sábado, 9 de febrero de 2013

La porno del día (publicado el 8/2/13 en Diario Registrado)


¿Qué pensaría un lector si en las páginas 5, 8 y 9 de su diario de cabecera observara avisos del tamaño de la hoja con ofertas de supermercados y en la página 10 encontrase la columna de un editorialista estrella afirmando que el gobierno ha prohibido la publicidad de los supermercados en los diarios? ¿Creería que el editorialista le miente?
¿Y qué sucedería con el lector que, habituado a leer en su computadora, observase que en la edición online del mismo diario se repite la nota del editorialista estrella mientras al lado de ella existe un banner titilante con la publicidad de otro supermercado? ¿Creerá estar sumergido en una crisis esquizoide o simplemente irá corriendo a aprovechar las ofertas mientras se indigna con el gobierno y repite, casi como un mantra, los argumentos vertidos por el editorialista?
Se trata de preguntas difíciles que sólo pueden responderse interrogando a los lectores del diario La Nación del día 8/2/13 que, tanto en su versión en papel como en la versión online, tuvieron la posibilidad de leer la columna de Pablo Sirvén mientras un bombardeo de estímulos de descuentos y ofertas de Coto y Carrefour, respectivamente, los invitaba a consumir.
La columna tiene un título definitivamente pornográfico, “Un ataque directo a la economía de los diarios”, y afirma que el gobierno estaría detrás de la decisión empresarial de los supermercadistas de no publicitar durante algunas semanas en los periódicos. ¿Por qué resulta pornográfica la nota? Porque desnuda obscenamente las razones por las que los grandes medios y, en especial, los diarios La Nación, Clarín y Perfil se oponen al acuerdo de precios. Se trata, ni más ni menos, que por el perjuicio económico que les sobrevendría en el caso de que los supermercados, limitando sus ofertas por el acuerdo, limiten también sus pautas publicitarias. Pero, por si esto no alcanzase, no se indica que la supuesta merma en la pauta privada de los supermercados sería una consecuencia natural de un acuerdo que, en caso de funcionar, beneficiaría a la ciudadanía toda, sino que la decisión empresarial, y de los departamentos de marketing de estas empresas, es presentada como un gesto de sumisión ante un presunto apriete, nunca probado, claro, del secretario de comercio Guillermo Moreno.
Pero la nota de Sirvén avanza hasta los límites insospechables de la pornografía, ahora casi en un sentido literal, pues atribuye la decisión del gobierno nacional que establece por decreto la prohibición del rubro 59, a la búsqueda de afectar económicamente a los diarios (opositores). Sí, leyó bien. Si no lo cree, vuelva atrás y lea el párrafo de nuevo pues eso es lo que afirma Pablo Sirvén. Y si aún no lo cree, lea usted mismo la nota a la que me refiero: http://www.lanacion.com.ar/1552929-un-ataque-directo-a-la-economia-de-los-diarios
Si bien todos lo sabíamos, costó encontrar un editorialista que reconociese que, especialmente el diario Clarín, se negó a quitar esos avisos (y hoy los publica bajo otra etiqueta y con eufemismos) por razones estrictamente económicas. Poco importó si detrás de varios de ellos existían sospechas de explotación sexual y de trata. Lo que importó es que no tocasen la pauta. Así, Sirvén defiende la existencia del rubro 59 amparándose en la libertad de prensa que se vería afectada en caso de que deje de ingresar el dinero privado que sostiene los avisos que prometen cosas traviesas y fiestas sin globitos en las que algunas de las invitadas están allí contra su voluntad y tras haber sido secuestradas. Pero eso resulta, aparentemente, un detalle menor pues lo que importa es el beneficio económico travestido de libertad de prensa. Que existan formadores de precios que aumentan como desean los precios o haya mujeres a las que se explota sexualmente sin su consentimiento, son temas que, en el modelo de república que propone La Nación, pueden esperar. Pues al fin de cuentas, ¿qué país podremos construir si nos quitan las ofertas de descuentos con tarjeta y los diarios se pierden el ingreso de una página de publicidad? ¿Acaso puede haber república sin supermercados? Hasta la victoria siempre. Pauta o muerte. Venceremos.     

viernes, 8 de febrero de 2013

Lo que la imagen no deja ver (publicado el 7/2/13 en Veintitrés)


