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jueves, 8 de marzo de 2012

La verdad y los actos de fe (publicado el 8/3/12 en Veintitrés)

En 1983, el filósofo francés Michel Foucault, brindó una serie de conferencias en Estados Unidos que fueron publicadas en español bajo el título Discurso y verdad en la antigua Grecia. Allí tematiza desde una perspectiva novedosa el que puede verse como el tema central de buena parte de su obra: el problema de la verdad. Para indagar en un asunto tan caro a la filosofía proponía un retorno a los griegos y, en particular, a un análisis de dos referentes ampliamente controvertidos como Sócrates y Diógenes, el cínico. Sin embargo, también fue de interés de Foucault analizar la forma en que aparecía tematizada la verdad en las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Dicho esto, la sospecha que tengo es que algunas de las categorías y reflexiones del pensador francés pueden ayudar a comprender las profundas dificultades que hoy padece el mundo y la Argentina en particular, respecto de la “inseguridad informativa”.

Foucault considera que si se comparan dos tragedias clásicas como Edipo Rey de Sófocles e Ión de Eurípides, es posible encontrar allí dos tramas bastante similares y, sin embargo, dos concepciones de la verdad claramente antagónicas.

Usted recordará que Edipo desconoce quiénes son sus padres y existe toda una serie de acciones de hombres y mujeres que buscan mantener en secreto el vaticinio verdadero que desde un principio había realizado el dios encargado de indicar la verdad a los hombres: Apolo. De este modo, en una estructura clásica, el dios tenía la verdad y los hombres buscaban escapar a esa determinación, algo que, dado que se trata de una tragedia griega, no podrían lograr.

En la obra de Eurípides también se da que Creúsa, madre de Ión, desconoce el paradero de su hijo y no logra reconocerlo cuando éste la recibe en tanto servidor del templo de Delfos. Ión tampoco logra identificar que esa mujer que acaba de llegar es su madre y que el motivo por el que ella se presenta allí es, justamente, consultarle al oráculo si él se encuentra con vida. El punto es que, a diferencia de lo que ocurría en Edipo Rey, aquí es Apolo el que oculta la verdad, el que miente, y son los humanos los que finalmente logran imponerse a ese silencio. En la primera obra, entonces, la verdad era dicha por el dios y eran los humanos quienes intentaban evitarla, sin éxito. En la segunda, son los humanos los que tienen la responsabilidad de alcanzar la verdad aun contra la voluntad del dios y, finalmente, lo logran.

De aquí que en el texto de Eurípides, cuando la búsqueda de Ión y su madre, Creúsa, llega a su fin, la vergüenza y el sentimiento de culpa embargan a Apolo y éste decide no dar la cara, enviando en su lugar a Palas Atenea. De lo dicho, Foucault extrae la siguiente conclusión: “El motivo principal del Ión se refiere a la lucha humana por la verdad contra el silencio del dios: los seres humanos deben lograr, por ellos mismos descubrir y contar la verdad. Apolo no dice la verdad, no revela lo que conoce perfectamente, engaña a los mortales con su silencio o cuenta puras mentiras, no es lo bastante valiente para hablar él mismo, y utiliza su poder, su libertad y su superioridad para ocultar lo que ha hecho”.

Saltar de estas interesantísimas reflexiones a la actualidad del periodismo es una afrenta a la civilización occidental pero creo que hay que hacer el esfuerzo. Sé que muchos de ustedes, al leer esta cita de Foucault intercambiaron el nombre de Apolo por el de Magnetto pero a mí me interesa quitar los nombres propios o, en todo caso, dejar que cada uno haga el intercambio correspondiente, pues al fin de cuentas, si bien el caso argentino tiene su especificidad, podría decirse que la crisis de un periodismo transformado en poder dominante que busca, y generalmente logra, someter a los gobiernos, es moneda corriente en todo el planeta.

La crisis del periodismo, que tanta veces he trabajado desde esta columna, puede retomarse, entonces, como el paso de la verdad tal como se la entendía en Edipo Rey a la verdad tal como se la entendía en Ión. Esto es, si en el primer caso se consideraba que el periodismo era el encargado de comunicar la verdad a los hombres, ahora son los propios hombres los que deben alcanzarla incluso contra la voluntad de ese periodismo que nunca da la cara y manipula la información según sus intereses.

Ahora bien, esto puede funcionar como un hermoso slogan pero en la práctica, esta “inseguridad informativa”, categoría utilizada por Ignacio Ramonet, genera grandes dificultades pues implica al ciudadano de a pie un tremendo esfuerzo para alcanzar verdadera información, especialmente cuando se trata de problemáticas que suponen una especificidad técnica. Por ejemplo, ¿se puede opinar sobre minería si muy pocos saben de lo que se está hablando y si dos expertos en la televisión son igualmente persuasivos pero afirman cosas diametralmente opuestas? ¿Se puede hablar de la tragedia de Once si la información que da cada diario responde a su interés y tergiversa declaraciones y números? ¿Cuántas personas en el país saben de política energética? ¿Son esas personas las que tienen micrófono alquilado en los medios?

Hay algunos periodistas que insólitamente consideran que la culpa de esta inseguridad en la información es del gobierno kirchnerista que desnudó los intereses de los medios dominantes y logró, como mínimo, ponerlos a la misma altura que los partidos políticos, en el sentido de remarcar que tanto éstos como aquéllos son grupos de interés y que si se desconfía de unos hay buenas razones para hacerlo también de los otros.

