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martes, 20 de octubre de 2009

La pan-succión y el Cleto Verón

La exhortación maradoniana a una suerte de pan-succión, o succión generalizada, dirigida a buena parte del periodismo deportivo recibió, como era de esperar, un fuerte rechazo corporativo. Sin embargo a diferencia de otras situaciones, no dejó de ser llamativa la forma desencajada en la que se recibió las igualmente desencajadas declaraciones del Director Técnico ex Dios.
La particularidad de tal recepción puede obedecer a múltiples factores: en primer lugar, la alusión específicamente genital resulta particularmente enervante para espíritus conservadores que en varios casos canalizan buena parte de sus perversiones con prácticas muy poco amables para las virtudes cívicas del buen ciudadano; en segundo lugar, resultó obvio que Maradona está pagando caro menos su impericia como Director Técnico que su apoyo a la Ley de Medios y al “Fútbol para todos”. Por último, quizás sea un momento de extrema sensibilidad para buena parte de la corporación monopólica periodística tras la aplastante votación en el Senado.
Ahora bien, más allá de la nueva Ley, lo que el debate sobre los medios puso sobre la mesa fue la explicitación de elementos que la teoría de la comunicación ya había encarado y demostrado hace tiempo. El más insólito, es la revitalización de la discusión en torno a si los medios muestran o no la realidad. En este sentido, paradójicamente, las voces que poco inocentemente defienden una visión ingenua de correspondencia total entre Medios y Realidad y sueltos de cuerpo indican que la gente no es tonta y no se deja llevar por lo que dice la TV, fueron las mismas que indicaban que la nueva Ley ponía a los Medios en poder de un Gobierno que los iba a utilizar para engañar a la ciudadanía e inculcarles la visión setentista y revanchista de la crispación cristinista. De este modo, sólo el interés del Gobierno de turno promueve con éxito el engaño a la ciudadanía, no así el interés del privado.
Por otra parte, y sin aventurarme a asegurar que estamos frente a un punto de inflexión, bien podría decirse que, al menos en parte, la credibilidad del periodismo está puesta en tela de juicio como nunca antes. Los programas de archivo, las operaciones de prensa burdas, los videograph insólitos, el despreciable nivel de noteros y máximos responsables de informar, el “PagniGate” y la continua confusión entre libertad de expresión e impunidad de la pluma y el micrófono, hace que difícilmente hoy se pueda comprender una noticia sin leer entrelíneas la conjugación de una red inmensa de intereses contrapuestos.
De aquí que éstos no sean tiempos para la inocencia pues en los momentos donde se tocan intereses, mal o bien, la pretendida objetividad no es ni siquiera un fantasma que merodea nuestro costado culpógeno. Hay una explicitación obscena de los intereses: ya sabemos que Clarín y La Nación no van a mencionar nada del escándalo del espía vinculado a Montenegro, Macri y el Fino Palacios; también sabemos que esa será la tapa de Página 12 aun cuando por primera vez en la historia un plato volador aterrice en la Cancha de Boca y nos dirija un mensaje sorpresa a través de una nueva señal de Cable cooperativa.
También sabemos que en la cobertura de cualquier noticia se construirán personajes estereotipados que representen la maniquea distinción entre “el presidente que quiere la gente” y Kirchner. En este sentido, en cualquier tipo de controversia se privilegiará la versión “moderada”: Así, el Alfonsín muerto, de repente se transformó en un hombre de diálogo; así también, Verón, aquel acusado de traicionar a nuestro país en el mundial de 2002, ahora es la voz del consenso, el que quiere construir la “Selección Argentina de La Moncloa” para así poder mirar hacia adelante, en contraposición a Maradona, ese hombre que lo tuvo todo, pero ahora sólo reproduce en sus dichos la revancha, el odio y un aspecto privado que corresponde a la orientación sexual y la profundísima intimidad del periodista “Toti” Passman.
En este contexto, sin un nuevo manual de ética que devuelva la credibilidad al periodismo no debería sorprender que los argentinos profundicemos la atomización producto de leer y escuchar sólo lo que deseamos y que una vez consumada la próxima derrota de la Selección se convoque a través de SMS a un cacerolazo pidiendo la renuncia de aquel tipo cuyo único mérito ha sido engañar a todo el mundo convirtiendo un gol con la mano frente a los ingleses.

miércoles, 12 de agosto de 2009

El fútbol como derecho y como servicio (publicado originalmente en www.lapoliticaonline.com el 12/8/09)

