miércoles, 8 de abril de 2026

¿Hacia una derecha Woke? (editorial del 4.4.26 en No estoy solo)

 

Algunos días atrás, me topé con una publicación de un bloguero llamado Lorenzo Warby acerca de lo que serían las tres grandes falsedades fundacionales del progresismo de izquierda.

El texto tiene un sesgo claro y una lectura lineal por momentos, cuando, por ejemplo, traza una continuidad directa entre el marxismo clásico y el wokismo (lo cual para nosotros es un error), pero el resumen que él hace puede servir de disparador para preguntarnos hasta qué punto, en la Argentina, el progresismo se ha basado en esos principios. Argumentaré que efectivamente éste ha sido el caso pero que, además, ha sido tal el triunfo cultural de esa agenda, que la derecha vernácula misma ha salido a disputar apelando a (casi) las mismas presuntas falsedades fundacionales.

Para no seguir con los rodeos, Warby menciona la creencia del Hombre entendido como una tabula rasa, una visión de las dinámicas sociales dominadas por el conflicto y, por último, una relación activista con la información, como las tres grandes presuntas falsedades fundacionales. ¿Qué entendemos por cada una de ellas?

La cuestión de la naturaleza humana entendida como una tabula rasa tiene una larga historia filosófica que se puede remontar a la disputa entre racionalistas y empiristas acerca de la existencia de ideas innatas. Traído a nuestros días, y dicho sin los suficientes matices, que el Hombre sea una tabula rasa supone que viene al mundo “vacío”, esto es, que no habría una “determinación genética”, sino que seríamos seres eminentemente sociales. Esto significa que no existe algo así como una “naturaleza humana” dada por la biología y que el Hombre habría sido moldeado por la sociedad. Así, el ser humano de ayer y de hoy sería resultado del capitalismo, el supremacismo blanco, la heteronormatividad, el patriarcado, etc., de lo cual se sigue que un “Hombre nuevo” es posible si cambiamos la sociedad y sus valores. 

Esto conectaría con la segunda presunta falsedad, esto es, la de la sociedad y lo político entendido esencialmente como conflicto que Warby atribuye exclusivamente a una lectura marxista de la historia pasando por alto que lecturas similares se pueden encontrar en tradiciones muy diversas. Pero, en este caso, lo mismo da: podrá ser la disputa entre amigos y enemigos, adversarios, burgueses y proletarios… lo cierto es que estamos aquí frente a una mirada de lo social y lo político que se distingue de la tradición organicista que podemos remontar a Platón y a Aristóteles y que está presente en perspectivas actualmente liberales y conservadoras que entienden a la sociedad y la política como la búsqueda de consensos y armonía. 

Por último, la tercera presunta falsedad refería a la relación activista que el progresismo establecía con la información y la realidad. Una vez más, Warby la atribuye exclusivamente a una mirada marxista que bien se puede resumir en la famosa frase marxiana que indica que, más que tratar de comprender el mundo, de lo que se trata es de transformarlo. Algo así como una prioridad de lo ideológico-revolucionario sobre lo, llamemos, “cognoscitivo”.

Llegados a este punto y más allá de si se acuerda o no con el autor respecto de que estos principios serían “grandes falsedades”, la pregunta sería si el progresismo en Argentina ha abrazado estos principios y la respuesta es, sin duda, afirmativa.

El ejemplo de la política alrededor de “lo trans” con la autopercepción como criterio evidencia en buena medida el apoyo a esta mirada del humano como una tabula rasa, más allá de que a veces se acepte como justificación de “lo trans” una suerte de identidad original e innata que la cultura heteropatriarcal y/o la “violencia de la medicina institucional” habrían desviado de su cauce. Pero lo cierto es que la idea de que cada uno puede ser lo que quiere con solo autopercibirlo se lleva muy bien con la suposición de que los humanos somos una página en blanco escrita por la cultura.

El conflicto como eje de lo político y lo social también fue abrazado por el progresismo kirchnerista aunque se trata de una idea que originalmente no se encuentra en el peronismo. No sabemos si fueron 20, pero las verdades del progresismo en este punto estuvieron más cerca de Laclau. Sin caer en la tontera de que fue el kirchnerismo el que “creó la grieta” o el que abrazó a Carl Schmitt con su lógica amigo-enemigo, boludez repetida hasta el hartazgo por los particulares liberales argentinos, más antiperonistas que republicanos, es cierto que la mirada K acerca de lo social se apoyó, especialmente a partir de 2008, en la lógica del “Nosotros contra Ellos”, dinámica que con el tiempo sirvió para identificar a una minoría (de Nosotros) y a una mayoría (de Ellos).

Por último, la cuestión de la relación activista con la información: que si la ideología no describe la realidad, lo que hay que hacer es cambiar la realidad en lugar de la ideología, fue parte de una controversia infinita, especialmente alrededor de lo que se llamó “periodismo militante” en plena disputa entre el gobierno y Clarín, una suerte de seisieteochización mal entendida, al menos, en parte.

Recuerdo haber trabajado esa idea, y perdón por la autorreferencia, en mi libro Quinto poder, allá por 2014, y afirmar que si por periodismo militante íbamos a entender publicar la información que favorece al gobierno que nos gusta y ocultar el resto, eso no era periodismo, pero, sobre todo, no era ni ético ni inteligente. En todo caso, se puede decir “desde donde se habla” y advertir que la objetividad plena es inalcanzable, pero de ahí no se debería seguir tapar la realidad que no nos gusta, administrando la información según los intereses del partido. Parece lo mismo, pero no lo es. Muchos todavía no lo entienden (o no lo quieren entender).

Dicho esto, lo más curioso es que ha sido también la derecha la que, en buena medida, también ha transitado por estas presuntas falsedades. Exceptuando particularmente la primera, es decir, aun cuando probablemente no acepten la idea de la tabula rasa, es cierto que han abrazado la segunda (basta escuchar y leer a Agustín Laje retomando las nociones de Laclau para construir un gran espacio de derecha) y la tercera, esto es, una suerte de mirada “militante” sobre la realidad, aquella que es sagrada siempre y cuando no se les oponga. Al fin de cuentas, haber tomado como bandera la idea de la “batalla cultural” supone, en alguna medida, aceptar una idea de la política como conflicto y reducirla a una cuestión de “comunicación”, de relato determinado por la narrativa hegemónica que es necesario disputar en un mundo que ya no ofrece hechos sino solo interpretaciones.

Dejando de lado la cuestión de si estamos frente a “falsedades”, [al fin de cuentas se podría hablar de verdad o falsedad solo respecto de la primera (con evidencia científica que muestra que ni la biología ni la cultura pueden explicar, por sí mismas, qué es el Hombre), mientras que la segunda y la tercera serían enfoques ideológicos controvertidos, probablemente equivocados, pero ni verdaderos ni falsos], lo cierto es que se trata de un enfoque que el progresismo logró imponer. La mejor demostración es que la derecha tuvo que reinventarse y jugar con (casi) todas esas categorías para volver a ser competitivo electoralmente y disputar sentido.

Si esta interpretación es correcta, acusar a la derecha de fascista y de pregonar posturas delirantes y “realidades alternativas” no sería la mejor idea, especialmente cuando vemos cuánto en común tiene esa derecha con ese progresismo de izquierda impotente que sentó las bases para que, hoy, la derecha se pavonee dándole una buena dosis de su propia medicina.

 

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