  “Cobrarse una vida para tratar de salvar otra (…) en eso consiste, supongo. (…) Si hay gente tratando de hacer algo malo contra los nuestros, entonces los ponemos fuera de juego (…) Es un placer para mí porque soy una de esas personas a las que le gusta jugar a la PlayStation y a la XBox, o sea que con mis pulgares quiero pensar que soy probablemente bastante útil”.
Éste es apenas un extracto de las declaraciones del Príncipe Harry, el tercero en la línea sucesoria del trono británico, orgulloso porque sus pulgares hábiles “habían matado gente” durante las veinte semanas que pasó como copiloto de un helicóptero Apache en Afganistán.  
            El relato publicado por la BBC hacia fines de enero, espeluznante por su banalización del mal, bien puede relacionarse con algunas de las conclusiones de una muestra que visité días pasados en la Fundación Proa. Se trata de las video-instalaciones del nacido en territorio alemán, en 1944, Harun Farocki, presentadas como antesala de las charlas y talleres que dará en Buenos Aires en marzo. Justamente, en la sala 1 aparece la que Farocki llama Ojo/Máquina, un video de 15 minutos en el que, a pantalla partida, el artista muestra una serie de imágenes de misiles teledirigidos que son utilizadas por las fábricas de armas como estrategia de marketing. Se trata de misiles de alto alcance con una cámara instalada que muestra cómo se va acercando a su objetivo a miles de kilómetros de distancia. Con esto Farocki intenta llamar la atención en aquello que Jean Baudrillard ya había señalado en ocasión de la guerra de El Golfo, es decir, estamos frente a guerras donde aparentemente no hay muertos, guerras asépticas, pulcras, donde el objetivo es “virtualizado” y se convierte en un escollo similar al que hay que sortear en un video juego para pasar de nivel; simulaciones que hacen que un pulgar rápido pueda verse igualmente virtuoso frente a un comando que puede disparar fuego virtual o real; compromiso emocional cero frente a un enemigo que “sólo desaparece” en el radar de la computadora. Todo, claro, relatado a cientos o miles de kilómetros de distancia por la cadena de noticias que tiene compromiso ideológico y/o comercial con la guerra en cuestión.    
 Pero esa suerte de borramiento de las fronteras entre lo ficcional y lo real vinculado a las condiciones de la guerra aparece en otra de las video-instalaciones de Farocki cuyo título es emblemático “Juegos Serios III: Inmersión”. Aquí el interés recae en una forma de terapia llevada adelante a través de la propuesta del Institute for Creative Technologies. Se trata de la utilización de realidad virtual como ayuda a soldados con trastorno de estrés postraumático en el contexto de la invasión a Irak. El soldado narra la situación traumática (por ejemplo, una explosión de coche bomba a metros de donde él hacía guardia) y ésta es recreada minuciosamente a través de la realidad virtual. Una vez hecha la recreación, del mismo modo que ocurre con los video-juegos actuales, el soldado a través de una prótesis conectada a la computadora y parecida a unos anteojos, se inserta en un mundo virtual para “sentirse allí” y “vivenciar”, con fines terapéuticos, la situación que dio lugar al trauma. Se supone, entonces, que visualizadas virtualmente aquellas representaciones alojadas en su memoria, será posible resignificarlas de manera tal que puedan hacer que el paciente sobrelleve mejor el trauma en su vida diaria.        
