cuentas, Milei tiene 5 años más que Wado de Pedro y calificaría como hijo de la generación diezmada si nada más que de la edad se tratara.

Pero allí surge otro interrogante: ¿cuál es la propuesta de país que tienen los hijos de la generación diezmada? ¿O acaso los hijos de la generación diezmada vienen a proponer lo mismo que sus padres, aunque con menos arrugas y canas? No estaría ni mal ni bien, pero en todo caso habría que decirlo. Si traen alguna novedad, ¿cuál sería? ¿Hay alguna diferencia en la visión de país de Wado y CFK? ¿Y entre la de Kicillof y CFK?

Este planteo obedece a que quizás pueda tener un rédito electoral hablar de “hijos de una generación diezmada” pero también supone un riesgo. Dicho en otras palabras, detrás de esa denominación subyace una idea victimista demasiado acorde a los tiempos. Efectivamente, como todos sabemos, hoy en día lo único que importa es poder justificar de alguna manera ser víctima de algo porque una vez establecida esa condición, se otorga una suerte de cheque en blanco y se corre del debate a cualquiera que ose ponerlo en duda. La víctima siempre tiene razón y en tiempos donde ni siquiera es posible discutir sobre una base empírica común, una condición que nos permita siempre estar en la verdad, vale oro.

Pasó en la semana con el exabrupto de Levinas que, al tratar de explicarlo, tartamudeó más que el aludido. El ejemplo viene al caso, porque cuando todos pretenden ser víctimas de algo, si hay alguien que efectivamente ha sido víctima de algo es Wado de Pedro, por la historia familiar trágica que todos conocemos. Wado es el ejemplo de cómo la dictadura militar le ha jodido la vida a generaciones de argentinos con consecuencias todavía visibles. Y sin embargo, si él fuera el candidato, sería bueno que quienes lo elijan, lo hagan independientemente de esa condición, porque ser víctima no lo va a hacer mejor gobernante. Aunque resulte una obviedad hay que decirlo: su eventual gobierno dependerá de su capacidad y no de lo que padeció.    

Para finalizar, si el acto tuvo una única convocante, también tuvo un único excluido: el presidente.

Asumiendo cada vez más un perfil meramente protocolar, el presidente no gobierna, pero da entrevistas. No mucho más que eso. En todo caso anotará como una victoria propia si el internismo y algún ego desbocado obliga a unas PASO en el oficialismo. Con todo, como ya hemos dicho aquí: si hay algún tipo de acuerdo entre kirchnerismo y massismo, como parecería que va a haber, difícil que haya una PASO en el oficialismo.

Aunque no lo podrá decir públicamente, en todo caso, el gran triunfo del presidente es haber logrado que el dedo de CFK ya no alcance para ungir presidentes. Sin embargo, probablemente sí alcance para ungir candidatos irresistibles dentro del Frente.

Y hablando de resistencias, con algunos espacios dentro del oficialismo, a saber, movimiento Evita, CGT, algunos gobernadores, etc., sucede algo curioso: se pasan 3 años y medio tratando de esmerilar a CFK hasta que ven las encuestas y vuelven cansados a casa. Desde el 2013, al menos, vienen haciendo eso. Alguna vez les resultará porque ni CFK ni el kirchnerismo son eternos, pero hasta ahora han fracasado y solo reivindican la unidad cuando de armar listas competitivas se trata. Con el albertismo, que nunca existió, seguramente esté pasando algo similar, y de hecho ya se ve a algunos de los pocos que todavía se mantienen cerca del presidente, pegar el salto.    

La mesa política que el kirchnerismo y el massismo le reclamaban al presidente, parece que ya no será necesaria porque entre los primeros tomarán las decisiones, le guste o no a un presidente que aspira a que una lectura benevolente lo recuerde como un presidente que tuvo mala suerte.

En las próximas semanas sabremos por fin cuáles serán las fórmulas y comenzará una etapa en la que sin un presidente que busque la reelección, todos los candidatos serán opositores, incluso hasta el propio Massa, el actual administrador del gobierno. El hecho de que haya un 10% de inflación mensual en alimentos, obliga a que, independientemente de la generación a la que pertenezcan, nos digan rápido qué piensan hacer.