Finalmente, se cumplió con lo que se venía murmurando en los pasillos. La AFA rescinde unilateralmente el contrato con TSC y el grupo Clarín enfurece de una manera pocas veces vista. A la “trasmisión en cadena” del reportaje al dueño de TyC, en el que no faltaron ni apelaciones a la piedad ni amenazas, se le ha sumado la burda operación de adjudicar un pacto entre dos seres endemoniados: Kirchner y Grondona. Ya sabemos que el ex presidente es el hijo de Belcebú, pero la novedad está en que el otrora “Don Julio”, experimentado y sabio, aparece ahora como un mafioso enquistado en el poder. La primera buena noticia de todo esto, es que, enfurecido el multimedio, probablemente, saldrán a la luz todos los negociados de Grondona que el multimedio hasta aquí tapó. La segunda buena noticia es que se acaba un monopolio que afectaba a los simpatizantes que debían pagar cuantiosas sumas por acceder a ver los partidos y se beneficia a los clubes que alcanzarán una suma más acorde con lo que el negocio genera. Lo que vendrá ahora son las operaciones de prensa, las amenazas y algunos abogaduchos embarrando la cancha. Pero lo que está por detrás de esto es una discusión conceptual: ¿es necesario que el Estado intervenga en el negocio del fútbol? En otras palabras, ¿es posible pensar que el fútbol es un derecho y que, en tanto tal, es un deber del Estado garantizar el libre acceso al mismo a través de las transmisiones vía canales de aire? Seguir leyendo esta nota aquí

miércoles, 8 de julio de 2009

Los campeones morales

Finalmente terminó un campeonato de fútbol muy poco redituable. Con los equipos que más diarios venden peleando por salir de las últimas posiciones, las fechas finales fueron animadas por Vélez, Huracán, Lanús y Colón. Se trata de cuatro equipos sin grandes estrellas, ni técnicos estruendosos, con clubes saneados económicamente, salvo Huracán. En el caso de Vélez, además se trata de un club que vende de club a club, es decir sin intermediarios, camino que parece intentar seguir Lanús. De estos 4 equipos, finalmente fueron Vélez y Huracán los que jugaron el partido final. Sin ningún Fabbiani y sin ningún Chilavert, la única polémica que podía instalarse en los 15 días previos al gran partido era la de oponer dos estilos de juego: el lirismo de los “ángeles de Cappa” y la “solidez” de Vélez. Ninguna de las dos descripciones era enteramente falsa y para un observador externo casi que pudiera funcionar. Pero más allá de ello, planteada la disyunción en estos términos, había un equipo de la “gente”, es decir del periodismo deportivo: Huracán. Así, con la misma inconsistencia teórica de los periodistas políticos, los herederos de Niembro, Araujo y Paenza vivían su semana romántica rescatando el buen juego de Pastore, De Federico y Bolatti, a la vez que otorgaban el título de “sabio de la universidad de la calle” anteponiendo el “Don” a Ángel Cappa. Para la prensa deportiva, Cappa se transformó en el Pino Solanas del fútbol: un hombre sencillo, austero, con grandes ideales, respetuoso y con críticas por izquierda. Mientras estas figuras no resulten una amenaza importante para el establishment serán exaltadas por los comunicadores en tanto son funcionales (algo que, sin duda ni Solanas ni Cappa buscan). Pero podemos establecer otra analogía con la política y tiene que ver con la búsqueda de deslegitimación. En otras palabras, antes de las elecciones y antes de la final del partido, el ganador era “el de la gente”, es decir, cualquier candidato no kirchnerista y Huracán. Si esto no fuese así habría fraude o robo del partido. El escrutinio definitivo y los 90 minutos de juego son anecdóticos: los ganadores los decide la gente.
Pero en el caso de la política, el recuento de votos favoreció al “candidato de todos”. En cambio, en la final, Vélez contradijo el deseo popular y le ganó a Huracán en un partido polémico en el que el árbitro dirigió mal. Sin embargo se hizo hincapié ya no en la indistinción de los errores sino en la forma en que habría perjudicado al “equipo de la gente”. Así, se mostró un gol mal anulado a Eduardo Domínguez; el foul de Larrivey sobre el arquero en el gol de Vélez; una roja que Otamendi aparentemente merecía pero que no fue otorgada por el árbitro y el episodio de la desaparición de pelotas; el triunfo de Vélez ocupó la tapa de los diarios del lunes a medias pues la mayoría resaltaron la forma en que Brazenas habría perjudicado a Huracán (Ver diario Olé, entre otros). La polémica siguió el martes en todas las radios e incluso en la tapa de Clarín en la que se descontextualiza una declaración de Brazenas afirmando “reconozco que me equivoqué” dando a entender que perjudicó a Huracán cuando en realidad se refería al gol de Vélez y a la jugada del penal de Arano.
En el fútbol, a veces es más fácil detectar las operaciones de prensa. De hecho alcanza con ver el resumen de “Fútbol de Primera” para afirmar que Huracán jugó mejor que Vélez. Sin embargo, los que estuvimos en la cancha vimos otra cosa, como reconoció el propio Bolatti cuando afirmó: “perdimos en la cancha, fuimos superados”. El recorte de imágenes y jugadas resultó particularmente tendencioso, tanto como la descontextualización de la tapa de Clarín y la vociferación de la gran mayoría de ignorantes periodistas deportivos: no muchos hablaron de la jugada en que Arano debió ser expulsado por un penal increíble que le cometió a Cubero; tampoco indicaron que Araujo debió haber sido expulsado en la jugada en que toca la pelota con la mano desde el piso pues debía tener una amarilla por haber cometido el penal en el primer tiempo. Tampoco se mencionó que en la jugada del gol de Domínguez hay un agarrón de este jugador a Zapata que le impide “salir” y que, por cierto, el hombre de Huracán estaba habilitado por apenas 30 centímetros según el Telebeam, es decir, algo muy difícil de observar. Asimismo, éste parece haber sido el único partido de fútbol en el que desaparecen las pelotas para hacer tiempo pero esta descripción cuadraba bien con la de equipo sólido-amarrete que tenía Vélez. Lo que no se comunicó fue la vergonzosa actitud del arquero de Huracán que demoró el partido sistemáticamente a punto tal que el propio Brazenas lo amonestó por ese motivo.
La soberbia de los representantes de “la gente” llega a tal punto que hay quienes exigen que el partido se juegue de nuevo favoreciendo y promoviendo marchas y actos de protesta por parte de los hinchas de Huracán. Más allá del insólito pedido, parece hacerse cada vez más frecuente deslegitimar todo acto que no se adecue al sentimiento de “lo que la gente dice en la calle”. En poco tiempo, las elecciones serán resueltas por encuestas telefónicas o por la propia voluntad de quien desea participar y los partidos de fútbol serán jugados la cantidad de veces que sea necesaria para que nuestro equipo sea el vencedor. Habrá campeones “morales” determinados por los programas deportivos y apoyados por los resúmenes manipulados de los partidos en canal 13. Las canchas serán escenarios ruinosos en los que los hinchas se reunirán a ver a su equipo a través de la pantalla gigante como ocurrió con los de Vélez frente a Lanús y los de Huracán frente a Vélez. Pero, lo más peligroso, es que también habrá diputados y funcionarios “morales” y seremos jueces de ellos a través del resultado que obtengan las caricaturas de esos candidatos en un programa de televisión.
Pero no seamos pesimistas. Reconozcamos que todo esto hará que el nuestro sea, cada vez más, un mundo feliz.