 Dejando de lado la temática de la guerra pero con un mismo hilo conceptual, otra de las video-instalaciones de Farocki consta de doce televisores ordenados cronológicamente en los que simultáneamente el autor muestra el modo en que el cine, desde los hermanos Lumiére en 1895 hasta Lars Von Trier en 2000, ha mostrado a trabajadores saliendo de una fábrica. Además de las obvias diferencias técnicas y de enfoque, el hecho de que Farocki mezcle cine de ficción con documentales da a entender que el límite entre ellos es, al menos, difuso, y que en estos últimos no existe una representación de la realidad superadora de la narrativa de ficción.
 Por último, y pasando de largo aquella video-instalación en la que se compara el modo en que se produce la extracción de minerales en la actualidad, en Potosí, con lo que allí mismo se hacía en el siglo XVIII y quedara inmortalizado en un cuadro de Gaspar Miguel de Berrio, la última presentación de Farocki, titulada “Paralelo”, reflexiona acerca de los modos en que la animación digital puede transformar la realidad misma retomando así un debate que se había dado en su momento con la irrupción de la fotografía y el cine.     
Pero esta muestra en la que Farocki recoge trabajados de sus últimos 10 años se acerca a temáticas que había trabajado ya mucho antes. Por ejemplo, en El Fuego inextinguible, de 1969, un video, con una extensión de apenas 21 minutos, alcanza para interpelar ferozmente la relación existente entre gobierno e industria química, en particular, para la producción de Napalm. Asimismo, se muestra el modo en que el tipo de producción segmentada estaba pensada para que los científicos, estudiantes y empleados que trabajaran en la empresa, o bien no se dieran cuenta lo que estaban construyendo o bien, al estar tan desligados del producto final, se sientan meros espectadores sin responsabilidad alguna por las consecuencias futuras del producto.    
 Dejando de lado la cuestión estricta de la guerra y haciendo más hincapié en la importancia de la imagen en su relación con los medios de comunicación, en 1992 Farocki realizó Videogramas de una revolución, un video que recopila registros audiovisuales en el marco del derrocamiento de Ceaucescu en Rumania. Allí se encuentran videos oficiales de un discurso del dictador vitoreado en la plaza mientras se escuchan disparos y el griterío de una multitud, seguido de los planos de esa misma cámara que, obligada a no mostrar ningún tipo de disturbio, enfoca hacia la pared de un edificio mientras sólo se oye al propio Ceaucescu pidiendo a la gente que se siente y se calme. Estos registros oficiales son, a su vez, intercalados con otros en los que ciudadanos rumanos graban a través de sus arcaicas cámaras el modo en que la noticia de la revolución es transmitida por el noticiero, sin dejar de lado, por supuesto, las imágenes de los rebeldes que ocupan durante 5 días la Televisión Pública entendiendo que una revolución se hace también desde la imagen.
 Este pequeño repaso por alguna de sus obras muestra que Farocki parece estar atravesado por elementos del pensamiento del filósofo Michel Foucault, desde la fábrica como institución de encierro al ojo deshumanizado de una cámara que controla y que, si con ello no alcanza, también registra cada momento de ese destino trágico en el que, viajando en la cabeza de un misil, se aproxima a su objetivo para destruirlo. Pero, por sobre todas las cosas, estas construcciones de Farocki retoman el ya clásico tópico de la filosofía que distingue lo real y lo aparente, sólo que aquí esta distinción aparece puesta en tela de juicio y se denuncia que lo que se considera verdadero es sólo aquello que el poder determina como verdadero y que las imágenes esconden un detrás que no es el de la realidad, sino el del poder que las emite. Un poder que no es nuevo pero que, en una cultura de la imagen donde aparentemente la condición de existencia está en el ser visibilizado, se sirve de la tecnología para mostrar todo salvo una sola cosa: a sí mismo.   

