domingo, 1 de febrero de 2026

El libro negro de Sam Altman y el ChatGPT (publicado el 26.1.26 en www.theobjective.com)

 

Allá por el año 2013, Sam Altman, el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear una empresa es la forma más fácil de crear una religión.

Si pensamos en las grandes compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao, probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación de siete años, publica El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).

A pesar de ofrecer un minucioso detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción de ambiciones personales.

El libro de Hao se puede leer como un thriller y empieza describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.

De hecho, cabe recordar que, en un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían 1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues, según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de que el proyecto altruista era solo una fachada.

La ida de Musk, el héroe de la infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.

“A lo largo de los 4 años siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…) comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir valoraciones sin precedentes”.

La competitividad, la reserva, y el aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.

Aunque el trabajo es más bien periodístico, especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.

Para dar cuenta de ese interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras, las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la privacidad y trabajo precario.

Esta concepción es la que lleva a la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:

“A lo largo de los años, solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer, cultivar y refinar dichos recursos”.

Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia “cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa, para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital, algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.

En este escenario, Hao propone ir por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.

Mucho más cerca del idealismo, las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo largo de la casi totalidad de sus páginas.

 

 

¿Cerebros de izquierda y de derecha? La era de la neuropolítica (publicado el 8.1.26 en www.theobjective.com)

 

¿Hay cerebros de derecha y cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de “el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.

Es en este contexto que la joven psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.

“Nos adentraremos en el cerebro ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo, la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido, con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.

Zmigrod es parte de esa generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista. No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.

Zmigrod, como buena neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.

Ahora bien, ¿qué sería un cerebro ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.

Llegados a este punto, no se puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales, según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.

Y, claro está, al momento de las “pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.

En este punto, extrema izquierda y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…

“Los individuos más flexibles son los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.

La definición parece describir las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio serio. 

No conforme con ello, Zmigrod agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa) también muestran mayor rigidez cognitiva. 

Aunque nunca se habla de resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido político.

Por último, párrafo aparte merece la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación del statu quo.

¿Alcanzaría con medir el tamaño de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una persona abraza una determinada ideología.

Llegados a este punto, y para evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa. La interacción entre los campos es constante.

Hacia el final, el libro abandona la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma y crear un cerebro “antiideológico”.

Zmigrod no abunda en los modos en que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética, o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.