Seguramente habrá sido un proceso
largo y paulatino pero un día nos dimos cuenta que ya a nadie le interesaba
entender el mundo. Y no es que se siguieran a Marx para tratar de transformarlo;
más bien, de lo que se trataba era simplemente de confirmarlo, suponiendo por
tal, reafirmar la manera en que cada uno de nosotros interpreta ese mundo.
Sobra la bibliografía con estudios acerca de los sesgos y el modo en que los
prejuicios operan en nuestra interacción con la realidad y podría decirse que
se trata de una verdad harto evidente. Sin embargo, actuamos como si no fuera
así, como si a través nuestro se expresara la verdad, la neutralidad, la
objetividad.
El escenario es más dramático
cuando el algoritmo ya es lo suficiente preciso para darnos a cada uno el mundo
que deseamos: todos ya leemos nuestro diario de Yrigoyen y nuestras
conversaciones son ficciones, una apariencia de intercambio que es más
persuasiva en la medida en que los monólogos no se superpongan, fenómeno cada
vez menos frecuente, por cierto.
Milei se cae porque el pueblo ya
no lo soporta; perdió Orbán y es el fin de la derecha; los iraníes están
ganando la guerra; los kukas no vuelven más; la inflación es un fenómeno
estrictamente monetario; vivimos una infectadura… No hay diferencia entre
análisis y deseos. La verdad “se milita”; “donde hay un sueño, nace un
derecho”; “hechos en lugar de interpretaciones”, dice el intérprete oficial que
arriba por sus propios medios a las mismas conclusiones a las que siempre
arriba el Gobierno que lo pauta.
No importa si Milei tiene los
mismos números de aprobación que cuando ganó la última elección; si el sucesor
de Orbán pertenecía a su partido hasta hace un par de años y solo se diferencia
de él en su discurso anticorrupción; si es evidente que aunque los planes de
Trump no se hayan realizado en su totalidad, faltamos a la verdad si decimos
que está “perdiendo la guerra” cuando su poder de destrucción ha quedado de
manifiesto; si los kukas que no volvían más volvieron en 2019 y te ganaron en
primera vuelta; si el gobierno reconoce que la inflación crece por otras
razones, o si la palabra “infectadura”, lejos de describir las restricciones a
la circulación durante la pandemia, solo sirve como un preciso identificador de
imbéciles.
Nada de esto importa, pero sí
arroja una curiosidad: estamos muy seguros de nuestras posiciones, pero todo el
tiempo tenemos que estar consumiendo las noticias que confirmen que estábamos
en lo cierto. La predisposición a ser convencidos por una mirada alternativa es
cosa del pasado; todo argumento opuesto al nuestro es una agresión. Y, claro
está, nos da ansiedad.
Lo paradójico es que somos los
herederos de los filósofos de la sospecha, aceptamos toda teoría, cuanto más
conspirativa mejor, porque nos hace, supuestamente, más sagaces y dudamos de
todo menos de una sola cosa: nosotros mismos. Todo debe ser puesto en tela de
juicio; hasta lo más claro esconde algo por detrás que hay que develar; pero
nosotros no; nosotros somos transparentes, cristalinos, espejos de lo real. Todo
el mundo puede ser manipulado menos nosotros, especialmente cuando se trata de
la identidad. Allí nadie se equivoca: el Hombre del siglo XXI vive en la Matrix
para todo menos al momento de saber quién es, que es lo único que importa o
que, sin duda, importa más que lo que hace. Podríamos decirlo así, incluso: lo
que hace ya está determinado por lo que es. Por ello para saber si es bueno o es
malo no importan las acciones, sino si es hombre o mujer, blanco o negro,
heterosexual u homosexual, de izquierda o de derecha, etc.
Además, somos muy especiales a
punto tal que consideramos vivir en tiempos igualmente especiales, para bien o
para mal. Por ejemplo, creemos que todo empezó con Internet y las redes
sociales: antes no había odio, ni polarización, ni violencia; antes la gente no
era boluda, votaba bien y nunca decía estupideces. Incluso antes de la
posverdad, no existía la mentira y previo a la aparición de la IA, los
desempeños escolares eran ejemplares.
Sin embargo, y a pesar de que,
por pertenecer a las generaciones actuales, disponemos de la mayor cantidad de
información, con archivos que no encontraríamos ni en la Biblioteca de Babel, somos
la generación con menor perspectiva histórica. No importa si somos de
izquierda, centro o derecha, este presente absoluto sin historia explica la
creencia de que los males del mundo empezaron con Internet, como así también
que aquello que se considera “pasado” debe ser evaluado con la moral del
presente. ¿Resulta contradictorio decir que se vive en un presente absoluto y
al mismo tiempo mencionar al pasado? No, justamente porque el pasado solo está
allí como una extensión del presente y esa es la razón por la cual se cree que
puede ser evaluado por nuestra cosmovisión actual. El pasado es algo que pasó
antes pero que es presente. Será gracioso cuando las generaciones por venir
piensen lo mismo y nos evalúen a nosotros con la moral de ellos. Allí podremos
comprobar esto de que todos somos fascistas para la generación que viene.
Como ya no hay pasado, un evento
repetido puede ser visto como novedoso. De aquí que, además, estemos
diariamente decretando vivir en un tiempo original donde a cada momento pasan cosas
increíbles. Lo lamentamos por nuestros abuelos, pero a cada instante somos
testigos de hechos que consideramos históricos. Es tanta la excepcionalidad que
hemos perdido la noción de normalidad: los cisnes son todos negros o de
colores, pero si aparece uno blanco habrá que sospechar. Borges decía que era
absurda la existencia de los diarios porque eso suponía que había hechos dignos
de ser mencionados cada 24 horas, demanda excesiva para una realidad que tiene
que ocuparse de muchas cosas. Por ello indicaba que los periódicos debían ser
“imperiódicos” y aparecer cuando haya algo importante para comunicar: una
guerra, un descubrimiento, la publicación de un gran libro. Para nosotros, en
cambio, los diarios ya nacen viejos y nuestros “periódicos” son plataformas que
se actualizan constantemente. En general no dicen nada ni aportan novedad
alguna. Pero compiten por llegar primero, aunque más no sea, llegar primero a
noticias que no son tales, a eventos que, de tan triviales, les haríamos un
favor si los omitiéramos.
A propósito, esta semana se
publicó una encuesta de Giaccobe y Asociados donde se consultaba cuál era el
gobierno más corrupto desde el regreso de la democracia: ganó el de Cristina
con el 44,4%, seguido por el de Milei con 31,3%. Allá a los lejos quedó el
impoluto gobierno de Menem con 8,4%. Giaccobe tuvo que salir a explicar que, en
realidad, la gente no vota la consigna, solo elige su principal enemigo del
presente: los antiperonistas eligen a CFK como la más corrupta y los
kirchneristas hacen lo propio con Milei. Una prueba más de que el pasado no
existe sino como extensión del presente y un aporte decisivo a preguntarnos
para qué carajo se hace una encuesta tan zonza. Con todo, digamos, hay cierta
coherencia: Giaccobe y Asociados es la misma consultora que desde 1995 hace,
para Perfil, la encuesta de los 100 personajes más influyentes del año que, en
el 2025, como siempre, arrojó resultados elocuentes, a saber: Jonatan Viale es
más influyente que Teresa de Calcuta y Xi Jinping; Jesús es menos influyente
que Corina Machado y Adorni le saca 37 puestos de diferencia a quien debe ser
un influencer o un participante de Gran Hermano cuyo nombre es Jorge Luis
Borges.
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