Quizás el ejemplo más recordado sea aquel cuento de Borges y Bioy Casares titulado “La fiesta del monstruo”, escrito en 1947 y firmado bajo el seudónimo de Bustos Domecq. El cuento narra en primera persona y, con la verba del populacho “acocolichado”, el viaje que realizan los seguidores de “El monstruo” desde Tolosa a Plaza de Mayo un 17 de octubre. Prontos a llegar a destino, sobre la calle Belgrano, los protagonistas se cruzan con un judío quien por resistirse a gritar “Viva el monstruo” acaba siendo asesinado a pedradas. Como señalan varios comentadores, este cuento debe leerse junto a El Matadero de Echeverría pues el Monstruo (Perón), los militantes peronistas y el judío asesinado, ocupan el lugar de Rosas, la turba federal y el unitario torturado y muerto, respectivamente. La arbitrariedad y el sinsentido de la muerte ocurrida en el marco de “la fiesta” no hacen más que reflejar el señalamiento de las clases dominantes en torno a la supuesta impunidad que los “negros advenedizos” habían adquirido tras las conquistas sociales impulsadas por el peronismo.
En esta línea, sin duda, el relato célebre de Cortázar, “Casa tomada”, puede leerse como la descripción del sentimiento de desplazamiento que invadía a las clases altas y medias de los centros urbanos. Allí, el narrador relata el modo en que diferentes ámbitos de su casa van siendo tomados por sujetos a los cuales no enfrenta y que, en algún sentido, permanecen inclasificables pues no se los alcanza a ver, son sólo voces y ruidos. El cuento termina con el personaje principal conformándose cada vez con menos espacio y decidiendo finalmente abandonar la casa y arrojar la llave en un gesto que puede leerse como una afrenta hacia la propiedad privada simbólicamente retratada en el objeto que permite ingresar a nuestra casa. Aunque de raigambre peronista, el cuento de Rozenmacher, “Cabecita negra” condensa bien y con ironía esta sensación que invade, en este caso, a un ferretero burgués y asustado que se ve injustamente implicado en la violación “de una negra” y acaba siendo maltratado por policías igualmente “negros”.
Bastante menos conocido, J. R. Wilcock, un antiperonista furioso que se exilió en 1954, escribió un cuento llamado “Casandra” que no hace nada por ocultar el profundo desprecio hacia la figura de Evita. Como indica Daniel Balderston, Wilcock apela a los lugares comunes de la crítica a la esposa de Perón pues Casandra era una advenediza de pasado dudoso que llegó al poder a través de métodos inauditos y que, una vez instalada, lo manejó con desfachatez y arbitrariedad para decidir sobre la vida y la muerte de sus seguidores a la vez que ensalzaba su vanidad con vestidos caros. Se sigue de ello que la principal pasión que despierta Casandra es el miedo. Pero Wilcock también dedicó espacio a la dionisíaca turba peronista en “El caos”, cuando en uno de sus pasajes, el aristócrata con problemas físicos decide acudir al carnaval y allí es burlado y maltratado por una muchedumbre reñida con el buen uso del castellano. El pobre hombre acaba atado sobre un asador y sólo la lluvia le permite no acabar abrasado y en el estómago de las masas.
Por su parte, David Viñas también ofrece un relato profundamente despectivo del fenómeno social que representó el peronismo en su cuento “La señora muerta”, que narra un intento de “levante” en la cola que se había formado para ver el cadáver de Evita, en el marco de un insoportable olor a orín y ruedas quemadas. El hombre de la cola, con la intención de acceder carnalmente a una joven peronista, acaba convenciendo a la misma de retirarse del lugar pues pasaría mucho tiempo hasta poder llegar al cuerpo embalsamado. Tras atravesar buena parte de una ciudad “cerrada por duelo” el nerviosismo invade al protagonista quien imprevistamente suelta la frase “¡Es demasiado por la yegua [Evita] esa!”. Finalmente, la joven no tolera el comentario y decide escapar del auto.
Otro es el contexto en que Fogwill escribe “La cola”, esta vez, para relatar el episodio de la muerte de Perón pues allí se ve una composición social completamente distinta que acabaría marcando al peronismo en los años 70. Ya no hay mujeres descalzas, pobres y cristianas en la cola sino jóvenes de clase media universitaria.
Esta apretada síntesis de la literatura que se opuso, desde diferentes perspectivas ideológicas, al fenómeno peronista, puede ser una buena excusa para el ejercicio comparativo con las plumas que buscan describir la política actual.
Por ejemplo, Beatriz Sarlo insiste con el tópico de la simulación y la puesta en escena mitológica del peronismo en una serie de notas publicadas en La Nación que culminan con una titulada “Victoriosa autoinvención”. Para Sarlo la victoriosa auto-invención ha sido, la de Cristina, especialmente a partir de una escenificación montada en torno a la muerte de Kirchner. No habría allí verdadero pesar sino la obra de directores de cine, actores, publicistas que miden cada palabra, cada plano y luego lo amplifican a partir de los medios presuntamente paraestatales del gobierno. En la misma línea, en un artículo publicado en El País de España, Martín Caparrós afirma que el 27 de octubre conmemoramos “una muerte que cumple un año triunfal” (SIC), para agregar que los tres gobiernos peronistas que lograron la reelección (Perón, Menem y CFK) tuvieron, meses antes de ser reelectos, la muerte de un ser querido muy cercano.
Asimismo, unos días atrás, Jorge Lanata, columnista político de un diario sensacionalista, publicó en Perfil una nota en la que daba a entender que CFK, el día del velorio de su marido, obligó a Tinelli a repetir el abrazo pues, en la primera ocasión, no había podido ser tomado por las cámaras. Por último, un párrafo para Pepe Eliaschev quien en ocasión de los festejos del bicentenario escribió, con una prosa de cronista cuasi lugoniano que merece ser transcripta, lo siguiente: “Lejos de la pompa acosadora, mutantes y buscas patrullan con displicencia la “Ciudad Bicentenarizada”. (…) Las gentes van y vienen, rodeadas de un pronunciado aire de ajenidad. (…) Las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en una ciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta. (…) Al mediodía del jueves, camino por Lima desde Avenida de Mayo, y paso junto al sobredimensionado stand de las Madres de Bonafini convertidas en estatuas. (…) Sentadas en cuclillas, a la manera andina, personas ataviadas como indígenas del Altiplano venden objetos, supuestamente artesanales, exhibidos en sus mantas en la esquina (…)”.
Para no utilizar la harto trillada frase de Marx de la historia que se repite como comedia, digamos simplemente que no deja de sorprender que las razones para oponerse o criticar al kirchnerismo sean prácticamente las mismas que se utilizaron a lo largo de la vida de Perón como si en 65 años nada hubiera pasado en el país y como si el proceso kirchnerista pudiera, para bien o para mal, ser análogo al de la irrupción del fenómeno peronista en 1945. Así no debiera extrañar que en cualquier momento algún reconocido ideólogo editorialista escriba “La fiesta de la viuda”. Ojalá esto no suceda, por el bien de una Argentina que merece debates de nivel y mucha menos pereza intelectual.
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