Tales periodistas consideran que este descrédito genera una profunda crisis y alimenta la desconfianza en la sociedad toda. Tienen razón, pero lo que nunca dicen es que tal situación se debe a sus incesantes y vergonzosas operaciones de prensa y falsedades manifiestas. En este sentido, la conclusión de estas líneas no se dirige a afirmar cosas tales como “los medios mienten, el gobierno dice la verdad”. Creo que muchas veces es así pero a su vez no existe gobierno en el planeta que acierte siempre o que no pretenda ocultar o excusarse de sus errores. Lo que está en juego acá es que ante la imposibilidad de alcanzar una información confiable y en la medida en que es imposible exigirle a todo ciudadano que después de trabajar se ponga a investigar si lo que le dicen los diarios es correcto o no, lo que resta es una especie de vínculo de fe: “creo en tal político, creo en tal diario. Otros dicen cosas distintas pero yo elijo creerle a este político y a este diario”

Para algunos, todo lo que le pasa a Macri es culpa del gobierno nacional y para otros todo lo que Macri hace está mal. Lo mismo sucede con CFK: no importan los logros de gestión pues para el que quiere ver que todo es una confabulación monto-camporista siempre está a mano la carta infalible de la acusación de que lo que hacen bien es parte de una impostura para ganar legitimidad social.

Ahora bien, en este contexto ¿se puede hacer algo más allá de, por supuesto, librar una batalla por la hegemonía, la cual, claro está, no es una batalla por la verdad? Sí, se puede tratar de ser honesto y, si se tiene el tiempo y el deseo, transformarse en un artesano cuyo material informativo sean fuentes de confianza diversas y hasta heterodoxas. Sin embargo, a la vez, hay que reconocer que mucha gente honesta no tiene ni ese tiempo ni ese deseo en ocuparse en la búsqueda de fuentes alternativas de información y que prefiere, en sus ratos libres, esparcirse o realizar otras actividades muy loables, por cierto. Estos casos se transforman en francamente enigmáticos y por momentos inexpugnables porque el apoyo que brindan, sea a un diario, sea a un político, se parece más a un acto de fe lo cual tiene como consecuencia que sus muy eventuales cambios de posición sean algo tan difícil como una conversión religiosa.

jueves, 21 de julio de 2011

La utilidad del asco (publicado en Veintitrés el 21/7/11)

Pasados ya varios días de la nota de Fito Páez en la que el cantante afirmara que le da asco la mitad de Buenos Aires, tal declaración sigue generando polémicas. Si bien la frase es, como mínimo, controvertida, no deja de sorprender la furiosa operación mediática por la que, de repente, el rosarino se ha transformado en la voz del gobierno y de sus votantes. Seguramente, muchos de los que eligieron al candidato del kirchnerismo y hasta quizás varios funcionarios del gobierno tengan sentimientos similares a los que expuso Páez, pero la ira ante un resultado adverso no es propiedad exclusiva del oficialismo nacional. Es más, si se hiciera la lista de las expresiones de desprecio y odio que los opositores de la dirigencia política y de la corporación mediática expresaron en los últimos años, el número que arrojaría sería asombroso. Sin ir más lejos, cabe preguntarse si no es una forma de discriminación tanto o más grave que la de Páez, indicar que la única razón para apoyar al gobierno kirchnerista es el choripán y la coca, los cargos de gestión o la publicidad oficial. Eso sí: nadie ha dicho que le tiene asco a los seguidores del kirchnerismo. Sólo les han dicho: corruptos, ignorantes, violentos, fraudulentos y venales, entre otras tantas calificaciones. Pero centrémonos en el tema del asco porque quizás afirmar que parte de un electorado produce ese sentimiento sea más grave que decir todo lo que comúnmente se dice del oficialismo.

La primera pregunta sería, entonces, ¿el asco puede ser un criterio para juzgar una acción, en este caso, la decisión de una parte de la ciudadanía en el contexto de una elección a Jefe de Gobierno de la ciudad? La respuesta la debemos encontrar en una tradición más que importante dentro de la ética y es aquella que hace hincapié en la importancia de los sentimientos morales. Se trata de una línea de pensamiento que a lo largo del siglo XVII y XVIII generó pensadores de la talla de Shaftesbury, Hutcheson o Hume entre otros. La controversia se daba frente a una tradición vigorosa que será llevada a su esplendor por Kant y que indicaba que juzgar como buena o mala una acción era un asunto de la razón. Esto significa que sentimientos tales como el asco o la ira, al no haber atravesado el filtro racional, no pueden ser fuentes de valoración de las acciones. Sin embargo, los defensores del rol central de los sentimientos indicaban que es imposible valorar acciones prescindiendo de ellos y que, en todo caso, parece necesario analizar pormenorizadamente tales sentimientos para evaluar los aspectos positivos y negativos de cada uno. Está claro que la tradición racionalista expresará que los sentimientos son irracionales y que, por lo tanto, podrían derivar en la arbitrariedad y, eventualmente, en el horror y la persecución infundada. Pero los defensores de los sentimientos morales también tienen buenas razones a su favor. De hecho, la importancia de los sentimientos tanto en la ética como en la política ha renovado su vigor en los últimos años, justamente, a partir del análisis de las posibilidades del asco como criterio de corrección moral. Así, Martha Nussbaum ha publicado diferentes trabajos entre 1999 y 2004 de los que se sigue una propuesta en la que se reivindica la importancia de los sentimientos morales en una sociedad liberal. Sin embargo, exige que los diferentes sentimientos se analicen por separado y concluye de allí que mientras la ira puede ser una reacción capaz de ser canalizada redundando en fines útiles para la sociedad, el asco parece intrínsecamente negativo pues está vinculado con la discriminación hacia el otro, lo cual afectaría la idea de dignidad humana, esto es, el supuesto de que todos los hombres y mujeres son iguales.

Si tomamos el caso de la bioética, en 1997 salió a la luz un artículo que se hizo bastante famoso y que llevó la firma de León Kass. Allí, el autor hablaba de “la sabiduría de la repugnancia” para, por ejemplo, rechazar la práctica de la clonación reproductiva en seres humanos. Si bien Kass utilizaba el asco arbitrariamente para rechazar todo aquello que no se condecía con una moral profundamente reaccionaria, su artículo revitalizó la importancia de la discusión en torno al rol de este sentimiento.

Sin embargo, en un artículo que recogía los puntos de vista de Nussbaum y Kass, Arleen Salles intenta una defensa “progresista” del asco como criterio de evaluación de las acciones morales.