lunes, 19 de mayo de 2008

Los auténticos

En la actualidad política argentina suelen oírse una serie de conceptos y terminología propia de aquella tradición romántica que surgió como respuesta al pensamiento iluminista del siglo XVIII.
El romanticismo resaltaba la fe y la religión por sobre la razón; lo espiritual por sobre lo material; lo cualitativo por sobre lo cuantitativo; lo emocional/pasional por sobre lo racional; el elogio de lo natural por sobre la maquinaria del progreso; lo particular como auténtico por sobre lo universal como artificio; el provincianismo por sobre el cosmopolitismo; la espontaneidad por sobre el cálculo racional y “economicista”, etc. Además, muchos autores románticos fueron antecedentes de los nacionalismos más beligerantes defendiendo la idea de “Espíritu nacional” como la esencia que hace a un pueblo ser lo que es. El espíritu nacional se transforma así en una entidad homogénea que subyace a los accidentes históricos y que funda una referencia que permite construir una historia nacional de mitos, epopeyas, santos y héroes que viene a manifestar ese espíritu. De este modo, algunos pensadores románticos, critican al Estado en tanto artificial y rescatan, en cambio, a la nación, esto es, las costumbres, la geografía, la tradición y el lenguaje como el elemento unificador constitutivo del pueblo.
La disputa entre románticos e iluministas llegó al territorio del Río de la Plata, de aquí que no resulte casual que la generación del 37 sea considerada romántica más allá de defender paralelamente muchos principios iluministas. Esta tensión, tan propia de estos lares, reaparece a lo largo de la historia argentina y puede ser útil para notar algunas paradojas de una actualidad en la que la palabra más mencionada es una muy poco romántica: “diálogo”.
El elogio inconsciente de los ideales románticos aparece en varios órdenes. Por un lado, se hipostasia a “el campo”, se le da entidad, voluntad y se lo hace un sujeto claramente delineable y homogéneo. Se lo dota de un espíritu y no se cae en la cuenta de que este espíritu que se presenta como preexistente es siempre construido a posteriori. A esto contribuyó el error de la medida indiferenciada que en un principio adoptó el gobierno, la ignorancia de la clase media porteña y unos vivos y unos idiotas útiles que forman parte de la Sociedad rural y la Federación agraria respectivamente. De este modo, la Argentina parece todo el tiempo disputarse una serie de ficciones esenciales románticas: “nosotros somos el campo”, “nosotros somos la gente”, “nosotros somos el pueblo”. La disputa, claro está, tiene que ver con quién es el representante de la ficción hipostasiada puesto que en tanto tal, la ficción se moverá al compás de quien se imponga como cabeza. Por eso es tan grande la puja y a su vez tan difícil de legitimar: dado que no existe sustento material que dé cuenta de estas construcciones cualquiera puede erigirse como cabeza y cualquiera puede poner en tela de juicio la legitimidad. Por ejemplo, en los últimos días todos dicen representar al pueblo: Moyano, cada una de las federaciones agrarias, los caceroleros de Belgrano y Cristina. De todos estos, el que tiene más legitimidad es ella pues ha sido votada hace muy poco por casi el 50 porciento de la gente. Que tenga legitimidad, claro está, no la acerca a las decisiones correctas ni a la verdad pero al menos, los gobiernos elegidos por el pueblo han sido sometidos en algún momento al escrutinio de todos los ciudadanos. Pero también es necesario decir, que la legitimidad formal, el hecho de haber sido elegido por las urnas, no garantiza a los gobiernos una legitimidad fáctica, en el sentido de que una serie de errores o medidas antipopulares puede generar un descontento que seguramente le quitará caudal político y margen de maniobra. En este sentido, la estrategia de desgastar al campo seguramente será efectiva pero a mi juicio ha tenido costos muy altos.
Como la legitimidad fáctica es difícil de medir, todos construyen sus sensaciones térmicas de manera arbitraria y a través de un movimiento sinecdótico: se designa a un todo tomando sólo una de sus partes. Así 100 manifestantes con cacerolas haciendo ruido en una esquina se transforman en el sentir popular “de todos” y los operadores de siempre hablan de “la gente”.
A la hipostatización de entidades inexistentes y al movimiento sinécdótico debemos agregarle cómo se resaltan otra serie de cualidades románticas. La más visible fue el elogio a la “espontaneidad” como aquello que rescata un perfil de pureza y bondad. El espontáneo es auténtico en franca oposición al calculador que parece seguir una lógica racional y autointeresada.
