lunes, 15 de enero de 2024

“Shock”: los treinta días de Milei en el gobierno (publicado el 13/1/24 en www.theobjective.com)

 

“Shock”. Así podría resumirse este primer mes de Javier Milei como presidente de la Argentina y la particularidad es que, en esta descripción, coincidirían tanto detractores como oficialistas.

Efectivamente, los críticos acudirían al ya clásico de Naomi Klein, La doctrina del shock, para trazar los paralelismos con el proceso económico liderado por los Chicago Boys en el Chile de los años 70 bajo la dictadura de Pinochet. Dicho sintéticamente, basándose en evidencia empírica, aquel libro intentaba demostrar que las reformas económicas “neoliberales” que, en lo inmediato, al menos, suponen enormes sacrificios para las mayorías, suelen aprovecharse de circunstancias en las que las sociedades están en un estado de conmoción, sea por una guerra, una catástrofe natural o una crisis social, económica y/o política. ¿Entra la Argentina en alguna de estas categorías? Con 211,4% de inflación en 2023, más de una década de estancamiento económico y 2 de cada 3 menores de edad en condición de pobreza, hay buenas razones para afirmar que, al menos, la crisis social y económica existe.   

Pero el concepto “shock” ha sido utilizado por el propio Milei y sus funcionarios incluso en un sentido positivo. Así, el presidente no ha ocultado que su plan es esencialmente ortodoxo en lo económico y que supone sobrecumplir metas de ajuste fiscal. El “shock” necesario aquí sería el giro copernicano para terminar con lo que, el gobierno considera, serían 100 años de decadencia argentina.  

Sin pretender entrar en detalles demasiado técnicos, lo primero que hizo la nueva administración en materia económica fue producir una devaluación inédita del 118% del peso argentino. Esto supuso sincerar el atraso cambiario que el anterior gobierno había sostenido artificialmente como ancla contra la inflación. Asimismo, anunció medidas tendientes a lograr el equilibrio fiscal exponiendo que, si se gasta más de lo que entra, o se pide dinero y se crea una deuda impagable, o se imprimen billetes y la inflación se desborda. En este sentido, estableció un cronograma de quita de subsidios en dos sectores fundamentalmente: transporte y energía. Para que el lector no argentino pueda dimensionarlo, se estima que un boleto de bus o tren en la ciudad de Buenos Aires y alrededores tiene su tarifa subsidiada en un 90%. Esto lleva a que el usuario pague cerca de 5 centavos de dólar por cada boleto. Insostenible por donde se lo mire, aun en un país que, 10 años atrás, tenía el salario mínimo medido en dólares más alto de la región y hoy, tras la devaluación, se ubica en el anteúltimo lugar, solo por encima de Venezuela. Algo similar sucede con las tarifas de luz y gas. En la actualidad, una familia tipo en el barrio más acomodado de la ciudad de Buenos Aires, puede despilfarrar gas y luz, y no pagará más de unos 10 dólares mensuales en cada factura. Evidentemente esto tampoco podía continuar así.

Con todo, digamos que este ahorro del Estado y este sinceramiento de precios relativos, -entre los que se puede incluir el de la nafta, que subió más del 100 por ciento en el último mes, pero todavía no alcanza el valor de un dólar el litro-, generó una disparada de todos los precios de la economía y llevó la inflación del 12,8% en noviembre, al 25,5% en diciembre. En el gobierno indican que se trata de “inflación reprimida” y tienen razón; en la oposición señalan que esta desregulación total implicó aumentos de 30% en alimentos, 40% en los sistemas prepagos de salud y casi 300% en los alquileres para aquellos que tienen que renovar. Se trata de montos que la gente no puede pagar. Y tienen razón también.      

Si miramos más allá de lo económico, cabe indicar que, como mínimo, se trata de un gobierno pretencioso con un gen refundacional. Esto se observa en las intervenciones públicas de sus referentes y en gestos tales como enviar al Congreso, en sesiones extraordinarias, un megaproyecto de 351 páginas que incluye 664 artículos más 6 anexos. Su título es Las Bases, justamente, como el libro de Juan Bautista Alberdi que inspiró la constitución liberal de 1853. Se trata de una propuesta totalizante tendiente a transformar radicalmente no solo el funcionamiento del Estado sino prácticamente todo aspecto de la vida de los ciudadanos con cambios en materia económica, impositiva, financiera, energética, sanitaria, administrativa, electoral, previsional, social, educativa y de seguridad. También incluye un blanqueo impositivo y la posibilidad de privatizar las empresas públicas, entre otras tantas transformaciones.

A esto debemos sumarle un previo Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) con más de 366 artículos, donde ya se determinaba la emergencia pública en materia económica, financiera, fiscal, administrativa, previsional, tarifaria, sanitaria y social hasta el 31 de diciembre de 2025, renovable por dos años más, esto es, la totalidad del mandato del presidente. Una suerte de suma del poder público que, además, incluía la derogación de toda una batería de leyes que permitían al Estado intervenir en la economía, el fin de la ley de alquileres, una serie de reformas en materia laboral tendientes a la flexibilización de las condiciones en la contratación y los despidos, la desregulación de los servicios de comunicación, y un conjunto de medidas que están incluidas en el proyecto que finalmente se mandó al Congreso. Si bien los DNU son herramientas legales y legítimas a las cuales los presidentes pueden acudir en circunstancias especiales, no hay constitucionalista en la Argentina que haya coincidido en que el contenido de este DNU pueda atravesar una prueba de constitucionalidad.  

