viernes, 13 de marzo de 2026

¿Para qué renovar el peronismo? (editorial del 14.3.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una transformación sino el efecto de lo ya acaecido.    

Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo 20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente, acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.

A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una renovación del peronismo?”

Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a los que no son peronistas.

Según los autores, “No hay verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

 

Además, agregan que para ganar la elección el peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más modernos de la economía.

 

Por último, para los autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.

 

Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible, ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.

Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo. 

Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico. Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles. Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023 (curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década quizás le sobre algún añito.

Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que “admitir” después de la derrota del 83.

Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no, incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.

Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10 años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación de necesidades e identidades antes que por los consensos.

Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la complejidad. 

Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado, sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la ciudadanía te castigue.

¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?

Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero renovarse solo para ganar, no sirve.   

El regreso de Byung-Chul Han: Dios no murió. El que está muerto eres tú (publicado el 10.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

 

Maquiavelo vive, señor presidente (editorial del 7.3.26 en No estoy solo)

 

La última apertura de sesiones trascendió por las respuestas agresivas que les dispensó el presidente a los opositores. Para ser justos, presumimos que Milei respondió con su violencia característica a un clima también agresivo. Todos esperamos cierta templanza en un presidente, pero también la esperamos de los legisladores. Si el presidente aprovechó su micrófono para fustigar sin que se oyeran las respuestas, también hay que decir que no pocos legisladores utilizaron la escena para hacer sus performances como buenos militantes de redes.

Dicho esto, como suele ocurrir en la Argentina, el énfasis estuvo puesto en las (malas) formas y no en el contenido del discurso que fue en la misma línea de su intervención en enero último en Davos, al menos en el espíritu ya que el registro y las audiencias son distintas.

Asimismo, si nos enfocamos en la estructura del discurso como un profesor que evalúa los primeros pasos de un alumno, habría que decir que ambos, el de Davos, y el de apertura de las sesiones, adolecieron del mismo defecto. La idea principal es enunciada al inicio y luego se pierde en disquisiciones y en un desfile algo infantil de citas sueltas de muchos autores, como suelen hacer los universitarios que recién comienzan y pretenden simular lecturas que no tienen.

El de Davos fue un gran comienzo, muy estimulante, aunque como necrológica, algo extemporánea: “Maquiavelo ha muerto”. Asimismo, en el del 1 de marzo, en los primeros minutos de su alocución, el presidente hace una afirmación potente y decreta “la moral como política de Estado”. Dado que, repito, ambos discursos estuvieron mal estructurados y lamentablemente no se retomaron al final estas ideas, nos aventuramos a deducir su significado y a arriesgar que hay una continuidad entre ellos.

Suponemos que cuando el presidente afirma que Maquiavelo ha muerto quiere decir que ha llegado el momento de volver a asociar la moral con la política. Como ustedes saben, cualquier versión de manual, indicaría que el gran aporte de Maquiavelo, aquel que, para algunos, significó el nacimiento de la Ciencia Política como disciplina, fue romper con 2000 años de Filosofía que, desde Platón, entendían que el buen gobernante era aquel que se manejaba con virtud y, conociendo el Bien, gobernaba con Justicia. Así, la figura del Filósofo Rey en Platón, acompañada de su idea organicista y conservadora de la sociedad donde cada uno debe cumplir el rol asignado por naturaleza, era en aquel momento una directa afrenta contra la dinámica popular y asamblearia de la democracia directa ateniense en la cual los cualquiera, seleccionados por sorteo, gobernaban por sobre los más preparados.

Maquiavelo rompe con todo esto: el príncipe no debe gobernar para el Bien, sino que lo que debe es mantener el estado de cosas, es decir, su poder. Mejor si lo hace siendo virtuoso y con buenas leyes. Pero como esto no siempre es posible, lo que se debe privilegiar son sus intereses en pos de alcanzar sus fines. De hecho, Maquiavelo redefine la Virtú para indicar que lo que hace al príncipe efectivamente virtuoso no es actuar siempre guiado por las virtudes clásicas, sino adquirir una flexibilidad moral para poder adaptar su accionar a sus objetivos. De allí se siguen algunos pasajes clásicos pero que en general van en la misma línea: si no se puede actuar como Hombre hay que actuar como Bestia; si es necesario ser cruel al principio, hay que serlo; sería bueno ser temido y amado, pero, si hay que elegir, es preferible, sobre todo, ser temido, etc.