Lo que la autora indica es que no se puede descartar de por sí al asco puesto que éste puede ser útil como primera reacción que luego debe ser revisada racionalmente para no quedar expuesta a las reacciones viscerales y casquivanas que un individuo pudiera llevar adelante movido por la repugnancia. En esta línea, Salles reconoce que en nombre del asco se han perseguido judíos, católicos, homosexuales, negros y todo tipo de minorías. Pero eso no significa que el asco no pueda darnos algunos indicios para determinar lo bueno y lo malo. Así, podemos indicar que si hacemos referencia al origen natural del asco, presente en todos los animales, se notará que éste tiene que ver con una forma de defensa frente a un objeto comestible “peligroso”. Dado que en la naturaleza no existían envases que advirtieran que tal sustancia no es apta para el consumo humano, nuestro cuerpo, a través del asco, nos protegía de no llevar a la boca lo que pudiera dañarnos. Claro que luego hay una suerte de asco “social” que ya deja de ser “natural” para estar determinado por el contexto cultural. En este sentido, por más que algunos no quieran verlo así, la xenofobia y el rechazo a prácticas sexuales determinadas no es producto del “asco natural” sino del “cultural”. Sin embargo, los teóricos que defienden el asco indican que éste cumple también una función social en el sentido de que del mismo modo que impide que el cuerpo natural individual enferme por consumir un objeto inapropiado, es capaz de salvaguardar la estabilidad de las creencias y las instituciones de una comunidad.

Dicho esto, cabe preguntarse qué es lo que tanto molestó de la utilización de la palabra “asco” en la nota de Fito Páez. Evidentemente no debe ser la referencia a algún tipo de sentimiento moral pues aquellos que tildaron de “fascistas” las declaraciones del músico, son los primeros en reivindicar, por ejemplo, la acción de los indignados en España. En este sentido resulta llamativo que se reivindique la indignación, un sentimiento quizás tan visceral e irracional como el asco, aunque tal sorpresa encuentra una respuesta clara: la indignación fue reivindicada por las principales plumas porque estuvo dirigida contra la clase política, sea de España, de Argentina o de cualquier otra parte del mundo. En cambio, el asco estuvo dirigido hacia un electorado que habría “votado bien” pues votó en contra del gobierno nacional. De este modo, la corporación periodística manipula la referencia a sentimientos morales. Así, tales sentimientos serán aceptados si coinciden con sus intereses pero defenestrados como irracionales y totalitarios si van por un camino alternativo.

Diferente asunto será el que deberá plantearse en aquellos que están del otro lado de aquella corporación y que defienden los principios del gobierno nacional. En todo caso, parece claro que dejar al asco como criterio no revisable racionalmente puede llevar a la peor de las atrocidades aunque, en el caso de la actualidad argentina, apenas podría servir para fastidiar a un electorado que según todas las encuestas, tiene a CFK primera en sus preferencias. Quizás, como se decía algunas líneas atrás, el asco no deba descartarse de plano como sentimiento moral capaz de decirnos algo acerca de las acciones de las decisiones de los hombres y mujeres porteños, pero necesariamente debería complementarse con una evaluación lo más racional posible para hacer, de esa reacción visceral, un disparador capaz de penetrar en las razones para entender cómo es posible que tras una gestión tan pobre, el 47% de los porteños vote a Macri. La única explicación no puede ser que todos los porteños sean estúpidos ni tampoco podemos adjudicarla exclusivamente al marketing de un asesor con más prensa que buenas ideas. Así, porque molesta que indiquen que CFK gana por el clientelismo, la cooptación, el pragmatismo y el luto, parece necesario ir un paso más allá y no creer que todo empieza y termina en Clarín y Durán Barba.

domingo, 28 de marzo de 2010

El país de las aves (publicado originalmente el 21/3/10 en miradas al Sur)

“Hemos decidido irnos al país de las aves” decían Pistetero y Evélpides, los dos personajes de una de las comedias más divertidas de Aristófanes. No se trataba de un territorio político preciso ni se hacía referencia a un vestuario boquense en el que Riquelmes y Palermos rinden culto a los oráculos cabareteros de los viejos Halcones y Palomas. Tampoco significaba una apuesta de auto-reclusión en una cárcel de la Policía Federal entre gallos y medias noches que a veces se hacen enteras. Se trataba de escapar de una Atenas atravesada por un profundo deterioro moral donde la armonía propia del momento de florecimiento de aquel inigualable siglo V de Pericles, parecía resquebrajada por la irrupción de la individualidad. Se dejaba de pensar en el nosotros y se empezaba a pensar egoístamente en un yo con derechos frente a un otro. En este contexto esos dos ciudadanos atenienses que en esta comedia, Las Aves, deciden migrar, dicen sentirse hartos de esta compulsión de los atenienses a judicializar la vida. Las venganzas, los odios personales se expresaban en querellas. El lugar de la verdad era reemplazado por el de la persuasión: ya no importaba que sea cierto, importaba que resulte convincente. El amor por el saber como rasgo distintivo del filósofo era sustituido por el interés de adquirir una capacidad oratoria que pueda convencer a un jurado o al pueblo desde un púlpito en el ágora.
Era el momento de los sofistas y de los abogados, era el momento del fracaso de la política. Toda negociación era menospreciada a priori. Con esclavos que permitían a los ciudadanos tener tiempo libre pero sin televisión por cable, resultaba más simple litigar y ser observado por los cientos de hombres que deambulaban por la plaza pues entre los grandes retóricos era casi un juego exponerse a demostrar quién defendía mejor el argumento más pobre. No había división de poderes pues todo el poder estaba en el recurso oratorio y en la decisión de los jueces. Un sofista recibía una paga por defendernos. Pero luego también podía atacarnos, si recibía de parte de nuestro enemigo, una paga mayor.
En este contexto los dos personajes deciden elevarse y construir una nueva patria en el cielo reuniendo a todas las aves e, indirectamente, supongo yo, para entablar una relación directa con los dioses sin tener que lidiar con representantes terrenales recelosos de tramitar nuestra salvación eterna, pero ávidos de bienes y mancebos temporales.
Probablemente en tanto emergentes de la ciudad de la que querían escapar, Pistetero y Evélpides deciden realizar un desafío que sabe mucho a extorsión: de ahora en más, la ciudad de los pájaros interferirá en la relación entre hombres y dioses impidiendo que el humo de los sacrificios de los primeros, llegue a los segundos. Todo esto orquestado por el gran Pistetero, un sofista que se quejaba de los sofistas y que con esta especie de doble moral bien podría haber sido juzgado por un Freud extemporáneo como alguien que “proyecta”, alguien que observa en el otro lo que él mismo es aunque sin conciencia de ello. Preocupados, los dioses mandan a Isis a averiguar por qué habían cesado los sacrificios de los humanos pero ésta es capturada y se le informa que ahora son los pájaros los que deciden; ellos son los jueces y, por tanto, los nuevos dioses.
Me gusta pensar que lo que esta comedia magnífica muestra es que no importa quién es paloma y quién es halcón. Las palomas de hoy serán los halcones de mañana y viceversa. No hay amigos en el cielo y los dos bandos pertenecen al reino de las aves que se ha erigido en el mediador que desde arriba observa el fracaso de la política y de la democracia acá en la tierra.
Como no podía ser de otra manera, si no nos cubrimos, tantos jueces, perdón, aves, no tardarán en cagarnos en la cabeza.