Con todo, más allá de que la cuestión tendrá, en las próximas semanas y/o meses, una resolución política o judicial, el episodio es útil para la siempre difícil tarea de categorizar una figura como la de Milei. Aquí podemos caer en el lugar común de la comparación simple e incluirlo en la “lista de los indeseables” junto a Trump, Abascal, Meloni, Bolsonaro, Orbán, etc…, en una suerte de internacional derechista que encarna todo lo que está mal en el mundo.

Sin embargo, si bien claramente hay vasos comunicantes entre algunas de las figuras mencionadas y el presidente argentino, consideramos que Milei confirma en el gobierno un perfil particular de conservador en el orden moral, libertario en materia económica y populista en el aspecto político, conjunción que no encontramos en los antes mencionados.

Sobre el primer punto, su oposición a la agenda woke fue clara en campaña y se materializó una vez en el gobierno cuando cerró el Ministerio de las mujeres, géneros y diversidad y, al mismo tiempo, echó por tierra con todos los lugares comunes de la agenda progresista.

En cuanto al segundo punto, su plan de desregulación económica no tiene antecedentes en la Argentina. Incluso se podría decir que tampoco tiene antecedentes en el mundo, al menos, con esta profundidad, con esta velocidad y con la legitimidad de origen que le dieron las urnas. En este sentido, el ideario libertario de von Mises, Hayek y, especialmente, Rothbard, está encarnado en el plan de gobierno que Milei impulsa.

Por último, en lo que respecta al tercer punto, se trata de aquel que ofrece la principal novedad. Es que, si bien durante la campaña Milei ya había advertido que gobernaría en una relación directa con el pueblo, -en el caso de que las instituciones de la república no acompañaran el proceso de transformación-, el modo en que esto se materializaría resultaba una incógnita. Sin embargo, no hubo que esperar demasiado para que sus advertencias se encarnaran en hechos concretos.

Efectivamente, desde lo gestual, Milei fue el primer presidente que al asumir el cargo decidió dar un discurso en las escalinatas del Congreso de frente a la ciudadanía y dándole la espalda a diputados y senadores. Pero el desprecio fue más allá de ese gesto y se manifestó tanto en su pretensión de gobernar a través del DNU antes mencionado como así también en el modo en que su espacio negocia en condición de minoría con el resto de los bloques. Si está operando más la necesidad que la convicción en un presidente que cuenta con 37 diputados sobre 257 y 7 senadores sobre 72, no lo sabemos. Con todo, hay algo de la naturaleza de Milei y de la política entendida como sinónimo de filibusterismo, que nos permite suponer que el presidente no se siente cómodo con las mediaciones institucionales.      

Si esta descripción es correcta, más allá de que Trump, Bolsonaro y Abascal, entre otros, han expresado su apoyo a Milei, ellos poseen un elemento nacionalista y/o proteccionista en lo económico que los distingue del libertario. Asimismo, en materia de política exterior, a diferencia de alguno de los mencionados, el gobierno de Milei se ha alineado de forma inequívoca con el eje Estados Unidos/Israel bajo una hipótesis que parece desconocer el carácter multipolar del mundo actual. Si es un lugar común afirmar que, en materia de política internacional, no debe primar la ideología sino el interés, las acciones del gobierno de Milei avanzan en sentido opuesto. La prueba de ello es la salida de los BRICS pero, sobre todo, la crisis con Brasil, principal socio comercial de la Argentina, el cual, según Milei, “está gobernado por un comunista”; y un conflicto diplomático con China (segundo socio comercial) que ha escalado a niveles de extrema sensibilidad después de que la canciller argentina se reuniera con la representante comercial de Taiwán. China es, además, esencial para la Argentina, por la enorme inversión en infraestructura que ha hecho en el país y por el SWAP de monedas que le ha permitido al Banco Central sostenerse en momentos de escasez de divisas. El abandono del pragmatismo bien entendido por un alineamiento sobreideologizado es visto con preocupación por vastos sectores del establishment que, al momento de hacer negocios, se quitan las anteojeras y se tapan la nariz. La falta de coordinación, la improvisación, ciertas acciones que saben a estudiantina y un marcado amateurismo en esta materia, pueden amplificarse al resto de una administración que, evidentemente, está dando sus primeros pasos en la gestión. Y no hace falta ser opositor para señalarlo.          

Llegando al final, digamos que no se recuerda, al menos en las últimas décadas, tanta atención del mundo puesta en Argentina. Basta un repaso por los principales medios internacionales para observar el modo en que, por distintas razones, los ojos están puestos en este particular experimento.

Lo cierto es que es tal la magnitud de la crisis que cualquier pronóstico resultaría temerario. A lo sumo podría indicarse que marzo/abril es una fecha decisiva de cara a lo que viene. En las últimas horas, el gobierno cerró un nuevo acuerdo con el FMI que le permitirá cumplir con sus obligaciones hasta el primer cuatrimestre del año, fecha que coincide con el ingreso de dólares producto de una cosecha que sería record gracias a las condiciones climáticas. Con exceso de optimismo, el gobierno entiende que la devaluación de 118% no se trasladará totalmente a los precios y que, por lo tanto, no será necesaria una nueva devaluación. Así, espera mostrar números de un dígito mensual de inflación para el segundo semestre, en un escenario de brutal recesión y enorme costo social reconocido por el propio Milei.