Maquiavelo es más complejo, pero digamos que, en cualquier manual introductorio, la primera imagen con la que se lo asocia es esta que dio lugar al adjetivo “maquiavélico”. Dado que Milei es bastante afecto a las lecturas binarias muy poco sutiles, es probable que, entonces, trace un paralelo entre Maquiavelo y la política como terreno de la inmoralidad, de lo cual se sigue que el “Maquiavelo ha muerto” equivaldría a algo así como el fin de la política (quizás habría que decir “de los políticos” o “del Estado intervencionista”) y el “regreso” a una administración tecnocrática basada en la moral sin que nadie sepa bien de qué se trata eso.

Para apoyar esta interpretación está el resto del discurso de Davos donde en una exposición entre chatgepetista, rincondelvaguista y cebeceísta que parecía dirigida a una tribuna retrógrada que discute autores que ya nadie discute, Milei dice haber demostrado que el dilema entre eficiencia y justicia es falso ya que el mercado no solo es más eficiente en términos de productividad sino también es más justo, y que vivir en una dinámica de mercado libre nos hace mejores personas.

De aquí que entendamos que hay una continuidad con el discurso de la apertura de sesiones porque allí se habla de “La moral como política de Estado”, lo cual, en efecto argumentativo de pendiente resbaladiza/pseudo silogismo podría verse más o menos así: como nosotros seguimos a rajatabla las políticas de libremercado y estas políticas han demostrado ser más eficientes y justas, por lo tanto, las políticas públicas y los resultados de las mismas serán siempre moralmente buenas, a diferencia de lo que ocurría cuando esas políticas públicas las llevaban adelante “los políticos” en los tiempos en los que Maquiavelo estaba vivo, esto es, hasta Enero de 2026, caso similar al de William Shakespeare que, tras vivir más de 450 años murió por el Covid19, como todos recordarán.

Habiendo tantos intersticios por donde ingresar, la tentación es extendernos más de la cuenta. Pero no sucumbiremos a ello y haremos foco en dos aspectos. El primero, a nivel nacional: tal como se vio en el cruce con los opositores, las agresiones de Milei (probablemente también la de los opositores que no se escucharon), apuntaban a un orden moral, no político. En resumidas cuentas, la crítica era “ustedes son ladrones”. Otro grupo de críticas, bastante arrogante, por cierto, tenía que ver con la continua desacreditación de los (no) saberes de sus adversarios. Sobre eso simplemente decir que aun cuando pueda ser cierto que el nivel intelectual de parte de la oposición deja mucho que desear, ni quienes secundan a Milei ni el propio presidente parecen ser luminarias, por cierto. En el mejor de los casos, Milei ha demostrado ser un mediocre profesor universitario sin antecedentes en investigación y con un nivel de comprensión de las lecturas bastante limitado. Pero volviendo a la cuestión que nos concierne, a CFK no le dice “ignorante”: le dice “chorra”.

Asimismo, el problema de la moralización de la política ha sido trabajado por muchos autores, siendo quizás el más relevante Carl Schmitt. Para decirlo en pocas líneas, cuando la disputa se formula en términos morales y uno de los contendientes afirma actuar en nombre del Bien o de la Humanidad, el enemigo deja de ser un adversario político legítimo y pasa a ser concebido como inhumano o criminal. Esa es, en buena medida, la crítica de Schmitt al universalismo liberal: al presentarse como encarnación de valores universales, solo representa valores históricos particulares y transforma el conflicto político en una cruzada moral. Milei se la pasa hablando de las ideas de la libertad pero para correr a su adversario de la cancha lo llama “chorro”. No discute las ideas en tanto tal. Dice que quien defiende las ideas contrarias a las de él es un inmoral. Ni siquiera le permite la posibilidad de estar equivocado. Simplemente lo saca de la discusión pública.

Asimismo, entendemos que él, al fin de cuentas, un cruzado moralista que cree representar un plan trascendente (y no lo afirmo peyorativamente… Solo describo), jamás podría aceptarlo, pero su accionar y el de su gobierno han demostrado ser mucho más maquiavélico del que se suponía, al menos en el sentido de la vulgata que expusimos anteriormente. Podrá decírsele de todo a Milei pero aun tensando las normas de la república, aunque siempre dentro de ella, gobernó y fue capaz de avanzar con una innumerable cantidad de leyes sin tener nunca mayoría absoluta en las cámaras. Cometió un sinfín de errores infantiles, especialmente en 2025, pero en líneas generales logró trasformaciones que gobiernos anteriores no pudieron alcanzar incluso con mucho más apoyo político. Por cierto, no los logró como el Filósofo Rey sino con las armas de la política, las buenas y las malas.       

