Cuando, tras la derrota electoral en las elecciones legislativas de 2009, el gobierno de CFK decide promover la Ley de Medios, a la disputa política y cultural se le adosó una controversia que llevaba varias décadas ya, pero que recién en ese momento se transformó en un debate público. Me refiero a la discusión en torno a la labor periodística y al problema epistemológico de la posibilidad de tener una mirada objetiva de los hechos.
Si bien en las facultades de comunicación era acción habitual realizar ejercicios de deconstrucción de los discursos que dejaran en evidencia los intereses ocultos detrás de la aparente neutralidad del periodista, los medios dominantes en la actualidad no renuncian a reivindicar para sí una épica de la opinión libre, desinteresada y amante de la verdad por la verdad misma. Objetividad, independencia, neutralidad y “la fuerza de la realidad” son algunos de los latiguillos a los cuales echan mano aquellos comunicadores que se vieron desbordados por un clima de denuncia con nombre propio que ha trastrocado aquel espacio de reserva moral indignada que el periodista supo ostentar en momentos de crisis de representación política. Si bien puede verse como un tema de interés restringido a clases medias más o menos ilustradas, parece que el kirchnerismo ha ganado la batalla cultural y que ya nadie podrá volver a leer un diario con tanta ingenuidad.
Ahora bien, a juzgar por los argumentos esgrimidos en el debate, el kirchnerismo, detrás de un relato que resalta los valores de la política y la militancia, habría dado un paso más allá de la mera denuncia a la pretendida independencia, pues estaría comprometido con un “nuevo modelo” de periodista. Se trata de lo que Martín García, el director de la Agencia de Noticias del Estado, Télam, definió como “periodista militante”. La provocación de García, generó el inmediato escándalo de las plumas y las voces consagradas, y realizar un aporte a este debate será el objetivo de este trabajo.
Por mi parte, y como se desarrollará a continuación, creo que no tiene sentido hablar sin más de neutralidad, independencia y objetividad. Si bien se trata de una problemática interesantísima, especialmente en las ciencias sociales, pero también en las epistemologías de las ciencias naturales, ha habido críticas demoledoras a la pretensión objetivista que las primeras décadas del siglo XX habían heredado del positivismo del siglo XIX. Si el Hombre no puede aprehender hechos sociales (y naturales) completamente liberado de su subjetividad, evidentemente, el periodismo no debiera basar su legitimidad social en una supuesta asepsia desinteresada.
Quisiera detenerme entonces en la cuestión del “periodismo militante” pues es un concepto que puede llevar a equívoco. Por lo pronto, desde mi punto de vista decir “periodismo militante” no significa necesariamente una contradicción pero para justificar tal afirmación deben hacerse algunas aclaraciones. La principal, que no tiene que ver con hacer una exégesis del pensamiento de Martín García, es que si por periodismo militante se entiende la manipulación de la información con fines doctrinarios, subordinando la verdad a los intereses del partido, no hay mucho espacio para una defensa razonable. Si es eso lo que Martín García y los defensores de esta nueva figura del periodismo sostienen, aquel ideal del periodista comprometido con la verdad quedaría completamente desdibujado por su carácter militante. Pero esta no es la única interpretación disponible pues si, en cambio, por periodismo militante se entiende la imposibilidad de hablar desde un lugar de neutralidad y se señala que todo acercamiento a la realidad está teñido por una carga ideológica y subjetiva, es todavía posible, desde allí, construir un espacio de especificidad de la labor periodística. En la primera interpretación el periodismo militante parece referirse a una horda de soldados que al estilo del Ministerio de la Verdad de la novela de Orwell, 1984, se encargaba de alterar las noticias actuales y las del pasado para acomodar la realidad a la visión del partido. La segunda apunta más bien, a una limitación de lo humano y en tanto tal, completamente involuntaria, por la cual todo individuo debe tener conciencia de que aquello que considera real está atravesado por un conglomerado que incluye límites cognitivos, idiomáticos, ideológicos y religiosos, por mencionar sólo algunos de los niveles que constituyen a cada sujeto. De este modo, ser “militante” no se relacionaría con una voluntaria tergiversación sino con una inevitable condición de cada hombre. Desde esta perspectiva somos todos militantes, aun cuando no lo deseemos e incluso cuando aborrezcamos de lo que generalmente se entiende por militancia.
El mito
Hecha la aclaración y descriptas ya las posiciones, quisiera realizar un aporte a esta discusión acerca del periodismo a partir de El Mito de Sísifo.
Si bien, como suele ocurrir, no existe una “historia oficial” de los mitos sino que éstos van adoptando distintas versiones con el tiempo, se dice que Sísifo era un gran estafador que fundó la ciudad que luego sería denominada Corinto y que la pobló con hombres nacidos de hongos.
