viernes 6 de enero de 2012

Biopolítica (publicado el 5/1/12 en Veintitrés)

“La concentración del poder del Estado en un par de manos no es sólo una mala receta política; es también un veneno para el cuerpo” (J. Morales Solá, La Nación, 31/12/11)

La noticia del cáncer de tiroides y la inmediata operación a la que será sometida CFK sacudieron el fin de año más allá de que los pronósticos son todos alentadores. Ahora bien, dado que la enfermedad de un presidente es siempre también un tema político, las repercusiones no se hicieron esperar. No sólo los hombres y mujeres que acompañan el liderazgo de CFK expresaron su apoyo y su preocupación, sino que buena parte del arco opositor manifestó su deseo de una pronta recuperación. Pero lo más jugoso son las elaboraciones que hechos como éstos suelen traer. Así, las teorías más conspirativas, insólitamente, llegaron a manifestar un plan de Estados Unidos para enfermar de cáncer a los presidentes progresistas de la región. Por razones obvias no es de este tipo de elucubraciones de las que me voy a ocupar pues no resisten el menor análisis. Más bien, quisiera trabajar sobre puntos de vista, en apariencia más razonables, que pueden traer aparejadas consecuencias altamente preocupantes para la pluralidad democrática. Me refiero a enfoques que trazan una relación directa entre la biología y la política y que han sido frecuentemente utilizados para encontrar una causalidad que pueda dar cuenta de la seguidilla de enfermedades que afectaron a Rousseff, Lula, Lugo, Chávez, Kirchner y la propia CFK.

Fueron las principales plumas de Perfil, Clarín y La Nación las que comenzaron a dar este tipo de enfoques especialmente a partir de la enfermedad que aquejaba a Néstor Kirchner y que finalmente le costó la vida. El razonamiento subyacente era más o menos el siguiente: “Kirchner es un populista que utiliza el poder demagógica y despóticamente. Tal forma de ejercer el poder es nociva para la sociedad y los principios republicanos más allá de que la gran mayoría de la población no se dé cuenta y esté hipnotizada por los placebos hedonistas del consumo. Por lo tanto, es de esperar que el carácter dañino de esta forma de entender el poder que enferma a la Argentina, enferme también al hombre de carne y hueso que lo ejerce, esto es, a Kirchner”.

Lo primero que surge es el asombroso desparpajo con que presuntos analistas serios trazan una relación de continuidad entre la forma en que se ejerce el poder y las enfermedades que se producen en el cuerpo. No es este el espacio para entrar en la polémica que enfrenta a interpretaciones psicológicas que tienen buenas razones para hablar de las somatizaciones y el origen de las enfermedades autoinmunes, con visiones más cercanas a las ciencias biológicas que intentan reducir la explicación de las enfermedades a aspectos estrictamente genéticos. Simplemente decir que ni siquiera el más delirante de los gurúes del poder mental puede llegar a la afirmación temeraria de que la forma de ejercer el poder tiene relación directa con determinado tipo de enfermedades. Pero en todo caso uno podría hacerse otra pregunta y es ¿por qué no ampliar esta lógica a todos los políticos o incluso a todo aquel que tenga poder, lo cual incluiría a empresarios y referentes sociales de todo orden y en todo nivel? Restringiéndonos al primer grupo, ¿por qué no existe una enfermedad de los que ejercen el poder republicanamente? Alguna vez escribí que si la relación entre forma de ejercer el poder y armonía del cuerpo fuese directa, debiéramos hacer una lista inmensa de afecciones y enfermedades crónicas que afectarían a varios de los miembros de la clase política. Habría gastroenterocolitis, esquizofrenia, psicosis, hemorroides, ceguera, amnesia, sordera, impotencia sexual, etc. Haga usted la relación entre cada uno de los personajes de la política actual y este tipo de males, y tendrá un sano ejercicio recreativo para sus vacaciones.

Pero quiero volver sobre la pregunta anterior, aquel interrogante vinculado a la aparente inmunidad biológica de los líderes republicanos de la región. La respuesta es la que nos traslada al fundamento más peligroso de estos enfoques.