Por último, para hablar del plano internacional, ya en el discurso de Davos era evidente que el viejo modelo de las relaciones internacionales surgido tras la segunda guerra mundial ha volado por el aire, tal como reconoció el propio primer ministro canadiense. Hay muchos autores que han teorizado esto, pero el actual escenario mundial parece explicarse mucho más en términos maquiavélicos, al menos en el sentido de actores cuyas decisiones no están guiadas por la moralidad sino por el sostenimiento en el poder y/o el intento de reconfigurar un orden mundial en el que, pareciera, las grandes potencias van a tener vía libre para imponer, por la fuerza, sus intereses geopolíticos. Probablemente también lo tenían con el mundo gobernado por el “sistema de reglas” pero digamos que llevábamos mucho tiempo sin ver semejantes acciones sin guardar las formas, ni siquiera con un intento falso de justificación como en su momento fue el invento de las armas de destrucción masivas, etc.  Ahora se actúa y el fundamento es la razón de Estado cuyo límite puede ser la moral personal de quien toma la decisión. Este es un tiempo inestable e incierto, pero, sin dudas, menos hipócrita que el inmediatamente anterior.

En síntesis, en el plano de las relaciones internacionales, la versión de manual de Maquiavelo está más viva que nunca, de modo que no puedo imaginar más que caras de extrañamiento entre los asistentes a Davos al escuchar que Maquiavelo había muerto. La figura de la muerte del intelectual italiano no podía ser más extemporánea en ese sentido. Y en el plano interno, la presunta muerte del autor de El príncipe no solo contradice los modos en que astutamente la administración Milei ha logrado salir a flote, sino que sería una mala noticia para la democracia porque los conflictos se deben dirimir políticamente.

Trazar una distinción moral entre nosotros y ellos, no hace mejor a los primeros. Más bien, solo pretende la eliminación de los segundos. 

 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

¿Y si Messi fuese trumpista? (editorial de No estoy solo del 8.3.26)

 

La enésima comparación entre Maradona y Messi esta vez apareció por razones políticas: Messi secundó, estrechó la mano y sonrió frente a Trump como capitán del equipo campeón en una velada que el presidente estadounidense utilizó políticamente en medio de esta guerra incipiente con final abierto.

Que la comparación se enfoque en razones políticas demuestra que la disputa futbolística parece estar saldada: aun cuando técnicamente sean monstruos los dos, las estadísticas, la permanencia y los campeonatos parecen inclinar la balanza hacia el actual jugador del Inter de Miami. Se dirá que era otro fútbol, que Maradona siempre jugó en equipos que ni por asomo se pueden comparar al Barcelona y al PSG de Messi, y eso es cierto y vale como atenuante. En todo caso, es lo que menos importa, pero lo menciono porque aun si fuese cierto que futbolísticamente hablando Messi parece haber destronado al DIOS de todas las generaciones que soplaron más de 40 velitas, lo que le da a Maradona un aura distinta excede lo futbolístico. A propósito, perdón por la autorreferencia, quisiera reproducir un pasaje de un texto del año 2018 titulado, justamente, Por qué Messi no puede ser Maradona: 

“Habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón, pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió, a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder (…).  

(…) Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse necesariamente como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. (…) Y si, como decía Jorge Luis Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de la idiosincrasia argentina, mucho más que Messi (…)

Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que le permita a Argentina salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección argentina sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona”.

Insisto en que aquel artículo fue escrito en 2018 y valió la pena reproducirlo en extenso, además, porque allí se indicaba que a Messi no le faltaba el gol decisivo para ser Maradona. De hecho, cuatro años después lo conseguiría y, sin embargo, al menos un sector de la sociedad, la que generacionalmente se encuentra vinculada emocionalmente a DIOS, sigue encontrando allí una diferencia que, evidentemente, no es “futbolística”.

Esta semana fueron muchos los que dijeron “Falta Maradona” o imaginaron lo que hubiera hecho Maradona en esa situación. Naturalmente es un contrafáctico, pero Maradona era impredecible y presentarlo como una figura del Bien que siempre estuvo del lado correcto es faltar a la verdad y no comprender ese carácter trágico que nos permitió identificarnos con él. Maradona fue Fidel pero también fue Menem; fue la villa y Doña Tota con las nenas pero también las excentricidades, la impunidad y los caprichos de nuevo rico, etc. La lista de contradicciones puede continuar hasta el infinito. Pero, y si fuera incoherente, ¿cuál sería el problema? Para puristas están los neomoralistas Woke.  

Los eventos de las polémicas cambian, pero las posturas alrededor de los mismos no. Bastó la foto de Messi para volver a escuchar la cantinela de “la figura pública debe comprometerse”, ese costado sacrificial que los dirigentes del kirchnerismo le exigían a todo el mundo, salvo a ellos mismos. Y algún sector residual de esa militancia salió como policía del compromiso, o policía de la moral, lo que es lo mismo, a decir lo que Messi tenía que hacer. Los más condescendientes lo subestimaron afirmando que Messi es un muchacho con limitaciones al que no se le puede pedir más que jugar al fútbol; otros también lo perdonaron pero por el contexto, esto es, una cita con el presidente de Estados Unidos a la que no sería buena idea negarse. Para otros, directamente, fue casi una complicidad… una demostración de su condición de presunto desclasado… (llegué a escuchar que estaba manchándose las manos con sangre en la voz de un editorialista que siempre pone voz seria, como si estuviese diciendo algo interesante).