domingo, 19 de julio de 2009

La importancia de aprender a preguntar (publicado originalmente el 19/7/09 en Miradas al Sur)

Cuando se usa y se abusa de un término, se corre el riesgo de tergiversarlo o, en el mejor de los casos, esterilizarlo transformándolo así en una cáscara vacía. Éste parece ser el caso del que resulta ser el concepto central a través del cual gira la política de nuestros últimos años: el diálogo. Sin hacer etimología barata, un acercamiento a los orígenes y al sentido que este término tenía, puede abrir una gama de posibilidades que ayuden a enriquecer la controversia actual. El diálogo fue uno de los medios a través del cual filósofos de todos los tiempos expresaron sus puntos de vista. Desde Platón (y Sócrates a través de él), pasando por Cicerón, Berkeley y Hume entre otros, el diálogo ha sido un formato que rivalizó con otras formas de expresar las teorías filosóficas. Sin embargo, la razón de la elección de un formato u otro no ha sido en todos estos pensadores una cuestión puramente estética. Así, si tomamos el caso de Platón y su maestro Sócrates, encontramos que el diálogo es la única forma de alcanzar la Verdad. Lo interesante de este punto es que, y esto es algo que se ha repensado mucho en la filosofía contemporánea especialmente a partir de los teóricos enfocados en la problemática de la identidad personal, la Verdad ya no está al alcance de una intuición individual ni de un monólogo, sino que necesita de un “otro”. Pero en el caso de Sócrates y Platón ese “otro” debe cumplir con un requisito, esto es, una suerte de cláusula que podemos llamar anti-dogmática: se debe aceptar que todo lo que es materia de diálogo puede ser sometido a un sentido crítico, es decir, nada se da por sentado y siempre es posible seguir preguntando. Es en esta línea que observamos a través de los diálogos de Platón cómo Sócrates interpela a diferentes ciudadanos atenienses haciendo, “simplemente” preguntas.
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lunes, 26 de enero de 2009

"Lo que "El Choque" nos dejó" (publicado en Revista Ñ, 24/1/09)

Existen buenas razones para que el pensamiento de Huntington resulte antipático. Una de las principales es, probablemente, que su Choque de civilizaciones haya sido el manual de operaciones de los diseñadores de la política exterior del saliente presidente W. Bush. Sin embargo El Choque de civilizaciones, libro que amplía los contenidos de un artículo publicado por Huntington en 1993, es mucho más que esto. En él podemos encontrar una teoría que busca rivalizar con, entre otras, la famosa tesis del “Fin de la Historia” de Fukuyama afirmando que tras la caída del muro de Berlín, lejos de observar el triunfo del capitalismo y las democracias liberales de Occidente, nos enfrentamos a un mundo multipolar en que los actores son las grandes civilizaciones, las cuales son, generalmente, identificables por su religión. Dios resucita, se toma revancha y la religión reemplaza a las ideologías lo cual hace que las posiciones resulten más extremas e irreductibles.
El hecho de que Huntington haya asesorado a la Casa Blanca nos impide afirmar con certeza si estamos ante un investigador con gran mérito anticipatorio o ante una profecía autocumplida pero existen más elementos que pueden ser materia de reflexión. Específicamente, frente al hecho de la globalización y, con ella, el aparente triunfo de los valores de Occidente, Huntington se pliega a aquellos que advierten que Occidente, lejos de ser la civilización del mañana, se encuentra en franca decadencia ante el ascenso demográfico de los musulmanes y el poderío económico asiático. En este sentido, el choque entre civilizaciones parece inevitable y como suele ocurrir con las profecías del miedo, la solución estaría en una suerte de regreso romántico a la pureza de los valores (occidentales). Un tópico poco novedoso como el de la decadencia de occidente es interpretado en clave cultural, algo que directa o indirectamente puede llevar a interrogarnos acerca de nuestra propia identidad.
En esta línea, se observa que en la clasificación que realiza Huntington de las civilizaciones, Latinoamérica aparece como un espacio ajeno a Occidente que estaría compuesto simplemente por Europa y Estados Unidos (más Australia). A pesar de que el rasgo distintivo de las civilizaciones está dado por su religión y que Latinoamérica es mayoritariamente católica, el hecho de que hayamos asimilado parte de las culturas indígenas y la que, para Huntington es, una tradición política corporativa y autoritaria ajena a Occidente, nos ubica en el mundo no Occidental junto a las civilizaciones ortodoxa, sínica, islámica, japonesa, hindú y africana. En este sentido, quizás paradójicamente, la visión del ideólogo del partido republicano coincide con lo que suele denominarse neopopulismos latinoamericanos que reivindican una particularidad identitaria que en muchos casos, al menos discursivamente, reniega de los valores occidentales. Claro que esta discusión no obedece a un mero furor taxonómico sino que tiene consecuencias importantes. Especialmente porque en el momento en que la comunidad hispana se está transformando en la primera minoría en Estados Unidos y la inmigración resulta ser uno de los grandes desafíos que el primer mundo deberá enfrentar en el presente siglo, Huntington promueve la alarma y plantea que, puertas adentro, Estados Unidos debe dejar de propiciar un multiculturalismo que acabará disolviendo su identidad occidental en manos de africanos, latinos, musulmanes y asiáticos. Pero lo más llamativo es que El choque de civilizaciones elude la discusión en torno de la supuesta supremacía de los valores occidentales de la libertad y la democracia que en tanto tales serían bienes exportables. Lejos de pregonar tal universalismo, indicará que el mundo Occidental debe acabar con su arrogancia etnocentrista que buscando imponer sus valores a otras civilizaciones se ve expuesto a sus propias contradicciones y a la ira de aquellos que buscan reivindicar su particularidad. Así, bajo un lema que podría ser “ni monoculturalistas globales ni multiculturalistas domésticos” parece exigir el repliegue occidental ante la hipótesis de disolución interna y guerra civilizacional. No hay ideal kantiano ni posibilidad de hallar una paz (casi) perpetua como en las propuestas de los hijos del universalismo Rawls y Habermas.
Llegados a este punto quizás se pueda inferir otra de las razones por la que Huntington nos resulta antipático. Se trata de un ideólogo que está describiendo bastante bien un futuro que no nos gusta y que parece tener muy bien resuelta una pregunta que los latinoamericanos aún no podemos ni queremos responder, esto es, ¿quiénes somos?

