viernes, 11 de diciembre de 2020

Los buenos policías y los derechos de los hijos de puta (editorial del 5/12/20 en No estoy solo)

 

El escándalo generado por unos twitts realizados hace casi 10 años por el capitán y dos jugadores más de la selección de Rugby argentina podría haber pasado como una anécdota menor si no resumiera un clima de época.

Los detalles del hecho son por todos conocidos: un conjunto de mensajes de tono particularmente xenófobo y clasista se viralizaron días después del pobrísimo homenaje que Los Pumas rindieran a Maradona. Estos mensajes, la mayoría provenientes de la cuenta del capitán, Pablo Matera, recibieron rápidamente el repudio de usuarios de las redes hasta llegar a ser noticia en los medios tradicionales.

Antes que alguien pueda afirmar que lo que viene a continuación es una defensa de los rugbiers o, peor aún, de la xenofobia, el clasismo o la discriminación tan frecuente que aparece en forma de misoginia u homofobia, advirtamos que, naturalmente, ése no es el sentido de estas líneas. De hecho, hasta podría reconocer que tengo enormes prejuicios, seguramente de clase, contra los rugbiers y que algunos de esos prejuicios son, en realidad, juicios relativamente fundados más allá de que toda generalización supone injusticias. Dicho esto, no puedo acordar con quienes han pedido desmedidas sanciones que, en algunos casos, hasta llegaron a la exigencia de castigos de por vida. ¿Sanciones de esa magnitud para quien incluso ha reconocido su error y ha pedido disculpas aclarando además que hoy, 10 años después, no es la misma persona que era? ¿Hay que sacrificarlo en la plaza pública para que pague sus culpas por un mensaje xenófobo y clasista escrito cuando tenía menos de 20 años? Dejando a un lado el caso específico para no personalizar: ¿Quienes realizan deportes al más alto nivel tienen que ser todas buenas personas? ¿Un eventual boludo o, incluso, un hijo de puta, no tiene derecho a trabajar o a realizar la actividad que desee? Una vez más, y para no ofender a nadie con epítetos: ¿el tribunal de Twitter es el que va a determinar qué personas cumplen con los nuevos requisitos de moralidad para desarrollar una actividad?

La situación es enormemente preocupante justamente porque es tanto el vértigo y la necesidad de castigo de estos tiempos neovictorianos que las sanciones las determinan los enjambres cibernéticos antes que los tribunales de Justicia. El señalado es expuesto en las redes y la viralización hace que el mero señalamiento se transforme en sentencia inmediata, inapelable y, sobre todo, desproporcionada. Si suelen leerme saben que vengo haciendo hincapié en este último punto y estoy tentado a decir que, hoy en día, más grave que las sentencias exprés son los castigos sin proporción que aparecen a partir de que las redes tienen una capacidad memorística ilimitada y descontextualizada. Es más, para el caso en cuestión, es probable que pasen los años y que cualquiera que busque “Pablo Matera” en Google encuentre su nombre asociado a la xenofobia antes que a su desempeño deportivo.      

Pero supongamos que alguien no comprendió lo que acabo de desarrollar y se pregunta si acaso no es para celebrar el hecho de que las sociedades, representadas a través de las redes sociales, hoy en día estén mucho más atentas a repudiar casos de discriminación. Expuesto de ese modo sería difícil oponerse pero, ¿es efectivamente así? No necesariamente. Porque es evidente que hay un mayor recelo por actitudes y comentarios discriminatorios que hace décadas se dejaban pasar por estar naturalizados pero también comienzan a hacerse cada vez más visibles otras formas de discriminación que curiosamente vienen de tradiciones más cercanas a lo que ampliamente podría denominarse “pensamiento de izquierda”. En este sentido, a la clasista y xenófoba declaración del rugbier, representativa de la más vulgar derecha reaccionaria argentina, no se le responde con juicios sensatos, equilibrio, prudencia y búsqueda de igualdad. En otras palabras, a la declaración clasista y xenófoba que estigmatiza a “la mucama laburante” y a “los negros” se le responde clasista y xenofóbicamente para afirmar que todo lo que provenga de clases altas y blancas es malo y repudiable. Al estereotipo de “la sociedad argentina debe tener los valores de Los Pumas” se le responde afirmando que allí no hay nada bueno y que los valores que debe tener la Argentina son los valores de los no blancos y no ricos. Pero no hay nada a priori que determine que los no ricos y no blancos tengan un status moral superior, salvo, claro, que caigamos en romanticismos varios y metafísicas difíciles de justificar.