El exaltamiento de los valores románticos también se vio claramente la última semana en un ámbito que es muy proclive a este tipo de acciones: el fútbol. Un jugador de River tuvo la mala idea de decir que su hinchada no alienta lo suficiente y que en ese sentido es claramente superada por su rival, Boca. Hace algunos años ya, un episodio similar había tenido como protagonista a un jugador de Vélez que se quejó de su propia hinchada por haber sido superada en número y presencia ensordecedora en su propia cancha. Fue el mayor sacrilegio que se le pudo hacer a un hincha. Hubo manifestaciones y escándalos. Al jugador de River lo quieren echar del club, hinchas, dirigentes y periodistas hinchas. Se había tocado el “sentimiento inexplicable” y lo inexplicable, románticamente hablando, es un valor.
Ni que hablar, si de elementos románticos se trata, del acto del partido justicialista en el que asumió Kirchner. La liturgia peronista a pleno, con un presentador que parecía referirse a luchadores de catch antes que a autoridades de un partido político. Referencias a “el pueblo” por doquier en una presentación que no debe ser criticada por anacrónica sino por hacer referencia a una entidad inexistente. La misma falsa referencia es aquella a la que apuntó el campo cuando propuso utilizar las escarapelas arrogándose, como tantas otras veces a lo largo de la historia, el rol de ser “la argentina real y auténtica” frente al “clientelismo vil”. Así no resulta casual que el campo prepare un acto para el 25 de mayo, como también lo hace el gobierno y que empiece a circular ya la idea de “el país del bicentenario”. Parece que en la corta historia argentina los aniversarios seculares exacerban la discusión acerca del ser nacional. Que está discusión se diera en 1910 tenía algún sentido pero darla en 2010 es una repetición más cercana a la comedia.
Entre los intelectuales también hay una solapada discusión en términos de autenticidad romántica. Los que se oponen al gobierno se consideran objetivos, realistas y acusan a los otros de inauténticos, es decir, consideran que nadie puede defender políticas del oficialismo si no tiene intereses directos o indirectos. Es interesante porque no los acusan ni de tontos ni de errados sino de farsantes. La racionalidad es reconocida pero lo que no se les admite es la (supuesta) falta de autenticidad que hace que algunos cerebros cooptados por el dinero y la ideología estén al servicio del mal. Esto es muy interesante porque a aquellos que no están completamente en contra del gobierno ni siquiera se les da el beneficio del error. Se los acusa de venales y de defender oscuros intereses. De este modo, hay un grupo importante de intelectuales, periodistas y opinólogos que no pueden entender que exista otra gente tan respetable como ellos que defienda opiniones distintas. Eso no es posible: la capacidad argumentativa es de muchos pero la autenticidad es sólo de los opositores rabiosos. Al resto de los argentinos no rabiosos se nos adscribe impostura, inautenticidad y mentira.
En este punto me quiero detener. El valor de la autenticidad está en que no admite el error. Quien es auténtico cree no poder equivocarse. Que la pasión por un color sea un sentimiento inexplicable le da una gran mano al que lo exhibe porque no lo deja elegir. No hay argumentos racionales que puedan poner en tela de juicio la autenticidad inexplicable de su pasión puesto que si los hubiera se podría cambiar de camiseta y eso no lo admite el ideal de autenticidad. La autenticidad se presenta como aquello que nos permite contactarnos con la verdad y que sea inexplicable permite soportar mejor las decisiones porque no nos da lugar a ninguna pregunta. La autenticidad es primigenia, original, siempre lejana, lo suficiente como para no saber de dónde viene.
Y en el medio de esta orgía romántica, la gran paradoja es que la palabra más escuchada en las últimas semanas es “diálogo” y el diálogo es justamente muy poco romántico pues supone una racionalidad y una relación entre al menos dos personas que incluye una exteriorización y que no queda circunscripto al ámbito monológico de la espontaneidad auténtica. Esta relación entre hablantes, como ya observaba Sócrates, supone que aquellos que entablan el diálogo están abiertos a la posibilidad de reformular su punto de vista pues la verdad nunca se presenta de forma simple y clara. Hay que trabajarla, elaborarla. De aquí que Sócrates se inclinara por las posibilidades de modificación propias de la oralidad frente a la fijeza del texto escrito.
El gobierno ha cedido, sólo en parte, con los retornos y los subsidios diferenciados además de acuerdos por la carne, etc. El campo pide diálogo pero no ha cedido nunca. Entonces no hay diálogo, hay soliloquios amplificados por transmisiones “en cadena” desde una tarima de Gualeguaychú. Allí, la radicalidad es virtud y los gritos y las amenazas son perdonados, pues son “verdaderos”, son “auténticos”.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Fisuras