Dicho esto, objetivamente cuesta imaginar tal escenario y lo más factible es que la nueva devaluación tan temida suceda en torno a marzo y que, en el mejor de los casos, un gobierno con el tiempo en contra, deba postergar los números de inflación a la baja. Con la nueva licuación de los salarios que esto supondría, por cierto, se descuentan grados de conflictividad social enormes.      

Por último, en el texto de Alberdi que mencionamos al inicio y que le ha servido a Milei de inspiración para bautizar su virtual plan de gobierno, aparece una distinción que viene a cuento. Allí, “el padre de la Constitución” que moldeó la Argentina, se pregunta acerca de las posibilidades de imponer un sistema republicano en un territorio que no tenía costumbres republicanas. Y, para responder a este interrogante, traza una distinción que puede ser útil en este análisis ya que plantea una diferenciación entre “lo verdadero” y “lo posible”. En otras palabras, existe el ideal, aquello a lo que debemos tender, el modelo deseable. Eso es lo “verdadero”. Pero, por otro lado, están las circunstancias, aquello que la realidad permite en una coyuntura particular y con un equilibrio de fuerzas determinado. Eso es “lo posible”.

El flamante presidente de la Argentina no ha ocultado nunca cuál es su modelo, su ideal. De aquí que todo el mundo sepa qué sería, para Milei, “lo verdadero”. Ahora bien, el gran interrogante, lo que resulta por ahora difícil de dilucidar, es cuánto podrá avanzar Milei; qué será para él, en estas circunstancias, eso que llamamos “lo posible”. 

 

lunes, 8 de enero de 2024

La progresía y el beneficio del contexto (publicado el 5/1/24 en www.theobjective.com)

 

La consulta formulada por la senadora republicana, Elise Stefanik, había sido precisa y pretendía (y merecía) una respuesta por sí o por no: ¿instar al genocidio de los judíos viola las normas de la institución educativa? Las personas interpeladas eran las rectoras de algunas de las más importantes universidades estadounidenses.

¿El escenario? Una audiencia de la Comisión de Educación y Trabajo de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. ¿El marco? La creciente ola de violencia que comenzó en estas universidades tras el ataque terrorista de Hamas en octubre último. ¿La respuesta? “Depende del contexto”.   

Como era de esperar, la consecuencia fue prácticamente inmediata y, al día de hoy, supuso la renuncia de dos de las interpeladas: Liz Magill, rectora de la Universidad de Pensilvania, y Claudine Gay, la primera rectora negra y segunda rectora mujer en la historia de la Universidad de Harvard. Si bien días después se arrepintió de sus dichos, en la audiencia mencionada, además de apelar a reconocer las circunstancias, Gay indicó que, en todo caso, el problema se daba cuando “el discurso se convierte en conducta”. Aun admitiendo que es una respuesta posible, no deja de ser una salida curiosa en boca de  quienes nos han vendido una interpretación infantil de los actos de habla, la performatividad del lenguaje y los “discursos del odio”.

Con todo, esta última renuncia no es otra cosa que un paso más en una escalada que nadie sabe dónde culmina y que, en casas de estudio enormemente politizadas, parece haberse desmadrado completamente. De hecho, si nos situamos en algunos de los hechos acaecidos después del 7 de octubre, en diversas universidades estadounidenses, y en apenas semanas, encontramos una riña tras el intento de quemar una bandera israelí, amenazas de muerte a alumnos por su condición de judíos, escraches, la desaparición de los carteles con los rostros de los israelíes secuestrados, y manifestaciones violentas entre aquellos que apoyan y aquellos que critican la respuesta del Estado de Israel.   

A propósito de esto, el psicólogo social Jonathan Haidt, coautor de  La transformación de la mente moderna, publicó en la red X un mensaje advirtiendo una suerte de “antisemitismo institucional” y un doble estándar:

“Como profesor que está a favor de la libertad de expresión en el campus, puedo simpatizar con las respuestas “matizadas” dadas ayer por las rectoras de las universidades, sobre si los llamados a atacar o aniquilar a Israel violan las políticas de expresión del campus. Lo que me ofende es que, desde 2015, las universidades se hayan apresurado a castigar las “microagresiones”, incluidas las declaraciones destinadas a ser amables, incluso si una sola persona del grupo se ofendiera (…)”.

Efectivamente, aun cuando fuera enormemente controvertido, las casas de estudio podrían echar mano a una tradición de tolerancia, a la primera enmienda o a la simple costumbre, para intentar encuadrar estas manifestaciones en el ámbito de la libertad de expresión. Sin embargo, se trata de las mismas universidades que han estado a la vanguardia del impulso de una serie de normativas que serían risibles si no fueran tan dañinas. Pues de esos Think tanks progresistas es que han salido las ideas de los “espacios seguros” y las “trigger warnings” para estudiantes adultos cada vez más infantilizados, o los “lectores sensibles”, aquellos que en tiempos de menos eufemismos solíamos llamar “censores”. Son los mismos responsables de la peligrosa cultura de la cancelación que lleva a la muerte civil de manera indistinta y arbitraria a un criminal abominable o a un idiota que pudiera haber hecho un comentario poco feliz en una red social 15 años atrás, todo según el humor social del enjambre cibernético. 