viernes, 18 de julio de 2008

El problema de la representación y la democracia de resultados

Cobos dijo “no” y el escenario de repente cambió. Lo que hace 3 días era una victoria oficialista segura en el Senado se transformó en derrota con una puesta que causaría envidia en el contexto hollywoodense. Hubo suspenso, falsos resultados, momentos en que ganaban los malos y todo parecía perdido, recuperación de la esperanza, expectativa creciente, el héroe que al final entra a escena, da un discurso durante 20 minutos sin dar a entender para dónde se inclinará, pide cuarto intermedio que le es negado, el rating sube a su pico y, luego, final feliz. La virgen en manos de LLambías sube a escena y en Palermo hacen abrazos de gol al ritmo del himno interpretado por el arquetipo del gaucho cantor. Los rezos de los militantes en la puerta del congreso no fueron oídos: la virgen y el himno viven en Palermo y ellos nunca se enteraron.
En ese instante, Carrió se recibe de Cassandra, se queja de que nadie le creyó y le otorga a la decisión de Cobos el status de prueba ontológica: “Ahora créanme. Dios existe. Hemos tenido una revolución en paz. Dios obró en la historia y también en Julio Cobos”. Gerardo Morales y Sanz, pasan a considerar que Cobos no era tan traidor como ellos habían afirmado al echarlo del partido. El nuevo frente peronista que aglutina a varios pretendientes de resucitación se anota un poroto. El Senado, o, más bien, el aguantadero generoso, el órgano ansiado de emisor de fueros que soporta a Menem, a Romero, a Saadi y a Rodríguez Saá, cambia la actualidad política y el gobierno mutis por el foro. Entre tanta hojarasca permitámonos algún análisis metacoyuntural.
Tomemos en cuenta el problema de la representación: fue muy interesante en ese sentido el discurso de Piccheto. Él habló de la democracia de partidos y de la defensa vertical de la plataforma; del otro lado se afirmaba la necesidad de la libertad de conciencia. En el medio todos dicen representar al pueblo. Al fin de cuentas, no es más que el problema de las democracias representativas: ¿cómo es posible garantizar que nuestros representantes representen de manera transparente los intereses de sus representados? Lo que en principio parece resolverse en sistemas de democracia directa donde son los propios interesados los que defienden sus intereses, en los sistemas representativos es un problema. En las democracias representativas de partidos, en principio, los representantes deberían encolumnarse detrás de la plataforma. Al fin de cuentas, teóricamente, la gente no ha elegido nombres y menos en los casos de listas sábanas: elige plataformas. Asimismo, esta defensa tan vertical parece simplificar los asuntos de la política pues las plataformas no dejan de tener un espacio de ambigüedad e incluso, sobre algunos temas, no se expiden. ¿Qué votamos entonces? ¿Un conjunto de ideas plasmadas de manera más o menos precisa en una plataforma o más bien, como muchos pensadores clásicos suponían, votamos la capacidad de los representantes? La respuesta es difícil pero cuando se apela a la idea de libertad de conciencia extremamos el costado aristocrático de todo sistema representativo: suponemos que hay un conjunto de hombres que son más capaces que el resto del pueblo y además creemos, paternalistamente hablando, que ellos sabrán mejor que el propio pueblo lo que el pueblo quiere. Por eso podemos darnos el lujo de descansar en su libertad de conciencia. La conciencia del representante capaz, no se transforma necesariamente en lo que el pueblo quiere. Más bien será lo que es mejor para el pueblo, aun si no es esto lo que el pueblo quiere.
Vayamos a la cuestión de la particular manera de entender la democracia. Esta es otra discusión interesante que tampoco resolveré aquí. Pero digamos que interesada y peligrosamente se ha puesto un especial hincapié en el contenido de la decisión democrática y no en el proceso democrático. En otras palabras, se instaló la idea de que habría democracia si y sólo si, la decisión del poder legislativo era a favor de la derogación de la 125. El proceso, esto es, lo esencialmente democrático no importaba. La democracia argentina se transformó de repente en una democracia de resultados. A esto abonó una irresponsable oposición que en ningún momento exigió a los representantes de la mesa de enlace que se acepte el resultado sea cual fuere. Fue patético observar cómo varios representantes de lo oposición, suponiendo que iban a perder, llamaban al campo a seguir la vía judicial. La gran paradoja es que estos representantes que rezongan ante la ubicuidad del poder ejecutivo, desprestigian su propia labor legislativa afirmando que la decisión de este poder es legítima sólo si se da en un sentido.
Pero dejemos las abstracciones y volvamos a la coyuntura. Mi sensación es que la forma en que el gobierno perdió fue la mejor posible. De más está decir que el gobierno no buscó perder pero entre todas las posibilidades de derrota, ésta es aquella de la que se puede sacar provecho. Incluso hasta podría decirse que tal vez, la debilidad que manifiesta la derrota es preferible al desgaste que hubiera generado el triunfo. ¿Usted se imagina que estaría pasando si Cobos hubiera votado a favor del Gobierno? El gran problema es el propio Gobierno. ¿Tendrá la capacidad de poder sacar provecho de, quizás, la última oportunidad para poder sobrellevar los 3 años y medio que quedan? A juzgar por lo ocurrido ayer me permito ser escéptico. Que Cristina no haga mención directa a lo ocurrido y se maneje con ironía es más la actitud de un niño enojado que la de un adulto con responsabilidad. Parece más simple salir a decir un par de frases hechas que descompriman: “este es triunfo de la democracia; las instituciones funcionan: no hay vencedores ni vencidos, etc.” Al fin de cuenta, efectivamente, fue una gran demostración de institucionalidad y participación cívica. En cuanto al mediano plazo parece una incógnita saber cuál será el camino de alianzas del Gobierno. Parece claro que Kirchner interpretó que la manera de defenderse de lo que venía era refugiarse en las viejas estructuras del partido justicialista y renunciar a la transversalidad de la formación de un gran frente de centroizquierda. Es en esta línea que debemos entender que al dejar de lado la transversalidad por la concertación plural se hizo un viraje del plano ideológico al de la gobernabilidad. El punto es que ahora también se está rompiendo esta concertación y con el partido justicialista solo y resquebrajado no alcanza para gobernar. El futuro es pues una incógnita, especialmente si le sumamos un contexto nuevo en esta joven democracia: Sin riesgo de golpe militar, las crisis se canalizaron generalmente en el apoyo masivo a algún dirigente opositor. En este caso, ninguno de éstos parece emerger ni estar a la altura de esa responsabilidad. En este sentido, o el gobierno saca a relucir cintura política o al no haber oposición donde canalizar el malestar, el gobierno implosionará.