Una de las corporaciones más monolíticas es la que rodea al mundo del fútbol: jugadores, periodistas, empresarios, dirigentes y árbitros podrán discrepar sobre algunos asuntos menores pero hay determinados límites, muchas veces expresados de manera eufemística como “códigos”, que nunca son sobrepasados. Entre los actores mencionados existe una compleja red de vínculos económicos, negociados y prebendas donde generalmente los más perjudicados son la mayoría de los clubes y de los jugadores. Como suele ocurrir en otras actividades, la gran paradoja es que aquellos actores que son la condición de posibilidad del negocio, esto es, clubes y jugadores, son los que se llevan la menor tajada. En este sentido el irrisorio monto del contrato televisivo firmado por la AFA y la grosera iniquidad con la que se distribuye entre los clubes ese dinero, tiene como consecuencia un fútbol colapsado y pauperizado que no puede mantener a una joven promesa más de 20 partidos en primera. Este proceso no irrumpió de repente en la escena sino que más bien fue gestado a lo largo de la presidencia de Julio Grondona en los 28 años que lleva ya su mandato. La lógica clientelar que Grondona mantiene con los dirigentes de los clubes con favores que se cobran in eternum, el manejo discrecional y despótico de los árbitros a partir del obsecuente SADRA, el sistema de votación de la AFA y una lógica proclive al manejo desaforado del capital empresarial, ha hecho que a lo largo de las casi tres décadas nadie osara poner en tela de juicio la continuidad del reinado. Solamente Raúl Gámez en el ámbito dirigencial y el equipo de Víctor Hugo Morales en la radio parecen ser los únicos que vienen denunciando este entramado cuya consecuencia es el desguace y posterior destrucción del fútbol. Sin embargo, en las últimas semanas entraron a jugar un papel importante y un rol crítico actores impensados que desde dentro de la corporación hacen valer una voz disonante generando algunas fisuras.
De este modo, casi paralelamente y ante la inminente renovación del mandato de Grondona, tanto en el ámbito del referato como en el dirigencial, se dejaron entrever opiniones que, por supuesto, no fueron amplificadas como correspondía por los principales medios. Así, en el medio de una ola terrible de malos arbitrajes y el patético comunicado de denuncia de complot que la dirigencia de San Lorenzo, presionado por el grupo inversor liderado por Tinelli, esbozó, los árbitros salieron al cruce y comenzaron hacer uso y abuso de las cámaras (como lo hace Lunati quien, por cierto, fue “destrozado” por los medios por decir una gran verdad: “la mayoría de los periodistas no conocen el reglamento”). Entre toda la maraña de declaraciones apareció una sorprendente: por primera vez en la historia, un árbitro, Pompei, recusaba a un par, el juez de línea, Rebollo (por si usted no lo recuerda, aquel que hizo patear de nuevo el tiro libre del “Cata” Díaz el día en que Boca, con ese gol, venció a Vélez en Liniers por 3 a 2 y avanzó hacia el campeonato). Pompei envió una carta al colegio de árbitros en la que pide no dirigir más junto a Rebollo. Como si esto fuera poco, el ahora retirado del arbitraje “sargento” Giménez, con la libertad que le da su condición, declaró a Clarín que “que Pompei haya pedido no dirigir más con el asistente Rebollo estuvo bien. Nadie lo quiere, hace muchas macanas y siempre a favor de los mismos clubes” (Clarín, 16/9/07). (El resaltado es mío)
Estas declaraciones me impactaron: por primera vez alguien (y en este caso un ex árbitro) afirma que los malos arbitrajes no son sólo producto de errores humanos. Por primera vez alguien duda de la honestidad moral de un árbitro. Era hora ya. Como comenté en un artículo anterior, siempre me pareció sospechoso que nunca se pusiera en tela de juicio la calidad moral de un árbitro. Estos siempre son presentados como demasiados humanos, nunca corruptos. Ahora, un ex compañero lo afirma.
En el ámbito dirigencial, el presidente de independiente, Julio Comparada, tuvo las agallas que otros no tienen, pegó un portazo y anunció que no votará por la reelección de Grondona. Está claro que Grondona ganará igual porque no hay candidato opositor pero más allá de eso, sentar precedente en contra es un paso importante (la única vez que Grondona tuvo un rival a la presidencia de la AFA fue en 1991. Allí los resultados arrojaron 39 votos para Grondona y 1 para Nitti).
En esta línea, el técnico campeón del mundo, Bilardo, deslizando la posibilidad de presentarse como candidato a la presidencia de la AFA, algo que luego desestimó, también salió al cruce de Grondona y aseveró: “la solución de la AFA es que Grondona (Julio) se vaya de la conducción (…) los clubes están fundidos, no tienen plata ni para comprar pasto (para las canchas). El día que se vaya Grondona se solucionarán muchos problemas del fútbol argentino. Si no hay un cambio pronto, el fútbol se va a la m... Es una vergüenza (…) Los 20 clubes más fuertes apoyan esta conducción. Todos son un voto cantado. Intentar ser presidente (de ese organismo) es como darse contra la pared. (…) Si votarán los 2.800 clubes del país no habría problemas, gano... Pero solamente votan 49. Los de Primera están todos comprometidos con la AFA, porque temen que el Tribunal de Penas los pueda perjudicar; tienen miedo que les pongan los árbitros que no quieren, prefieren cuidar los gerenciamientos. Todo un ’viva la pepa’". (La nación, 26/9/07)
Tal vez yo sea algo ingenuo pero todas estas declaraciones me sorprenden. Es de las pocas veces que tantas voces propias del fútbol coinciden, y desde dentro de la corporación, se animan a decir lo que uno, claro, suponía: hay arreglos con árbitros, una política de favorecimiento de los gerenciamientos, se beneficia a determinadas camisetas y existe una estructura mafiosa que asfixia al fútbol.
Para ser honesto, yo no creo que estemos en un estadio prerrevolucionaro donde el pueblo del fútbol, con una bandera roja de Comparada con una boina y liderado por un ex sargento saque a Grondona de la AFA y lo cuelgue en la plaza, pero, estas fisuras en el bloque homogéneo que protege el negocio del fútbol, al menos son señales de cambio que permiten observar el futuro con una pequeña, pero cuota al fin, de optimismo.