Sin negar que, eventualmente, algunas de estas manifestaciones escondieran un antisemitismo más o menos larvado, creo que Haidt acierta en denunciar el doble estándar, pero se equivoca al adjudicarlo a una acción “institucional” antijudía. En todo caso, se los ataca “por ser de derechas” y no por ser judíos. En otras palabras, las diferencias no son étnico-religiosas sino políticas y se produce por un insólito solapamiento entre el abrazar una religión y el tipo de política llevada adelante por el gobierno de un Estado.

Hacer equivalentes una religión y el gobierno del Estado le permite al progresismo hacer un giro muy particular. Con esto me refiero a que la progresía de universidades como Harvard es la que ha hegemonizado culturalmente Occidente con la ideología victimista, esto es, aquella que impone que solo la víctima está en la verdad y que la única meritocracia válida es una competencia por probar un mayor padecimiento que permita exigir una deuda eterna. El punto es que si hay un pueblo que ha sido víctima, ha sido el pueblo judío. Sin embargo, pareciera que solo se puede ser víctima si se es progresista. En otras palabras, es como si el hecho de estar gobernados por la derecha les quitara a los judíos su estatus de víctimas del holocausto.  

De esta manera, los derechos humanos pasan a ser derechos de mi tribu y ser la víctima acreedora deviene un beneficio del que solo pueden gozar los propios. En este mismo sentido, solo los nuestros tienen libertad de expresión y el sentirse ofendidos es un límite a la expresión que podemos usar contra los otros pero que no admitiremos nunca contra nosotros. Lo que sucede con la Iglesia católica es un buen ejemplo, y se los dice un no creyente: todo tipo de burlas y acusaciones se pueden hacer sobre ésta y sus fieles sin importar que alguno de ellos pueda sentirse ofendido. Sin embargo, no sucede lo mismo contra otras religiones o contra determinadas minorías a las cuales hasta puede ofenderles la biología.

Para finalizar, digamos que tomando en cuenta que de estas universidades surgirán los líderes del mañana, no podemos más que expresar preocupación. Mientras tanto, sabremos que aquello que la moral neopuritana señala hoy, será el manual con que se nos juzgará de manera absoluta, independientemente de circunstancias y el tiempo histórico. En cambio, las aberraciones que comete el progresismo y cierta izquierda, tienen y tendrán el beneficio del “contexto”.

Porque como todos ya lo sabemos: lo que hace mal la derecha está mal; lo que hace mal la progresía, depende.   

domingo, 31 de diciembre de 2023

Milei, entre lo posible y lo verdadero (editorial de no estoy solo publicado el 30/12/23 en www.canalextra.com.ar)

 

Nadie sabe cómo termina todo esto, pero habrá que reconocerle a Milei un espíritu revolucionario, en el sentido estricto de pretender inaugurar un tiempo cero y fundacional. En ese terreno se inscribe tanto el megadecreto como la denominada “ley ómnibus” enviada al congreso, la cual exige atribuciones que exceden los límites constitucionales del poder ejecutivo y pretende legislar sobre prácticamente todo lo existente.

A tal punto llega el carácter pretencioso de la propuesta que no ha tenido mejor idea que llamarla “Las bases…” referenciándose en el padre del liberalismo argentino, Juan B. Alberdi, asiduamente citado por Milei en sus intervenciones públicas.

El pedido de delegación de facultades extraordinarias ayudaría en el afán de poder caracterizar al presidente, a quien podría ubicarse en una categoría que podríamos denominar “paleolibertarismo populista”, esto es, un libertario en lo económico, un conservador en lo moral y un populista en lo político. Sin embargo, también puede ser una buena ocasión para derribar algunos mitos del liberalismo vernáculo y encontrar continuidades y rupturas entre aquellas bases de Alberdi y estas bases de Milei.

En este sentido, lo primero que hay que mencionar es que el liberalismo de Alberdi no pregonaba por un Estado débil ni mínimo al menos en el contexto histórico de Las Bases. Es más, para escándalo de los liberales de la actualidad, Alberdi hace suya una frase atribuida a Simón Bolívar: “Los nuevos Estados de América antes española necesitan reyes con el nombre de presidentes”.

Es que, para Alberdi, el modelo de la época era el chileno, aquel que logra un equilibrio entre lo tradicional y la novedad, entre los resabios monárquicos de nuestra condición de excolonias y la necesidad de encolumnarnos detrás de los vientos de cambio y el progreso del mundo.

 

Chile ha resuelto el problema sin dinastías y sin dictadura militar,

por medio de una Constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma: ley que anuda a la tradición de la vida pasada la cadena de la vida moderna. La república no puede tener otra forma cuando sucede inmediatamente a la monarquía; es preciso que el nuevo régimen contenga algo del antiguo; no se andan de un salto las edades extremas de un pueblo”.

 

Este poder político conservador, “monárquico en el fondo”, complementado con una economía liberal, es lo que hizo que un historiador de la talla de Halperín Donghi hablara del “autoritarismo progresista” de Alberdi, más allá de que hoy el término “progresista” posea otra significación. Es más, aun con todas sus diferencias, es sabido que Alberdi le valora a Rosas su capacidad de haber impuesto el orden, condición sine qua non para el florecimiento de una economía liberal.    