   

sábado, 2 de febrero de 2013

El diario espejo (publicada el 31/1/13 en Veintitrés)


El escándalo sobre la foto falsa que publicó el diario El País ha disparado diferentes comentarios que no han reposado en un factor central de la comunicación: el lector. La pregunta, entonces, que guiará estas líneas será: ¿qué suponemos que ha hecho el lector de El País una vez que se anotició del hecho? ¿Sigue fiel a su periódico de cabecera o la pérdida de credibilidad de la publicación lo lleva a buscar otros espacios a través de los cuales informarse?
Pero para responder estas preguntas, primero habrá que encarar otros aspectos sensibles de la cuestión, a saber, ¿se trató de un error o fue una decisión editorial? Imposible saberlo. A favor de la hipótesis del error habría un razonamiento de sentido común que sostendría que ningún diario podría voluntariamente publicar semejante equivocación para luego ser el hazmerreír del mundo entero y ver seriamente afectada su trayectoria. También a favor de la hipótesis del error estaría, por un lado, que la propia lógica del periodismo en épocas de un capitalismo financiero que premia la novedad antes que la calidad, conlleva un apuro por publicar que generalmente está reñido con el debido chequeo de la información; y por otro lado, que se asiste a tiempos donde prima un estadio de emoción violenta en algunos editores de grandes empresas periodísticas que ya no sólo se comportan como parte interesada de un negocio sino que operan como chicos caprichosos y obnubilados completamente desvinculados de cualquier esbozo de correspondencia con lo real.
Sin embargo, a favor de la idea de que se trató de una decisión editorial también hay varios elementos. En primera medida cuesta creer que la información no haya sido chequeada especialmente cuando se trata de algo demasiado importante; en segundo lugar, llama la atención que la foto haya permanecido sólo 30 minutos en la web. ¿Esto quiere decir que en media hora pudieron chequear lo que antes no habían podido? Tercero: días antes, un periodista de Telesur ocupó buena parte de su programa mostrando exactamente cómo el video del que finalmente se extrajo esta imagen estaba circulando por la web y cómo un exembajador panameño ante la OEA se encargaba de distribuirlo asegurando que era verdadero. ¿Acaso todos sabíamos eso, se mostró por televisión, y, sin embargo, el diario El País no se enteró?
Asimismo, no existe manera de persuadir a la opinión pública de la utilidad de esa foto aun cuando ésta hubiese sido verdadera. En otras palabras, el valor informativo de esa foto incluso cuando el paciente hubiese sido Chávez era nulo por razones que el propio diario explicitó al publicarla. Con esto me refiero a que se dejó claro que no se habían podido chequear las circunstancias en las que esa foto había sido tomada ni la fecha de la misma. En este sentido, dado que la única imagen con valor informativo hubiese sido aquella capaz de demostrar el estado de salud actual de un presidente que aparentemente da órdenes y firma decretos, una imagen que podría haber sido tomada hace 40 días no respondería a la pregunta guía de la investigación, esto es, si Chávez se encuentra en funciones o incapacitado. Por ello es que al aceptar que se desconocía la fecha de la foto, el diario, sin pretenderlo, acababa reconociendo que no tenía valor informativo.
Quizás, aunque pueda sonar controvertido, en una era de la imagen y aun cuando la siguiente afirmación abreve demasiado de teorías conspirativas, no habría que desestimar inmediatamente una apuesta editorial que busque debilitar la imagen de Chávez instalando una foto que se propagó a lo largo de todo el mundo. Porque finalmente, incluso sabiendo que esa foto es falsa, su parecido indudable, hace que todos proyectemos que es posible que esa sea la situación real de Chávez y, en tanto tal, se esté frente a un líder completamente inhabilitado para ejercer cualquier tipo de función. Porque no olvidemos que el diario El País, aquel que supo tener una línea socialista, desde hace tiempo fustiga a los gobiernos populistas de la región que, justamente, afectan los intereses económicos del grupo económico al que este diario pertenece.
Si bien a los fines de responder nuestro interrogante inicial no resulta indiferente saber si se trató de un error o de una decisión editorial, la imposibilidad de dar pruebas en uno u otro sentido me obliga a la prudencia. Sin embargo, como indicaba en un principio, me interesa reflexionar acerca de cuáles pueden ser los caminos de acción de un lector de este prestigioso diario de habla hispana. ¿Y sabe lo que creo? Que aun entendiendo que se trató de un error o de una decisión editorial, el lector de El País seguirá comprando religiosamente el diario y que probablemente lo mismo sucedería con los lectores de otros diarios, los oyentes de cualquier radio o los televidentes de una señal de noticias x. Porque cada vez es más explícito que no elegimos un medio por la información que nos brinda sino por la línea editorial que sostiene. En un diario buscamos las noticias deseadas, le exigimos a nuestro periódico que muestre los actos de corrupción del candidato que no nos simpatiza y nos vanagloriamos cada vez que desde sus páginas el diario confirma que nuestra cosmovisión es correcta, que los buenos son buenos y que los malos son malos. Por eso no necesitamos medias tintas, ni grises. Las cosas bien claras. Todo debe ser tan transparente que a veces ni siquiera hacen faltan notas que den información. Alcanza con una mera presunción, con una sospecha para que un lector activo acorde a los tiempos cibernéticos rellene el casillero de los datos que faltan con sus propios prejuicios. Porque las novedades tan valoradas deben serlo siempre en el contexto de actualización de nuestros prejuicios, no pueden romper ese cerco.
Claro que la relación es bicondicional, de ida y vuelta, y que nuestros prejuicios también son moldeados por esos mismos medios que consumimos existiendo entre ellos y nosotros vasos comunicantes complejos, difíciles de individualizar y de detectar. Seguramente esto explica la identificación que todos tenemos con algún medio y el modo en que también, a través del uso de las nuevas tecnologías, los medios nos llaman a “participar”, a “ser parte” de la información y de una realidad común presentada como la única. Quizás porque el medio que consumimos se parece demasiado a nosotros es que entendemos que nuestro diario puede equivocarse y hasta hacer alguna maldad también. Al fin de cuentas, pensamos, el diario también está hecho por humanos, con pasiones y malos momentos que los llevan a cometer errores o a hacer alguna trampita ¿no? Así que no es para tanto. Finalmente, si un canal de televisión pasa un asesinato de hace cinco años como actual no importa porque asesinatos hay un montón y porque cuando prendo la televisión deseo indignarme con algún error del gobierno de turno; y si la foto no es de Chávez no importa pues quién me quita el morbo de mirarla una y otra vez haciendo de cuenta que es él.
Un día quizás lejano, alguna pequeña falla en “la Matrix”, un acaso o un fenómeno inexplicable hará que en un bar, en una casa, en un taller mecánico o en una oficina, un lector abra su diario y se dé cuenta que cada una de las líneas que lo componen, cada foto, cada sesgo y cada recorte coinciden punto por punto con su rostro, como un espejo ideal que no distingue entre lo que somos y lo que deseamos que el mundo sea.      
          