Quizás alguna vez le pregunten y él indique si alguna de estas opciones representa la verdad, pero, ¿y si Messi, con sus limitaciones, claro, porque no es un analista político, estuviese de acuerdo con Trump como lo está buena parte de los estadounidenses? ¿Exigimos que los ídolos tomen partido o exigimos que los ídolos tomen partido por la ideología que nos gusta a nosotros? ¿Se pide compromiso o adhesión? Cuando Francella osa opinar algo de política lo destrozan; cuando Oscar Martínez o la dupla Cohn y Duprat estrenan una nueva película casi que son juzgados como traidores a la patria.  

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que no todos viven ni piensan como nosotros? La politización de todo detrás de ese mantra vacuo de “todo es político” es una mierda y muchos de los que lo repiten, además de hacerlo hipócritamente, ni siquiera saben bien qué quiere decir. Hay cosas politizables y otras no. Trazar esa distinción incluso podría jerarquizar aquello politizable para que no todo sea lo mismo, para que no toda discusión sea una disputa existencial.

Por cierto, ¿por qué exigimos tanto si todo nuestro aporte a las causas nobles es indignarnos mandando un mensaje por Facebook o discutiendo en un grupo de Whatsapp? ¿Qué hacemos nosotros por la Justicia Social en el mundo? Se dirá que desde su lugar Messi puede influir de un modo que casi nadie podría hacer. Por supuesto. Pero, ¿eso supone que él tiene la obligación de hacerlo y sobre todo la obligación de hacerlo como nosotros queramos? ¿A quién se le ocurre que para que Messi sea un ídolo popular tiene que estar en el Garraham y troskearse jugando un partido en FATE?

Por cierto, no quisiera que se interprete esto como otra de las líneas argumentativas que he leído por ahí: no hay que criticar al ídolo popular que es Messi porque eso nos aleja de la gente y vamos a tener Milei hasta el 2100.

Frente a ello diría: no somos tan importantes. Nuestros comentarios en redes apenas si llegan a un puñado de personas y se olvidarán mañana. No sos un estratega. Sos, y somos, unos boludos que jugamos a la estrategia como si nuestra palabra pesara. Pero no. Criticá tranquilo que hasta puede ayudarte a pensar y salir del maniqueísmo zonzo. En este caso en particular, no creo que haya razones para criticar a Messi, pero si considerás que sí las hay, adelante. No le estás haciendo el juego a la derecha y si la derecha gana no es por tus comentarios sino porque la progresía devino una secta que gobierna mal cuando le toca, que moraliza la vida y que no puede plantear un horizonte de expectativas. Así que si tenés algo inteligente para decir, no te lo ahorres.   

Y de paso, si sos progresista, hacete preguntas incómodas, de esas que no son fáciles de responder en vez de levantar tanto el dedo. Yo te ayudo: ¿es estar a favor de Maduro condenar su “Extracción”? No. Pero sería bueno también plantearse que por ser progre no tenés que bancar a Maduro y que incluso si sos chavista podrías decir “che, lo que está pasando en Venezuela está mal”, aun cuando los que están en frente quizás sean peores. Lo mismo podría decirse de lo que sucedió en Bolivia con Evo Morales e incluso aquí con Cristina: ¿podemos criticar a los líderes que por no saber delegar o por múltiples errores allanaron el camino a gobiernos de derecha? ¿Decirlo es hacerle el juego al “fascismo”? ¿Por oponernos a Trump vamos a defender el régimen de Irán? Puede ser, pero lo curioso es que todos los que defienden el gobierno de Irán no vivirían allá ni dos días. Y no me vengan con “defendemos al pueblo de Irán”. ¿Qué carajo sabemos nosotros lo que quiere el pueblo de Irán si la información está completamente sesgada y si ni siquiera somos capaces de comprender qué quiere el pueblo argentino? Lo mismo sucede con la hipocresía alrededor de Cuba. Todos tenemos el afiche del Che pero nadie viviría en la isla con los sueldos de la isla. Y no se trata de la chicana de “si sos comunista, andá a vivir a…”. Se trata de ser dignos y reconocernos en nuestras contradicciones y miserias. Esas que queremos ocultar cada vez que nos miramos en el espejo; esas que nos apuramos en señalar cada vez que se trata del otro.