jueves, 29 de mayo de 2008

El individuo y el Estado

Entre tanta coyuntura y repetición; entre tanto vedetismo y tanto grito, entre tanta amenaza y tanta escarapela, un humilde intento de abstracción que propone sumar algunas categorías para intentar entender el conflicto del Gobierno con el Campo. A mi parecer, existe un pequeño ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre individualismo” que puede ayudar a comprender algo de lo que está pasando.
Si bien, sería insólito destacar a Borges por sus, no sólo conservadoras, sino pobres ideas políticas, el autor de Ficciones es citado aquí a partir de una afirmación simple y clara: el argentino no es ciudadano sino individuo. En otras palabras, no tiene un sentido de pertenencia a la República, no concibe su libertad al estilo clásico en el sentido de ser autónomo por participar de las decisiones de la polis; más bien, es el claro ejemplo de la libertad moderna que considera que se es libre en la medida en que nada se interpone en el camino. Derivada de esta última forma de entender la libertad, cierto liberalismo extremo, a veces llamado libertarismo, afirma que ese “nada” incluye al Estado. Es decir, la libertad del individuo florecerá en la medida en que el Estado sólo se ocupe de garantizar la propiedad privada y los derechos que me permitan elegir el ideal de buena vida que yo prefiera.
Desde este punto de vista, el Estado aparece como un otro, un algo ajeno, un enemigo. El individuo no se siente parte del Estado y cualquier clase de impuesto que suponga un extra (es decir, que se utilice para algo más allá de la protección de la propiedad privada) es considerado confiscatorio.
En la disputa Gobierno-Campo esta relación de ajenidad respecto del Estado es clara. Paradójicamente, a diferencia de los nacionalismos contra los que Borges discutía, esto es, aquellos que pregonaban por un “Estado más grande”, el nacionalismo de los dirigentes del campo es mucho más lábil, escurridizo. Parece liberal/libertario cuando se discuten ganancias extraordinarias y es socialista redistributivo cuando los precios internacionales bajan y hacen falta subsidios estatales. Hay algunos elementos más que en el ensayo de Borges pueden ayudarnos a pensar. Me refiero a las razones por la cual los argentinos sienten que son individuos enfrentados al Estado. Resulta interesante porque hay argumentos que son muy actuales. El primero es que, dado que los gobiernos argentinos siempre han sido un desastre y se emparenta gobierno con Estado, no queda otra que la salvación individual a-política; el segundo argumento, mucho más filosófico y con el que Borges juega socarronamente, es que el Estado es un artificio colectivo, un invento y que en tanto tal sería imposible que nos sintamos parte de algo que sólo existe como ficción. Sobre el primer argumento, los dirigentes del campo machacaron una y otra vez desde el momento en que el gobierno corrigió su error inicial de subir las retenciones sin discriminar entre grandes y pequeños y medianos. Se decía que no tenía sentido el aumento de los impuestos porque el gobierno se lo robaba o lo utilizaba para el tren bala; también se decía que los reintegros no servían porque “se quedaban en el camino” y nunca volvían a las manos de los productores. Decir que el gobierno roba me parece exagerado y propio del sentido común del porteño medio clarividente y engreído con aparente saber empírico surgido del mero transcurrir de años y de calles, que afirma “los políticos son todos ladrones”. No me parece que este sea un gobierno con una corrupción estructural como algunos afirman. Hay casos de corrupción, algunos más o menos probados y otros sospechados pero probables. Por otra parte, en esta línea, los paladines de la transparencia, los que viven de la compulsión a la denuncia, nunca caen en la cuenta, de que la crítica a la corrupción no es nunca una crítica sistémica. Son los mismos que afirman que el gran vicio del gobierno de Menem fue solamente su nivel alto de corrupción.
En cuanto al tren bala, no hay mucho que decir. Resulta una erogación insólita con la cual se podrían mejorar todas las líneas existentes o restablecer el sistema ferroviario nacional previo a los 90. También podría utilizarse para construir todas las redes de subte que hacen falta para que transitar la Capital sea menos agobiante. La lista puede seguir pero eso no es en lo único en que gasta el dinero el gobierno. Decir “no” a las retenciones porque con esto se paga el tren bala es tan parcial como afirmar “sí” a las retenciones porque ese dinero se utilizará sólo para redistribuir entre los que menos tienen a través de subsidios o de los aumentos existentes a jubilaciones y sueldos de empleados públicos.
En cuanto a que los reintegros no llegan, es verdad: no llegan porque para que lleguen hay que estar en blanco y pagar impuestos.
En lo que respecta al segundo argumento, este que afirmaba que no podíamos sentirnos parte de una ficción, resulta un puntapié interesante para pensar el conflicto actual en clave nacional. Dejando de lado la fantasía de una reedición del combate entre federales y unitarios, que algunos interesadamente quieren reflotar, cabe preguntarse qué elemento hace que regiones, intereses y tradiciones tan dispares puedan formar parte de un mismo territorio llamado Argentina. Pero eso es asunto de otro artículo.
Por último, una mención a una de las tantas cadenas de mails que andan pululando. Hoy me llega la de un muchacho que propone solidarizarse con el campo quitando los ahorros de los bancos, comprando moneda extranjera y retrasando los adelantos impositivos. Hay muchos pseudo guevaristas de cibercafé que ocupan su tiempo en tales revoluciones virtuales. Creo que esos mails ya llegan con un nombre que se va borrando, se va haciendo anónimo para transformarse en el del argentino medio: cree que afectar al Estado, es afectar al gobierno y cree que él no forma parte del Estado. Seguro que debe ser de aquellos que critican los modales de Moreno pero le recriminan que en tanto agente del Estado no controle los precios de los colegios privados; seguro que es de los que dice “yo le pago el sueldo” y se olvida que también le paga el sueldo a los obispos a pesar de formar parte de un Estado laico; seguro que debe ser de aquellos que rescatando el mero vinculo que promueve la continuidad de la cercanía espacial, antes que “ciudadano” prefiere que le llamen “vecino”.

