Allá por el año 2013, Sam Altman,
el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación
atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se
dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear
una empresa es la forma más fácil de crear una religión.
Si pensamos en las grandes
compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la
frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao,
probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación
de siete años, publica El imperio de la
IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).
A pesar de ofrecer un minucioso
detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un
trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión
sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una
ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción
de ambiciones personales.
El libro de Hao se puede leer
como un thriller y empieza
describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines
del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado
de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con
los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal
para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como
un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el
formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la
competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.
De hecho, cabe recordar que, en
un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas
disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían
1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios
como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia
artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la
humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las
investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de
cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el
nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues,
según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es
que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia
de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de
que el proyecto altruista era solo una fachada.
La ida de Musk, el héroe de la
infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero
económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la
división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.
“A lo largo de los 4 años
siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…)
comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir
valoraciones sin precedentes”.
La competitividad, la reserva, y el
aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a
la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.
Aunque el trabajo es más bien periodístico,
especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de
una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.
Para dar cuenta de ese
interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon
Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y
que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la
ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de
comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la
IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado
inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad
de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras,
las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en
base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la
privacidad y trabajo precario.
Esta concepción es la que lleva a
la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:
“A lo largo de los años,
solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los
máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga
época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos
que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer,
cultivar y refinar dichos recursos”.
Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia
“cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la
influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa,
para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital,
algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel
acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto
fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente
ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.
En este escenario, Hao propone ir
por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes
tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para
reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.
Mucho más cerca del idealismo,
las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo
más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo
alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo
largo de la casi totalidad de sus páginas.