Con todo, hay que ser justos y decir que la clave de Alberdi está, desde mi punto de vista, en su idea de “república posible” y “república verdadera”. Efectivamente, Alberdi encuentra en la república verdadera el horizonte, el ideal al cual debíamos dirigirnos. Sin embargo, también entiende que es imposible implantar una república en una comunidad sin costumbres republicanas. Una vez más, la herencia monárquica, caudillista y centralizada ha calado hondo en la vida material y práctica de la sociedad, en sus valores. De aquí que la propuesta sea esta forma mixta, esta “república posible” que no es la ideal pero que es la que más se podía acercar a la “república verdadera” en 1852.

Nótese que, en algún sentido, cuando Milei habla de reformas de primera, segunda y tercera generación, podría estar pensando en términos de “lo posible” y “lo verdadero”, entendido esto último como el momento pleno de su propuesta ideal. En todo caso, la diferencia parece estar en que su énfasis es solo económico y no tiene que ver con una forma de gobierno o con las costumbres, más allá de que algo de esto último podría colegirse de algunas de sus intervenciones.

Asimismo, el factor populista de Milei marca una gran diferencia con Alberdi quien lisa y llanamente consideraba que “el pueblo no está preparado para regirse por este sistema [el republicano]”. Para el libertario, en cambio, aunque más no sea, quizás, en su fantasía, es el pueblo el que acabará presionando a “la casta” para que se avance en las reformas. Se trata de una lógica sin mediaciones, donde las instituciones, más que un equilibrio, son un estorbo, y donde la negociación política es equiparada a mero filibusterismo. 

El asunto deviene todavía más complejo cuando dejamos a Alberdi por un momento y nos posamos en el siempre venerado por Milei, Friedrich Hayek, uno de los padres ideológicos del liberalismo que floreció durante la dictadura pinochetista.

La polémica surge tras una afirmación famosa publicada por el diario El mercurio, el 12 de abril de 1981. Allí, ante la pregunta “¿Qué opinión, desde su punto de vista, debemos tener de las dictaduras?, Hayek responde:

“Bueno, yo diría que estoy totalmente en contra de las dictaduras, como instituciones a largo plazo. Pero una dictadura puede ser un sistema necesario para un período de transición. A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una total falta de liberalismo. Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente. Mi impresión personal —y esto es válido para América del Sur— es que en Chile, por ejemplo, seremos testigos de una transición de un gobierno dictatorial a un gobierno liberal. Y durante esta transición puede ser necesario mantener ciertos poderes dictatoriales, no como algo permanente, sino como un arreglo temporal”.

 

Si volvemos a lo posible y lo verdadero de Alberdi, Hayek no tendría ningún inconveniente en afirmar que la dictadura podría llegar a ser “lo posible” en el camino hacia un “liberalismo verdadero”, razonamiento polémico si los hay, especialmente, sobre todo, porque traza una separación tajante entre el liberalismo político (que en su versión contemporánea tiene lazos con el republicanismo y la democracia), y el liberalismo económico.

Esto es lo que le permite a Juan Torres López, un catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga, culminar su columna de opinión publicada en el diario El país, el 12 de junio de 1999, de la siguiente manera:

“En suma, es cierto que igualar mecánicamente a Hayek y los neoliberales con Pinochet es un simplismo injusto. A aquéllos les basta el mercado, mientras que al dictador chileno le bastaron las armas. Sin embargo, tampoco puede olvidarse que, en puridad, a ambos les sobra la democracia”.

Decir que Milei es un dictador o que suscribiría a los dichos de Hayek para justificar una dictadura, al menos transitoria, parece una exageración. Con todo, el nivel de tensión social e institucional que presupone su pretensión “revolucionaria” abre caminos intransitados en estos 40 años de nuestro último período democrático.

Quizás lo mejor sea culminar con la misma frase que comenzamos: “Nadie sabe cómo termina todo esto”.  

 

La noche del fin del mundo (publicado el 27/12/23 en www.disidentia.com)

 

La casualidad quiso que en cuestión de días me cruce con una película y un cuento que, desde mi punto de vista, tienen algo en común. La película, dirigida por Sam Esmail, el mismo de Mr. Robot, es uno de los recientes éxitos de Netflix y se llama Leave the World Behind. Tiene un elenco de primera línea con Julia Roberts, Ethan Hawke y Mahershala Ali, y hasta se da el lujo de contar con una pequeña aparición de Kevin Bacon representando el típico hombre blanco granjero y protestante, votante republicano, defensor de la libre portación de armas y aggiornado con todas las teorías conspirativas habidas y por haber.

Respecto al cuento, se titula “La última noche del mundo”, su autor es Ray Bradbury, fue publicado en el año 1951 e incluido en El hombre ilustrado. La trama del cuento se resume en esa primera línea en la que uno de los protagonistas le consulta al otro: ¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo? Si bien se trata de ese tipo de experimentos mentales que muchas veces utilizamos como juegos para poder identificar los valores de nuestro interlocutor, lo cierto es que el cuento, explícitamente, y la película, de manera más elíptica, responden a este interrogante de una manera muy particular. 