lunes, 19 de mayo de 2008

Los auténticos

En la actualidad política argentina suelen oírse una serie de conceptos y terminología propia de aquella tradición romántica que surgió como respuesta al pensamiento iluminista del siglo XVIII.
El romanticismo resaltaba la fe y la religión por sobre la razón; lo espiritual por sobre lo material; lo cualitativo por sobre lo cuantitativo; lo emocional/pasional por sobre lo racional; el elogio de lo natural por sobre la maquinaria del progreso; lo particular como auténtico por sobre lo universal como artificio; el provincianismo por sobre el cosmopolitismo; la espontaneidad por sobre el cálculo racional y “economicista”, etc. Además, muchos autores románticos fueron antecedentes de los nacionalismos más beligerantes defendiendo la idea de “Espíritu nacional” como la esencia que hace a un pueblo ser lo que es. El espíritu nacional se transforma así en una entidad homogénea que subyace a los accidentes históricos y que funda una referencia que permite construir una historia nacional de mitos, epopeyas, santos y héroes que viene a manifestar ese espíritu. De este modo, algunos pensadores románticos, critican al Estado en tanto artificial y rescatan, en cambio, a la nación, esto es, las costumbres, la geografía, la tradición y el lenguaje como el elemento unificador constitutivo del pueblo.
La disputa entre románticos e iluministas llegó al territorio del Río de la Plata, de aquí que no resulte casual que la generación del 37 sea considerada romántica más allá de defender paralelamente muchos principios iluministas. Esta tensión, tan propia de estos lares, reaparece a lo largo de la historia argentina y puede ser útil para notar algunas paradojas de una actualidad en la que la palabra más mencionada es una muy poco romántica: “diálogo”.
El elogio inconsciente de los ideales románticos aparece en varios órdenes. Por un lado, se hipostasia a “el campo”, se le da entidad, voluntad y se lo hace un sujeto claramente delineable y homogéneo. Se lo dota de un espíritu y no se cae en la cuenta de que este espíritu que se presenta como preexistente es siempre construido a posteriori. A esto contribuyó el error de la medida indiferenciada que en un principio adoptó el gobierno, la ignorancia de la clase media porteña y unos vivos y unos idiotas útiles que forman parte de la Sociedad rural y la Federación agraria respectivamente. De este modo, la Argentina parece todo el tiempo disputarse una serie de ficciones esenciales románticas: “nosotros somos el campo”, “nosotros somos la gente”, “nosotros somos el pueblo”. La disputa, claro está, tiene que ver con quién es el representante de la ficción hipostasiada puesto que en tanto tal, la ficción se moverá al compás de quien se imponga como cabeza. Por eso es tan grande la puja y a su vez tan difícil de legitimar: dado que no existe sustento material que dé cuenta de estas construcciones cualquiera puede erigirse como cabeza y cualquiera puede poner en tela de juicio la legitimidad. Por ejemplo, en los últimos días todos dicen representar al pueblo: Moyano, cada una de las federaciones agrarias, los caceroleros de Belgrano y Cristina. De todos estos, el que tiene más legitimidad es ella pues ha sido votada hace muy poco por casi el 50 porciento de la gente. Que tenga legitimidad, claro está, no la acerca a las decisiones correctas ni a la verdad pero al menos, los gobiernos elegidos por el pueblo han sido sometidos en algún momento al escrutinio de todos los ciudadanos. Pero también es necesario decir, que la legitimidad formal, el hecho de haber sido elegido por las urnas, no garantiza a los gobiernos una legitimidad fáctica, en el sentido de que una serie de errores o medidas antipopulares puede generar un descontento que seguramente le quitará caudal político y margen de maniobra. En este sentido, la estrategia de desgastar al campo seguramente será efectiva pero a mi juicio ha tenido costos muy altos.
Como la legitimidad fáctica es difícil de medir, todos construyen sus sensaciones térmicas de manera arbitraria y a través de un movimiento sinecdótico: se designa a un todo tomando sólo una de sus partes. Así 100 manifestantes con cacerolas haciendo ruido en una esquina se transforman en el sentir popular “de todos” y los operadores de siempre hablan de “la gente”.
A la hipostatización de entidades inexistentes y al movimiento sinécdótico debemos agregarle cómo se resaltan otra serie de cualidades románticas. La más visible fue el elogio a la “espontaneidad” como aquello que rescata un perfil de pureza y bondad. El espontáneo es auténtico en franca oposición al calculador que parece seguir una lógica racional y autointeresada.