jueves, 5 de julio de 2007

De árbitros y políticos. De moral y conocimiento

Últimamente el tema de la violencia en el fútbol es una cuestión recurrente que es cubierta con justa insistencia por los principales medios. Los episodios se suceden todas las semanas y prácticamente atañe a todas las canchas, todas las hinchadas y todas las divisionales. Esta profundización de la violencia ha obligado a los dirigentes de los clubes y a la cúpula de la AFA en combinación con la Policía y el COPROSEDE, a tomar medidas que van desde la instalación costosísima de un sistema de cámaras en las canchas, megaoperativos para partidos “de riesgo”, la utilización del “derecho de admisión”, la medida disuasiva de la quita de puntos, etc.
La violencia es generada en la mayoría de los casos por la “barra brava” aunque muchas veces los proyectiles que lastiman jugadores y árbitros provienen de la platea. También la ineptitud y la provocación de algunos policías contribuyen. Incluso podríamos pensar que la estructura de los “campeonatos cortos” y los partidos definitorios para definir ascensos generan una cantidad desmedida de adrenalina y de “pulsaciones” tanto de los jugadores como de los hinchas que favorecen los hechos de violencia. Incluso, tal vez, los medios, con la cobertura exagerada que le dan al fútbol con horas y horas diarias de televisión, radio y diarios generen un nivel de ansiedad y compenetración por la causa futbolera que puede contribuir a una dramatización del juego y al posterior descontrol. Todas estas variables contribuyen y causan violencia en el fútbol. Pero hay una que nunca es mencionada: la inmensa cantidad de vergonzosos arbitrajes. Y sobre este punto creo que se pueden inferir algunas conclusiones interesantes.
Me atrevería a decir que no existe medio que ponga en tela de juicio la calidad moral de los árbitros. Ninguno. Las críticas despiadadas hacia los árbitros tienen que ver con “errores humanos” nunca con la mala fe. Los comentaristas “destrozan” a los referís desde la comodidad del asiento y la posibilidad de ver la repetición con Telebeam, pero nunca dudan de su “humanidad”. Parece imposible que un árbitro favorezca a un equipo o castigue a otro adrede. Nada de eso. Simplemente, el humano se equivoca azarosamente para ambos lados y a veces la casualidad quiere que se equivoque más para un lado que para otro. Cuántas veces uno oyó decir cosas tales como “¡Yo no dudo de la buena fe del árbitro x pero cómo se equivoca!” o, “usted, señor árbitro x, será un gran padre de familia pero un pésimo árbitro”. De este modo, el árbitro es descrito por los principales medios como una suerte de semidios paradójico, un médium entre el ámbito celestial de una moral trascendente y el barro de la ignorancia humana. En el ámbito moral es intocable. Pero lo que tiene ver con su saber y su actividad es puesto en tela de juicio constantemente.
Ser una deidad ignorante es algo beneficioso que lo ubica un paso más arriba que el resto de los mortales, dado que nosotros no sólo somos ignorantes y nos equivocamos sino que muchos somos egoístas, malos, prejuiciosos y nos gusta favorecer a nuestros amigos y a las cosas que nos identifican. Por suerte ninguno de este tipo de mortales llega al referato.
Esto me lleva a señalar una segunda curiosidad: los medios que ensalzan la cualidad moral de los árbitros de fútbol son los mismos que con virulencia ponen en tela de juicio la integridad de los políticos. Se da así, entonces, el fenómeno inverso al que ocurre con los árbitros. El político no se equivoca. Los errores son sólo aparentes. Detrás de ellos está la ambición inmoral de la codicia y el poder. En un sentido, el político no sólo no es una deidad sino que más bien es “demasiado humano”.
En esta línea, si trazamos un paralelo entre la visión que la sociedad y los medios tienen de los árbitros y de los políticos podemos encontrar algunos elementos importantes. La sociedad, sin duda, se pliega a la postura de los principales medios que acusan de inmoralidad todo acto de “la política” y “los políticos”. Para la sociedad, como para los medios, no hay políticos ignorantes: sólo los hay malos. Así, la actividad de la política no se juzga desde el patrón cognitivo “Sabe o no sabe” sino desde el patrón moral “es bueno o es malo”. Sin embargo, dado que el político nunca se equivoca se da la paradoja de que implícitamente se lo eleva también a una condición de semidios pero a diferencia de lo que ocurre con los árbitros ese “Semi” corresponde a su déficit moral y no al cognitivo.
En lo que respecta a la visión que la sociedad tiene de los árbitros allí no hay concordancia con la opinión de los medios. En las tribunas de fútbol no se le grita “ignorante” a un árbitro sino “hijo de puta, cagón, corrupto hijo de re mil……”. El árbitro, al igual que el político, no se equivoca. El árbitro roba, lo hace adrede, busca favorecer intereses que son siempre los del equipo rival.
Para la sociedad, el árbitro y el político son lo mismo. Para los medios, los árbitros se equivocan pero su moralidad no puede ponerse en juego y los políticos nunca se equivocan, sólo realizan acciones moralmente execrables. Lo que todos olvidan es que la condición humana hace que todos seamos bastante ignorantes y que nadie quede exento de cometer, al menos de vez en cuando, una aceptable cantidad de actos inmorales.