viernes, 25 de enero de 2013

La constitución real y la constitución escrita (publicado el 23/1/13 en Veintitrés)


Nadie podrá sorprenderse si la campaña con miras a las elecciones de medio término que se realizarán en este 2013 posterga los debates en torno a propuestas legislativas para afincarse en la controversia acerca de un sí o un no a la reelección. Que se haga énfasis solamente en este aspecto no favorece ni a las instituciones ni al país, pero ayudará a los opositores a encontrar una base de acuerdo que pueda aglutinarlos o, al menos, dispersarle los votos al oficialismo en elecciones que, de por sí y por los cargos en disputa, suelen dispersar el voto.
Dado que la presidenta ha manifestado varias veces que no está en su agenda la posibilidad de una reforma y que ningún alto funcionario se ha manifestado seriamente al respecto, la hipótesis de un kirchnerismo que avance furioso hacia una Asamblea Constituyente resulta todavía algo remota, pero, a su vez, resulta insoslayable la dificultad que tiene el proyecto oficialista al momento de proyectar un sucesor algo que se resolvería si se eliminase la cláusula que impide una nueva reelección.
¿Pero la reelección sería lo único que estaría en juego en un eventual llamado a Asamblea Constituyente? Sin duda no, y para profundizar esto desarrollaré algunos conceptos que seguramente serán de su interés.  
Para comenzar digamos que cuando se habla de reforma constitucional se hace referencia a la posibilidad de cambiar la letra de nuestra constitución, esto es, de la Carta Magna cuyo origen data de 1853 y cuya última reforma data de 1994.  Sin embargo, es posible adoptar una clasificación distinta y entender que hay “otras” constituciones que interactúan de una u otra manera con la escrita. Para ello retomaré algunas de las categorías que utiliza Arturo Sampay, el jurista argentino que estuvo detrás de la reforma constitucional “peronista” de 1949, expuestas en un texto inconcluso publicado en 1978 en la revista Realidad Económica.
 Según Sampay, la constitución escrita de la cual venimos hablando “es un código superlegal sancionado por la clase social dominante que instituye los órganos de gobierno, regla el procedimiento para designar a los titulares de estos órganos, discierne y coordina la función de los mismos […] y prescribe los derechos y las obligaciones de los miembros de la comunidad”. Sin embargo, esta constitución no es hija de la generación espontánea sino que se da en el marco de una idea que el constituyente peronista obtuviese de  Tomás de Aquino. Se trata de la noción de constitución primigenia, la cual puede comprenderse mejor a partir de lo que un autor como Johann Herder definiría como klima, esto es, el modo en que una comunidad política está determinada por las condiciones geográficas, los valores y la tradición.      
 Pero existe todavía un tercer tipo de constitución que Sampay llama real y que está compuesta por la clase dominante, por el modo en que ésta estructura su poder y por los mecanismos a través de los cuales crea y distribuye los bienes.
 Descriptas las 3 formas de constitución, la escrita, la primigenia y la real, la pregunta que sigue es cómo interactúan entre sí y allí se podrá observar que el eje central se da en esa compleja relación existente entre el código jurídico, expresado en la constitución escrita, y la clase dominante, expresada en la constitución real. Tal tensión se da en el marco de la amplitud que en una sociedad como la argentina tiene la constitución primigenia, con tradiciones europeístas y latinoamericanistas en pugna, diferencias geográficas y de costumbres enormes a lo largo del país y, en todo caso, una enorme discusión no saldada acerca de la matriz productiva del país. Si bien, entonces, el debate acerca de lo que entendemos por constitución primigenia puede plantearse en esa querella eterna acerca de qué somos los argentinos, probablemente, la raíz tomista del concepto hace que Sampay la interprete como una ley con la fuerza de los hechos naturales a la que no se la domina sino que sólo se la obedece. Así, sea lo que fuere esa constitución primigenia, la posibilidad de transformarla voluntariamente sólo sería un forzamiento antinatural como el que se produce cuando sostenemos un objeto para que no sea atraído por la ley de gravedad.