A los fines expositivos, digamos que la película, producida por Barack y Michelle Obama, es una adaptación de la novela homónima de Rumaan Alam que se puede inscribir entre los abundantes films distópicos acerca de la posibilidad de un desastre inminente. Aunque, claro, a diferencia de lo que sucediera con las películas realizadas durante la guerra fría, el desastre por venir no llega gracias al botón rojo de la bomba atómica sino a un ciberataque que afecta las comunicaciones y, con ello, desencadena un caos que, en su perdurabilidad, se retroalimenta hasta límites insospechados. En este sentido, recuerda una serie francesa que alguna vez hemos mencionado aquí y que, estrenada apenas algunos meses antes de la pandemia, pareció premonitoria: El colapso. Si bien hacia el final la serie parece dar un giro hacia el “ecologismo” más alarmista, los primeros 7 capítulos van en la misma línea que la película: nunca se sabe exactamente qué, ni el porqué, ni quién lo está haciendo, pero lo cierto es que algo está pasando y el mundo está colapsando.

En Leave the World Behind, la pareja protagonizada por Julia Roberts y Ethan Hawke decide pasar un fin de semana en una casa de campo alquilada con sus dos hijos adolescentes. Pero lo que pretendía ser un viaje de descanso se ve perturbado por la aparición repentina, tras la cena, del dueño de la casa con su joven hija, implorando que les dejaran pasar la noche allí ya que un ciberataque había anulado las intercomunicaciones y les impedía cualquier otra opción. La película tiene un suspenso rayano en el terror sin sangre salpicando a la pantalla, ni mucho menos, lo cual se agradece. En el mismo sentido, no sobreactúa los clichés del cupo woke de corrección política ni el alto voltaje sexual como parecen obligadas a hacerlo todas las producciones de las grandes compañías de streaming. Además tiene algunas escenas muy bien logradas para expresar la magnitud de lo que supondría para el orden mundial un ciberataque de estas características: un barco gigante que pierde el control y acaba encallando en una playa; aviones que son dirigidos a estrellarse todos en el mismo sitio y los autos TESLA sin conductor protagonizando un choque en cadena. A estas imágenes impactantes se les puede agregar la protagonizada por unos ciervos que rodean la casa de los protagonistas emulando quizás alguno de los episodios que pudimos ver al comienzo de la pandemia cuando los animales salvajes invadían las principales ciudades del planeta.          

Les decía que nunca queda claro qué es lo que sucede. La única pista la da un pasaje en el que el personaje de Mahershala Ali dice haber escuchado de una fuente directa la posibilidad de un plan de tres pasos: el primero sería el aislamiento a través de un ciberataque a los satélites que afecte completamente las intercomunicaciones; el segundo sería la creación de un caos sincronizado y de un gran dispositivo de desinformación de modo tal que se creen las condiciones de vulnerabilidad para la eventual intervención de extremistas o del propio ejército; por último, dice el protagonista, si se cumpliera el segundo paso, el tercero va de suyo: se trataría de un golpe de Estado, una guerra civil o, más sencillamente, “un colapso”.

Más allá de lo verosímil del “plan”, lo interesante es que, en otro pasaje, el protagonista indica que no hay nadie detrás de todo esto y que ese es justamente el problema porque nadie tiene el control, no hay nadie a quien culpar. Simplemente, una sucesión de hechos desafortunados, alguien que enciende una chispa, y el resto se hace solo. De hecho, aun cuando esté contando demasiado de la película para quien no la haya visto, una de las últimas imágenes es la de los protagonistas observando desde el campo, y a lo lejos, el modo en que la gran ciudad comienza a explotar.

En cuanto al texto de Bradbury, se trata de una obra maestra porque rompe con todas las fantasías o tonterías que pueda responder cualquiera que reflexione acerca de las cosas que haría si supiese que esta noche se acaba el mundo. El cuento utiliza el recurso de un sueño en común pero es lo de menos. Digamos entonces que partimos de la certeza de que esta misma noche todo se termina. ¿Qué hacen los protagonistas? ¿Grandes promesas? ¿Intentan cumplir sus sueños? ¿Deciden esperar el momento realizando una actividad que les genere mucha satisfacción? ¿Salen a la calle? ¿Van a las iglesias? ¿Se unen? ¿Protestan? ¿Se suicidan? Nada de eso. Hacen exactamente lo mismo de siempre porque hay una inclinación humana a olvidar esa posibilidad o, en todo caso, a no poder vivir de otra manera. Y no es que seamos negadores. Es que aun cuando todos sepamos que vamos a morir, seguimos actuando como si fuésemos eternos o, al menos, como si tuviéramos el suficiente tiempo para proyectarnos.    

Hacia el final del cuento, Bradbury expone así lo que será la última noche de la familia protagonista:

“Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz? (…)

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

(…) Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer”.

 

El clima de la película es, naturalmente, el contrario al del cuento: allí la posibilidad de un colapso o un eventual cambio abrupto genera, como es de esperar, desesperación. Sin embargo, la escena final tiene como protagonista a la nena adolescente del matrimonio quien a lo largo de la película aparece como particularmente obsesionada por la serie Friends. Si bien el cierre está abierto a todas las interpretaciones, es la nena la que parece “dejar el mundo atrás” y mientras todo está literalmente explotando, acaba azarosamente en un bunker deshabitado construido por un hombre rico, el único lugar donde, finalmente, podrá ver Friends sin importar ni su familia ni el afuera.

