jueves 15 de diciembre de 2011

"Nacional, popular (y democrático)", publicado el 15/12/11 en Veintitrés

Finalmente llegó el discurso de asunción del nuevo mandato de CFK y fue posible hacer énfasis en lo verdaderamente importante, independientemente de hallar las siete diferencias entre Julio Cobos y un potus, y más allá de la trascendental polémica acerca del escote de Victoria Donda y las hormonas de La Cámpora.

Por lo pronto digamos que llama la atención que los grandes editorialistas estuvieran esperando anuncios de giros en la política del gobierno. ¿Por qué habría de hacerlo si el 54% de los electores quiere que se siga la línea de los últimos 8 años? Daría la sensación que, abatidos por las urnas y resignados a ser desoídos por la mayoría de la ciudadanía, las intervenciones de estos periodistas se han transformado en soliloquios impotentes y fastidiosos. Así que todo se dio por los carriles previsibles y efectivamente, el discurso de CFK fue, para alegría de sus votantes, “más de lo mismo”. Por otra parte, tampoco tenía sentido esperar discursos fundacionales no sólo por lo recién indicado sino porque se está frente a la continuidad de prácticamente los mismos hombres y mujeres y porque, a diferencia de lo que sucedió en el 89, el 99, el 2002 y el 2003, se trata de una asunción en condiciones “normales” y no en el marco de una crisis feroz. Por todo esto, el discurso hizo hincapié en los principales pilares del modelo que se viene constituyendo desde el 2003 hasta la fecha. Sin embargo, especialmente en aquellos momentos donde la presidente parecía relajarse y desdoblarse para hacer reflexiones sobre lo que acababa de decir, puede haber algunos indicios que aporten claridad a esta nueva etapa del kirchnerismo en el poder.

En un principio, de la mano del emotivo recuerdo de Kirchner apareció la referencia a la militancia y el sentido de pertenencia a una “generación diezmada”. De ahí se siguió la satisfacción por estar cumpliendo con la promesa de avanzar en el enjuiciamiento y la cárcel común para los genocidas. Este elemento medular del kirchnerismo se complementó con logros de esta última etapa. Así, frente a las burdas operaciones que presentaban una suerte de parálisis del parlamento (que los últimos dos años tuvo mayoría opositora), repasó la sanción de leyes estructurales como ser la de recuperación de las AFJP, la ley de movilidad jubilatoria y la cobertura al 96% de los jubilados; la asignación universal por hijo, la ley de medios y, yo agregaría, el triunfo cultural que significó la ley de matrimonio igualitario.

Una segunda parte del discurso estuvo abocada a cuantificar los avances económicos producidos en lo que es el ciclo de crecimiento ininterrumpido más grande de la historia argentina. En este punto y especialmente en el contexto en que Europa se somete a un nuevo consenso neoliberal que ya no es de Washington sino de Frankfurt, CFK volvió a dejar en claro que una salida inclusiva de las crisis tiene que tener al Estado como motor de políticas redistributivas que fomenten el mercado interno. En este sentido, la creación de 5.000.000 de puestos de trabajo, el retorno de las paritarias, el salario mínimo vital y móvil más alto de la región, la duplicación del comercio exterior, y alcanzar casi 300 parques industriales frente a los 80 que habían sobrevivido a la década del 90, son conquistas explicables sólo desde la perspectiva de una decisión fundamental del poder político.

Sin embargo, CFK dejó bien en claro que el hecho de que el Estado sea un importante motor de la economía destinando el 5% del PBI a Obra Pública, (algo que ya no es visto como gasto sino como inversión), y que sea el mismo Estado el que pone las condiciones al mercado, implicaba, en un caso como el argentino, no sólo poder manejar el tipo de cambio diferenciándonos del límite que imponía la convertibilidad, sino también afrontar el problema de la deuda que llegaba a 140% del PBI (hoy es de sólo un 32%). Así, retomando las palabras de Kirchner cuando afirmó que “los muertos no pagan”, recordó dos gestos de independencia económica: la negociación por la quita de la deuda en 2005 y el haber abonado los 10.000 M que se le adeudaban al FMI para, de ese modo, quitarle al país la insólita domesticación que le imponía el capitalismo financiero. Este desendeudamiento a su vez permite que hoy día se destine sólo el 2% del PBI al pago de la deuda frente al 5% que implicaba antes del default.

Más allá de que el lector informado estuviese al tanto de estos números es relevante leerlos en la coyuntura del mundo, en particular, en relación a Europa, donde el capitalismo financiero, ese que CFK supo llamar “anarco-capitalismo” ha maniatado los movimientos soberanos de las políticas económicas de los bancos centrales nacionales de los 26 países que aceptaron que se reduzca a 0,5 la posibilidad de déficit. Corralito fiscal y una suerte de pan-convertibilidad atada al euro son buenas razones para entender aquella afirmación de que lo que sucede en Europa es un espejo de lo que aquí ocurrió en 2001. En esta línea, CFK llamó a perseguir un capitalismo real en detrimento de las burbujas financieras y a gobernar, ya no con la meta del crecimiento del sector financiero, sino utilizando como criterio la generación de empleo y de calidad.

Justamente en la línea de esta disputa entre política y economía, algo sobre lo cual hizo mucho énfasis en su discurso de 2007, es que puede entenderse la alusión a la presión ejercida por las corporaciones que redundaron en un lockout patronal salvaje que casi se carga un gobierno, las cinco corridas cambiarias que hicieron que el país pierda millones de dólares de sus reservas y una presión constante a través de operaciones mediáticas.