 Pero donde puede haber variantes y más rápidas es en la constitución escrita y en la real. En la primera alcanza con una decisión del poder constituyente, el pueblo, siguiendo los canales institucionales adecuados, y una pluma inspirada que la lleve al papel; para la segunda, el cambio sin duda será más lento pero las diferentes revoluciones existentes en occidente y las transformaciones sociales al interior de este proceso que podemos llamar “modernidad” muestran que es posible un cambio en la estructura real del poder dominante y que no hay ninguna clase que gobierne naturalmente con “la fuerza de los hechos”.
Ahora bien, según Sampay, la relación entre la constitución escrita y la real puede darse de diversas formas y para explicar el tipo de vínculos posibles recurre a la nomenclatura del jurista alemán Karl Loewenstein quien aplica lo que llama un análisis ontológico que permite establecer las relaciones entre la palabra de la constitución y el poder real de una sociedad. La hipótesis de Loewenstein es que las perspectivas positivistas que sólo se fijan en la letra de la constitución pasan por alto que para que ésta tenga validez hay que observar qué es lo que hacen los detentadores y los destinatarios del poder con ella.  Así, si la constitución escrita reproduce los intereses de la clase social que compone la constitución real se está frente a una constitución semántica que no hace más que reproducir los intereses de la clase dominante en detrimento del resto del cuerpo social; si, por el contrario, la constitución escrita va en contra de los intereses de la real existe el riesgo de que se caiga en una constitución cuyas prescripciones queden en una pura letra vacía sin fuerza obligatoria, transformándose así en una constitución meramente nominal; por último si la constitución escrita logra de algún modo ser aceptada por los detentadores y por los destinatarios del poder, es posible que se dé una relación simbiótica entre ésta y la real que devenga en una constitución normativa donde la ley y el proceso político existente fuesen de la mano (en el artículo citado Sampay cree que una constitución normativa podría darse con una constitución escrita que vehiculice los intereses de la clase popular determinando, por ejemplo, que los principales medios de producción sean bienes públicos).
Las categorías aquí expuestas son pasibles de ser revisadas y en muchos casos son hijas de ciertos presupuestos controvertibles. Con todo, y a los fines de este trabajo pueden servir para elevar las condiciones del debate actual acerca de la reforma constitucional. En esta línea adelanto algunas preguntas: ¿la constitución escrita vigente en la Argentina es una constitución semántica en el sentido de que vehiculiza y eterniza los intereses de la clase dominante que es la que finalmente la instituye? ¿O acaso el kirchnerismo está poniendo en cuestión esa legitimidad y el grupo social que acompaña las transformaciones de la última década comienza a sentir que la constitución vigente es nominal respecto de sus necesidades? ¿Y si estuviéramos en un escenario en el que la clase social dominante sigue siendo la misma pero existe la posibilidad de que un nuevo grupo pujante modifique la constitución escrita poniéndola contra aquellos intereses? ¿Es posible ello? ¿Cuál sería el desenlace? ¿Una derogación de facto como la que se produjo en 1957 con la constitución que le daba rango supralegal a las conquistas sociales del primer peronismo o la confirmación de un avance inequívoco en el que emerge una nueva constitución real?    
 Como se ve, las preguntas son muchas y podríamos agregar un listado enorme si el  diagnóstico fuese distinto y dijéramos que el kirchnerismo que representa a las masas populares ya se ha transformado en algo así como una clase social dominante y que, por ello, la constitución escrita vigente debe dar lugar a una nueva que se transformaría en semántica o normativa según la perspectiva que se adopte. En otras palabras, podría plantearse que la constitución real ya no es aquella que insufló a la Constitución escrita de 1853 y que se reprodujo en 1994, sino una construcción distinta que necesita plantar sus intereses “en el papel”. En cualquier caso, la discusión sobre acabar con la cláusula que limita la reelección, no es irrelevante máxime cuando puede interpretarse como elemento distintivo de la nueva conformación política que puja. Pero sin duda, y eso es lo que intenté plantear con ese conjunto de preguntas, un debate constitucional excede largamente la discusión sobre la posibilidad de que se le permita a un presidente presentarse a elecciones para, eventualmente, ser nuevamente reelegido.         