lunes, 5 de marzo de 2007

Racionalidad e irracionalidad en el fútbol

Probablemente por la excesiva exposición mediática de sus protagonistas, el fútbol está lleno de lugares comunes. Pero entre todos estos hay uno que particularmente me interesa. Me refiero a la manera en que los hinchas piensan la relación con su club. Más específicamente, oímos asiduamente que “x es un sentimiento” o “x no se explica, se lleva en el corazón”, etc.
Esto pone de manifiesto la disyuntiva clásica entre racionalidad e irracionalidad, o la razón versus el sentimiento, tensión que en el fútbol, y más precisamente en el hincha, siempre se inclina hacia el lado del segundo término de la disyunción.
Reconozco que un poco a tono de broma, hace años que vengo esperando que alguna de esas cámaras que interpelan a los hinchas antes del partido se acerque a mí para decirle que mi decisión de elegir a Vélez (equipo del cual soy hincha) es racional y no estrictamente sentimental. Pensaba que mi intervención sería más o menos así: “todos los equipos dicen que su sentimiento no se explica. El mío sí. Yo elijo a Vélez racionalmente, esto es, he sopesado elementos y he decidido que, por varias razones, Vélez es superior al resto de los clubes”. Resulta claro que el fin de mi intervención sería o bien la risa o bien la perplejidad de los que me rodeaban. De aquí que este experimento mental que siempre pensé en tono de broma me haya llevado a reflexionar acerca de cuánto margen para una decisión racional tiene un hincha.
El punto resulta importante, porque el hecho de que el vínculo sea irracional parece tranquilizar al hincha: a diferencia de una solución racional en la que uno decide por una serie de candidatos, en el sentimiento no hay posibilidad de traición porque no hay posibilidad de elegir. Especialmente porque es un sentimiento vinculado a la tradición y por vaya a saber qué capricho de la irracionalidad, no cambia nunca. Se nace hincha y se muere hincha del mismo club.
Mi filiación a Vélez Sarsfield viene de prosapia de manera tal que no he tenido demasiado margen para elegir: soy de Vélez por mi papá, él lo es por el suyo y punto. Conozco al club desde chico y fui llevado compulsivamente a él, mucho antes de que pudiera tener a la mano las razones por las cuales elegir. Sin embargo, con los años me fui interiorizando y pude comparar con otros clubes.
Allí me di cuenta que dejando de la lado las razones exitistas vinculadas a logros deportivos de trascendencia mediática, el vínculo con Vélez es ideológico. En otras palabras, yo no hago política en el club pero debo reconocer que me siento identificado en lo que, a grandes rasgos, podríamos llamar “el proyecto Gámez”. Este proyecto puede resumirse en las siguientes sentencias: que los clubes deben seguir siendo sociedades sin fines de lucro y no ser sociedades anónimas; que el fútbol no puede ser la única actividad de los clubes dado que los mismos cumplen con una función social y cultural vinculada al barrio; que el negocio de la televisión no puede hacerse a costillas del empobrecimiento de los clubes; que la pauperización del fútbol argentino obedece en gran medida al presidente de la AFA y sus aliados; que los dirigentes de los clubes deben recibir un sueldo de manera tal que la directiva no esté compuesta solamente por sujetos de gran poderío económico; que el equipo de fútbol esté compuesto por las inferiores del club, esto es, chicos que, en su mayoría, asisten a la escuela primaria y secundaria del propio club, etc, etc., etc.
Los lectores sabrán que este proyecto tiene como contrapartida la versión encarnada por Mauricio Macri al frente de Boca. Esto ha hecho que en los últimos años exista una gran rivalidad que trasciende lo estrictamente deportivo. Y en este sentido, recurrí a un segundo experimento mental: ¿Qué pasaría si en mi club ganara las elecciones un proyecto como el de Macri? ¿Dejaría de ir a la cancha? ¿Me haría de otro club? ¿Rompería el carnet? En otras palabras, ¿debería darle prioridad a mi afinidad ideológico-racional? Yo no sé lo que debería pero de lo que estoy seguro es que ni me haría de otro club, ni dejaría de ir a la cancha ni rompería el carnet. Pero, ¿sería lo mismo? Es decir, ¿me resulta completamente indiferente la política, en un sentido amplio del término, de mi club? Debo responder que no. Mi relación con Vélez Sarsfield hoy (y pido por favor que no se entienda este artículo de manera partidaria. Esta idea se puede extrapolar a cada uno de los clubes) va mucho más allá de lo deportivo. De aquí que cuando el equipo de fútbol de Vélez pierde, siento que pierde el deporte pero más me apena por el proyecto que encarna Vélez (esto tiene que ver con que lamentablemente los proyectos de un club, como en el caso de Boca, parecen evaluarse estrictamente por si ha conseguido logros futbolísticos).
Por todo esto creo que la dimensión pasional e irracional vinculada al sentimiento y a la tradición estará siempre presente en el fútbol pero cuánto mejor si a esa elección se la puede acompañar con una decisión y una justificación racional.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Violencia en el fútbol: ¿es una buena medida la quita de puntos?

