En el contexto de la crisis de representatividad por la que atraviesa la Argentina no puede sorprender que los meses previos a las elecciones se encuentren atravesados por acusaciones hacia los principales referentes del oficialismo, algo que, lamentablemente, luego se traslada a la política en general promoviendo la idea de que ésta es una actividad que sólo sirve para beneficio de una casta de privilegiados. Este descrédito de lo político y del Estado tan propio del paradigma emergente del consenso de Washington, parece haber cedido terreno como receta económica tras la crisis de las hipotecas, pero buena parte de su espíritu se mantiene vigente en el plano cultural. De hecho, la discusión en torno a las principales acciones del gobierno en el último año y medio, resucitó vetustos principios del liberalismo conservador en el que cualquier cobro de impuestos o tasa aduanera vulnera los derechos individuales y donde toda acción del Estado que suponga ir un paso más allá de una mera administración tecnocrática, debe ser estigmatizada.
Desde el discurso de los principales referentes de la oposición y desde la lógica del movilero y el videograph, la idea de un gobierno corrupto se manifestó últimamente en compulsivas alusiones a “la caja”: debemos oponernos a todo lo que el gobierno proponga porque, en el fondo, este matrimonio mantiene una extraña relación fetichista con el dinero. Así, el “son todos unos ladrones” se transformó en una variable explicativa y en el principio por el cual toda política estaría invalidada a priori.
Frente a este escenario, parece que el problema de la Argentina no son las políticas implementadas o la falta de políticas sino el hecho de que no haya gente honesta en la gestión pública. El país se divide, entonces, entre una sociedad civil de trabajadores honestos y vecinos auténticos, y una clase política creada por generación espontánea a la que una vez en el poder se le inocula el virus corruptor.
La honestidad como condición suficiente para hacer buena política tuvo sus primeros atisbos en la aventura de votar a Zamora hace algunos años pero luego fue transformada en slogan de campaña y en eje programático de la Coalición Cívica. No importa qué piense, ni qué proyecto de país promueva cada ciudadano que quiera hacer política: lo que importa es que sea honesto. Así la nueva asepsia ideológica sepulta por anacrónica la vieja dicotomía derecha-izquierda, y crea una nueva: gobernantes morales o inmorales.
Es digno de análisis este tipo de discurso máxime cuando va de la mano de una justificada obsesión por la calidad institucional y un conjunto de profecías obstétricas acerca de una República para la cual los escarpines parecen tejidos por la Penélope mitológica.
Así debe observarse que la gran ironía de este discurso es que resulta por momentos incompatible a punto tal que la idea de “contrato moral” puede ser vista como un oxímoron. Dicho de otra manera, la idea de contrato entre iguales, tan propia de la modernidad, como fundamento del origen y la legitimidad del Estado, tiene entre sus muchas virtudes la de suponer que aun siendo los hombres individuos aislados, egoístas, malos por naturaleza y con concepciones de la buena vida que pueden entrar en conflicto, es posible que éstos elijan delegar algunos de sus derechos para conformar un Estado y un sistema jurídico. Es decir, dado que no podemos exigirles a todos los hombres que sean buenos, debemos pensar que aun así es posible conformar una sociedad justa con instituciones acordes. Esta prescindencia de la bondad y de las características morales de las personas es la que hace interesante, plausible y fuerte al contrato político. ¿Acaso puede decirse que las instituciones de un país son estables si necesitan de hombres buenos para poder funcionar? Es más, si las instituciones dependieran tanto de los hombres que las encarnan, esa debilidad redundaría en que éstas puedan ser utilizadas caprichosamente para un accionar muy poco ético aunque en el marco de la estricta legalidad. Son estas paradojas las que hacen que se esputen consignas republicanas al mismo tiempo que se cae en el personalismo más burdo por el cual “sólo nuestro partido de ángeles podrá dar a luz el futuro de la Argentina”.