La idea es que la República liberal con libre mercado y Estado mínimo es el sistema más sano para las sociedades. Esto tiene como consecuencia que cualquier otro modelo es entendido como una enfermedad que, eventualmente, puede acabar con la sociedad. Aquí se observa una analogía antiquísima entre el cuerpo individual de los hombres y la sociedad entendida como cuerpo colectivo. Dicho en otras palabras, desde tiempos inmemoriales se sostiene que las sociedades compuestas por hombres y mujeres individuales, reproducen uno por uno los componentes del cuerpo biológico de cualquier ser humano. Así, las sociedades tendrían órganos que deben cumplir determinadas funciones y, si es que queremos que el cuerpo esté sano, es necesario que cada parte respete su función. Pensar a la sociedad y a la constitución de los Estados como grandes organismos análogos a los cuerpos individuales es algo que ya estaba presente en Platón y Aristóteles, y su consecuencia estaba a la vista: como el Estado no era una construcción consensuada y artificial realizada por los hombres, sino algo natural, poner en tela de juicio el orden jerárquico de tal formación era entendido como una afrenta a la naturaleza, algo así como que una mano decida realizar las funciones de la cabeza o el hígado las del corazón. Se sigue de aquí que cualquier intento de transformación fuese visto como una enfermedad, un órgano que no estaba cumpliendo su función y que había que sanar a como dé lugar. De aquí hasta nuestros días abundan tales analogías cuando se discute acerca de en cuál etapa evolutiva está nuestra democracia o se identifica a determinados grupos en tanto “parásitos” o “cáncer” de la sociedad. Como usted se imagina, el gran problema es que estos grupos no serán atacados por glóbulos blancos sino por la policía, por la represión ilegal de las dictaduras o por comandos paramilitares.

La utilización de la metáfora del cuerpo político como cuerpo biológico es, según el filósofo italiano Roberto Espósito, el primer antecedente de lo que hoy se conoce como enfoque “biopolítico”, término que, como se puede inferir de su etimología, establece una relación entre la vida y la política. El primero en hablar de biopolítica fue el sueco Rudolph Kjeleen a principios del siglo XX. En la actualidad, el pensamiento biopolítico fue revitalizado a partir de las elaboraciones de Michel Foucault pero desde un punto de vista completamente diferente al de aquellos comprometidos con una comprensión de la sociedad en clave organicista. Fueron justamente un grupo de pensadores alemanes que retomaron la peligrosa potencialidad de un enfoque como el de Kjellen, compatible con las elaboraciones nazis, los que atacaron al constitucionalismo liberal al tiempo que expresaron una concepción del Estado como un cuerpo viviente con instintos y pulsiones naturales; un organismo que es más que la suma de sus partes y que actúa como un único individuo espiritual y corpóreo. Así no fue casualidad que hacia 1920 el barón Jacob von Uexhüll publicara un título que habla por sí solo de la relación entre política y biología: Anatomía, fisiología y patología de los Estados. Allí, la relación armónica del Estado entendido como cuerpo biológico y sus células degenerativas ya tienen nombre propio. En el primer caso se trata del Estado alemán y en el segundo se trata de los grupos liberales que abogaban por reivindicaciones de igualación democrática y los trabajadores englobados en sindicatos con líderes comunistas y anarquistas. La política de exterminio que siguió luego y que ocupa el espacio más oscuro de la historia de la humanidad ya la conocemos.

Está claro que la gran mayoría de los analistas de la política argentina actuales que retoman enfoques de la biopolítica tal como se la entendía hace más de un siglo, no están comprometidos con políticas genocidas. Quizás justamente por ello debieran ser más precisos y extraer las consecuencias de reflexiones que dejan a un adversario democrático como lo es el kirchnerismo, en la posición de ser un cáncer para la sociedad; una enfermedad que, si tomamos en cuenta los números de las últimas elecciones, parece haber hecho una profunda metástasis.

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