Los hechos ocurridos en el quincho de River Plate días atrás volvieron a poner a la violencia en el fútbol en el eje del debate público. Bastó nada más una fecha del torneo Clausura para que se pudiera confirmar que las vergonzosas idas y venidas del torneo Apertura que acabara en diciembre (con pseudosuspensiones, derecho de admisión, etc.) serían la regla y no la excepción.
Claro está, como suele ocurrir, cuando el periodismo necesita reafirmar y machacar la noticia, los hechos “comienzan a aparecer”. Así, se “descubre” que en la gran mayoría de los partidos de ascenso hay violentos encuentros entre las hinchadas o entre las hinchas y la policía. Sin embargo, en los últimos días formadores de opinión de distinto sesgo ideológico insisten en que la forma de acabar con la violencia es endurecer las penas, esto es, en vez de las simples amonestaciones, aplicar la quita de puntos al equipo cuya hinchada realice disturbios (norma que si bien se encuentra ya en el estatuto de la AFA no es aplicada por presión de los clubes y decisión discrecional del presidente de la AFA ).
El espacio de un artículo de opinión no me permite realizar las disquisiciones que un tema como este requeriría pero ¿no es posible poner en tela de juicio la idea de que el endurecimiento de pena es la única vía para lograr que los ciudadanos actúen bajo el ala de la ley?
En nuestra sociedad, y en los últimos tiempos más aún a partir de las propuestas de Blumberg, la crítica al endurecimiento de penas esgrimida desde diferentes sectores de la sociedad y representada por cierta tradición garantista manifiesta en algunos de los jueces de la Corte Suprema, es lo suficientemente rica en argumentos como para creer que el fútbol puede mantenerse ajeno a ésta.
Por mencionar sólo una: ¿usted cree que una persona marginal y sin nada que perder (en este caso léase “barra brava”), va a llevar adelante un pensamiento reflexivo a partir del cual tras hacer un cálculo de costo y beneficio, determinará que, dada la importancia de la pena, no le conviene actuar de manera delictiva? Asimismo, si nos llevamos por las estadísticas, ¿han bajado los índices de delito en Estados Unidos desde la imposición de la pena de muerte en algunos sus Estados? Dado que la respuesta es no, ¿por qué, entonces debería bajar la violencia en el fútbol ante penas más duras?
Se podrá decir que, en realidad, esta medida apunta no tanto a los violentos sino más bien a los dirigentes en el sentido de que el temor a la quita de puntos disuadirá a éstos de seguir apoyando a estas fuerzas de choque que, parafraseando a Pablo Alabarces, negocian “el aguante” como mercancía.
Esta lectura, es al menos ingenua en el sentido de no tener en cuenta la estrechísima relación entre los dirigentes y los barras que hace que, siempre que un dirigente más o menos honesto decide cortar el vínculo, es amenazado y, en algunos casos, deba dejar el cargo.
Por otra parte, y ahora hablando específicamente de la medida de la quita de puntos, dejando de lado las injusticias que se van a cometer en lo que respecta al tratamiento diferenciado entre equipos grandes y chicos (elemento que, por cierto, no es privativo de esta medida), esta norma le da a los barras un elemento de presión que puede poner a los dirigentes entre la espada y la pared. En otras palabras, si pensamos que “el aguante” se ha transformado en una mercancía negociable, independiente de los estrictamente futbolístico y los “colores de la pasión” y trasladable a diferentes ámbitos de acción, debemos tener en cuenta que no pasará mucho tiempo en que una barra amenace a la dirigencia del club con realizar hechos violentos si no se le siguen otorgando las prerrogativas de siempre.
De este modo, paradójicamente, se le está dando un arma de presión más al barra y se sigue sin atacar el objeto en cuestión: los individuos que forman las barras y los actores del poder que desde la AFA y el Estado los apañan.