Lo que el discurso moralista o “eticista” de la política no parece registrar es que el día en que su propuesta se efectivice y todos seamos hombres morales, buenos, solidarios y honestos no va a hacer falta ni Estado, ni gobierno. Toda institución se desnudará obsoleta y pieza de museo de un pasado en que los hombres no estaban de acuerdo en muchos aspectos y se empecinaban en crear, como diría Borges, esos espectros artificiales que son los Estados con un insólito sistema representativo que siempre caía en manos de una aristocracia de diablos. Por ello, me temo que en el momento en que todos nos transformemos en estos ángeles que nuestra República parece requerir, cualquier institución será obsoleta y la idea de contrato devendrá tan absurda como jugar un ajedrez en solitario.
Desde el discurso de los principales referentes de la oposición y desde la lógica del movilero y el videograph, la idea de un gobierno corrupto se manifestó últimamente en compulsivas alusiones a “la caja”: debemos oponernos a todo lo que el gobierno proponga porque, en el fondo, este matrimonio mantiene una extraña relación fetichista con el dinero. Así, el “son todos unos ladrones” se transformó en una variable explicativa y en el principio por el cual toda política estaría invalidada a priori.
Frente a este escenario, parece que el problema de la Argentina no son las políticas implementadas o la falta de políticas sino el hecho de que no haya gente honesta en la gestión pública. El país se divide, entonces, entre una sociedad civil de trabajadores honestos y vecinos auténticos, y una clase política creada por generación espontánea a la que una vez en el poder se le inocula el virus corruptor.
La honestidad como condición suficiente para hacer buena política tuvo sus primeros atisbos en la aventura de votar a Zamora hace algunos años pero luego fue transformada en slogan de campaña y en eje programático de la Coalición Cívica. No importa qué piense, ni qué proyecto de país promueva cada ciudadano que quiera hacer política: lo que importa es que sea honesto. Así la nueva asepsia ideológica sepulta por anacrónica la vieja dicotomía derecha-izquierda, y crea una nueva: gobernantes morales o inmorales.
Es digno de análisis este tipo de discurso máxime cuando va de la mano de una justificada obsesión por la calidad institucional y un conjunto de profecías obstétricas acerca de una República para la cual los escarpines parecen tejidos por la Penélope mitológica.
Así debe observarse que la gran ironía de este discurso es que resulta por momentos incompatible a punto tal que la idea de “contrato moral” puede ser vista como un oxímoron. Dicho de otra manera, la idea de contrato entre iguales, tan propia de la modernidad, como fundamento del origen y la legitimidad del Estado, tiene entre sus muchas virtudes la de suponer que aun siendo los hombres individuos aislados, egoístas, malos por naturaleza y con concepciones de la buena vida que pueden entrar en conflicto, es posible que éstos elijan delegar algunos de sus derechos para conformar un Estado y un sistema jurídico. Es decir, dado que no podemos exigirles a todos los hombres que sean buenos, debemos pensar que aun así es posible conformar una sociedad justa con instituciones acordes. Esta prescindencia de la bondad y de las características morales de las personas es la que hace interesante, plausible y fuerte al contrato político. ¿Acaso puede decirse que las instituciones de un país son estables si necesitan de hombres buenos para poder funcionar? Es más, si las instituciones dependieran tanto de los hombres que las encarnan, esa debilidad redundaría en que éstas puedan ser utilizadas caprichosamente para un accionar muy poco ético aunque en el marco de la estricta legalidad. Son estas paradojas las que hacen que se esputen consignas republicanas al mismo tiempo que se cae en el personalismo más burdo por el cual “sólo nuestro partido de ángeles podrá dar a luz el futuro de la Argentina”.
Lo que el discurso moralista o “eticista” de la política no parece registrar es que el día en que su propuesta se efectivice y todos seamos hombres morales, buenos, solidarios y honestos no va a hacer falta ni Estado, ni gobierno. Toda institución se desnudará obsoleta y pieza de museo de un pasado en que los hombres no estaban de acuerdo en muchos aspectos y se empecinaban en crear, como diría Borges, esos espectros artificiales que son los Estados con un insólito sistema representativo que siempre caía en manos de una aristocracia de diablos. Por ello, me temo que en el momento en que todos nos transformemos en estos ángeles que nuestra República parece requerir, cualquier institución será obsoleta y la idea de contrato devendrá tan absurda como jugar un ajedrez en solitario.