Por su parte, el historiador y geógrafo griego del siglo II después de Cristo, Pausanias, afirmó que Sísifo vendió información a Asopo, el dios fluvial, y a cambio exigió un manantial perenne para la ciudad de Corinto. La información en cuestión era la relacionada con el rapto de la hija de Asopo, Eginia, en manos de Zeus. Enterado de la delación, Zeus, ordena a su hermano Hades que arroje a Sísifo al Tártaro y le castigue eternamente por haber violado un secreto divino. Pero la astucia de Sísifo engaño a Hades, dios de la muerte, y lo encadenó, dándose la insólita situación de que nadie moría ni siquiera los que habían sido decapitados. Esta problemática que es retomada por Saramago en Las intermitencias de la muerte, fue resuelta rápidamente por Ares quien libera a Hades. Sin embargo, Sísifo, ahora en la tierra de los muertos, había urdido un último artilugio. Le indicó a su esposa que no lo enterrara, algo de gran importancia en la antigüedad, tal como atestigua la trama de Antígona, y con esa excusa pidió a Perséfone que lo dejara regresar al mundo de los vivos para vengar semejante destrato para con su cuerpo.
Evidentemente, parece haber buenas razones para castigar a Sísifo pues se trata de ese tipo de personas que uno no quisiera tener como vecino. Pero a los fines de este trabajo no importan tanto tales razones pues lo más interesante del mito es el tipo de castigo que recae sobre él dado que se lo condena a llevar una piedra inmensa hasta la cima de una montaña sabiendo que, por su propio peso, muy cerca del objetivo, ésta caerá y el esfuerzo vano tendrá que volverse a repetir una y otra vez con el mismo desenlace. La interpretación que puede hacerse de este mito es que el castigo no era el esfuerzo físico de cargar con esa piedra sino la conciencia de la inutilidad de la labor, la conciencia de saber que la tarea es estéril.
Ahora bien, ¿pueden establecerse relaciones entre este mito y la controversia entre periodismo militante y periodismo independiente? Creo que sí, pues Sísifo bien podría identificarse con un periodista que sepa que la objetividad es inaccesible pero que sin embargo no puede renunciar a la pretensión de llegar a ella. En otras palabras, terminada la mascarada de la neutralidad y la independencia, y descartado un periodismo militante entendido como aquel que subordina los hechos a los intereses del partido, lo que queda es un periodista consciente de estar hablando siempre desde un determinado lugar, atado a una perspectiva atravesada por su visión del mundo.
Sísifo, devenido periodista, osó quitarles a los dioses, al Estado, el espacio de legitimidad de la palabra verdadera. Así fue que ya en la antigüedad se asistió a la gran transformación que se produjo cuando la palabra pasó a ser una herramienta de persuasión de uso público y no una mera transmisora de una verdad que hablaba a través de los sabios. En la modernidad, el carácter público de la palabra se refuerza con la irrupción de la burguesía y la sociedad civil que separada del Estado exige al gobernante que todas sus decisiones sean transmitidas a la ciudadanía como mecanismo de control de la moralidad de tales decisiones. Es en ese momento donde aparece con fuerza el periodista que le arrebata ese poder de verdad al gobernante y probablemente de ahí su principal misión (imposible): tener que dar cuenta de la imparcialidad, no actuar bajo intereses corporativos ni facciosos como sí lo harían los políticos.
Si bien no es idea de estas líneas hacer un llamado romántico a retornar a un edénico momento originario en que habrían existido periodistas que no habían probado ninguna manzana, es de destacar que las condiciones de los medios en la actualidad, convertidos en corporaciones económicas multinacionales, dejan muy poco espacio para siquiera intentar acercar la piedra de Sísifo hasta la cima de la pretendida objetividad. Y sin embargo, la condena se mantiene y se mantendrá. Esa es la labor del periodista y asumir esa intemperie puede hacer de este debate un espacio mucho más franco, pues que alcanzar la objetividad sea una empresa imposible no implica que deba renunciarse a intentarlo una y otra vez, aun cuando se sea consciente de que el esfuerzo es inútil y nunca podrá lograrse el cometido que lo impulsa.
Más allá de este destino trágico, atravesado por la conciencia de la imposibilidad y de un castigo signado, justamente, por la desaparición total de la esperanza de alcanzar esa cima, es interesante el último párrafo del análisis que el existencialista Albert Camus realiza sobre este mito pues la gran lección es que este castigo es sólo aparente dado que de la conciencia de los límites surge una fortaleza y un sentido también. En otras palabras, saber que la objetividad plena es inaccesible no le quita al periodista el sentido de su labor, pues este sentido está en la misma búsqueda y no en el arribo a una atalaya de la verdad. Por todo esto, Camus concluye con una mirada optimista que es posible trasladar al periodista consciente de sus límites: “Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil [a Sísifo]. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo de mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.
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