jueves, 24 de enero de 2013

Una foto llamada deseo (publicado el 24/1/13 en Diario Registrado)


Un Chávez atravesado por tubos humillantes e invasivos, inconsciente y débil en una camilla de hospital cubano, era la foto deseada del diario El País de España. Pero como tal imagen no pudo obtenerse, los responsables del periódico decidieron hacer pasar por verdadera una foto de un video colgado en Youtube en el que se muestra la intervención que se le hace a un paciente con un cuadro de acromegalia que tiene cierto parecido fisonómico al presidente venezolano.
Tras el escándalo, el diario acusó a una agencia de noticias que le habría enviado la foto, hizo un tibio pedido de disculpas a sus lectores pero se olvidó de los venezolanos y de la familia del paciente cuyo rostro hoy es lo más visto en internet.
Más allá de la indignación que este tipo de periodismo pueda generar, me permito tomar este sintomático ejemplo para una breve reflexión. Para ello, bien cabe recordar un hallazgo de Hanna Arendt que luego es retomado muy bien, entre otros, por Fernando Savater. Se trata de los significados del término inglés will. Como usted sabrá, esta palabra tiene varias acepciones pero es frecuentemente utilizada como auxiliar para construir frases en tiempo futuro, por ejemplo I will go to cinema (Yo iré al cine). Sin embargo, el will no sólo refiere al futuro sino que también es utilizado como sinónimo de voluntad. Así se puede decir por ejemplo There isn´t political will (No hay voluntad política). Asimismo, es natural que cuando se hable de voluntad se hable indistintamente de querer o desear pues a partir de estos verbos (que vienen de volo y velle) es que se llega al término latino voluntas. Esto muestra que en el corazón de la voluntad está el querer y el desear.
¿Cómo podemos relacionar esta disquisición etimológica con la canallesca tapa del diario El País? Muy simple: el periodismo que, en diferentes latitudes, recubierto de la impunidad que otorga una autoconstruida imagen de objetividad, ataca a los gobiernos que afectan sus intereses, confunde el futuro con su deseo. Es decir, considera que lo que quiere que pase es lo que efectivamente va a pasar. De esta manera creen estar utilizando el will de futuro pero sólo están liberando alocadamente y sin filtro el will de su voluntad.     
A partir de esto quizás puedan explicarse esos incesantes vaticinios incumplidos que en Argentina realizan acerca del precio del dólar, la estanflación, la crisis energética y las diez plagas que sobrevendrán. Ellos quieren que pase eso pero, naturalmente, deben presentarlo como una reflexión sesuda amparada en el conocimiento y en la ciencia. De esta manera, los lectores no asistimos a un espacio de información sino a la exteriorización de los deseos de un grupo económico presentados como descripción de la realidad. Porque el deseo puede maquillarse, ocultarse, operar en las sombras pero también, y cada vez con más frecuencia, puede hacerse tapa.