11 amigos y algún enojado dicen:
hola Dante
me parece piola tu análisis, ni los que se disfrazan de ángeles lo son!! Claro está que en política no se puede actuar segun criterios morales de lo bueno y lo malo, pero si podemos encontrar puntos para juzgar las decisiones politicas. Creo que "lo justo" en lugar de lo que "se debe", el priorizar principios más generales como el de justicia social o analizar si determinadas politicas son efectivas para achicar la brecha de las desigualdades sociales, brinda herramientas para evaluar la politica. En política se deben tomar decisiones, la actitud contemplativa y la critica "eticista" no sirven para actuar, se avanza optando desde una escucha muy conectada con la realidad. Lo otro inmoviliza y así la politica retrocede y con ella la democracia
Sos un asco flaco, y ese pasquin del gobierno da mas asco
Hola dante, me gusto mucho tu analisis.
Tambien me encantaria que publicaras, en un futuro, tu propio libro.Quiza te pido demasiado...ja!
Me gusta mucho tu escritura e interpretacion.
Te admiro completamente.Saludos
Q cosa dante, siempre hay uno puteando o agrediendo. Sería lindo que fudiera justificár el por qué de su comentario.
Muy bueno el analisis. Si podes pasate por nuestro blog, hay un post bien chocante. jejeje
para justificar su comentario basta con leer la nota
Muy bueno, mis felicitaciones.
Artemio López mandó dos posts extrañamente conceptuales, que me parece que van en la misma línea, señalando el sentido excluyente de la cruzada "moral".
Este, el menos interesante (Weber puro) fue el primero.
http://rambletamble.blogspot.com/2009/05/los-funerales-de-la-moral.html
El segundo me gustó más...
http://rambletamble.blogspot.com/2009/05/nos-defenderemos-de-la-moral.html
el sujeto constituido por el discurso moral divide inexorablemente el mundo en términos absolutos, atemporales e invariantes. Un discurso antipolítico por definición.
"Se construye así una realidad dividida entre réprobos y virtuosos de una vez y para siempre. Si en el llano este discurso moral y absoluto resulta espectacular y normalmente difamatorio, con poder es definitivamente peligroso. Otra cosa muy distinta resulta un sujeto constituido en torno de convicciones, que siempre reconocen una exterioridad, un otro diverso, y que están temporalmente situadas y son entonces de valor relativo, siempre dispuestas a ser cotejadas en el simple, sencillo y muy honorable intento de convencer al otro."
Un abrazo,
para seguir pensando.
EM
Me parece muy bueno todo lo que escribis,sobretodo porque da lugar al debate, asique, ya que lei tu columna, aprovecho para hacer una pequeña acotacion:
Me parece que exigir que no roben, no es pedir que sean angeles, se puede jugar al ajedres sin hacer trampa tambien..
Me gusta lo que escribiste, es muy interesante...Yo espero que tengamos memoria, para que no se repitan los modelos ya superados del pasado. Recordemos el modelo neoliberal de los años 90, que empobreció el País, vendió las empresas, y enajenó hasta los jubilados… Estemos atentos porque al 1º gobierno democrático después de la larga dictadura, le dieron un golpe de mercado con la hiperinflación. No nos olvidemos de las crisis de los bancos y sus corralitos, semejante a lo que pasa en EEUU y el mundo, desde fines del año pasado. Mantengamos presente la frustración de un gobierno “consensuado” que escapó en helicóptero, y nos dejó otro fracaso más de la política y nuestros mandantes…
Resulta que hoy, los mismos que nos decepcionaron, se han vuelto a poner las máscaras de “democráticos” para corroer al Gobierno actual, que con sus aciertos y sus errores, ha demostrado que siempre se juega por los más débiles.
Saludos
Si querés, pasá por mi blog, que puse un video de Victor Hugo Morales, en defensa de la Ley de radiodifusión.
Gracias Laura, anónimos amables, as de pica y Mona.
Eze: gracias como siempre y buenos datos como de costumbre
Eugenia: leí tu pregunta acerca de la literatura y la filosfía. Si querés escribime a danteblog@gmail.com y te comento. Beso
Picarón....
Hace mucho que no te veo.. vamos a ver como hacemos para revertir esa situación.
Siempre visito el blog, y encuentro cada nota más interesante, y de brillante concepción.
Un abrazo grande!
Santi
Publicar un comentario en la entrada