Así, aun con unos 13 o 14 años, la nena parece decidir hacerse a un costado de los problemas del mundo. No sabe que todo está colapsando, pero tampoco le interesa. Adopta así una actitud cada vez más común en la actualidad, no solo entre los más jóvenes.

En resumen, no sabemos ni cuándo ni cómo será el fin del mundo, pero es probable que sea menos dramático de lo que imaginamos. Con un poco de suerte, aun si lo supiéramos con antelación, es probable que nos sorprenda haciendo lo de siempre: cerrando el grifo, besando a la persona que amamos y/o mirando un capítulo de Friends.    

martes, 26 de diciembre de 2023

Bienvenidos a la desorganización de la vida (editorial de No estoy solo publicado el 23/12/23 en www.canalextra.com.ar)

 

Hay una cosa que parece saber el gobierno de Milei: su principal adversario es el tiempo. Ni siquiera tendrá los famosos 100 días de enamoramiento que posee toda nueva administración. El shock supone velocidad, no darle tiempo a la sociedad.

Salvando las distancias, lo ocurrido en estas eternas dos semanas de nuevo gobierno retrotrae a los primeros tiempos del macrismo, esto es, al modo en que una administración nueva puede destruir rápidamente lo que llevó años. En aquel momento se pensaba que la batalla cultural estaba ganada y que el macrismo no podría avanzar más allá. El castillo se derribó en semanas. Por supuesto que, comparado con esto, aquellos primeros meses macristas saben casi a socialismo, pero está en cualquier manual: las malas noticias deben darse lo más rápido posible porque el tiempo es sinónimo de desgaste. Alberto Fernández tardó 4 años y todavía no se sabe si lo entendió.

Para no analizar una por una las medidas del DNU que refleja el plan de liberalización más pretencioso del que se tenga memoria, lo que podría decirse es que arribamos a la tercera etapa de la desorganización de la vida que CFK le adjudicaba al modelo macrista. Efectivamente, si aquella iniciativa neoliberal que nos proponía emprendedorismo y disfrute de la incertidumbre fue el primer paso de la descomposición de lo que quedaba del Estado de Bienestar, la inflación de dos dígitos mensual que dejó el gobierno de Alberto Fernández fue el escalón necesario para el asalto final. Pandemia mediante, los que no tenían mejor idea que responder “más Estado” cuando el Estado no funciona, y poseían como única prenda de unidad el hecho de “que no gobierne la derecha”, empeoraron buena parte del legado macrista y le emputecieron la vida a la gente con parches, reglamentaciones delirantes y prohibiciones cruzadas en diversos ámbitos. Abonaron así la caricatura del Estado poniendo un pie en la cabeza de la gente y lo hicieron con tanta inclusión que casi nos incluyeron a todos allí debajo.    

Llegados a esta instancia, entonces, cabe decir que un modelo económico agotado, con los máximos referentes anclados en la Argentina del 2015, y una militancia desnortada que se abraza a la agenda identitaria de la progresía universitaria, dejó la mesa servida para la versión más radical que ni en sueños podía imaginarse alguien apenas un año atrás.

Dicho esto, caben algunas preguntas. La primera es: ¿pensábamos que sería diferente? Quizás en este punto los más sorprendidos sean sus propios votantes, pues, recordemos, no fueron pocos los que votaron a Milei suponiendo que, finalmente, no podría llevar adelante sus reformas más radicales. Es lo que aquí llamábamos una suerte de “elogio de la impotencia”; un candidato cuya mayor virtud era su presunta falta de fortaleza para hacer daño.

Otra pregunta que ya la hicimos acá y que seguimos considerando central: el contrato electoral. ¿Cree el gobierno que el mandato de sus votantes es una desregulación como la propuesta en el DNU? Insisto en que el interrogante es clave porque de allí se sigue un curso de acción u otro. A juzgar por la radicalidad de las iniciativas, Milei considera que el votante medio lo apoyará, pero me permito ser escéptico al respecto. Por otra parte, claro está, zonzos no son y, si las fuerzas del cielo no acompañan, mejor tener a la policía, aunque más no sea en un show orwelliano de amedrentamientos y afrentas simbólicas donde más que el derecho a circular, lo que parecía jugarse era una competencia adolescente de medición de miembros viriles. Y todo un 20 de diciembre: primero como tragedia, luego como farsa.   

Dicho esto, la pregunta más general que corresponde tras estos primeros días de gobierno es: ¿son provocadores, dogmáticos, inexpertos o gente nacida y criada en un laboratorio? Las posibilidades no son excluyentes pero un anuncio de ese calibre en una fecha tan significativa, sin dudas, debería incluirse en, al menos, la categoría de “provocación”. Asimismo, y aquí podemos mencionar la última pregunta: ¿creen que un DNU semejante puede ser aceptado sin más y que miles de personas saldrán a la calle a defenderlo contra el eventual freno que pudiera imponer la “casta” legislativa y judicial?

Ojalá la respuesta sea negativa porque si no hablaría de un gobierno que está fuera de la realidad. En este sentido, el mejor escenario posible sería el de un presidente que, sabiéndose débil, sobreactúa y va siempre por la propuesta de máxima para luego sentarse y negociar lo que pueda. Ojalá, sinceramente, sea este el caso, porque estaríamos dentro de ciertos parámetros de la racionalidad y la negociación política. Para muestra bastaría la batería de medidas de Caputo, con una devaluación excesiva aun a los ojos del mercado. Pasarse para luego regresar y tener margen. Un clásico.  