Entonces nos estamos acostumbrando a que las respuestas a las discriminaciones sean igualmente discriminatorias: a la aporofobia que discrimina a los pobres se le responde con una suerte de aristofobia que ataca a cualquiera que se destaque como si el mérito y el esfuerzo fuesen “de derecha”. En todo caso, deberíamos luchar para que la carrera meritocrática tenga a todos los participantes en el mismo punto de partida. Pero el problema no es el mérito. El problema es que la desigualdad hace que no todos puedan correr en igualdad de condiciones para demostrar quién tiene más mérito.         

Y la lista puede continuar: la respuesta al especismo que pone al Hombre en el centro en detrimento del resto de los animales tiene un montón de elaboraciones razonables y justas pero también sectores que ponen en pie de igualdad a un bebé humano con la cría de una comadreja y que son capaces de llamar “asesino” a quien come un sándwich de jamón y queso; ni hablar de los interesantes aportes del feminismo, con sus discusiones internas y sus conquistas pero que a veces acaba opacado por sectores que dan respuestas misándricas a reales ataques misóginos. Por último, algo que en su momento comentamos aquí, son cada vez más frecuentes las respuestas punitivistas “de izquierda” a los ataques punitivistas “de derecha”. En este punto las contradicciones abundan transversalmente. Leía por allí a un usuario que advertía cómo la derecha buscaba absolver al capitán de Los Pumas por haber escrito esos twitts antes de cumplir 20 años mientras que, al mismo tiempo, se aboga por una baja en la edad imputabilidad que permita meter presos especialmente a jóvenes de clases bajas. Tiene razón. Sin embargo, del otro lado, los mismos que piensan las cárceles como espacios de resocialización y advierten que no se puede hablar estrictamente de la responsabilidad individual de un acto sin tomar en cuenta el contexto de desigualdad originado por el sistema capitalista, exigen penas legales, sociales y morales desproporcionadas para determinados sectores sociales o determinados comportamientos. Así, si el asesino es pobre hay que darle una oportunidad. Pero si el infractor es rico hay que negársela y que pague eternamente. Al punitivismo de derecha no se le responde, entonces, con garantismo, sino con un punitivismo selectivo que es punitivista con los que no me gustan y garantista con los que piensan como uno.

Antes de finalizar, quiero señalar dos puntos más a propósito de esto. El primero es que el exceso de guardianes morales no suele generar sociedades más virtuosas sino más hipócritas. Volviendo al ejemplo de los rugbiers, buena parte de los que piden la expulsión de por vida para los rugbiers twitteros van a la cancha y le gritan a la hinchada rival que “son todos putos y que se laven el culo porque…etc.”. Sin embargo, mientras se haga en masa y no se deje por escrito parece que allí sí se pueden reproducir los estereotipos del machismo y la homofobia más vulgar sin ninguna consecuencia.

Y el segundo punto tiene que ver con las instituciones. Hace algunos años se decía que nadie resistía tres tapas de Clarín. Habría que modificar eso y decir que hoy nadie resiste doce horas de ataques en Twitter. Esto, claro, es una realidad para las personas de a pie pero no puede serlo para las instituciones. Independientemente de lo que suceda con la UAR, que al momento en el que escribo estas líneas, primero sancionó y luego quitó la sanción a los tres rugbiers, lo cierto es que, en general, las instituciones sobrereaccionan a los ataques de las redes cometiendo, en algunos casos, enormes injusticias. No les importa la verdad sino que nadie se sienta ofendido, responder a presiones políticas o que el sponsor, que quiere asociar su marca a los cánones de la nueva moralidad, no se retire.

En síntesis, los boludos, los hijos de puta, las malas personas también tienen derechos porque los derechos que poseen los poseen en tanto personas. Podemos discutir con ellos públicamente, exponer nuestras diferencias, señalarles sus errores, incluso podemos elegir que no sean nuestros amigos pero tienen los mismos derechos que la gente buena, comprometida y sabia. Además, una sociedad en la que solo puedan hablar y, sobre todo, desarrollar una vida normal aquellas personas que los patrones de moralidad consideran virtuosas, no va a generar una sociedad mejor sino una sociedad donde continuará habiendo discriminación, desigualdad e injustica. Será una sociedad en la que, en nombre de ser buenos ciudadanos, nos transformaremos, sin darnos cuenta, en muy buenos policías.

 

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