El exaltamiento de los valores románticos también se vio claramente la última semana en un ámbito que es muy proclive a este tipo de acciones: el fútbol. Un jugador de River tuvo la mala idea de decir que su hinchada no alienta lo suficiente y que en ese sentido es claramente superada por su rival, Boca. Hace algunos años ya, un episodio similar había tenido como protagonista a un jugador de Vélez que se quejó de su propia hinchada por haber sido superada en número y presencia ensordecedora en su propia cancha. Fue el mayor sacrilegio que se le pudo hacer a un hincha. Hubo manifestaciones y escándalos. Al jugador de River lo quieren echar del club, hinchas, dirigentes y periodistas hinchas. Se había tocado el “sentimiento inexplicable” y lo inexplicable, románticamente hablando, es un valor.
Ni que hablar, si de elementos románticos se trata, del acto del partido justicialista en el que asumió Kirchner. La liturgia peronista a pleno, con un presentador que parecía referirse a luchadores de catch antes que a autoridades de un partido político. Referencias a “el pueblo” por doquier en una presentación que no debe ser criticada por anacrónica sino por hacer referencia a una entidad inexistente. La misma falsa referencia es aquella a la que apuntó el campo cuando propuso utilizar las escarapelas arrogándose, como tantas otras veces a lo largo de la historia, el rol de ser “la argentina real y auténtica” frente al “clientelismo vil”. Así no resulta casual que el campo prepare un acto para el 25 de mayo, como también lo hace el gobierno y que empiece a circular ya la idea de “el país del bicentenario”. Parece que en la corta historia argentina los aniversarios seculares exacerban la discusión acerca del ser nacional. Que está discusión se diera en 1910 tenía algún sentido pero darla en 2010 es una repetición más cercana a la comedia.
Entre los intelectuales también hay una solapada discusión en términos de autenticidad romántica. Los que se oponen al gobierno se consideran objetivos, realistas y acusan a los otros de inauténticos, es decir, consideran que nadie puede defender políticas del oficialismo si no tiene intereses directos o indirectos. Es interesante porque no los acusan ni de tontos ni de errados sino de farsantes. La racionalidad es reconocida pero lo que no se les admite es la (supuesta) falta de autenticidad que hace que algunos cerebros cooptados por el dinero y la ideología estén al servicio del mal. Esto es muy interesante porque a aquellos que no están completamente en contra del gobierno ni siquiera se les da el beneficio del error. Se los acusa de venales y de defender oscuros intereses. De este modo, hay un grupo importante de intelectuales, periodistas y opinólogos que no pueden entender que exista otra gente tan respetable como ellos que defienda opiniones distintas. Eso no es posible: la capacidad argumentativa es de muchos pero la autenticidad es sólo de los opositores rabiosos. Al resto de los argentinos no rabiosos se nos adscribe impostura, inautenticidad y mentira.
En este punto me quiero detener. El valor de la autenticidad está en que no admite el error. Quien es auténtico cree no poder equivocarse. Que la pasión por un color sea un sentimiento inexplicable le da una gran mano al que lo exhibe porque no lo deja elegir. No hay argumentos racionales que puedan poner en tela de juicio la autenticidad inexplicable de su pasión puesto que si los hubiera se podría cambiar de camiseta y eso no lo admite el ideal de autenticidad. La autenticidad se presenta como aquello que nos permite contactarnos con la verdad y que sea inexplicable permite soportar mejor las decisiones porque no nos da lugar a ninguna pregunta. La autenticidad es primigenia, original, siempre lejana, lo suficiente como para no saber de dónde viene.
Y en el medio de esta orgía romántica, la gran paradoja es que la palabra más escuchada en las últimas semanas es “diálogo” y el diálogo es justamente muy poco romántico pues supone una racionalidad y una relación entre al menos dos personas que incluye una exteriorización y que no queda circunscripto al ámbito monológico de la espontaneidad auténtica. Esta relación entre hablantes, como ya observaba Sócrates, supone que aquellos que entablan el diálogo están abiertos a la posibilidad de reformular su punto de vista pues la verdad nunca se presenta de forma simple y clara. Hay que trabajarla, elaborarla. De aquí que Sócrates se inclinara por las posibilidades de modificación propias de la oralidad frente a la fijeza del texto escrito.
El gobierno ha cedido, sólo en parte, con los retornos y los subsidios diferenciados además de acuerdos por la carne, etc. El campo pide diálogo pero no ha cedido nunca. Entonces no hay diálogo, hay soliloquios amplificados por transmisiones “en cadena” desde una tarima de Gualeguaychú. Allí, la radicalidad es virtud y los gritos y las amenazas son perdonados, pues son “verdaderos”, son “auténticos”.