Si se tratara, entonces, de una estrategia de negociación, existiría la posibilidad de discutir cada una de las medidas porque, debemos ser justos también, hay algunas desregulaciones que podrían ir en el sentido correcto o que, en todo caso, intentan resolver problemas objetivos.

Dicho de otro modo:  la andanada libertaria no es la respuesta a una Argentina colectivista como Milei, en su delirio dogmático, repite. Sin embargo, es verdad que el país está atravesado por un exceso de regulaciones y que allí el aporte del liberalismo económico puede ofrecer respuestas: se puede intentar mejorar una ley de alquileres que ha destrozado el mercado; abrir las importaciones para competirle a sectores que, sabiéndose protegidos, se aprovechan de los precios; encontrar un justo punto medio entre el derecho a huelga y que los chicos no pierdan tantos días de clases; promover el ingreso de nuevos actores en las telecomunicaciones y hasta incluso también podría darse una discusión sobre la política de cielos abiertos. Tampoco parece improcedente avanzar hacia una política de ayuda social que elimine los intermediarios o crear condiciones, dentro de la ley, para que la ciudad no esté atravesada sistemáticamente por cortes que impiden la circulación. Incluso la desregulación en lo que respecta a la elección de la obra social o las prepagas puede afectar a los sindicatos, pero le permite al trabajador elegir la que considere la mejor prestadora de servicios. En este mismo sentido, dejando de lado la vergonzosa propuesta de flexibilización laboral, es real que de alguna manera hay que aggiornar las condiciones de contratación porque, en las actuales condiciones, 5 juicios laborales de abogados caranchos pueden arruinar una PyMe.

A su vez, como decimos esto, es necesario advertir que la forma de avanzar en el plan de medidas remite al casi ya mítico “Exprópiese” chavista. Si aquel se transformó en sinónimo de discrecionalidad personalista, no entendemos cómo un DNU de esta magnitud podría interpretarse en otro sentido. Sustituir el “exprópiese” por el “deróguese” o, peor aún, por el “privatícese”, no supone una diferencia en las formas. En este sentido, algunos liberales argentinos son los más locos del mundo: solo son republicanos cuando son opositores.            

Lo que viene ahora es la discusión técnica acerca de la constitucionalidad y el juego político al interior de un congreso cuando no hace falta ser una eminencia para reconocer que lo único de necesidad y urgencia que ofrecía el decreto era, salvo algunas excepciones muy puntales, la teatralidad de la medida.

Por cierto, mientras se sigue buscando al menos un constitucionalista que considere constitucional este DNU, desearíamos saber quién ha sostenido económicamente a Federico Sturzenegger y a su equipo para realizar un trabajo que no se puede hacer de un día para el otro. ¿Trabajaba para Milei, para Patricia Bullrich o para los empresarios que con nombre y apellido se benefician de las medidas? Con semejante apoyo económico detrás es más fácil hacerse el picante en TV, especialmente porque no habrá periodista que le recuerde el modo en que salió eyectado del gobierno cuando la inflación voló bastante más allá del 10% que él proyectaba para el 2018. Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich, entre otros, son nombres que se repiten en gobiernos que, con justicia, no son recordados con simpatía. Con ellos la historia se repite también, pero siempre como tragedia.

Dicho esto, agreguemos una posibilidad más ya que además de una acción radical en pos de una futura negociación, el DNU puede ser tomado como una declaración de principios, el plan que la casta no va a dejar pasar y al cual vamos a recurrir como argumento cada vez que en el futuro se deba justificar un fracaso: “nosotros teníamos un plan, pero no nos dejaron avanzar con él”. Es el clásico de los liberales argentinos: nunca fracasaron. Hubo políticas liberales en muchos gobiernos pero para los liberales vernáculos nunca fueron lo suficientemente liberales.   

El gobierno ha decidido patear el tablero y alborotar el gallinero. Como se indicó anteriormente, algunas decisiones del decreto tienen nombre y apellido bastante más allá de Elon Musk, pero al mismo tiempo afectan intereses cruzados cuya reacción desconocemos. Si lo han hecho por torpeza y amateurismo o con la pretensión de un mecanismo de relojería, no lo sabemos, pero, si así fuese, hablaría de una audacia envidiable. En todo caso, el termómetro volverá a ser la clase media, rebautizada “la casta media”, aquella que más sufrirá el ajuste. Es que como sucedió con Macri, salvo los sectores trotskistas, enemigos perfectos y funcionales del nuevo gobierno, hay buenas razones para imaginar que los movimientos sociales negociarán con Milei. Pero a la clase media solo pueden ofrecerle gestos simbólicos mientras le recortan abruptamente el poder adquisitivo y toda esa estructura del Estado de Bienestar que es un apoyo económico clave y un bien cultural que forma parte de la identidad de ese sector de la población. En otras palabras, a los piqueteros troskos los van a fajar como señal a la clase media pero no porque consideren que ellos son los que pueden desestabilizar al gobierno.      

La última etapa de la desorganización de la vida ha comenzado después del desastre de quienes decían intentar organizarla. Sean ustedes bienvenidos.