Hacia el final recordó cómo se pasó de un 2% del PBI en Educación a un 6,47% y los avances que según un informe realizado por el Ministerio de educación, empiezan a manifestarse. Además exigió que se sancione la ley de tierras y la ley penal tributaria, y, por último, hizo referencia a aquel verbo que quedó pegado al nombre Cobos (defeccionar) y a la necesidad de dar la pelea desde adentro sin el facilismo de la atomización de los ofendidos que desprestigian la política de la mano de los mono-bloques.

Por una nueva base de sustentación

Hasta aquí, claro está, el raconto de un proceso de 8 años al que nada le fue fácil. Pero la perspectiva de lo que viene quizás esté, como se indicaba en la introducción, en otros pasajes. Lo primero que cabe indicar es esa advertencia a los empresarios sintetizada en la frase “no escupan al cielo” llamándolos, como corresponde, a utilizar no su corazón sino la sensatez y la inteligencia. Asimismo, se dejó bien en claro que la sintonía fina supone dejar de lado las soluciones generales para trabajar y negociar sector por sector.

Además, un párrafo aparte para los gremios. Por un lado haciendo referencia a aquellos dirigentes sindicales que pedían flexibilización laboral y, por el otro, a dos sectores emblemáticos por ser los que mejor sueldo reciben en su sector: los docentes y los petroleros en Santa Cruz (ninguno de ellos, por cierto, aliado del gobierno ni de Moyano). De aquí la frase recogida por todos los medios en el intento de resaltar las diferencias reales, aunque exageradas, entre el gobierno y la CGT, por la cual CFK indicó que el derecho de huelga no supone el derecho de chantaje y extorsión.

Justamente en ese pasaje, CFK hizo mención a la constitución peronista de 1949 en la que no existía derecho a huelga y se diferenció claramente mostrando que el gobierno actual sí garantiza ese derecho. En mi interpretación, tal comentario no estuvo estrictamente dirigido al peronismo sino más bien a los peronólogos que en la actualidad dicen poseer el peronómetro. En otras palabras, hay figuras casi siempre longevas que se pasean por diferentes medios indicando que el kirchnerismo no es verdadero peronismo y actúan como cancerberos de la doctrina. Sin duda, hay muchos interesados en separar al actual gobierno del peronismo aunque lo hacen por razones generalmente electorales. Pero podemos recoger el guante y, una vez más, preguntarnos por los puntos en común entre kirchnerismo y peronismo. Creo que una clave está en una frase del mismo discurso y es cuando CFK define a su propio gobierno como “nacional, popular y democrático”. Quizás pasó desapercibido pero me preguntaba por qué agregar “democrático”. Dado que no creo que haya sido casual propongo una lectura interpretativa en el contexto general del discurso y del proceso de estos últimos 8 años.

El kirchnerismo tiene una base peronista y reivindica los ideales (no así las prácticas) de la izquierda peronista de los 70. Asimismo, tal línea puede enmarcarse en cierta tradición nacional y popular que haciendo una lectura bastante amplia podría llevarnos a trazar un hilo de continuidad con los caudillos federales de toda nuestra historia. Ahora bien, el kirchnerismo es eso pero es algo más pues a esa tradición colectivista le agrega una impronta liberal que se ve fuertemente representada en la defensa irrestricta de los derechos humanos, esto es, derechos individuales. Por otra parte, más allá del estilo verticalista de esta conducción, aunque muchos se rasguen las vestiduras, el kirchnerismo agrega una base institucional que no podría tolerar la exclusión del derecho a huelga con el argumento de que en un gobierno peronista los trabajadores no tendrían razones para protestar. En otras palabras, el indiscutido personalismo propio del líder justicialista hoy sería insostenible y la maduración democrática de nuestra sociedad ha hecho que este tipo de liderazgos sean limitados por canales institucionales perfectibles pero institucionales al fin. Quizás, entonces, el agregado de “democrático” puede pensarse en el marco de lo que la teórica belga Chantal Mouffe llama democracia agonal. En otras palabras, el discurso dialoguista y consensualista no es la única opción democrática. Existe también una forma que entiende que los conflictos son inherentes a toda sociedad y que no pueden ni deben ser eliminados. En este sentido, la arena pública se constituye en la tensión entre un nosotros y un ellos y la pelea, el agón, se da por la hegemonía. Este “nosotros” y “ellos” no supone una relación de enemistad pues son sólo adversarios. Es decir se trata de una disputa que puede ser casi a todo o nada pero que tiene el límite institucional y jurídico de los derechos básicos que son parte de nuestra tradición occidental. En el contexto actual, sin duda, ese “ellos” son las corporaciones y el “nosotros” es todavía un sujeto colectivo en plena gestación. Para entender esto último baste recordar los pasos de construcción de poder y base de sustentación del kirchnerismo. Primero se trató de realizar acuerdos “de cúpula” intentando la transversalidad y luego la Concertación tras domeñar el aparato del PJ. Ahora asistimos a una nueva etapa cuyo origen podría ubicarse en la semana del bicentenario, etapa que parece signada por un recambio generacional y por una gran cantidad de jóvenes que podrán reivindicar a Cámpora pero se encuentran a años luz de los ideales de la lucha armada y el clima ideológico de los 70. Por otra parte, la estructura social y económica del capitalismo ha cambiado y el kirchnerismo ya no puede apoyarse, como sí lo hizo el primer peronismo, en el sindicalismo como su única columna vertebral. Máxime cuando la democratización que atraviesa los diferentes estratos de la sociedad tiene todavía en las estructuras sindicales, mucha resistencia. De este modo la cláusula democrática le pone ciertos límites institucionales a la tradición nacional y popular y aguarda su propia base de sustentación que no excluye a los sindicatos pero que, sin duda, debe incluirlos en una opción superadora que los trascienda.

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